Digo Diego

Donde dije digo digo Diego. Sabio refrán conforme con la opinión de que corregir los errores es propio de sabios pero no tanto con la idea de que mudar de opinión en un pispás lo sea también. Ciudadanos, es decir C’s, sostén de doña Susana en la Junta, que hace nada y menos se alineaba con el PSOE para evitar un debate general en el Parlamento sobre la situación degenerativa de nuestra sanidad pública, lo hace ahora con el PP (y junto a IU y Podemos) para provocarlo. Se ve que la presión pública ha logrado fracturar –de momento, por supuesto— el pacto blindado que, no se sabe a cambio de qué, C’s mantenía con el PSOE. C’S reconoce incluso “el importante deterioro que está sufriendo la sanidad en Andalucía”. Lo dijo Shakespeare: bien está lo que bien acaba.

Recuerdo de un maestro

Si hubo en maestro discreto, yo diría incluso secreto, en el pensamiento español del siglo pasado, fue Xavier Zubiri. El antiguo sacerdote –casado luego con la hija de don Américo Castro—trabajó en una suerte de clandestinidad voluntaria tras su breve paso por la universidad de Barcelona, en la que enseñó tras su vuelta de Alemania, donde había forjado el núcleo de sus ideas en torno a Husserl y Heidegger. Zubiri, para algunos universitarios matritenses de los años 60 era una referencia no poco fantasmal, del que oíamos hablar a nuestros maestros pero del que no dispusimos de obras hasta bastante después. Mi recuerdo se centra en las conferencias que ofreció en la Sociedad de Estudios y Publicaciones que él mismo había fundado y en la que manejaba los hilos otra eminencia semisecreta, nuestro paisano José Antonio Muñoz Rojas. A ellas fuimos acompañando a Maravall algunos de sus alumnos más cercanos –Antonio Elorza y yo mismo—para escuchar sus famosas “Cinco lecciones de Filosofía” en las que iluminó luz tantas veces desconcertante, los sistemas de Aristóteles, Kant, Comte, Bergson y Husserl. Un público expectante se apiñó aquellas cinco tardes de la primavera ¿del 63? y hasta el maestro hubo de rechazar con energía la avidez de los fotógrafos con una frase que algunos no hemos olvidado: “No, por favor, nada de fotos. Yo soy una persona muy modesta…”.
Es posible que muchos de nosotros nos alejáramos de la filosofía entrillada por entonces entre escolasticismo dominante y la metafísica minoritaria del propio Zubiri, que en su libro “Sobre la esencia” consiguió reparar incluso a los entusiastas de su “Naturaleza, Historia y Dios”. La herencia de Ortega, castigada en nuestra universidad con la displicencia o elogiada hasta el paroxismo, según, ocupaba de modo vago aunque brillante ese campo de la reflexión, fuera del cual no encontrábamos más que reliquias postmedievales. Algunos de nosotros, saprofitos de nuestros respectivos maestros, logramos incorporarnos luego a su exclusivo Seminario donde, al menos quien escribe, descubrió sobre su aportación a la teoría del conocimiento. Modesto y discreto, Zubiri fue nuestra gran referencia un poco mítica y en torno a él vivaqueó lo mejor de nuestra inteligentsia, desde Laín a Marías pasando por Maravall o Díez del Corral, sin que su obra, desde luego, penetrara más allá de un reducido círculo de espíritus inquietos. Dicen que nadie ha recogido su testigo. No sería yo quien sostuviera lo contrario.

¡Esto es carnaval!

Esto es-carnaval y esto-sí-que-es una- chiri-gota: Kichi de Cádiz, el alcalde de la camiseta y la mochila, el mismo que recibe de uniforme podemita a un Almirante de la Armada y a quien se tercie, se puso antier de chaqueta y corbata para recibir a la presidenta de la Junta cuyo “cambio de rumbo” (¿?) afirma haber constatado. La verdad, uno acostumbrado ya al mochileo de ese munícipe “sans façon”, casi le gustaba ya más con su indecorosa indumentaria, pero hay que comprender que en Carnaval y en Cádiz lo suyo es disfrazarse y ocultar al personaje genuino. Veremos ahora si conserva el atuendo de respeto o vuelve a lo suyo. A algunos, en todo caso, nos ha defraudado ese “tipo” que hace de las anteriores recepciones un claro deasire.

