Plató judicial

El juicio de Marbella está convirtiendo al Tribunal en un plató de esos en que la telebasura desgrana la indignidad friqui. Esposas ofendidas y vengativas, leyendas de bolsas o sobres con dinero negro, crónica de la opulencia en que vivieron, a costa del erario público, muchos de esos personajillos y, por si faltaba algo, una tonadillera de tronío haciendo de “la Otra, la Otra”, discreta pero en sesión continua. Por una vez, sin embargo, el morbo es superado por la evidencia de un saqueo sin precedentes que tendría que ser sancionado con una rigurosidad proporcionada al miserable espectáculo que parece un programa más de la zahúrda televisiva. Tantos españoles en apuros a causa de la crisis deberían ser oídos en estas exhibiciones mangantes en las que nadie, pero es que nadie, devuelve un duro.

La invención de Europa

Los suecos de su Academia acaban de conceder el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea. Han hecho muy bien, en mi opinión, a pesar (o precisamente por eso) de que ese galardón haya caído en picado demasiadas veces al concedérselo a auténticos terroristas cuyo listado coronaría Henri Kissinger y los protagonistas políticos del conflicto árabe-israelí, cuando no a ciertos/as cantamañanas que han hecho de él una lucrativa profesión. La idea de dárselo a Europa puede extrañar hoy acaso, en vista de la incapacidad de la Unión para dotarse a sí misma de una capacidad real de intervención que abarque algo más de las cuestiones del mercadeo, pero que tiene gran fundamento al entender, como han hecho los suecos, que la comunidad europea actual ha funcionado como una garantía de la paz en un continente que posee un terrorífico pasado bélico y que durante sesenta años parece haber eliminado entre sus miembros esa odiosa perspectiva. Miren, si no, la crónica europea, aunque sólo sea la de los siglos XIX y XX, y comparen con la actual organización cooperativa cuyos beneficios han tenido extraordinaria importancia por más que, durante esta crisis, el burocratismo y la hegemonía estén proyectando una dudosa imagen entre sus componentes. Europa no es el euro, por supuesto, ni siquiera un proyecto cultural común. Es, sin embargo, una entidad interesante –no faltará quien diga “fascinante”—propiciada, como supieron ver los “padres” del Tratado de Roma, por un hondo sustrato clásico-cristiano ahora traducido en un mecanismo pacificador. Se podrá decir que esta Europa no es una sino dos, que hay una Europa nórdica de primer nivel, y una Europa mediterránea o sureña en la que bracea contra corriente otra casi en vías de desarrollo, pero la realidad es que durante sesenta años a nadie se le ha ocurrido echar mano de la pistola en este (des)concierto cuyos logros son también de gran calado.

La intuición de que la unión de intereses podría funcionar como un mecanismo pacificador tiene insignes precedentes en la historia del pensamiento y hay quien ha llegado a verla implícita en la originaria política griega, y no puede negarse que ha funcionado bien, en la práctica, incluso en la llamada “Europa de los mercaderes”. De ahí que tenga sentido saludar el concierto europeo como trascendental medio para mantener una paz continental que parece haber cortado en seco una sangrienta y milenaria tradición.

La casa gratis

¿Por qué los altos (y no tan altos) cargos de la autonomía han de trincar una indemnización para pagarse su residencia en Sevilla. ¿Tienen ese privilegio un albañil o un ingeniero, un profesor o un periodista? No, por supuesto, pero como en política, ellos se lo guisan y ellos se lo comen, en esa canoa vamos derechos a la catarata. Una “miembra” (dicho sea en homenaje a doña Biviana) del inútil y partidista Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), una tal señora Carmen Fernández Morillo, que vivaquea en ese agradecido machito desde hace siete años, ha declarado que renunciará a ese viático cuando renuncie, a su vez, el Presidente del Gobierno y se vaya de la Mocloa, propuesta tan delirante como cínica. Pero ¿quién se creerán estos afortunados que son? Seguro que en tiempos de Guerra le habría caído encima un palo de no te menees.

