Solaz del guerrero

Medio mundo se ha quedado con la miel en los labios ante el aluvión de informaciones que aluden al hallazgo realizado en la mansión de Bin Laden de un abundante material pornográfico que fuentes creíbles califican de “alta calidad” y en alguna ocasión de “sulfuroso”. Nada sabemos, sin embargo, de su contenido ni del uso que en condiciones casi carcelarias pudo dársele a ese alijo mientras duró la reclusión familiar, pero son muchas las voces que preguntan o se preguntan en Internet quién o quiénes serían sus usuarios en una residencia multifamiliar pero en la que el amo de la casa mantenía junto a sí a tres esposas aparte de ser el profeta visible de una concepción ultramoralista del mensaje coránico. ¿Para qué querría Bin Laden esa colección de “numeritos”, y en caso de que no estuvieran reservados para uso sultanesco, quién sería dentro de esos muros infranqueables el usuario de lo prohibido? No es nuevo, desde luego, que el predicador no dé trigo, ni puede sorprender a nadie que un profeta de la continencia resulte ser un libertino, pero no me dirán que no es al menos cuestionable, por contradictorio, que a tan singular representante de un integrismo religioso que impone a latigazos cuando no a cantazo limpio su moral sexual se le termine descubriendo en la videoteca esa basura que tantas veces se ha invocado desde el bando islamista como exponente de la irremediable degeneración de Occidente. La miel en los labios, ya digo, por más que cualquier cosa pueda imaginar el curioso, habida cuenta de que en esa tradición religiosa y moral siempre estuvo reconocida, como la cosa más natural del mundo, la delicia del belicoso creyente tanto como el solaz del mismísimo profeta. Se dice que cuando a Al Gore se le reprochó el uso contaminante de su avión contestó impávido y fariseo con un rotundo “Nadie es perfecto”. Ahí se las den todas.

 

¿Y qué me dicen de la mujer, quiero decir de la idea de mujer, del papel reservado a la mujer en esa concepción primitiva aunque, por lo que se ve, acomodaticia? ¿Cabe imaginar exhibiciones impúdicas de sus propias vestales en degradatorias orgías, cómo compatibilizarlas, en su caso, con las rígidas exigencias de su código convencional? Sabemos poco y mal sobre cómo se las averiguó Bin Laden, ¡entre cuatro paredes!, con esas tres ricas hembras enfrentadas por los celos, pero más curioso habría de resultar descifrar la razón de ese arsenal que proporciona tan mísera imagen del edén prometido y de sus excelsas huríes. ¡Mira que si al final todo es filfa en ese mitologema del oasis! Bin Laden rebajado hasta ese submundo X supone una tremenda derrota de su sangrienta utopía.

El voto vicario

Votar a IU el domingo va a ser lo mismo que votar al PSOE. Si será así, que el candidato a la alcaldía sevillana anuncia desde ya –reproduciendo el cuestionado esquema del PA– que exigirá para ese pacto anunciado compartir no sólo el gobierno municipal sino el autonómico. Y es muy legítimo, claro, pero entonces, ¿por qué tratan de denigrar al futuro socio acusándolo de ser el gran protector de los bancos o de aplicar políticas derechistas iguales a las del PP? ¿Cómo se come eso de pactar con un partido al que se considera agotado en su ciclo y al que se acusa de corrupción? IU sabe que sin el PSOE no es nada. Lo justo sería que se lo explicara a sus eventuales electores.

La miel y el tiempo

Casi se ha convertido en un deporte de científicos primerizos eso de buscarle los tres pies al gato de la teoría einsteniana de la relatividad. La Ciencia, al fin y al cabo, se desarrolla a golpe de discrepancia pero a mí ésta manía correctora de los alevines de físico me sugiere cierta conexión con la pulsión freudiana de la “muerte del padre”, tan aristotélica si bien se mira. ¿Se equivocó Einstein a pesar de su éxito, es cierto o no lo es que hay deslizados en sus cálculos algún que otro truco dispuesto para “ajustar” forzadamente la hipótesis y la realidad? Conservo como oro en paño una traducción de Rusell que hizo el Sábato joven cuando andaba aprendiendo física por París, con un subrayado suyo en el que me hacía notar la trascendencia sobre la vida humana del conocimiento físico, y a ese subrayado me ido, como quien añade su mínimo homenaje al maestro ausente, al escucharle asegurar a un físico de Stanford, Francis Everitt, desde la pura ortodoxia relativista, que la tierra, en su eterno vagar giratorio, deforma el tiempo y el espacio tal como se deformaría una matriz de miel por la que el planeta pudiera moverse libremente alrededor del Sol. Los físicos logran muchas veces metáforas que ya quisieran para sí los poetas de oficio, como el propio Einstein cuando dijo aquello maravilloso de que “el universo es finito, curvo e ilimitado” o Heisenberg cuando descifró en su fascinante antítesis el “principio de incertidumbre” que, en cierto modo, trituraba la base lógica sobre la que todavía nos movemos. Pues bien, esos poetas de bata blanca han conseguido ahora (com)probar la certeza de la tesis relativista –el llamado efecto geodético—que afirma que el tiempo y el espacio, por más a que la estimativa humana se resista a asumirlo, se “deforman” alrededor de un objeto capaz de ejercer una fuerza gravitacional. Navegamos sin saberlo en ese medio meloso que, por lo que dicen tan formalmente esos sabios, nos deforma constante e insesiblemente.

