La prueba del robo

Un cuadrito de Degas pintado a comienzos de la tercera década del XIX, representando dos cabezas femeninas, ha sido devuelto por las aduanas yanquis a su país de origen 37 años después de haber sido robado del museo del Havre en el que se exhibía como préstamo del Louvre. Lo ha entregado voluntariamente su “propietario, una vez descubierta la pieza en el catálogo de Sotheby en el que se anunciaba su subasta. El negocio del mangazo de arte es tan productivo y diligente que hay ya por el mundo, además de los ficheros policiales como el que confecciona la Interpol (y en el que no figuraba el Degas perdido, ojo), otros tan importantes como el Art Loss Register, pero como puede comprobarse toda precaución resulta insuficiente frente a los mangantes dada la envergadura del negocio y la sofisticación de su estudiada opacidad. La riqueza tiende a la exclusividad y el negocio del robo de arte tienen en esa característica su razón de ser porque es evidente que, sin compradores, los asaltos artísticos serían apenas  incidentes aislados cuando no ocurrencias de majaretas. Eso sí, se roba de todo, es decir, se atribuye valor a un amplio espectro de los museable, como lo prueba que en los últimos tiempos hayan sido devueltos por aquellos servicios americanos lo mismo unas cabezas de Budas afanadas en Camboya que unos huevos de dinosaurios desparecidos de algún museo chino o incluso un sarcófago sacado de matute de los depósitos egipcios. Lo único que está a buen recaudo por su propia naturaleza son las “performances” con que trata de confundirnos una vanguardia que pretende hacer de la excentricidad un valor en sí mismo. ¿Quién compraría en el mercado negro una vaca en formol, un Cristo erecto o la réplica de un ser humano o de un perro ahorcado? Pues nadie, por lo que se ve. Los ladrones saben muy bien que su negocio está en los museos consagrados o en los santuarios privados y no en las bienales.

 

El Degas ahora recuperado fue cortado y extraído de su marco sin contemplaciones y a plena luz, lo que una vez más sugiere la posibilidad de que, en poco tiempo, los fondos de nuestros museos hayan de ser protegidos hasta el blindaje o, como se ha llegado a sugerir, incluso sustituidos por copias exactas que la reprografía actual tal vez permitiera mejorar casi hasta la perfección. Y estoy pensando, no sin un estremecimiento de nostalgia anticipada, en “El museo imaginario” descrito y vaticinado por André Malraux, concepto que las circunstancias podrían acabar imponiendo. Quién sabe si esa doble delincuencia conseguirá librar al arte de su fabulosa e inexplicable servidumbre económica.

Pulso sin sentido

La rebelión de los funcionarios es ya indisimulable y sus consecuencias, malas sin remedio. Que se hayan echado a la calle es ya no poco insólito y que estén mostrando tanta constancia permite confiar en que de este brete salga, de manera paradójica, una profesión más consciente de la necesidad de su independencia. Por graves que puedan ser los intereses particulares en juego, Griñán se equivoca al mantener este pulso que no puede acabar bien y que, en cualquier caso, ya ha averiado, quien sabe si irremediablemente, una relación –la que tiene que darse entre la Función Pública y la Política—en términos difíciles de restaurar. Ayer sábado se vio en la calle. Lo malo será cuando se vea en las oficinas.

El sueño ilustrado

El dictador chino, HuJintao, ha dicho a Obama, durante su visita a EEUU, que en su país se están haciendo grandes progresos en materia de derechos humanos, pero que en esa delicada cuestión no está dispuesto a admitir consejos y menos a soportar presiones. Lógico, teniendo en cuenta que se trata de una potencia que le presta al Imperio americano, según se dice, la estupefaciente cifra de dos mil millones de dólares diarios y a la que nadie le discute hoy por hoy ser la única en el mundo que puede compartir su hegemonía. Los derechos humanos, los del hombre y el ciudadano, como decían los revolucionarios franceses, aquellos universales, igualitarios, inherentes a la persona, irrevocables, inalienables, intrasmisibles e irrenunciables, tienen poco sentido en un inmenso hormiguero donde la inmensa mayoría de la población sobrevive en las orillas de un sistema que, es cierto, crece a un ritmo desaforado sobre la base de una inmensa miseria y de una sumisión férrea. Lo que Hu quiere decir (y dice) es que vale lo que se quiera en esta materia salvo postular, como hacen los clásicos del sueño ilustrado, que tales derechos no dependen de factores particulares incluyendo la nacionalidad, sino que son, eso, universales, por su propia naturaleza y no por gracia de poder alguno. ¿Y quién le lleva la contraria a un tío que te presta dos mil millones de dólares diarios, a ver, díganme? Viendo las acrobacias dialécticas de Obama nos turba la idea de que el auge chino puede ser la piedra que acabe destrozando el tejado de cristal de la vieja construcción iusnaturalista y, en consecuencia, el factor que propicie una marcha atrás en ese reconocimiento jurídico en el que veníamos creyendo a pies juntilla que culminaba el impulso moral de una civilización, la occidental,  a la que consideramos única. Dos mil millones de dólares diarios es mucho dinero. Se comprende que Obama haya tenido que mirar para otra parte y aceptar la exigencia del acreedor.

