Esta vez, no

No podrá decir la Junta en su día, como dice y repite sin ser cierto en el “caso ERE”, que fue ella la primera en denunciar lo que parece otro saqueo: el de Invercaria. Dicen que, si se demuestra, actuará, pero mientras tanto no mueve un dedo, ni se dirige al fiscal o al juez, sino que deja correr las cosas hasta ver dónde llega la pesquisa ajena, y ello a pesar de las graves circunstancias y hechos que ya se conocen. Llevan razón quienes, por eso mismo, le dicen, como el PP, que, o acuden ya a la Justicia, o serán abiertamente cómplices de este nuevo disparate. ¡Y luego no quieren que la opinión pública hable de cleptocracia y connivencias entre el Poder y/o los mangantes! No denunciar a Invercaria sugiere, si es que no supone, en efecto, una postura indefendible por parte de una Junta que no sabe ya a donde enviar sus bomberos para sobrevivir.

Maestro y huérfano

En el funeral celebrado en memoria de Luis Gómez Llorente, allá por la madrileña Dehesa de la Villa, mucha gente y muy diversa reflejaba en el rostro el dolor por la pérdida y el desconcierto ante el hueco que deja entre nosotros, y no sólo en la llamada “Generación del 56, quien ha sido, a pesar de los pesares, una de landes referencias morales de la socialdemocracia española, muy pronto laminada por el aparatismo del PSOE. Había un hueco en medio de la iglesia, en todo caso, y era el de la dirigencia del PSOE que resaltaba la propia presencia de viejos socialistas y hasta algún ucedeo que no han olvidado la entereza de su moral y la consecuencia con que siempre actuó en la vida política. Los partidos, los de izquierda en este caso, no quieren, por lo general, a militantes y menos a dirigentes que mantengan intacta su esqueleto moral y su musculatura utópica, ni siquiera en casos como el de Luis cuyo “gradualismo” ha sido invocado en no pocas ocasiones, desde el respeto más absoluto, por quienes lo conocieron a fondo. Hace muchos años me llamó un día para conocer la causa por la que yo había renunciado a hacer la recensión de su “Historia del Socialismo” que a mi vehemencia juvenil le resultaba algo superficial, y no recuerdo mayor tacto y señorío que el que empleó para discutir conmigo mis razones y las suyas. Al final de conversación me regaló un todo del entonces famoso tratado de Cole que él sabía que yo había extraviado, muy probablemente a costa de la integridad de su propia edición. Llorente era un hombre bueno y un gran sabedor al que desde el primer instante de la democracia vimos como se le quedaba estrecho el corpiño pragmático de un partido que, ya de salida, evidenciaba como única estrategia el posibilismo electoralista. Y Luis, que era un espíritu abierto pero íntegro mantuvo el tipo sin descomponerse, parapetado tras el humo de su pipa y señero en la gravedad empática de propio continente.

López Pina ha recordado hace bien poco en su ensayo sobre aquella Generación, su conciencia de huérfano de todo liderazgo ideológico y su lamento ante la oquedad de esta izquierda, lo mismo el poder que en la oposición, el planto por el fracaso de la utopía y su sustitución por los posibilismos, que son muchos. Yo lo recuerdo siempre vivo, un punto taciturno, dispuesto a cualquier cosa menos a renunciar a sus principios. No había ningún gerifalte de hogaño en sus exequias. Era, me parece, lo más normal.

Morales

Veo al frustrado asesino Juan Manuel Morales sonriendo indiferente tras su detención y es como si lo viera en su leonera, abismado en la Red (o en las Redes). ¿Cuántos Morales andarán por ahí cavilando sobre la maldad, decididos a vengarse para redimir su fracaso? Hay quien opina que Morales no es sino el producto de la familia desestructurada y que esa sonrisa mefistofélica acusa a los padres de la criatura. También quien piensa que ese insuperable grado de desintegración apunta al fracaso de una sociedad enferma o a los inevitables efectos indeseados del desarrollo, pero no es fácil explicar tan fría agresividad, tanta inconsciencia, fuera de la inestabilidad psíquica. No digo que ese monstruo esté loco, pero sí que, sea cual fuere la causa de su disforia radical, su actitud procede de una sociedad competitiva que ofrece a los jóvenes, sobre todo, un modelo de individualismo narcisista al servicio del cual hemos puesto un arma tan peligrosa como el anonimato funcionando en un ámbito globalizado, en cuyo marco la información, buena o perversa, es gratuita y viaja a la velocidad de la luz. Hay que reconocer a Internet, por ejemplo, su fabulosa capacidad didáctica, así como a las llamadas “redes sociales” su interés movilizador de la sociedad civil, pero sin dejar de ver en su oferta universal un arriesgado experimento que ha dado de sí, junto a progresos históricos, un gravísimo apoyo a eso que en sociología se denomina la conducta desviada. Morales no es más que una víctima de esta convivencia desbocada que no habría más remedio que aislar, en el único lugar donde podría abismarse en su fantasía sin riesgo para los demás: el nosocomio.

