Todos y ninguno

Todos los partidos presentes en el Parlamento autónomo han protestado porque la institución oculte la relación de diputados que trincan las llamadas “cesantías”. Carajo, ¿y entonces por qué no las descubren ellos mismos? Habiendo muchas bromas en la crónica parlamentaria de esta castigada comunidad, no creo que haya ninguna tan cínica como ésta. A los denostados funcionarios, mismamente, les acaban de quitar la paga de jubilación, y nadie ha dicho ni pío en esa Cámara, pero decir pío y cerrar luego el pico es ya demasiado. Estos políticos no quieren transparencia por mucho que la proclamen. Lo primero, decía Cervantes y dirán ellos, es “el buen gobierno de las tripas”.

Citius, altius, fortius

También en Grecia, su inventora, fueron las Olimpiadas ocasión del negocio. También en ella, como ahora, se dopaban los atletas con remedios que, en aquel estado de inocencia, aún se consideraban “naturales”. Tampoco faltaban, junto a los bujarrones que hacían epinicios, los críticos razonados de los límites del esfuerzo. ¿Tenía sentido la imagen del atleta que alcanza desmayado la meta tras sufrir varios desmayos? Qué clase de progreso implica superar a otro en veinte centímetros tras disputar una prueba de cuarenta kilómetros? Hoy las cosas han cambiado –hasta se habla ya del campeón biónico– y el triunfo debe mucho a los avances tecnológicos y al desarrollo químico aparte de la fabulosa cronometría. El slip de poliuretano que gastaba creo que era Mark Spitz hubo de ser prohibido como en su día se discutieron los botines de Jesse Owens, el negro que cabreaba a Hitler, de los que descienden nuestra sofisticadas zapatillas modernas. Un cronómetro permite hoy distinguir periodos cada vez más despreciables de tiempo porque ya me dirán que quiere decir, o mejor, qué importancia tiene que un sujeto recorra una pista en diez milésimas de segundo menos que su rival. Me siento cercano a esas críticas, no sólo por lo que tienen de colosal montaje político y económico, sino porque desconfío de las emociones primitivas, por no hablar de lo que suponen las sustancias estimulantes, legales, ilegales o mediopensionistas. Un rostro desencajado rompiendo con el pecho la cinta de la meta me parece más cercano a la competición elemental del primitivo que al reto deportivo civilizado, y lo mismo diría de los corredores de fondo o de esa prueba mostrenca que es el lanzamiento de martillo. El “homo ludens” reconvertido en un sustitutivo irracional del deportista razonable, la competición como oficio consagrado del ocio primordial, el héroe ampliado en la visión estereoscópica de la masa.

El barón de Coupertin no restauró una tradición clásica, sino que inventó un anacronismo a la medida del sistema capitalista. Píndaro venía a creer que la superioridad del atleta manifestaba nobleza hereditaria. Hoy se hacen pruebas analíticas al más pintado y ésa es ya harina de otro costal. Haría falta un humanismo que lograra respeto para los límites del hombre y no exigiera proezas debidas a alguna prótesis, un humanismo nuevo que devolviera al atleta su condición genuina sin reconvertirlo en un fenómeno o una anormalidad.

Pequeño balance

Unos días lejos del mundo, un respiro entre montañas y vuelta a empezar. El mundo está en crisis, Europa hecha trizas, España se hunde abismada en su propio maniqueísmo, en esa bicefalia que ansía impaciente el Poder concelebrando la misa negra del pesimismo: “cuanto peor, mejor”. Creo que el partido en el Gobierno ha cedido casi una docena de puntos pero que el de la Oposición apenas araña unas décimas, notabilísima sugerencia de que es nuestro montaje democrático el que renquea. Unas palabras pronunciadas en el BCE disparan la Bolsa y desploman la prima de riesgo, lo que obliga a plantear la cuestión de por qué esa fórmula mágica no fue pronunciada antes, y nos permite, de paso, comprobar, la quiebra maniquea que emputece nuestra convivencia: “el patriotismo es un lujo moral no practicable con la moral baja. Me dicen que la crisis es obra sibilina del Sistema, como si el Sistema fuera un concepto menos fantasmal que los Mercados, como si uno y otro no tuvieran nombres y apellidos, y estamos de acuerdo, pero enseguida volvemos a la porfía focalizando el desastre español cada cual en el partido contrario a sus ideas (o a sus intereses). Nos pierde el patriotismo de partido, la pulsión de dinamitar al rival para quedarse solos en el puente, de desfilar como partido único disimulado por los adláteres, al paso alegre de la paz, ya saben. Nunca como hoy recuerdo tan dividida esta democracia, nunca tan cainita. “Cuanto peor, mejor” piensan los mismos que de lo mismo acusaban al de enfrente. Un mínimo respiro provoca un sofocón partidario en la acera de enfrente. La patria es una puñetera mierda para la partitocracia.

Bajo un castaño, a la sombra silenciosa sólo turbada por el trino de algún pájaro, se ven las cosas con mayor claridad, quizá porque el autogobierno es fruta urbana mientras que el viático rural tiende a la autarquía. Lo único en lo que ha colaborado el campo con la democracia ha sido en ilustrarle el caciquismo, que en éste procede en línea directa de Caín y en la ciudad desciende de los Romero Robledo, pero que, en el fondo, variantes aparte, son una y la misma cosa. Da pena, incluso enfurece, escuchar la misma murga crítica en boca de los unos y de los otros. Los partidos, los partidarios, no ven más que la paja en el ojo ajeno, nunca la viga en el suyo. Si salimos de ésta será porque de lejos nos tiren el salvavidas que aquí nos disputamos con ferocidad.

