El diablo cojuelo

No me hallo desde que estalló el bombazo conspiratorio de las grabaciones al ministro de Interior. No me siento seguro, qué quieren, sabiendo que un ojo cibernético puede vigilar mi intimidad como quien no quiere la cosa. Vélez de Guevara imaginó a un diablo encerrado en una redoma de cristal al que un estudiante de los antiguos libera recibiendo a cambio el privilegio de observar la vida de toda la ciudad. El hormiguero de Madrid –aquella “Babilonia española”— apareció inocente a los ojos de los alcahuetes que contemplaron a placer aquella hora del descanso en que las gentes se daban prisa a quitarse zapatos y medias, calzados y jubones, basquiñas, verdugados, guardainfantes, polleras, enaguas y guardapiés, “quedando las humanidades menos mesuradas y volviéndose a los primeros originales que comenzaron el mundo horros de toda baratija”. Un viejo sueño –penetrar la intimidad–, eterna ilusión de los curiosos y tarea de las dictaduras. Pues bien, Guevara no podía imaginar la literalidad que su metáfora adquiriría en nuestro tiempo, la era de ese “homo loquens” alienado desde su “esmarfon” en el vértigo de la locuacidad.

Mi amigo Maikel, que es sumo conocedor de los secretos informáticos, sonríe ante mi cándida estupefacción por lo del ministro jaqueado: “Mira –me dice condescendiente–, ¿es que tú no sabes que tu móvil puede ser una oreja y hasta un ojo vigilantes en tu privacidad? Hay programas espías capaces de activar el micro de tu móvil de manera remota, localizarte y grabar tus conversas, hacerse con tus mensajes y, en definitiva, vigilarte de la mañana a la noche”. “¡No jodas, Maikel!”. “No,si no jodo, es que es así, y no imagines al hacker escondido en su garaje; piensa mejor en las universidades, en las grandes, y en las cuevas más altas del poder. ¡Los americanos se quejan de Snowden como si ellos no hubieran espiado a la mismísima Merkel…!”. Maikel ha apurado su copa de solera y se ha despedido con esa libérrima naturalidad propia de la edad de oro, y yo he vuelto a casa dispuesto a quitarle la batería al celular que, por lo visto y oído, es lo único que puede protegerte de Cojuelo. ¡El techo de cristal! El mito no podía imaginar siquiera que el progreso arrasara la intimidad, esa conquista cívica exclusiva de nuestra especie. Lo raro es que no lo supiera el pobre Fernández, el ministro que dicen que levita los sábados viajando sin cesar desde Fátima a Lourdes. No son más primos porque no se entrenan.

El “régimen” pierde pié

Ganó el PP en Andalucía, el “sorpasso” se produjo, pero no en la dirección que se esperaba. Es otra derrota de doña Susana que le pone difícil su sueño del salto a Madrid y que, de paso –depende de cómo de listos sean los negociadores del imprescindible pacto nacional– hasta podría quebrarle la pata de Ciudadanos y deshacer los manejos del mayordomo de C’S, Juan Marín. Claro que Sánchez tampoco lo tiene fácil a pesar del nuevo batacazo de la Presidenta. El “régimen” pierde pié y hasta puede que aparezca ya en el horizonte la cofa del otro “sorpasso”, el del PP, que podría poner fin a treinta y tantos años de clientelismo y cosas peores. ¡Quién ha visto y quién ve al partido hegemónico! Muchas veces va el cántaro a la fuente…etcétera.

