El último tartesio

Acaba de morir en Madrid un sabio arqueólogo que sabía que su oficio no era más que un instrumento para la etnografía, es decir, un escudriñador del pasado cuyos hallazgos servían para ajustar científicamente la identidad del hombre y las circunstancias de su civilización: Juan Pedro Garrido. Juan Pedro “habitaba” en Madrid pero “vivía” en Huelva, o mejor, en la vieja Tartessos, la mítica ciudad de Argantonio, cuya máscara funeraria soñaba encontrar algún día como Schliemann topó en Micenas con la de Agamenón. Más de un paseo tengo dado con él por el territorio onubense empapándome de su convicción de la antigüedad de la ciudad –que el Dr. González de Canales ha retrasado aún más—y en su teoría de que ese milenario mitema no era una fantasía sino una realidad maltratada por los viejos aficionados, pero que él acabaría demostrando al descubrir la fabulosa necrópolis de La Joya, clave suprema, probablemente, para fundar la visión de Tartessos como ciudad pero también, y sobre todo, como una civilización orientalizante que ocuparía la península desde Levante al Algarve pasando por Sierra Morena. Pero, ay, Juan Pedro cometió el peor crimen que cometer puede un investigador: “descubrir”, que es algo que jamás te perdonará el gremio, y desde entonces habría de soportar el intenso vacío de la competencia local que, en su celo, llegó a contagiar a una Administración autonómica que ya no lo dejó levantar cabeza. Soy testigo de su entusiasta palea, incluso judicial con los legos de la Junta que, por encima de la Justicia, impidieron a Juan Pedro seguir explorando un pasado en el que queda mucho por descubrir. “¿Quién es tu enemigo? ¡El de tu oficio!”, dice nuestro adagio antiguo.

Pero Juan Pedro será recordado como el inteligente azacán que, junto a su mujer, fue descifrando el mapa olvidado de Huelva, con sus necrópolis y sus tholos, su lógica urbana primitiva y sus secretos inexcrutables, a pesar del cerco de las instituciones y de las cabronadas burocráticas, como un ejemplo supino de la soledad del sabio en este erial donde sólo prospera el cardo partidista. En Huelva, en su Ayuntamiento, tan sensible a la gloria y los afanes locales, deberían enviarle, aunque sea a título póstumo, un reconocimiento brillante a ese hombre grande y humilde que supo explicar el mito de la áurea Tartessos explicando que había descubierto el latón mucho antes de que supiéramos de la existencia del zinc.

La larga marcha

Se puede compartir la crítica a la situación en que el capitalismo ha hundido el espejismo del Estado del Bienestar y discrepar de que, en el marco de una democracia, todo lo averiada que se quiera pero vigente, un grupo se erija en justiciero y recorra el mapa arrogándose la representación de un pueblo en grave apuro que ahora sabe que la Izquierda y la Derecha tienen, en la práctica, un mismo horizonte: seguirle la corriente al sistema de mercado libre y ver si recortando por aquí y por allá (más por allá que por aquí) se contiene la caída de este otro Muro. Lo inadmisible para cualquier demócrata es precisamente eso: que mientras esté vigente un régimen de libertades, que es el único legitimado para la acción política, un colectivo radical se dedique a reivindicar no poco coercitivamente soluciones que no son sino una ingenua vuelta al novecentismo. La larga marcha de Gordillo permitiría plantearse la pregunta de si un diputado errante no viene a ser un diputado absentista que cobra a fin de mes haciendo un trabajo que cae más cerca de la ilegalidad que de su tarea genuina. ¿Quién es Gordillo ni nadie para “ocupar” supermercados, bancos o fincas mientras exista un régimen libre, cuyos representantes son los únicos legitimados para reformar la sociedad? Nadie, evidentemente, salvo que se demuestre el fracaso definitivo del poder real y se plantee, en consecuencia, el estado de necesidad. El juez es el único legitimado para definir el hurto famélico, el legislador el único que puede cambiar la ley, el Gobierno el único al que compete aplicarla.

Y ello aparte de que una marcha eterna, como la de Gordillo, no es una marcha propiamente sino una profesión y un “déja vu”. Sólo la demagógica actitud de IU y las vergonzosas tragaderas del PSOE explican esta aventura. Sólo la insolvencia de un ministerio de Interior como el que tenemos la hace posible. Porque ¿qué pasa, es que mientras gobernó el PSOE no había paro y hambre? Pues sí que las había y, encima, en Andalucía, IU despellejaba al PSOE en lugar de ser su báculo. No se entiende una marcha estando en el Poder. Ese Poder que, por cierto, no sabe cómo justificar a la Justicia un agujero de cientos de miles de millones ni tiene mejor idea que crear un “banco de alimentos” como los que funcionan en las oenegés caritativas. Lo de Gordillo no es la utopía sino el mero desorden. Porque fuera de la democracia no hay más que reacción. Azul o roja, pero reacción.

Dilema elemental

Hay que aplaudir cuanta providencia dicte el poder ejecutivo, central o autonómico, para remediar las calamidades que muchos ciudadanos están pasando a causa de esta crisis que a todos nos ha caído en lo alto. Ahora bien, una cosa es proteger, ayudar, aconsejar y defender a los desahuciados por los jueces y otra consentir que sean los propios ciudadanos quienes impidan los desahucios. A los Tribunales hay que garantizarles que sus sentencias serán cumplidas –y eso compete a la autoridad sin excusa ni pretexto—como condición elemental del Estado de Derecho. Los Gobiernos tienen que pensar en fórmulas de ayuda para redimir a los más débiles, pero permitir, como aquí se ha puesto de moda, que unos cuantos con iniciativa impidan al Juzgado ejecutar sus sentencias cuando les da la gana, es poner entre paréntesis las garantías democráticas.

