Están que lo tiran

Literalmente: la Junta de Andalucía reconoce que “tiró” el equipamiento de un laboratorio de análisis de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir al menos en un 80 por ciento. Es la más clara prueba de descontrol y despilfarro que practica el gobiernillo autónomo y, en cualquier caso, un desaguisado por el que, sin retraso, alguien –la propia Confederación, por supuesto– debería reclamar a la consejería de Medio Ambiente, autora de semejante disparate, una explicación y las responsabilidades correspondientes. Y es una muestra de la descoordinación que practica la Junta desde sus inicios. Al destruir ese laboratorio, además, los destructores ponen de relieve su inepcia tanto como la desmedida tolerancia con que la Junta gasta el dinero público.

Vacas flacas

Un alto responsable de las empresas alimentarias acaba de predecir el empobrecimiento de los países europeos. Jan Zijderveld, prioste del imperio comercial holandés Unilever, no tiene ninguna duda sobre este vuelco de nuestra economía continental, en cierto modo coincidiendo con la idea expuesta en 1958 por Gabraith, en “La sociedad opulenta”, de que el gran pecado que entre todos hemos cometido es el de consumir los bienes de consumo descuidando los servicios sociales, una propuesta que fue contestada por Hayes quien no veía en la incitación publicitaria ningún riesgo sino todo lo contrario. Zijderveld, mucho más pragmático y sin retirar la mano de la registradora, da por seguro, en todo caso, que la pobreza volverá por sus fueros en Europa y se propone, en consecuencia, adaptar su oferta a las posibilidades de un consumo de presupuestos mucho más cortos como, según el Finacial Times Deustchland, está ocurriendo ya hace algún tiempo en el mercado español. Me entero, por otro conducto, de que una organización caritativa española ha debido recurrir a una especie de servicio a domicilio para acercarle la comida a familias de pobres vergonzantes que no son capaces de acudir directamente a los comedores a recoger su sustento. Vuelve la pobreza más bien severa, esperemos que no como la de otras etapas que hemos malvivido antaño, pero con la virulencia precisa para que, al menos durante una larga temporada de reajuste financiero, nada vuelva ser como era y tal vez el lastimoso espectáculo de las gurumías descritas por Galdós en la sufrida clase media y hasta en los cortejos de la miseria reproducidos con disimulada ternura en las tragedias de Valle.

El problema consiste quizá en que mientras se desmadeja el grueso de la sociedad sabemos que hay sectores que se han enriquecido hasta límites difíciles de concebir, especulando con la circunstancias de los “nuevos pobres”, en el mayor fracaso de un sistema económico no impuesto de que haya memoria. No volverá en mucho tiempo aquel excedente basado en el crédito amable que permitía a los ciudadanos medios un nivel de vida creciente y al dinero unos márgenes que se han demostrado ilusorios. Es la lógica de las vacas gordas y las vacas flacas enmascarada en la crítica teoría de la sociedad desigual. Los listos del mercado, simplemente, ha decidido adaptarse a las posibilidades reales de la pobreza.

La mala suerte

Lo estamos viendo en nuestro propio país y no sin alguna razón: el Estado se ve obligado a ayudar a los pobres pero se propone “investigar” sus circunstancias para evitar el abuso del holgazán. Volvemos a la preocupación de nuestros teóricos del siglo XVII sobre la distinción entre “falsos y verdaderos pobres”, y no sólo aquí, sino en casi todos los países desarrollados, continuando una tradición doctrinaria inmemorial consagrada a “explicar” la desigualdad humana en función de los que solemos llamar “suerte”: habría dos clases de hombres, los favorecidos por la “buena suerte” y las víctimas de la “mala suerte”, realidad que Plutarco consideraba el peor de los males de la república. Ahora bien, esa teoría siempre igual a sí misma, adquiere en el periodo moderno un aire científico que, visto de cerca, no es más que pura ideología de clase al menos desde que el patriarca Adam Smith dejó claro su convencimiento –en cierto modo procedente del mito bíblico– de que la meritocracia debería ser la única vara de medir el destino de los vivientes. Claro que hay pensadores disidentes, como ese John K. Galbraith, cuyo opúsculo titulado “El arte de ignorar a los pobres” acaba de ser reeditado y al que varios críticos se han precipitado a reunir con el delicioso discurso de Swift (“Du bon usage du cannibalisme”, 1729) en el que proponía utilizar la carne de los niños desposeídos para conseguir “platos de una carne excelente” en lugar de soportar una multitud de harapientos mendigos. No hizo falta el calvinismo –y que Max Weber me perdone—para convencer a los afortunados de que sus bienes no eran sino el signo de la protección divina, siempre atenta con la virtud: Galbraith proclama que esa justificación constituye un motivo de debate intelectual de toda la vida.

