Una voz libre

¿Ven por qué los políticos desconfían y maltratan a los funcionarios? Una sola voz independiente ha desmontado ante la Comisión parlamentaria que investiga el caso de los ERE y las prejubilaciones falsas la antilógica que sustentaba la versión oficial de los hechos. Es la del Interventor General, Manuel Gómez, que ha establecido estos tres principios: que las ayudas del “fondo de reptiles” nunca estuvieron sujetas a control legal; que la Intervención jamás aprobó el sistema de los ERE; y que el buco al que la Junta quiere sacrificar, el ex-director general de Empleo, no era competente para conceder esas subvenciones. Gómez asegura que avisó quince veces y que nadie le hizo caso, y de su declaración se deduce que tanto Chaves como Griñán conocían y autorizaron esa práctica que terminó en saqueo.

El pingüino emperador

Entre tantas definiciones como se han intentado, me parece que para el peronismo la mejor de todas es la que ve en él una religión popular, un mito diría yo, que vertebra e informa el “régimen” crónico que padece Argentina. Un libro publicado el año pasado, “El pingüino emperador” (Ed. Pluma y Papel), escrito por un abogado demasiado próximo al Poder, Álvaro Lamadrid, nos permite asistir a una interesante proyección de los avatares vividos por la familia Kirchner, en la que incluye no sólo al matrimonio presidencial, sino a hermanos, parientes y funcionarios leales, que explicaría el enriquecimiento exponencial de ese clan feliz. Mucho se ha hablado en aquel país de estas trapacerías del último peronismo, pero pocas historias he oído sobre el tema, con haber escuchado muchas, como la que Lamadrid cuenta desde que Néstor Kirchner era intendente de Río Gallegos –donde, al parecer, juntó su primer millón de dólares—hasta llegar a esta etapa de kirchnerismo póstumo que regenta su viuda. Lamadrid se refiere a estos 20 años de gobierno de la familia (los pingüinos tienen también una vida media de 20 años) como a una etapa política de “poder bruto” en el que ha llegado a normalizarse en la vida pública el autoritarismo, la corrupción y la violencia política, mientras el clan se enriquecía comprando terrenos públicos a precios irrisorios y revendiéndolos con beneficios enormes. En un ambiente cinematográfico, asistimos en estas páginas a espectaculares escenas de ese saqueo sistemático, en cuya tramoya no falta siquiera el avión nocturno para extraditar las fortunas a los paraísos fiscales.

La Argentina no tiene arreglo, probablemente. Una vez que le plantearon esta cuestión a un Presidente uruguayo, Jorge Batlle, oímos divertidos de tan alto mandatario la mejor síntesis posible: “Esa manga ‘e ladrones…”. Batlle tuvo que retractarse, por supuesto, pero ahí quedó bien firme el retrato del gremio. Al tardocapitalismo especulador, éste que nos trae de cabeza con sus manejos y truhanerías, se la ha ido el timón de las manos, y quizá nada mejor para caracterizar su crítica situación actual que una realidad de la corrupción que ha existido siempre pero que ahora parece haber perdido el norte hasta el punto de estrangular su gallina de los huevos de oro. Los Kirchner y su ralea no son una excepción en el Sistema, aunque quizá pudieran ser su mejor caricatura.

Gordillo, el listo

Bien mirado, la estrategia de Gordillo de alejarse por esos pueblos de Dios, contenta tanto a los dos partidos en el Gobierno como le evita a él el trago difícil de plantarse ante el Parlamento a exigir Justicia en la comisión investigadora del saqueo de los ERE. Gordillo se las sabe todas, y es consciente de que resulta mucho más difícil prestar su montaje para atizar el lío milmillonario de los ERE y las prejubilaciones falsas que irse de romería denunciando obviedades y perpetrando alguna que otra trapacería. Sabe que de enfrentarse a los dos partidos en el Gobierno, el suyo podría decidir al fin librarse de él y confinarlo en Marinaleda. Y que, en cambio, manteniéndose al margen, alguien habrá que se lo tenga en cuenta. La utopía de Gordillo es como su pasmina palestina: un adorno. De la gran batalla andaluza de hoy no quiere saber nada.

