Todos traficantes

La eurodiputada Eva Joly acaba de arremeter contra los Gobiernos europeos que afectan actitudes humanitarias y pacifistas mientras venden armas a los países menos confiables. Según sus datos, Francia habría vendido, solamente a Libia, armamento por valor más de 200 millones de euros mientras la Unión Europea, en el ejercicio 2009, habría exportado a esos países material bélico por valor de casi 350 millones, y tres cuartos de lo mismo habrían hecho en este periodo la inmensa mayoría de los países de la Unión. Todos nos rasgamos las vestiduras ante conflictos sangrientos como los que continuamente se producen en África pero nadie responde a las organizaciones pacifistas cuando preguntan a los quejosos por qué con una mano enjugan sus lágrimas y con la otra envían a los salvajes semejantes arsenales. Hace poco los británicos debatieron con energía a propósito del gesto de Cameron de dejarse acompañar en su viaje a una de esas zonas por un elenco de vendedores de armas, y hasta no faltó quien se preguntara por la diferencia real que pueda existir entre esos severos hombres de negocios y los embozados traficantes por todos denigrados. Hoy mismo, por ejemplo, se está desangrando Libia a base de armas compradas por el tirano a nuestros civilizados y comprometidos países, incluyendo a España que habría enviado a Gadafi bombas, torpedos, cohetes y misiles al por mayor, aunque no tanto como los que ha enviado a Marruecos, Irán o Argelia, a pesar de tener a la cabeza de nuestro ministerio de Defensa a una autopostulada pacifista. Todos, pacifistas o halcones, se vuelven traficantes al llegar al poder y todos –incluyendo a fuerzas sociales como los sindicatos—se tornan comprensivos con ese tráfico en función de su grave papel en nuestra industria. La propia Reina preside el comité antibombas unipersonales que nosotros mismos hemos vendido, entre otros, a los criminales que las utilizan. El dinero no tiene patria. Ni principios.

 

La sangre derramada en Zaire, el Congo, Zimbawe, Ruanda, Costa de Marfil, Sudán y tantos otros infiernos, como en este momento en Libia, han enriquecido a muchos negociantes civilizados que actuaban, por supuesto, con el visto bueno de sus respectivos Gobiernos democráticos, y que incluso se permite incumplir expeditivamente las leyes vigentes. Y no parece probable, además, que las cosas cambien ni a corto ni a medio plazo, en especial en lo que se refiere a esos fabulosos paraísos financieros que incluso actúan como amables socios en nuestras depauperadas economías. Los Gadafi no serían lo que son sin la cooperación necesaria de estos socios conniventes que, ciertamente, sin esa canalla tampoco serían lo que son.

Daños y perjuicios

Los miles de opositores a enfermeros de Almería tendrán que repetir sus pruebas como consecuencia de la filtración de los temas en Internet, y una vez desechada la chapuza que proponía la consejera consistente en suprimir sólo las preguntas filtradas y sustituirlas por las de reserva. Bien, pero ¿quién indemniza ahora a los opositores que con todo derecho clamarán, si se siente perjudicados, contra una (des)organización que hace posible estas filtraciones? Hay ya demasiados conflictos de esta naturaleza y no recuerdo uso solo en que se haya trincado a los culpables y sancionado como merecían. La corrupción tiene tan largo el brazo que ya hasta sale a recibir a los futuros funcionarios.

El precio del plagio

Ni siquiera el apoyo frontal de de la cancillera Merkel ha permitido a uno de sus ministros clave, el de Defensa Karl-Theodor  zu Guttenberg, superar la crisis provocada por el descubrimiento del plagio perpetrado en su tesis doctoral –la mayoría de las citas saqueadas a otros autores e incluso a un diario—que denunciara un profesor de la universidad de Bremen. La de Bayreuth le ha retirado el título, en un alarde de independencia, y el argumento esgrimido por unos y otros ha sido el de que quien miente en un libro puede igualmente mentir en su gestión, lo que le convierte, una vez probado el plagio, en un ministro indigno. El plagio es (y aquí lo hemos comentado varias veces) consustancial a la actividad cultural, como se ha venido a concluir recientemente a propósito del atribuido al Houellebecq saqueador de Wikipedia. Pero en España sabemos tanto de plagios que casi no le concedemos relieve una vez que aquí, aunque no se sepa, desde Berceo o el Arcipreste hasta Cervantes o Quevedo, nos hemos hecho el cuerpo a esa acusación en la que don Luis Astrana tuvo la osadía de incluir incluso a  eruditos de la talla de Rodríguez Marín. ¿No está grabada en el friso del Casón del Buen Retiro la frase –“Todo lo que no es tradición es plagio”—que hizo famosa don Eugenio D’Ors y de la que todavía Bernardo Atxaga echaría mano en defensa de Borges, gran plagiador más o menos literal de nuestros maestros barrocos? Eso sí, una cosa es criticar en Cervantes la posibilidad de que inspirara sus imaginaciones en Apuleyo, y otra bien diferente pillar a todo un ministro de moda desvalijando esa fortaleza sin puertas que es Internet, como una cosa es que Valle se cepillara para sobrevivir un folletín de Arniches y otra distinta fabricar una tesis por el procedimiento de “corta y pega”, como los alumnetes de “El rincón del Vago”. Poco pudo suponer en su día para García Márquez la sospecha de plagio de un personaje balzaciano o para Avellaneda el cabreo supino de nuestro mayor genio al ver expropiada su obra. Para un ministro la cosa pinta de otra manera, al menos en las democracias en las que el honor no se ha arrumbado aún.