 

Entre unas cosas y otras, la verdad es que estamos asistiendo a un ocaso lento pero certísimo de aquellos progresos que ingenuamente llegamos a creer definitivos en un mundo en el que como, sobrado de sentido positivista, pesaba Henry de Montherlant, el derecho, al fin y a al cabo, no es más que el juicio de valor que una parte trata de imponer a otra menos fuerte que ella. Y por parte de Obama sería temerario creerse más fuerte que un país que, por más que vulnere los derechos de sus súbditos, crece a paso de carga y que te presta dos mil millones de dólares cada día que pasa. Paine no entendería nada y a Jefferson se le caería la cara de vergüenza pero, simplemente, Obama no es ninguno de esos dos.

El imparable paro

Lo único que era imparable en Andalucía, desgraciadamente, era precisamente el paro. Un millón doscientos mil andaluces carecerán de trabajo a finales de 2011 si Dios no lo remedia, porque lo que es la Junta y el Gobierno bastante tienen con poner al mal tiempo buena cara y administrar como pueden ese optimismo que ha resultado ser el gran cáncer de nuestra situación socioeconómica. Un 30 por ciento paro es el triple mal contado de la media europea y una tasa que no hay optimista que pueda resistir. No hay mejor exponente del agotamiento de un “régimen” que después de treinta años de hegemonía no es capaz siquiera de reaccionar ante esta catástrofe.

El guante blanco

Cualquiera que conozca el pasado del bandolerismo  sabe que éste adaptó su modelo de actuación  a las diferentes circunstancias que le tocó vivir. No fue lo mismo el bandido romántico a los ojos del Tempranillo que en el concepto que de la “profesión” tenían, pongamos,  el Vivillo o Pasos Largos, entre otras cosas porque hoy quedan pocas dudas de que con aquel remoto modelo imaginario no acabó ninguna ideología sino el proceso de urbanización de la sociedad española. Y lo mismo, al parecer, está ocurriendo con las mafias italianas, hoy reconvertidas en un conglomerado de jóvenes profesionales, muchos de ellos de alta graduación académica y profesional, que ha seguido el modelo impuesto por Bernardo Provenzano, el descubridor de que una mafia actualizada había de cambiar su clásica zamarra siciliana por el prêt-è-porter sin que ello supusiera el olvido de la beretta o del raskolnikov. En ese sentido ha contado a un periodista su versión un juez experimentado, Raffaele Cantone, quien describe la nueva organización criminal como un mosaico de profesionales, ingenieros, arquitectos, comerciantes, abogados o banqueros, laureados universitarios pero fieles a los “códigos del honor” mafiosos, que se han incorporado a la vida pública en especial a través de la emigración.  Se ha pasado de la convivencia a la connivencia, de la “omertá” a la complicidad, en un proceso que ha concernido desde los más bajos estratos sociales hasta las primeras figuras de la política, entre ellas Andreotti o Berlusconi. El “guante blanco” ha acabado imponiéndose posibilitado, entre otros factores, por la singular capacidad de adaptación de estas nuevas cohortes delincuentes y su singular intuición para anticipar los cambios sociales profundos, incluyendo el de la globalización de las relaciones.  Todo debe cambiar  para que todo siga idéntico, parece ser el lema heredado de Giovanni Tomassi de Lampedussa.

 

Les recomiendo, en este sentido, el libro en cuestión que no es otro que “I Gatopardi”, firmado por Gianluca Di Feo en conversa con el juez citado, un compendio ejemplar de investigación primaria pues se basa esencialmente en documentación judicial de primera mano.  Sin ocultarles que he pensado leyendo ese libro en la realidad española, hoy transida de mafias secundarias y montajes poderosos que han convertido la vida pública nacional en lo que la han convertido. Me quedo con la frase terrible –han pasado de la connivencia a la convivencia y de la omertá a la complicidad—con la sensación de no quedarme corto ni pasarme de largo. Después de todo, Sicilia y Nápoles tienen mucha España dentro. No hay más que mirar alrededor.

Cosa juzgada

Es palpable el desconcierto de Griñán ante la sentencia del TSJA que lo conmina a abrir expediente para saber si Chaves incumplió o no la ley de Incompatibilidades. Su teoría de que la absolución en vía penal cierra el caso es impropia de un funcionario de carrera como él y su desdén por la vía contencioso-administrativa –en suyas resoluciones él ve un “mero trámite”—constituyen un  auténtico atentado contra el sentido jurídico. Griñán no se atreve ni de lejos a meterle mano a ese asunto al que le obliga, sin excusas, el primer tribunal andaluz, porque conoce sus limitaciones en un partido al que no le queda más que obedecer aún haciendo el ridículo.