El mundo por montera

Parece ser que el ex-alcalde de Jerez, Pedro Pacheco, convirtió en funcionarios municipales a 93 personas saltándose todas las reglas y normativas. El hecho no extraña demasiado en Pacheco, que fue quien descubrió que “la Justicia es un cachondeo”, y se podría apostar, además, a que hay por ahí más de un moterilla que ha hecho lo mismo que él. Ahora bien, ¿es que no se castigan estas actuaciones ilegales, es que no hay responsabilidad jurídica en quienes procediendo así arruinan las Administraciones? ¿Y los sindicatos, se les escapó en su día aquel coladero y no advirtieron nunca la presencia de cerca de un centenar de trabajadores en un Ayuntamiento? Se ponen el mundo por montera y nada les ocurre. Ésa es la clave de estos abusos impunes que, al final pagamos entre todos.

Nosotros y ellos

La defenestración del bipresidente Dívar, ese triste caso que ha dejado en evidencia la vileza de amplios sectores de nuestra sociedad y el oportunismo de cierta progresía, ha servido, aparte de para destruir a su protagonista, para poner de relieve el inaceptable régimen económico que, en los peores momentos de la crisis de todos, endulza la vida de algunos estamentos. No voy a repetir (remito al incontestable informe crítico de Victoria Prego aparecido el domingo en estas páginas) los detalles de ese reparto desorbitado de emolumentos y gollerías de que disfrutan los más altos magistrados de la nación (CGPG, TS y Tribunal de Cuentas), casta decidida a vivir la vida de espaldas a la sociedad, así prospere la vida o caigan chuzos de punta, abuso que ofende sobre todo a los miles de jueces y magistrados que en España ejercen su tarea en la más absoluta penuria y remunerados de modo cicatero, pero también, más si cabe, a los millones de parados que caminan por el filo de la navaja hacia un futuro de escasas esperanzas. Sueldos millonarios, coche oficial permanente, viajes pagados con una liberalidad intolerable, separan a esa casta del resto de los funcionarios –incluidos los de los llamados grandes cuerpos—convirtiéndolos en el exponente de una política arbitraria que ellos deberían ser los últimos en aceptar.

Ahora resulta, además, que si el defenestrado Dívar abusó del presupuesto, no le fueron a la zaga muchos de los consejeros que lo han linchado ante la opinión deteniéndose en el detalle de su vida privada pero escondiendo las cuentas propias, que es lo que de verdad nos interesaría conocer, y de otro lado, que no son sólo los próceres del CGPJ los que mangan de esa manera, sino que van por la vida en compañía de sus colegas del TS (que cobran la mitad que ellos, por cierto) y los del Tribunal de Cuentas. ¿Cómo explicarle al contribuyente que en un país de parados y mileuristas, las más altas autoridades de la Justicia gozan de privilegios realmente prohibitivos? ¿No resulta incluso sospechoso este mimo que el Gobierno concede a los más Altos Tribunales que, llegado el caso, serán sus propios jueces? Dívar ha sido el buco propiciatorio de una sociedad vecindona y de una clase política que se aprovecha de su ignorancia. Ha servido quizá para legitimar ese abuso generalizado del que no teníamos noticia ni quizá hubiéramos podido imaginar en tan altas instancias.

Gratis total

La última de esta crisis es la idea, que partió de un rector y la Junta ha hecho suya, de abrir las puertas de la Universidad a profesores sin sueldo. Lo ha reiterado el consejero Innovación y no sé cuantas cosas más, Antonio Ávila, a quien la idea le parece estupenda, pero sin plantearse que mucho más ahorraríamos si la política la ejercieran voluntarios sin sueldos. Claro que si pagándoles, la Universidad va como va, imaginen la que puede organizarse si, a partir de ahora, se entrega el “alma mater” a aficionados gratuitos que, lógicamente, tendrían  que ser ricos o tontos de baba. Muchos hemos trabajado en la Universidad con sueldos de hambre, pero gratis total no se le hubiera ocurrido ni a ése que dicen que asó la manteca.