Sabios tramposos

No es la primera vez que llamo la atención desde este mirador sobre lo que Federico Di Trocchio ha llamado “Las mentiras de la Ciencia”, entre las que él incluye las que van desde Ptolomeo a Theilhard pasando por Newton o Einstein. Es muy mala la competencia entre sabios –vean el fenomenal el caso del falso descubridor del virus del Sida, Robert Gallo, que llegó a convertirse en una cuestión de Estado entre Francia y USA—que, sometidos al sistema competencial de los famosos “papers”, se dedican a producir bibliografía a toda pastilla en las revistas de culto, en muchas ocasiones faltando paladinamente a las más elementales normas de le ética. Lo último en esta materia es el curiosísimo estudio realizado al alimón por la Universidad de Washington y la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, demostrativo de que el fraude en los artículos científicos publicados en esos púlpitos de la fama se ha multiplicado por diez desde 1975 acá. Fíjense: sólo en los cuatro primeros meses 2011 ha habido que retirar nada menos que dos mil artículos de biomedicina y ciencias de la vida, y desde Proceding of the National Academy of Science se sostiene que las retractaciones a que se han visto obligadas las publicaciones por fraude o sospecha de fraude alcanzan la cifra de 43’4 por ciento de las publicadas, y las retiradas por plagio casi un 10 por ciento, especificando que, dada la complejidad de las materias, lo más probable es que quede por ahí mucha mercancía tramposa colada de matute. La famosa revista “Science”, de la que tanto nos fiamos, ha debido retractarse en lo que va de 2012 de setenta artículos, y el PNSA citado ha debido hacer lo propio con casi 70 publicaciones trucadas. El sistema de los famosos “papers” no es de fiar, evidentemente, tanto como que nosotros, los de infantería, estamos indefensos ante la malicia sapiencial.

Lo malo es que vivimos un progreso científico acelerado que permite a los filibusteros emboscarse entre la multitud de la comunidad científica con sólo colársela a un editor importante que, por supuesto, al ritmo que llevamos, no es posible que lo controle todo por más que se esfuercen sus consultores. Y lo peor es que el descubrimiento de estos camelos confundan tanto al investigador leal como a una legión esperanzada de ciudadanos que esperan que el milagro científico –el de cada uno—llegue a tiempo para ellos. Los sabios también se corrompen por un plato de lentejas.

El fuego purificador

La noticia de que el disco duro del “caso Faisán” ha sido robado limpiamente del despacho que el fiscal que lo lleva posee en la Audiencia Nacional no constituye novedad alguna. En tiempos de Juan Guerra unos ficheros sensibles de cierta consejería andaluza ardieron sin que jamás se supiera quién fue el incendiario, de la misma manera que cuando Chaves se querelló contra los periodistas de El Mundo, una grabación poco menos que determinante desapareció como por encanto de otro despacho judicial. Cuando el despotado de Gil en Marbella, un “rollo”, como diría el fiscal-consejero de Justicia, De Llera, se traspapeló y no aparecería hasta después de mucho tiempo, encaramado en un armario de difícil acceso. El Poder, cuando se ha visto en apuros, ha recurrido siempre al secreto y si éste se ve amenazado a la sustracción o destrucción de pruebas, aunque haya que convenir que operaciones como las mencionadas sólo pueden ser perpetradas por personal con acceso a las sedes judiciales, a saber, las propias policías o los trabajadores de esa maltratada Administración que, ciertamente, carece de medios elementales para la protección y custodia de tan grave documentación. Claro está que éste es un privilegio reservado a los poderosos a cuya sombra se acogen confiados esos delincuentes. Nunca se ha desvelado ninguna de estas tropelías, claro está, pero la repetición de estos asaltos dejan en evidencia la fragilidad de una Justicia frente al poder efectivo de la política. Porque seguro que no conocerán ustedes, como no conozco yo, ningún caso de prueba destruida en un proceso pobre. Son precisamente los que tienen la responsabilidad del buen orden de la república quienes recurren a estos procedimientos. La Justicia va siendo cada vez más un cachondeo, como dijo el alcalde de Jerez y fue absuelto por los Altos Tribunales.

Uno de los extremos que están dilucidándose en la instrucción del “caso ERE” es precisamente si es cierto que en la propia consejería y en presencia du su titular se procedió a destruir documentación comprometedora por medio de personal de confianza. O sea, que el recurso no falla cuando el agua alcanza el cuello, y me consta el enfado severo de algunos magistrados que saben perfectamente lo poco a que ellos pueden hacer para evitar estos desmanes. Siento repetirme pero soy incapaz de no echar manos en comentarios como éste de una vieja sentencia pronuncia por Jules Renard: “La Justicia es gratuita. Menos mal que no es obligatoria”.

Esta vez, no

No podrá decir la Junta en su día, como dice y repite sin ser cierto en el “caso ERE”, que fue ella la primera en denunciar lo que parece otro saqueo: el de Invercaria. Dicen que, si se demuestra, actuará, pero mientras tanto no mueve un dedo, ni se dirige al fiscal o al juez, sino que deja correr las cosas hasta ver dónde llega la pesquisa ajena, y ello a pesar de las graves circunstancias y hechos que ya se conocen. Llevan razón quienes, por eso mismo, le dicen, como el PP, que, o acuden ya a la Justicia, o serán abiertamente cómplices de este nuevo disparate. ¡Y luego no quieren que la opinión pública hable de cleptocracia y connivencias entre el Poder y/o los mangantes! No denunciar a Invercaria sugiere, si es que no supone, en efecto, una postura indefendible por parte de una Junta que no sabe ya a donde enviar sus bomberos para sobrevivir.