Marcha atrás

Tras mucha protesta y plantes, la Junta se ha dado cuenta de que el recorte impuesto al personal sanitario es ilegal y hasta sugiere que puede haber otros colectivos que también resulten “no recortables”. Y uno se pregunta quién proyectará los recortes de la Junta, para qué le sirven a ésta sus servicios jurídicos, porque más bien da la sensación de que esos recortes se han dispuesto a lo tonto modorro, trazando la raya sin pensárselo dos veces, un modo inverosímil de reaccionar contra una crisis tan compleja y delicada. A esa consejera irresponsable debería deberían encargarle una faena más sencilla. Los sanitarios andaluces lo agradecerían una barbaridad.

Sobre el pudor

La noticia de que el gigantesco Museo Nacional chino de la plaza de Tiananmen expondrá una muestra del Renacimiento hizo concebir en el cogollo de la cultura europea la ilusión de que, contra lo predicho por algunos de los viejos sociólogos, las naciones no queman etapas en su modernización ni siquiera en la “aldea global”. La que nos llega ahora sobre la anacrónica censura decretada por sus autoridades culturales que culmina, de momento, con la pixelación de los genitales en el David florentino de Miguel Ángel, nos desmonta la idea lanzado por en su día por Gautier de que el pudor es una invención moderna y cristiana. En la fenomenal “Historia del Cuerpo” que coordinó Alain Corbin, Daniel Arasse denuncia el cinismo del Aretino al denunciar la indecencia de los frescos de la Sixtina y, en especial, los de El Juicio Final, a los que decía considerar apropiados para el cuarto de baño pero no para un espacio sagrado, una opinión que, no hay que engañarse no fue minoritaria ni mucho menos y que acabó zanjándose cuando Pío V ordenó a Danielle de Volterra que cubriera los genitales con sus famosos “braghettonne”. En plena emergencia económica y social, los chinos viven su particular Renacimiento con cinco siglos de retraso, al menos en el espacio moral, haciendo buena la broma de Rémy de Gourmont de que el pudor sexual no es más que un progreso sobre el exhibicionismo de nuestros ancestros los primates. En China es frecuente ver una larga hilera de desdichados arrodillada para facilitarle a los verdugos el tiro en la nuca, cuya bala habrán de pagar los parientes, y concentrar en Shanghai un modernismo desmadrado que desconcierta al turista occidental, pero parece que el país no está preparado, en cambio, para ver una escultura desnuda ni siquiera en la penumbra de un museo. Siempre he pensado que el pudor no es más que una forma delicada de la hipocresía.

El cuerpo humano (y vuelvo a remitir a la obra de Corbin) es un tabú que sólo desmonta la civilización, el estadio libre de la evolución humana, cosa que no han entendido en su justa medida y significación ni los espíritus delicados ni los pornográficos. Felipe II guardaba para él solo algún desnudo, por no recordar la crónica grotesca del famoso “Origen del mundo” de Courbet. Eliminar ese tabú nunca ha sido fácil y la explosión china no tenía por qué ser una excepción. Al fin y al cabo la relación entre el pudor y el vicio constituye un viejo tema.

Epulón y Lázaro

El argumento de paliar la pobreza expoliando a la riqueza no lo han inventado estos penúltimos socialdemócratas sino que es, casi, un invariante del espíritu de justicia que, paralelamente al egoísmo, anima desde siempre a la conciencia humana. Hoy día se ha convertido, es cierto, en un “leiv mitiv” electoral pero parece que su eco llega también a las mayores alturas. En la ONU, por ejemplo, la Conferencia para el Comercio y del Desarrollo acaba de proponer un tasa especial para las “grandes fortunas” –¿les suena?– que ella calcula que vendrán a ser más de 1.200 en este año de gracia, entendiendo por grandes afortunados a aquellos que posean, como mínimo, el miliardo de dólares, que en su conjunto sumarían 4.600 miliardos, o sea, cuatro billones y medio bien despachados de esa ansiada moneda, a los que de imponérseles la tasa de un 1 por ciento apenas notarían el rasguño pero cederían a los países desarbolados nada menos que 46.000 mil millones. La ONU ofrece, en este caso, un detallado cuadro de la distribución de la riqueza en el planeta, llegando a la conclusión que, de aplicarse finalmente la tasa, ni se enterarían esos afortunados ya que, suponiendo que si la media de ellos dilapidara mil dólares al día, ninguno lograría liquidar su fortuna en menos de 10.000 años. Son “elegantes”, como dicen los científicos, estas propuestas que tienen poco de utopía y mucho de remiendo en el sayo de esta sociedad desigual que va distanciando más cada día a quienes nada poseen de quienes tienen de sobra y creen ya escasamente en la perícopa lastimera de Epulón y en la gloria de Lázaro. La riqueza lo es todo, opinaba Eurípides cuando los plutócratas más encumbrados no podían ni soñar lo que con el tiempo llegarían a ser.

Gravar especialmente a los ricos debería ser una propuesta indiscutible o, como ocurrió hace poco en Francia, una ocurrencia de ellos mismos, un gesto razonable de quienes saben que poseen lo que no podrían dilapidar en cien vidas a favor de aquellos desafortunados a los que el ahorro no habría de sacar de su precariedad. Con lo que muchos no tragamos es con la pantomima política que supone reclamar ese impuesto sobre las grandes fortunas a título maniqueo y sabiendo de antemano que nunca cuajará. En el Satiricón resuena la voz de Petronio preguntándose qué coños pueden hacer las leyes allí donde sólo reina el dinero. Veinte siglos después aún escuchamos su eco.