Locura de amor

No llegará a media docena los obituarios y recuerdos que merezcan la pena dedicados por nuestros “medios” a Aurora Bautista, inevitable musa de los niños de la postguerra y una de las actrices más versátiles de la última generación. Hay gustos para todo, y el mío navega en su amplia obra, entre aquella “Locura de amor”, donde tan mal quedaba don Felipe I, y la “Lysistrata” que José Luis Gómez le dirigió en el madrileño Teatro Eslava al filo de los 70, sobre un guión, no muy afortunado del, por otra parte, estupendo Enrique LLovet. De nuestras visitas a su camerino conservo recuerdos imborrables, alguna confidencia y, desde luego, la extraña presencia del ex-ministro Silva Muñoz que se enamoró de ella hasta caracterizarse, liberado, con una media melena que, de seguro, habría escandalizado al Dictador, y al que, como lo conocíamos de la vieja universidad de La Rábida, nos arrimábamos tan deseosos de los secretos de la dictadura como divertidos por aquel amorío que llegaba, sin duda, un poco tarde. Allí nos contaría ella alguna vez retazos de la lamentable experiencia mexicana que vivió en un fugaz matrimonio, nos hablaría de Valle-Inclán (yo acababa de publicar mi libro sobre éste) a más de algún que otro chisme de esos que nunca faltan en la farándula, a pesar de lo cual nunca pudimos borrar de nuestras retinas la leonada melena de “Locura de amor”. José Luis le impuso una redecilla para evitar que distrajera su dramatismo con un permanente juego de su melena, pero pronto la experiencia de la actriz, que no era la primera vez que interpretaba clásicos griegos, andaba ya familiarizada con un elenco joven y el juego de unos deslumbrantes coros que, provistos de falos simbólicos, recitaban las graves razones de Aristófanes.

Aurora tenía su genio y su repente, podía ser tan amable como brusca –recuerdo el memorable zurdazo que una tarde le atizó a un camarero impertinente, allá por Goya–, y yo creo que eso fue lo que le permitió ser una actriz tan dúctil que lo mismo interpretaba a Faulkner que a García Lorca, a Tenesse Wiliams que a Vargas Llosa, que se metía con calzador en alguna versión de la “nivola” de Unamuno sobre “La Tía Tula”. Es extraña la desmemoria galopante de este país novelero que jubila a sus personajes sin contemplaciones aunque, como en el caso de Aurora, constituyan una pieza clave para entender una época.

Aviso al presidente

El colectivo de expertos del Observatorio Económico de Andalucía envió ayer en público un mensaje al Presidente de la Junta destapando el secreto a voces de una estrategia tan simplona como la que Griñán se trae entre manos: “Se ha avanzado muy poco en ajustes pero estos se van a tener que producir”. Ahí quedó. Pero no sin que antes, los que saben expusieran sus razones, y entre otras la advertencia de que el PER, “nació hace 30 años para evitar tensiones agrarias” pero que, en definitiva, “sólo ha servido para mantener una renta de miseria” aparte de “traer mucho fraude y un sistema de amiguismos que conoce cualquier europeo”. Y no se equivoque nadie, porque entre esos sabios los hay que han estado muy próximos a la Junta y a sus Presidentes. Si ahora claman estas razones, por algo será.

Prestar a ciegas

Como las desgracias no suelen venir solas, tras el disparate bancario de los créditos masivos que nos han llevado a donde nos han traído, se junta ahora la pretensión de los arruinados de obtener créditos “sin condiciones”. Cataluña, tras la ominosa ruina en que la han dejado los muníficos del Tripartito, recurre ahora al fondo estatal para exigirle préstamos “sin condiciones” y tras ella, incluso antes de recurrir, Andalucía pretende lo propio como si alguna vez hubiera existido un sistema crediticio sin garantías. Un alto responsable del partido del Gobierno ha resumido la cuestión afirmando que “hay que tener mucho morro” para formular semejante petición, pero sin llegar a ese vulgarismo –tan certero, por otra parte—, lo que resulta obvio es que nadie en ningún sistema financiero va a darle dinero a un arruinado sin condicionar en mayor o menor grado su autonomía. No sé por qué va a ser humillante para un gobiernillo despilfarrador que el fondo o el banco que consienta en sacarlo del apuro lo obligue, en la letra grande o en la chica del contrato, a limitar su autonomía al menos en el mismo grado que se obliga a los particulares. ¿Cómo osa un mal administrador reclamar préstamos a ciegas, cómo pretenden manos libres quienes ya han provocado, al menos una vez, la insolvencia de sus instituciones? Si durante un tiempo, fuimos felices y parecía que todos ganábamos al optar por un modelo financiero que nos dejó en la indigencia asentados sobre el frágil suelo de las hipotecas, ahora es evidente que la crisis exige rigor tanto a los que prestan como a los que reciben, pues sería de traca mantener la plena autonomía de regímenes fallidos sin imponerles severas condiciones. El que hace un cesto hace ciento, dice el adagio. Nuestros demandantes de ayuda deben aceptar al menos que les encasqueten el flotador.

Más aún, yo creo que los préstamos, sea cual sea la vía por la que fluyan, que solicitan nuestras Administraciones son tan urgentes como tendrán que ser severos, por la sencilla razón de que cuando uno acude al prestamista se supone que lo hace aceptando de antemano que el que suelta la pasta adquiere desde el primer momento un razonable derecho a la garantía. No es nada abusivo que el Fondo de Liquidez imponga condiciones a Cataluña o a Andalucía sino que resulta lógico a la vista de sus respectivos balances. Otro Gallo Cantaría si se le pidieran cuentas a sus arruinadores.