Ley de vida

La foto del príncipe heredero con Hillary Clinton –posiblemente la mujer más poderosa del mundo—sugiere, en ese idilio virtual que refleja la expresiva sonrisa de la dama, una afortunada empatía que es un signo definitivo de esta otra transición tranquila que, evidentemente, están escenificando el Rey y su hijo. En boca de la dama hemos podido escuchar el elogio de un joven en la plenitud de su vida pero es, sobre todo, en la expresión de su rostro donde se refleja una simpatía muy superior al gesto firme a que Hillary nos tiene acostumbrados. Mientras tanto, allá en el Campo de Gibraltar, se producen otras instantáneas que muestran una de las escena más castizas que imaginarse puedan, a saber, la visita a la Guardia Civil de un Rey renqueante pero estirado en su uniforme castrense que, con toda evidencia, ha puesto en marcha su propia sucesión, el relevo generacional que siempre llega pronto para el mayor y tarde para el heredero. A mí me parece cada día más absurdo enredarse en esa ilusoria tarea que es el nuevo republicanismo, porque, como se ve, un Rey puede recobrar su prestigio con sólo mostrarse un par de veces atento al humor nacional, y un Príncipe puede conseguir la adhesión en las más altas esferas, con sólo devolver la sonrisa y leer el papel que le haya escrito un edecán. Las monarquías , como los toreros, tienen esa facultad proteica de reponerse de las más graves lesiones, pero para ello es imprescindible que su crónica recuerde lo menos posibles la tragedia griega o shakesperiana. Nada habrá ocurrido en Boswana ni en la cueva del yerno, mientras el Rey tenga fuerzas para aguantar de pie un desfile y el Príncipe subyugue a las “damas de hierro” sólo con mostrar la fachada. Que nos puede salir un Carlos II, vale. ¡Pero anda que si nos sale un Cardo Rovira!

 

Mi impresión es que este calendario (no me da la gana de decir  “hoja de ruta”) está atado y bien atado con independencia de que, como es siempre probable en este negocio, pueda surgir de pronto un argumento que malogre la previsión. Aparte de que, a ver qué es mejor, asistir a un relevo controlado en tiempo y forma, o apuntarnos a una gerontocracia que, por más respetable que resulte, nunca iba a lograr sonrisas como la que la Clinton le ha dedicado a don Felipe antes de piropearle retrechera y por todo lo alto. Estamos en plena “tercera transición”. La muleta del Rey junto a la sonrisa de Hillary hablan por sí solas.

La izquierda rota

Dura se le está poniendo la cosa a los “valderitas”, acusados por los disidentes de su propia “base” de hacer de mamporreros del PSOE a cambio de colocar a familiares y deudos. La denuncia abierta –como suya—que ayer hacía Julio Anguita en estas páginas o el chupinazo que le dedicaba Luis Carlos Rejón a la “nomenklatura” dejan claro, además, que no debemos entender por “bases” una amalgama informe y desdibujada, sino un partido dentro del partido, no solamente disconforme sino avergonzado de lo que se está haciendo con sus votos. Con tristeza hemos dicho en varias ocasiones que este pacto de Gobierno iba a ser la tumba de IU como alguno anterior lo fue del PA. Valderas debería orientarse por Antonio Ortega en vez de tentar la suerte con dados “cargados”.

La pelea política

Vamos siguiendo el curso del debatillo provocado por el Defensor del Pueblo en el Parlamento autónomo al recordarle a los diputados que “la gente está hasta el gorro” de ellos y de sus inacabables “peleítas”. A sus Señorías, que en un primer momento aplaudieron al Defensor por el aviso, les ha cambiado luego el humor y quieren que éste reciba una reprimenda institucional. ¡Qué bárbaro, tomar a mal unas palabras tan elementales y comprobables, y achantarse, sin embargo, cuando los sondeos sitúan la estima pública  junto a la prostitución, es decir, en lo más bajo! Charles Péguy sostuvo que los políticos piensan  igual que nosotros de la política y decía que ellos son los primeros en estimarla en lo que valen, esto es, en despreciarla, pero es el caso que el Defensor no ha despreciado en modo alguno el valor ni la tarea política sino que se ha limitado a reprocharle a sus actores que la hayan reducido a un pulso maniqueo e inútil, en virtud del cual todo lo que unos hacen es bueno y cuanto hace el adversario es malo, práctica que ha minado por completo su credibilidad. Que la política consista en un pulso no es ninguna rareza, pero que no quepa esperar de ella más que la descalificación del contrario y la exaltación de lo propio, descubre al ciudadano la inanidad de un proyecto del que es legítimo esperar mayor enjundia. Claro que es posible que haya que interpretar esa miseria dialéctica como la consecuencia inevitable del bajísimo nivel de nuestros representantes cuya formación se reduce, en muchos casos, demasiados, a la experiencia conspiratoria aprendida en los pasillos del partido. No esperará el Defensor de muchos de estos portavoces que han alcanzado el ambón trepando análisis profundos y, menos aún, argumentos complejos. Lo que hay es lo hay y eso, Defensor, a saber,  una asignatura pendiente de este sistema de libertades corrompido en partitocracia. Es más fácil tirarle el jarrón a la cabeza al rival que tratar de recomponerlo.

 

No son sólo los partidos, sino los medios, la sociedad en su conjunto la que está demediada y, en consecuencia, actúa con simpleza limitándose a seguir conveniencias ocasionales. Las “peleítas” no son exclusivas de los bienpagados profesionales de la vida pública sino de toda una cultura de masas que se alimenta con la papilla maniquea. Si los políticos hicieran bien su trabajo, ni que decir tiene que sobraría el Defensor.