¡Gracias generosos!

La Junta ha cedido, al fin, ante la “marea blanca” –que no era otra cosa más que un potente artefacto en la quilla de ese buque fantasma que va siendo ya la sanidad andaluza– deshaciéndose del viceconsejero de Salud y del Gerente del SAS. ¿Ven cómo hay ocasiones en que aguardar a que escampe el chaparrón acaba costando caro? El portavoz de la Junta, que es gran imaginativo, ha agradecido con vehemencia a los dos cesados su “generosa dimisión”, pero es obvio que lo ocurrido en realidad es algo mucho más grave: ni más ni menos que el clamor popular de quebrado la silla de don Tancredo y asestado un golpe tremendo al sistema de público de salud. Darle las gracias encima a los defenestrados es demasiado incluso para ese portavoz.

La caldera escolar

A las razones hechas públicas por la profesora de Marchena sobre la insostenible situación de una docencia sin la mínima autoridad, se junta la afirmación de un experto de que uno de cada tres estudiantes infantiles o adolescentes es víctima del acoso escolar, y también, nuevamente, la noticia de que desde los despachos de la Junta –esta vez en Montilla como antes en Ayamonte— se aprueba incluso a los alumnos pésimos suspendidos por sus profesores, en los despachos políticos. Todo sea por contentar al personal y encubrir el abandono y el fracaso escolar que, año tras año, confirma el prestigioso Informe Pisa. Incluso reducir al profesor a marioneta y saltarse a piola (a pídola, por supuesto) su incuestionable derecho a la calificación.

Dso crespones negros

Desde el otoño acá hemos perdido dos de los grandes pensadores de esta España tan escasamente reflexiva. Se fue Gustavo Bueno, el insobornable, el radical de la razón, el intratable dialogante ne menos que tuvo la “corrección política”. Una vez, en la tv, la reconvino ingenua la locutora con el tole-tole de que toda opinión merece respeto. “¡Quien han dicho eso!”, se rebeló Gustavo. Acaso tengo yo que respetar a uno que venga diciendo que acaba de pasar un burro volando?. Todo un pensador y, si me lo permiten, un moralista a ultranza, incapaz de aceptar el sofisma más nimio. Y con una obra memorable, escrita sin dejar de hablar –su escuela asturiana da fe de su influencia—que, más o menos, hemos ido digiriendo siquiera algunos no siempre conformes con sus postulados. Su magno proyecto, “El cierre categorial”, ésa penúltima reflexión sobre la Ciencia y su circunstancia –que debe no poco, a mi juicio, a las dos obras mayores de John D. Bernal—constituye para muchos de nosotros una de las claves de bóveda del pensamiento filosófico –más buen epistemológico— de la postmodernidad. Nos hablábamos casi mensualmente, sobre todo desde la desdichada hospitalización de su mujer, y no me he topado con mayor afecto y comprensión que el que me regaló ese “intratable”. Cuando me ofreció clausurar en Sevilla el Congreso de Filósofos Jóvenes aceptó mi entonces vago agnosticismo con una exquisita sensibilidad.

Con él se ha ido también Gonzalo Puente Ojea, una de las cabezas más potentes que he conocido, más allá de su obsesiva y creciente obsesión ateísta que le hizo abominar incluso de los agnósticos. Gonzalo, diplomático de carrera, escribió en los años 70 una obra memorable, “Ideología e Historia”, en la que aclaró definitivamente, entiendo yo, muchos aspectos controvertidos del cristianismo primitivo así como del papel histórico de la corriente estoica. Aunque luego, a su vuelta del Vaticano –donde le enviaron maquiavélicamente los provocadores del gonzalismo—se enzarzara en una inacabable pelea ideológica con la creencia religiosa. José (Pepín) Vidal Beneyto y yo le cedíamos nuestras dos clases una vez al año en la Facultad de Sociología de la Complutense, cuando todavía no andaba extraviado en esta postrera obsesión. Dos pérdidas demasiado importantes para nuestra precita reflexión nacional, insustituibles tal vez aunque nos refugiemos en sus decisivas obras. Dos españoles muy singulares que suponen una irreparable pérdida para nuestra cultura.