Cosas del Brexit

Europa se ha roto, quién sabe si irreparablemente, impulsada por la marea del populismo –Francia, Italia, España…– y del “revival” de los nacionalismos. Oigo afirmar en la tele a una británica que Churchill hubiera visto con muy buenos ojos este regreso al pasado, ignorando tal vez que, antes del tratado de Roma, aquel gigante de la política había propuesto ya la idea de conformar unos Estados Unidos de Europa. Y aquí, entre nosotros, a pie de urnas, escucho también, junto a los discretos lamentos de los grandes partidos, opiniones extravagantes. Como la de esa hijuela tardía de Anguita, Alberto Garzón, quien tras liquidar de hecho –ya lo veremos—a la vieja Izquierda Unida entregándola con armas y bagajes a los antisistema, proclama ahora, en plan politólogo, que el desastre británico, “más que problema es un síntoma”, la consecuencia, siempre según él, de una “Europa para los mercaderes construida contra los pueblos” –toma ya–, la consecuencia, no ya de la alienación retrógrada de los partidarios de aislarse y disgregar, sino “de la política de extrema derecha en toda Europa”. Por lo visto no se ha enterado de que ha sido la extrema derecha británica la que, tras los coqueteos de Cameron, ha roto el viejo pacto, ni tampoco de que a los neonazis franceses de Le Pen les ha faltado tiempo para reclamar otro referendo con el que sacar también a Francia de la Unión continental. Ya se enterarán y bien pronto. Las bolsas ya se han enterado.

Hay que entender que el tirón aislacionista no es nuevo sino que es un rasgo esencial del carácter británico, de eso que se llama “el complejo de insularidad”, como si el Canal de la Mancha garantizara aún su ventaja estratégica y el país pudiera vivir de espaldas a un mundo por completo globalizado. El viernes me acordaba de esa metáfora, equívoca pero elocuente, que es el “efecto mariposa”, y me acordaba contemplando el panel de la Bolsa y esa caída prodigiosa que augura probablemente –para ellos y para todos— males mayores. Entre ellos, el auge del airón populista, la ilusión antisistema (de la extrema derecha y de la extrema izquierda), que amenaza no sólo al interés económico, porque también compromete en su conjunto al modelo político de nuestras democracias. Aunque lo malo no es que no se enteren –o que no quieran enterarse— ellos; lo malo es que vamos a “enterarnos” todos. Anguita teorizando junto a Monedero me confunde y alarma, a pesar de que él sabe que le quiero bien.

Vuelve Mortadelo

Es realmente admirable el hecho: unos espías, evidentemente partidistas dadas las circunstancias, logran grabarle una conversa al mismísimo ministro de la Gobernación. Lo que no sería, desde luego, un hecho nuevo. Un ya fallecido subsecretario de la casa, Eduardo Navarro, me contó, bajo promesa de sigilo (que ya ha prescrito), que a Rosón le desapareció una valiosa estilográfica de la mesa ministerial, lo que no debe sorprendernos en el país que confió su gran policía a un sujeto como Roldán que empezó por falsificar sus títulos y acabó llevándose los fondos de los huérfanos del Cuerpo. Rubalcaba dijo en el Congreso que él “lo sabía todo de todos”, hipérbole evidente que, todo caso, resulta menos inverosímil que el hecho de que hasta el último peatón pueda escuchar las conversas del ministro en su propio despacho. ¿No dice el director del CNI, mi general Sáenz Roldán, que en España disponemos del mejor servicio secreto del mundo? Pues entonces a ver quién nos explica cómo el ministro responsable de la seguridad nacional no controla la suya propia. No entro para nada en el debate sobre la dimisión de este ministro tan devoto, porque si fuéramos a exigir dimisiones en este corral, tal como anda el aprisco, no acabaríamos nunca. Que lo echen, total… Pero no me digan que el caso no es de tebeo y que, puestos a extrapolar, puede poner los pelos de punta a los ciudadanos. Y la Policía diciendo que no pudo tratarse de un micro –¡a ver qué va a decir!—sino que estamos ante la obra de hacker que se hizo con el móvil del ministro. Amos, anda, como decían en el foro.