 

Hablando de estas cosas Sábato decía, hace años, que su realismo literario –ése al que debemos monumentos como “El Túnel” o “Sobre héroes y tumbas”– se debía tanto al hecho de que la Ciencia lo hubiera incrustado con tanta fuerza en la realidad, como al afortunado “desengaño” por el que el científico se encuentra, al cabo, liberado de las apariencias y por ello quizá en condiciones óptimas para entender eso que se llama lo “real maravilloso”. Por lo demás, Einstein queda a salvo, por el momento, de insidias y rivalidades, y nosotros, sin saberlo siquiera, beneficiarios de las aplicaciones prácticas de estos hallazgos poéticos.

Lo malo y lo peor

No me conmueven las lágrimas de esa esposa de torero con fama y fortuna que dice ser víctima de una estafa y de una conspiración cuando, en realidad, lo que tiene en lo alto no es más que la consecuencia de haber procurado, presuntamente, la jubilación fraudulenta de su madre. Ahora bien, díganme si ese espectáculo tan mediatizado no resulta excesivo en la Andalucía de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la propia Junta en las que, no ya una madre, sino la hermana, el amiguete político, la prima o el vecino se han agenciado prejubilaciones estupendas sin el menor derecho y con la imprescindible connivencia del Poder. Lo malo y lo peor: mal argumento. Pero no lo echen del todo en saco roto porque, ciertamente, no deja de tener su lógica.

El espectro del miedo

Goya lo pintó en forma de gigante imparable que avanza dispersando las multitudes y estos días acabamos de verlo en Roma tras el anuncio masivo por Internet de un reclamo que ponía en sobreaviso a los romanos ante un inminente terremoto que el pasado 11 de mayo habría de destruir hasta los cimientos la Ciudad Eterna. Se trataba de una suerte de profecía enunciada por un sismólogo autodidacta, Raffaele Bendandi, empeñado en la predictibilidad de los movimientos sísmicos que él creía a pies juntilla obedecerían a la lógica celeste de la conjunción de los astros, y que tuvo la fortuna de predecir el  seísmo ocurrido en los Abruzzos durante la primera Gran Guerra, teoría rechazada de plano por la comunidad científica pero que ha acabado movilizando en la Red nada menos que nueve millones de páginas. Lo notable es que un intenso ajetreo ciudadano ha asolado Roma, en efecto, la víspera del improbable suceso, en la que un alto número de funcionarios se han ausentado del trabajo y han cerrado sus puertas, al parecer, los innumerables comercios regentados por chinos, mientras la población, siguiendo a la pitia de Facebook, se retiraba a lugares despejados como parques y jardines huyendo del siniestro anunciado. No merece la pena hablar sobre la predictiva en sí misma –e incluyo a Delfos, por razones que hoy nos sobran—puesto que sabemos que desde la tele a los rayos X pasando por el propio teléfono o el submarino fueron en su momento vaticinados como sucesos imposibles o efímeros por otros tantos visionarios. Lo que interesa, a mi modo de ver, es la credulidad misma, la accesibilidad de las conciencias a la patraña, lo fácil que le resulta a la superchería encontrar eco allí mismo donde se cuestionan tantas veces las evidencias más rotundas.

El gigante de Goya, ya les decía, símbolo del miedo absoluto, supremo y, por eso mismo, irracional, mero objeto de fe, que es lo que creo yo que el maestro trató de sugerir, abismado en su sordera, a la vista de los horrores que le tocó presenciar. Aunque hay que convenir que esta psicología de masas ha entrado en una nueva era con el rollo cibernético y sus consecuencias sobre la mentalidad desprevenida, porque tiene mandanga la aventura de asolar Roma con un rumor surgido de no se sabe dónde pero al que se adhirieron sin vacilar multitudes que, como las romanas, cabría presumir que están de vueltas de todo. Es la lucha contra la credulidad lo que los nuevos medios deberían asumir como tarea propia. Porque la libertad no es compatible con la falsía ni la humanidad puede ser cabal si no está a resguardo de aventuras como ésta de Bendandi.

Trampa y absoluciones

El Ayuntamiento de la capital andaluza, Sevilla, acaba de proceder, a bien pocos telediarios de las elecciones, al tramposo recurso de legalizar facturas “irregulares” –obsérvese el eufemismo—por valor de más de siete millones de euros. Con lo que ocurrido en ese Ayuntamiento, pionero en este generalizado deporte de las facturas falsas, se cierra, de este modo, el círculo vicioso, y nunca mejor dicho, que ha logrado rebajar la vida pública a cotas que hace poco eran todavía para muchos realmente impensables. Facturas de varias delegaciones, facturas por obras que nunca se ejecutaron, eran algo difícil de imaginar para el funcionariado antiguo y hoy el pan nuestro de cada día. En Sevilla, desde ahora, además, quedarán saneadas como si tal cosa. Si el “pacto de progreso” consistía en eso, no me digan que no es para llorar.