Que tire la primera piedra –me decía el difunto duque de Alba, todavía editor– quien en su vida no haya usurpado un verso o una idea. Me resisto a comulgar con esa muela pero he de admitir su inquietante evidencia bajo esta equívoca luz global que vuelve pardos a todos los gatos. Giraudoux sostenía que el plagio es la base de toda literatura, excepto de la primera que aún desconocemos. Los plagiarios como el ministro no necesitan de tantas filologías para vestirse con capa ajena.

Los papeles perdidos

“Tenía 61 años, estaba en paro y enfermo, ¿quién me iba a querer contratar? Me dijeron que había una ayuda de la Junta de Andalucía y que por probar suerte no pasaría nada” (un “intruso” en el ERE de la empresa Surcolor). “A día de hoy sigo defendiendo que la responsabilidad en cuanto a cualquier clase de ilicitud en materia de procedimiento, afecta (sólo) al centro directivo” (Mar Moreno, consejera de Presidencia). “Se va avanzando en la investigación sobre los expedientes vivos” (Manuel Recio, consejero de Empleo). “Hay que llegar hasta el final en este saco sin fondo” (Diego Valderas, coordinador regional de IU). “No vamos a permitir que se abra una causa general contra el PSOE” (portavoz del PSOE). “No podemos estar al pairo (sic) del capricho del Interventor) (Javier Guerrero, ex-director de Empleo).

Fortunas de sátrapa

Uno de los debates más interesantes del momento es el de la posible desamortización de los sátrapas que están cayendo en los países árabes de ese peligroso creciente que va desde Sudán a Marruecos. ¿Por qué han de llevarse sus fortunas productos de la rapiña contra sus propios pueblos, los dictadores que van dejando de serlo no sin antes poner a buen recaudo sus millones? El espectáculo de la mujer del presidente tunecino sacando del país tres toneladas de oro horas antes de la huida a Egipto o los tesoros que sus sucesores han descubierto abandonados en sus palacios no le van a la zaga al ofrecido por la señora de Mubarak dirigiendo el repliegue o al de la familia Gadafi ocupada, en plena revolución, en rematar sus planes inversores en Marbella  o en hacer arqueo de su inmenso patrimonio. Y en este sentido, las medidas de congelación financiera adoptadas por los organismos internacionales pudieran no ser más que el pródromo de una acción confiscatoria que permitiría resarcir, al menos en una medida discreta, a esos pueblos saqueados. ¿Cómo permitir que los depuestos conserven sus colosales fortunas, acaso ello no sería admitir de hecho la legitimidad de sus saqueos y el expolio de sus pueblos respectivos? Naturalmente, el problema no tiene fácil solución en un mundo donde la ingeniería financiera más sofisticada está ya al alcance de cualquier afanador medio, pero quizá por eso mismo los países responsables del equilibrio mundial deberían extremar el rigor que pide el sentido común, impidiendo que los tiranos comprueben que se puede robar un país y allanarlo durante décadas en la seguridad de que tienen garantizada, eventualmente, su retiro dorado. La viuda de Mobutu ha agitado durante años Internet demandando la “devolución” de sus bienes embargados sin conseguir gran cosa, pero es evidente que no se trata del caso particular sino de la deseable regla de que el latrocinio de Estado pierda de una vez por todas su privilegiado refugio.

 

Todo un mundo en ruinas no se arregla solamente con la reinversión de esos tesoros y, sin embargo, qué duda cabe de que restituirlos a sus dueños legítimos, que son los pueblos saqueados, contribuiría decisivamente a salir de la miseria dado que muchos de esos patrimonios –desde Egipto a Marruecos pasando por Túnez— representan enormes volúmenes de la riqueza nacional. La duda que queda estriba en saber quién tendrá las manos tan limpias como para ponerle ese cascabel a un gato de tantas cabezas. Y esa duda, en el ámbito del capitalismo global, puede que no se encuentre respuesta. Lo probable es que acabemos viendo a los derrocados pudrirse en la melancolía de sus paraísos dorados.

Cuatro o cinco

En cuatro o cinco militantes  trincones cifra Chaves, por la cuenta que le tiene, el escandalazo de las prejubilaciones fraudulentas que financió la Junta bajo su mandato y bajo el de Griñán. ¡Pero si la propia Junta, a las primeras de cambio, contabiliza ya y hasta denuncia decenas de casos! Chaves no puede decir otra cosa, es lógico, pero nadie puede creerse que un negocio de esa envergadura se llevara a cabo por cuenta y riesgo de un director general y sin conocimiento del propio Presidente. Por lo demás, personajes como Viera, Fernández o Rivas, abrumados por la evidencia, no tienen ya escapatoria posible. Al PSOE le hubiera salido más barata una salida camicace. La que ha escogido no hace más que juntar el cinismo a la responsabilidad.