Un joven fracasado y solipsista que lee con fruición “Mein Kampf”, toma como referencia a dos asesinos en masa y vive sonámbulo en el ciberespacio, es un caso demasiado complejo para imputárselo a una sola causa. Lo que urge es ponerlo a buen recaudo. Resulta excesiva esa sonrisa insensata, su lucidez y el rigor de su desafío, en los que no queda otra opción que ver la sombra de la insania. Pero me parece que lo decisivo, yo diría que urgente, es revisar este modelo de convivencia que exige a los jóvenes mucho más de lo que es capaz de protegerlos. Morales no es la obra de un solo factor, sino la consecuencia de una constelación de errores y riesgos. Urge controlar discretamente la leonera de esta juventud a la que se exige tanto y recibe demasiado.

Haz lo que digo…

Haz lo que yo digo no lo que yo hago. Ese refrán antiguo encaja como el guante a la mano para más de uno, pero resulta excesivamente cínico tratándose de unos sindicatos radicales que en los últimos tiempos se han convertido en el bien pagado paraguas del Poder. Ahí tienen a UGT y CCOO enzarzados violentamente con el CSIF, como en los viejos tiempos, y a la primera, a UGT, predicando en la calle contra los despidos de trabajadores ajenos que provocan los “recortes” del Gobierno, pero aplicando mientras tanto dentro de casa la inevitable tijera que, como es lógico, no ha de afectar a los de arriba. Puede que esta crisis acabe siendo la tumba de ese sindicalismo burocrático que se parece ya bien poco al originario.

Hablar por hablar

Se habla demasiado de federalismo, se deja caer el concepto con esa irresponsabilidad propia de los políticos que hablan por hablar incluso de asuntos como éste que tiene debajo y encima una bibliografía abrumadora. El copresidente Griñán habla de buscar una salida a este callejón abriendo en él el butrón de un “federalismo cooperativo”, aquel viejo invento de Gordzins Morton, como si la cosa fuera tan fácil en un país donde una legión de estudiosos, alertados por el desastre de la 1ª República –Hennessy, Antoni Jutglar, Solé Tura, Juan Trías y, en especial, Trujillo…– no hubieran puesto de relieve su complejidad. El pragmatismo político habla siempre a corto plazo y a golpe de ocurrencia, y si ahora recurre –desde el PSOE sobre todo—a proponer ese modelo no es más que porque ha de buscarles una salida el bodrio catalán. Hay un rastro neorromántico en el resurgir del tema, un oportunismo que dista ya mucho de la versión pimargalliana de Proudhon, de aquel pacto “sinalagmático, conmutativo y bilateral” que contemplaba el modelo de Estado como una Federación (“libre asociación de libres asociaciones”, etc.) elevándose desde el municipio a la provincia, desde ésta a la región, luego hasta la nación y, a ver por qué no, para desembocar en el cantón y ¡Viva Cartagena! Que nuestra 1ª República adoptara la forma federal se decidió por aclamación en una asamblea que el marqués de Albaida patrocinó en el Circo Price, y que el federalismo es incompatible con la monarquía, parece que se les ha olvidado a los herederos de la socialdemocracia pablista. Quizá estén pensando en que “Míster Witt” vuelva por el cantón para cambiar el euro por “duros cantonales”.

El problema es que hoy no disponemos en España con aquellas eminencias aunque quizá no nos quedemos cortos en marqueses de Albaida y, como consecuencia, las propuestas hasta ahora oídas no son más que palabras en el vacío, hablar por hablar que, eso sí, podría, en un momento dado, enzarzarnos en la discusión sobre las formas de gobierno. Porque hay una lógica perversa que va degradando ese montaje de arriba abajo hasta llegar al individuo. Recuerdo una propuesta de Blas Infante: “Andalucía es el anfictionado de los nueve Estados Provinciales andaluces, incluyendo a Marruecos”. ¿Se imaginan el lío? Proudhon no pudo imaginar lo lejos que llegaría este estertor del utopismo en manos de la pequeña y mediana burguesía.

Modelo de extorsión

En el juicio de Mercasevilla –el caso denunciado por unos empresarios a los que, en nombre de la Junta, le propusieron dos directivos del PSOE “dejar olvidado un maletín” con 300.000 euros como condición para ser subvencionados–, es otro indignante ejemplo de lo que hemos vivido en Andalucía bajo el “régimen” vigente. Vuelve la imagen de los maletines, inaugurada hace años en el “caso Ollero”, pero esta vez no ya como tragedia sino como farsa, en ese alarde peliculero del maletín olvidado. Los ERE, Invercaria y el maletinazo de Mercasevilla van a pesar demasiado incluso para esos maestros del agio que suelen enterarse de los “casos” por la prensa.