Y aparte de todo, ¿no les sugiere esta extraña noticia –grabada hace dos años y revelada en la víspera electoral, ojo– que la seguridad nacional, tras las experiencias del Gal, del citado Roldán o de los tejemanejes del 11-M, precisa con urgencia de una purga discreta pero eficaz? Vale, insisto, que echen a un ministro incapaz de impedir que Mortadelo lo espíe tras las cortinas. Pero ése no es el problema, y si los aspirantes al “cambio” fueran decentes, por ahí deberían comenzar a poco que les quedara –que lo dudo— una brizna de energía ética, en lugar de utilizar el despropósito para arañar votos. ¡También le iba a pasar eso a Martín Villa o al legendario don Camilo! Hombre, es que aquello era una dictadura. Totalmente de acuerdo pero, al menos, no era un cachondeo. No sé de qué se extrañan algunos porque el leninista Iglesias ande tan interesado por controlar Interior y el CNI.

Pelillos a la mar

Se veía venir pero, sinceramente, no de manera tan descarada. La juez sustituta de Alaya ha caído en su puesto como agua de mayo para un “régimen” y un partido acorralados por la corrupción, como sabemos ahora –a tres días de las elecciones, no se lo pierdan– que ha anunciado su propósito de archivar la “pieza política” del llamado saqueo de los fondos destinados a Formación. Tendrá sus razones, y habrá de exponerlas en tiempo y forma, no lo dudo, pero ¿a que coinciden ustedes conmigo en que si la juez Alaya, tan vituperada y maltratada, siguiera en su puesto otro gallo cantaría? El instinto popular, tan malicioso, apostó siempre a que, por hache o por be, la cofradía del guante blanco acabaría yéndose de rositas. Da pena tener que darle la razón, igual si es por be que si fuera por hache.

Derrota en Burdeos

España era un velatorio en la noche del martes tras el desastre de la Selección de fútbol frente a Croacia. No sólo en las gradas de Burdeos – la patria chica (la “matria” si quieren) de Montesquieu y de Étienne de la Boétie— nos llegaban las imágenes plorantes — rostros ensimismados, miradas perdidas, sentidas lágrimas— sino que nuestras propias calles enmudecieron entristecidas. Mi nieto se negó a hablar conmigo y se fue llorando a la cama, la criatura, y mi galeno, el doctor López Guilarte, me aconsejó que refuerce mi distanciamiento brechtiano y blinde mi indiferencia. Los pueblos necesitan, sin embargo, estas pasiones que despierta el espectáculo, como bien sabían los evergetistas benefactores ya en la Grecia clásica. Paul Veyne, maestro irrebatible sobre este tema, en su libro “Le pain et le cirque”, ve en esto una estrategia de dominio y cuenta que tanto los propios césares como los senadores de fuste –Veyne habla del “point d’ honneur des oligarques”– mandaban repartir trigo y abrir el Coliseo en cuanto asomaba la punta el conflicto. Con pan y circo le gente no bulle, sino que se crece hasta apasionarse confundiendo la felicidad propia con el éxito ajeno. Pero el mismo autor se pregunta intrigado si el espectáculo enajenante es una fiesta o una religión, planteando la cuestión de si la seducción política de la plebe por esos “regalos simbólicos” serían, en definitiva una forma de corrupción. En cuanto a lo de la religión, no me imagino en un templo tanta desolación.

Y en cuanto a nosotros, tengo pocas dudas de que ese resbalón, y nada digo de una eventual derrota, va a acarrearnos acaso hondas perturbaciones políticas, quién sabe si incluso reflejadas en las elecciones próximas, porque no es lo mismo un voto optimista y dianisíaco que un voto deprimido y apolíneo, aunque tampoco tiene por qué llegar la sangre al río. Un sociólogo galo, Patrik Mignon, sostuvo que la popularidad del fútbol consiste en que “plantea el conflicto y la competición como formas normales de la vida social” y dice que los resultados son “la medida en que una colectividad contempla su destino”, posible razón para que Gregorio Morán titulara un libro suyo “El fútbol, esa gran estafa”. Nos tenían engañados con eso de que la futbolmanía era un recurso franquista. Qué va. El fútbol es, en realidad, el contrapeso instintivo de la desacralización del mundo. Se lo dice a ustedes, en confianza, un viejo aficionado.