La verdad escuece

Cuando el Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, abroncó a los políticos diciéndole lo que dicen todas las encuestas, es decir, que la gente “está hasta el gorro de ellos y de sus peleitas”, sus Señorías se apresuraron a excluirse por el procedimiento de aplaudir sus palabras. Pero luego han reaccionado y resuelto que sea el propio Presidente de la Cámara, Manuel Gracia, quién le dé réplica privada. La verdad escuece y no cabía esperar otra cosa, pero carece por completo de sentido que los mismos que –supongo que por sus méritos– lo han mantenido en el cargo tantas legislaturas se reboten ahora porque alguien les diga lo mismo que les diría la inmensa mayoría de los ciudadanos si tuvieran ocasión.

La rueda del hámster

El tema de nuestro tiempo, como diría Ortega, es la crisis. La crisis, por su parte, consiste en una fantasmagoría en la que todos yerran y ninguno acierta, un embeleco que, como el lobisome o el vampiro,  no se manifiesta sino en sus destrozos. ¿Habrá que recordar al propio Ortega cuando decía aquello de “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”? Fíjense en España, en cómo poco a poco la soberanía nacional se ha ido volatilizando aquí para reaparecer en manos de los burócratas de Bruselas y en los sanedrines de Berlín. Hagan memoria. Primero nos hablaron vagamente de que había que ajustarse el cinturón y así se hizo, pero la cosa fue a peor. Nos ordenaron luego perpetrar una reforma laboral de no te menees, la hicimos y la prima de riesgo ésa subió mientras la bolsa bajaba. Dijeron entonces que lo prioritario era la reforma financiera y se intentó hacer mejor o peor –manipular ese artefacto nos costó una mano y parte de la otra– pero la prima en cuestión seguía subiendo y subiendo. Se adujo entonces que había que asfixiar al contribuyente y sisarle la cartera  a los trabajadores públicos, y cuando se hizo resulta que la prima no se inmutó y continuó su ascensión, como haciendo bueno el dictum de no sé qué prócer que dijo del año 2001: “Sólo sabemos que el 2012 será peor”. Y en fin, allá estaba Grecia amenazando al sistema con la insumisión y, en consecuencia, empujándonos a todos hacia el abismo, pero cuando en Grecia se despejó el ambiente y los apolíneos del europeísmo vencieron a los dionisiacos de ambos extremos, vimos con asombro que tampoco esa afortunada circunstancia evitaba la levitación de la prima. Media Europa se reconoce ya en la imagen el hámster que galopa sin fin en su rueda finita pero ilimitada como el Universo. Ni idea de adónde vamos, aunque tengamos algunas teorías medio qué para explicar de dónde venimos.

El sistema capitalista, el ideal del mercado libre con su “mano invisible” y sus manos negras, está fracasando si es que no ha fracasado ya más o menos como fracasó el timo colectivista que se escondía detrás del Muro. ¿Por qué nadie osa decir algo parecido a esto, por qué renovamos una y otra vez el crédito a un Sistema que incluso se permite cachondearse de sus más fieles arúspice?  ¿Será éste el purgatorio previo al reino feliz de los tiempos finales? Sólo la jodida prima podría contestar a esa pregunta mientras menea en el bululú su invisible perfil en manos del buhonero. “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Y a uno le da el pálpito de que sólo la prima conoce las claves de estas postrimerías. No hay mal peor que el que está en todas partes y en ninguna.

A la fuerza ahorcan

El co-presidente Griñán quiere comparecer ante la comisión parlamentaria que investiga los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas –a la fuerza ahorcan—y ya ha adelantado que quiere porque “tiene cosas que decir” y pretende, además, “salir al paso de otras cosas que se han dicho”. Pues nada, que comparezca, y explique cómo es posible que ni de consejero de Hacienda ni de Presidente se enterara, a pesar de la tenacidad del Interventor, de la ruidosa juega que se andaban corriendo en el piso de abajo. Que comparezca es normal; que no hubiera comparecido sería una tomadura de pelo. Por lo demás, a la juez instructora la trae al fresco el menú que los “socios” del Gobierno quieran cocinar.