Hoy no habría nadie que asumiera, ni en broma, la irónica propuesta de Swift, porque el Estado dispone de medios más sutiles y un ejército liberal abrumador. Es indudable que, en efecto, mucho infortunado abusa abonando el cenagal de la economía subterránea, pero no lo es menos que el Estado, además de ser incapaz de evitarlo, resulta ser el primer calvinista (o benthamista) apoyado por los Hayes, los Phil Gramm y tantos otros, hodiernos continuadores de la antigua tesis de la buena y la mala suerte. Swift no tenía ni idea de hasta dónde podía llegar la pobreza. Su ironía hubiera constituido hoy un puro sarcasmo.

Andalucía rescatada

Se acabaron los cuentos: la Junta de Andalucía va a acudir en demanda de rescate al Gobierno. El Fondo de Liquidez tendrá que “rescatarnos” ya que los bancos se niegan a conceder créditos a un gobierno regional que ha duplicado su Administración y se niega a reducirla, y que está protagonizando el escándalo de los ERE y las prejubilaciones falsas, entre tantos abusos y despilfarros. Griñán ha llevado la Junta a este punto de insolvencia que deberá ahora remendar el Gobierno “no amigo” con las lógicas condiciones de toda operación financiera. Hemos tocado fondo, pero sin dolor de corazón y sin el menor propósito de enmienda. Se acabaron los cuentos. La Junta carece de liquidez, simplemente, porque ha tirado el dinero durante un decenio.

Eros y porno

Es común a la mayoría de los filósofos que en el mundo ha sido, la idea de que en el amor, o más concretamente, en la práctica del sexo, está todo descubierto y bien descubierto desde muy antiguo, así como el amor genuino, esto es, el amor romántico, no es más que un producto reciente de la imaginación de los trovadores. Hombres y mujeres repiten el mismo gesto sexual desde la noche de los tiempos, por más que la evolución de las relaciones –la civilización, digamos—haya ido imponiendo repertorios más o menos pasajeros que no son sino matices de un mismo modelo inconsciente. Las “madames” de lujo engatusan con éxito a los membrillos pródigos con técnicas capaces de revolucionar su erotismo no por otra cosa sino porque estos “experimentadores” convierten en demandas propias, a las primeras de cambio, la oferta de novedades que le llegan del negocio psicalíptico. El “Kama Sutra”, “El Satiricón”, “La Lozana andaluza”, los inventos Diderot o de Chaderlos Laclos, los cuentos de Henry Miller o Bukowski, las ingenuas maldades de Bataille o Pierre Louys, son todos ellos, en el fondo, una misma cosa, no les quepa la menor duda, porque si hubiera alguna posibilidad al margen de las prácticas convencionales por supuesto que se sabría.
Las novedades que ofrece la industria del erotismo son, por lo general, puras estafas piramidales de las que, eso sí, los primos que las consumen son sus más ardientes propagandistas. En USA, por ejemplo, está arrasando una moda llamada “mommy porn” (porno para las mamás, más o menos) y en especial una obra vendida por cientos de millares que, bajo el título de “Fifty Shades of Grey”, parece ser que es la actual favorita de las amas de casa, y que consiste en el relato de una historia apasionada entre una jovencita y un joven arrebatador que la introduce en el “sancta sactorum” del placer invitándola a su “red room of pain”, su cámara del dolor, hasta logar su felicidad en esa cuatrilogía que ha hecho célebre la sigla “BDSM” y que quiere decir, descodificada, ni más ni menos, que “esclavitud, dominación, sumisión y masoquismo”. La autora de ese invento es una madre con dos hijos que confiesa haber ignorado todo sobre esas “técnicas” antes de escribir su relato con que se está forrando a base de ilusionar a las mamás ávidas de nuevas sensaciones. Hace mucho que sabemos que el amor es un fracaso que solo los ingenuos creen que puede redimir la perversión.

Efectos del calor

“Yo no era el todopoderoso, era el interruptor”, Gaspar Zarrías, ex–todopoderoso. El sistema (de los ERE) era legal”, Carmen Martínez Aguayo, consejera de Hacienda. “No todos somos iguales”, Juan Ignacio Zoido, presidente del PP. “El informe dirigido al consejero no debe quedarse en un estante”, Manuel Gómez, ex-Interventor General de la Junta. “¿Connivencia con los propietarios? O el ministro de Interior estaba borracho o es que es así de tonto”, Juan Manuel Gordillo, diputado autonómico. “Si no hubiera sido por los asaltos a los supermercados el Gobierno no habría renovado la ayuda de 400 euros”, Diego Cañamero, portavoz del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). “Se ha cometido un error garrafal”, fuentes sindicales de la Policía. “Cada uno puede decir las tonterías que quiera”, José Antonio Martín, Fiscal Jefe de Córdoba.