La extraña piedad

Un viejo convencimiento me mantiene en mis trece de que el derecho penal atraviesa una profunda crisis. Vemos a diario casos que nos demuestran su benignidad, su sobrehumana piedad, que nos llevan a la conclusión de que el sentido de la proporción entre delito y pena que lo inspira, se remueve incómodo dentro del ajustado corsé del nuevo humanismo, haciendo buena aquella genial intuición de Giradoux de que jamás un poeta había sido capaz de interpretar la naturaleza tan libremente como los juristas interpretan la realidad. Ahora los soterraños planes políticos del Gobierno –de éste y del anterior—han tropezado con el grave obstáculo que supone, frente a la opinión y también frente a destacados líderes políticos, la excarcelación de uno de los terroristas más sanguinarios de que haya memoria, un tal Bolinaga, un asesino múltiple que, entre otras hazañas, fue el que trató de despistar a la Guardia Civil cuando registraba la checa etarra en que yacía Ortega Lara con objeto de que el preso se extinguiera en su zulo, abandonado de todos. Muchas e importantes voces en el partido del Gobierno le han espetado al ministro del Interior que excarcelar a ese sujeto es un privilegio que la ley permite pero que no impone, como es natural, y el padre de una de sus víctimas, que es médico de profesión, le ha dicho a la autoridad penitenciaria, que deje de tomarnos el pelo con el argumento de la necesidad de atender clínicamente a un enfermo terminal porque para ese menester se basta y se sobre el hospital donde actualmente está. ¿Dureza de corazón, falta de misericordia? Vamos, hombre, aquí lo único que ocurre es que el Gobierno sigue por la senda del llamado “proceso” y que lo hace mirando para la Meca.
Hace días se conoció la sentencia del nazi noruego Anders Breivik y es justamente la que ese infame deseaba: una condena de 21 años en la cárcel, que ya serán menos, cuando lo suyo, en función de la enormidad de su crimen, hubiera sido internarlo de por vida en un psiquiátrico. ¿O es que 21 años, aunque no hubiera beneficios penitenciarios, tienen algún sentido frente a sus veintisiete asesinatos? ¿Y por qué tratar con lenidad a un sujeto como Bolinaga, asesino y secuestrador, que jamás se compadeció y ni siquiera se arrepintió de sus hazañas? El penal está en crisis, la autoridad por los suelos y ETA ha ganado su guerra sin disparar los últimos tiros.

Misterio resuelto

223 días han sido precisos para aclarar la desaparición de los dos niños hermanos en un parque cordobés. Otro espectáculo incomprensible que, como en el caso de la joven sevillana asesinada y desaparecida, ha conmovido duramente a la opinión pública y le ha salido por un pico al Estado. El ministro compareció ayer para defender el honor policial, como si alguien estuviera poniéndolo en tela de juicio, y dijo que, si acaso, de lo que podríamos lamentarnos es de “error científico”, ya que sólo tras el informe forense presentado por la familia, una segunda pericia de la policía estaría conforme con que los restos calcinados corresponden a los niños buscados, presuntamente víctimas de su propio padre. Más corporativismo del preciso, ya que la misma policía reconoce en privado que ha habido un “error garrafal”. Menos mal que, en esta ocasión, al ministro no se le ha ocurrido el argumento de la connivencia entre víctimas y el verdugo.

Cabeza de cerdo

Los símbolos creados por el hombre no son unívocos sino que atraviesan la Historia, a trancas y barrancas, cambiando de significado desde lo más sublime hasta lo definitivamente abyecto. Sólo judíos y mahometanos, que yo sepa, han mantenido con tenacidad el repudio del cerdo, desconocemos si a causa de un tabú que, en principio, bien pudo ser una discreta medida para evitar la triquinosis, o un simple prurito de distinción respecto de los paganos. Los imbéciles que han depositado dos cabezas de puerco en el umbral de la mezquita de Montauban con intención de profanarla, ignoran, a buen seguro, que ese mismo animal ha gozado desde la Antigüedad de atributos muy diferentes que van desde ser el animal de Deméter en Eleusis a representar en otros pueblos el procurador de la lluvia o el vigor masculino. Apenas hay símbolos unívocos. Lo normal es, como digo, que atraviesen los tiempos entre el “mana” y el “tabú”, ajenos a su propio significado que sólo a la arbitrariedad humana concierne establecer, como aceptan muchos especialistas desde Paul Diel hasta Ernest Aeppli, aunque en cada cultura sean percibidos como significados absolutos. Lo que para los chinos y vietnamitas significa abundancia para Heráclito no es más que un emblema de la condición más despreciable, y si fue objeto de veneración para los celtas o para Clemente de Alejandría y en el Evangelio sirven para la encarnación demoníaca, la verdad es que antes de él gozó de alta consideración. Puede que el hombre sea, como postulara Cassirer, un animal simbólico, pero de lo que no cabe duda es de la ambigüedad significante del símbolo mismo.

Hace poco he visto representada en un hórreo asturiano la cruz gamada que los nazis buscaron en el Tibet, ya entendida como un signo apotropaico, protector, y sin la menor conciencia de sus posteriores atribuciones simbólicas. Lo de menos en estas agresiones entre culturas es la intención de unos agresores que las perpetran sin sospechar siquiera que la polivalencia de esos símbolos bien puede planear sobre su propia cultura y la de sus ancestros. Y eso es lo que hace de la agresión misma un ejercicio inútil por grande que sea el daño que pueda ocasionar y por demasiada sangre que haya costado. Dos cabezas de cerdo en el umbral de una mezquita constituyen una injuria vana a la vez que brutal. El hombre es el único animal capaz de inventar los motivos de sus ferocidades.