Sexo a la carta

Un brillante artículo de Arcadi Espada carga sin contemplaciones contra el fariseísmo de quienes tratan de convertir el caso de las corruptelas  del magistrado Dívar en un escándalo sexual. El hallazgo de esa hipótesis ha permitido echar leña al fuego incluso a personajes que han hecho de su condición sexual toda una profesión o a otros que han defendido con uñas y dientes la exacerbada pulsión zapaterista dirigida a “normalizar” la homosexualidad y presentar esa proeza como un progreso de las libertades cívicas. ¿No repugna escuchar estos argumentos tanto como las flamígeras condenas del obispo Reig, no descubren el asqueroso fondo de fariseísmo de este progresismo braguetario, las imbecilidades que un histrión como Boris Izaguirre se ha permitido lanzar contra el magistrado Dívar poniéndolo –sin la menor constancia, supongo– en la misma picota en que el franquismo encadenaba y exponía a los maricones (a las lesbianas no, porque teóricamente no existían) con el objetivo de humillarlos y escarnecerlos? No comparto, desde luego, la propuesta de “Secondat” de que los personajes públicos no tienen derecho al respeto a su privacidad por la sencilla razón de que, desde que aparecen voluntariamente en ese escenario, ya carecen de vida privada. ¿Por qué un reconocido magistrado que sale del armario es universalmente respetado –que es lo suyo en cualquier caso– mientras que otro es arrastrado por el mero hecho de mantener en torno a su intimidad un cerco de discreción? ¿De qué y de cuándo un Boris esperpéntico que alardea de lo suyo tendría derecho a forzar el “outing” de quien puede que haya birlado dinero al erario pero no tiene por qué publicar si prefiera la carne al pescado? Durante el franquismo hubo maricones notorios que no ocultaron su condición y hasta la exhibieron con fiera dignidad, pero jamás esos pioneros se echaron a la delación de otros. Ahora sí los hay, como hay heteros chismosos que ven más delito en la condición sexual que en el abuso un de un alto cargo. Zapatero habrá zamarreado al país pero no ha logrado, ni de lejos, librarlo de la alcahuetería.

 

Ahora se comprende que los urdidores de la campaña contra el juez Dívar ocultaban en la manga un comodín al que la opinión vulgar es mucho más receptiva, y lo ocultaron porque incluso ellos debieron comprender que era una cerdada ir por la vida de huelebraguetas. Que indaguen a Dívar –y a los demás miembros del CGPJ, por cierto—hasta establecer si se han llevado y cuánto se han llevado de la caja fuerte. Lo otro, enredar ese hilo rojo con el verde de la sexualidad es, simplemente, una canallada que descubre el fariseísmo de muchos de estos mercachifles del progreso y de la dignidad.

Las cuarenta en bastos

El Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, ha aprovechado si informe anual al Parlamento autónomo para cantarle a sus Señorías las verdades del barquero. Les ha dicho, así, por derecho, que “la gente está hasta el gorro” de todos ellos y que anda “muy cabreada” al verlos, día tras día, enfrascados en su “peleíta”, que si tú que si yo, en lugar de buscar el imprescindible consenso que exige la peor situación que Andalucía ha vivido en su historia. Una dura reprimenda que expresa plenamente el sentir popular pero a la que los bienpagados miembros de la Cámara no les ha de quitar el sueño, seguro.

La verdad inventada

Seguro que a Víctor Márquez Reviriego no habrá que recordarle a este Fernando Vela que me ha inquietado el fin de semana con la constatación que hace en su libro “Circunstancias” en torno a la tarea del escritor periodista: “El escritor periodista –nos dice Vela—asesina, desperdicia todos los días en sus artículos un tema, una idea que desarrollada pudiera ser objeto de todo un libro”. Gran verdad. Ahí tienen la obra de Víctor, escrita al filo de los días y agavillada luego en libros que él tiene la astucia y el oficio necesarios para inventarles la coherencia y darles ese atractivo aire de ensayo siendo, en muchos casos, hábiles antologías que él no está dispuesto a ver aventadas por el tiempo y la desmemoria. En mis manos tengo sus “Auténticas entrevistas falsas”, insolente y divertido ejercicio de imaginación pero también, de paso, exhibición de su capacidad de penetrar en la intimidad de sus personajes reales desde el convencimiento de que lo verdadero va, por lo general, de la mano de lo falso, autorizando al crítico o al simple espectador imaginar ese reducto íntimo con el solo límite de la discreción. “¿Y qué es la Verdad”, sabemos que le espetó Pilatos al Cristo cuando Éste le dio pie al final de su interrogatorio. Pues la Verdad, con mayúscula, no suele ser más que una convención que puede que ayer no valiera un pito o que mañana vuelva a deshacerse en el soberado de la memoria. Lean esta brillante muestra de talento y cultura para comprobar que, en efecto, esa Verdad se columpia sin freno en el balancín de nuestro criterio volátil, sin acabar nunca de blindar su dogma. No soy capaz de expresar la fruición que produce ver a esos cuarenta próceres de nuestra generación reflejados en el espejo cóncavo que suele ser  la retina del hombre culto. No sé si Víctor comparte la preciosa tesis de Braque: “La Verdad existe. Lo único que se inventa es la mentira”.

Pero a mí me parece que, en este sentido, Víctor se “inventa” estos retratos “falsos” con la mejor voluntad de ser fiel a sus modelos, esa colección de maestros que componen la galaxia de esta generación nuestra, tan estupenda y tan perdida. Y quién sabe si Nebrija o Mark Twain, si don Pedro Laín o Julio Verne, son tan verdaderos o más en la versión de Víctor que lo fueron en la siempre ambigua realidad. Tanto él como yo, que conservamos tanta cifra facultativa junto a la duramadre, no hemos olvidado el aviso de Demócrito que nos recordaba , ay de la vida, el Díez del Corral de nuestra primera juventud: “En realidad, no sabemos nada. La verdad está en el fondo del abismo”. Al escribir hay que ser fiel. No es necesario siquiera ser objetivo.