El tercer pie

El golpe separatista no tiene otra solución que la unidad patriótica del “bloque constitucionalista” –es decir, PP, PSOE y Ciudadanos— frente los enemigos de la legalidad. Pero lo malo es que no hay un PSOE sino tres o cuatro: el de un Sánchez ambicioso y los suyos, que buscan el poder, sin más; el de un PSC que se agarra a la ambigüedad para disimular su fracaso; el andaluz, que muestra lealtad al Gobierno aunque nade y guarde la ropa; y el de los padres del invento que, como antier González y ayer Guerra, se aferran a la E de español, censurando los enredos sanchistas, abogando por la aplicación del 155, defendiendo el uso legítimo de la fuerza y hasta sugiriendo la intervención del ejército frente al caos. Para bien o para mal el futuro está en manos de este revoltijo.

El Rey y la baraja

Habló un joven Rey contundente y templado que liga su destino –a sabiendas— a la suerte de España cuando la insurrección de la Cataluña autónoma pide ya, no la cataplasma de un artículo constitucional que frene a esa autonomía desleal sino, triste pero probablemente, un urgente estado de excepción. Frente al Rey, un Gobierno desbordado por los rebeldes tanto como por una Oposición que, cuando no es cómplice de esas hordas, actúa con un miserable cálculo partidista. Y por si algo faltaba, cierta Europa babieca o farisea que rasga sus vestiduras ante una burda campaña alarmista, como si no hubiéramos visto a sus policías, ¡tantas veces!, barrer las calles sin contemplaciones. Total, un Rey sin baraja y un pueblo desconcertado que no alcanza a comprender tanta debilidad y tanta traición.

Suum Quique

La presidenta Díaz se ha pronunciado con responsabilidad y sentido común frente al golpe secesionista catalán. Aunque haya guardado la ropa –como es natural– no ha entrado en el ruedo dialéctico con trampas ni retrancas sino sintiéndose “parte de la Administración del Estado” y apoyando “en cuanto sea necesario” al presidente del Gobierno de la nación, porque “lo mejor para Andalucía es una España unida y cohesionada en el marco de la Constitución y el respeto a las leyes”. Pretende doña Susana “la restitución y el respeto a la Constitución y a la convivencia” y teme que el Govern sedicioso “siga dando pasos” en su línea desafiante. Ha dejado en evidencia con ello la ambiciosa doblez se Sánchez. Seguro que lo rentabilizará y, ciertamente, en esta ocasión, se lo merece.

Golpistas impunes

Una sola cosa pone de acuerdo desde antier a la inmensa mayoría: que no tiene sentido seguir con la matraca de la ilegalidad del golpe catalán sino actuar en consecuencia. Todos sabemos –y los golpistas los primeros— que el bululú ha funcionado, pero casi ninguno alcanzamos a comprender la impunidad de sus buhoneros. ¿Por qué no están en la cárcel esos delincuentes de lesa patria? ¿Por qué no vemos otro “pacto del capó”, como el del 23-F, y a estos “tejeros” de pacotilla entre rejas? Al Gobierno de la nación se le ha podido dar un generoso margen hasta ahora, pero ya no queda otra que exigirle que aplique la Ley a los sediciosos. Lo que hizo la República en su día, simplemente: meterlos en la cárcel. Si al Gobierno le tiembla la mano, se acabó el Estado de Derecho.

El jarrón roto

Lo de ayer en Cataluña no hay quien lo entienda. Empezando por esa opinión pública que se emperra en presentar el disparate como la consecuencia de la privación del derecho a votar y siguiendo por la extravagante impunidad de unos sediciosos flagrantes –están ya a un paso de Maciá— que el gentío no comprende cómo pueden andar aún en libertad. Vivimos ayer un auténtico asalto a la razón pero, por desgracia, todo indica que la opinión pública prefiere insistir en el tópico de la inacción del Gobierno antes que considerar la enorme dificultad que entrañaba el desafío. Y eso sí, los añicos del jarrón nacional no habrá quien los recomponga, al menos en mucho tiempo. Un laberinto de irresponsables a cual más insensato. Apena pensar lo fácil que podía resultar romper entre unos y otros esta vieja nación.

Mis amigos catalanes

Mal día el de hoy para recuerdos y nostalgias. Día aciago y, por otra parte, inimaginable para los cuerdos. ¡Cataluña en ruptura, Cataluña rota en dos, Cataluña “independiente” de España, ese mito decimonónico y burgués reciclado por los majaretas antisistema! No sería concebible mi generación sin nuestras conexiones catalanas. Con los grandes maestros, para empezar, con quienes nos asomamos a una Historia todavía científica, los Vicens Vives, los Reglá, los Jover, los Fontana, y luego el relevo, los Balcells, los Garrabou… Íbamos al “Boccaccio” de Oriol Regás, a las animadas tertulias de “Els Quatre Gats” –tantas fías y porfías con los colegas de “El Viejo Topo” de Miguel Riera–, a los estrenos del Teatre Lliure y, sobre todo, a los que Albert Boadella montaba con Els Joglars, esa implacable máquina de picar carne política que nunca escatimó el vitriolo del humor, una Barcelona culta que mantenía un ojo en París y el otro –por más que algunos lo nieguen ahora— en Madrid, una ciudad abierta y divertida, tan sugerente y nocturnal, acaso sicalíptica, pero siempre acogedora.

¡Los amigos catalanes! Recuerdo a mi añorado Luis Carandell merodeando por el Barrio Gótico, guía inestimable en la selva de lo que él llamaba “la Barcelona secreta”, el submundo dorado de la vieja burguesía, con sus sagas, sus pendencias y, sobre todo, sus complejos. Aunque mi guía entrañable, desde que desembarcó en “Triunfo”, fue siempre Manolo Vázquez Montalbán, el amigo más generoso que nos descubría el Barrio Chino, el Raval de su infancia, la ruta de Carvalho, su constante “alter ego”, el ambiente cálido de la Boquería y el Bar Pinotxo, sus cocinas exclusivas y las cenas en Can Massana con el inevitable pichón relleno de piñones. ¡Menos mal que no estás aquí, Manolo, para asistir consternado al esperpento urdido por estos mequetrefes! Tendrán que estar, qué le vamos a hacer, Arcadi Espada –el más lúcido exégeta de Pla, el ojo crítico de visión más aguda, el brillante Savonarola de esos descerebrados “indepens”—, o Gregorio Morán, el insobornable debelador de tirios y troyanos, ahora recién echado de La Vanguardia (parece que a petición de sus colegas de redacción: todos “indepens”, claro), mientras contemplará el despropósito desde la alta Europa, seguro que con desolación, Javier Nart, otro guía inapreciable. Manolo decía que el nacionalismo tiene el riesgo, y a la vista está, de “derivar en fascista” y que a él –tan fiel al país en el que primero estuvo preso y luego triunfó–, hijo y nieto de gallegos y murcianos, le sobraban razones, metafísicas aparte, para integrarse en esa comunidad española de cuya “crónica sentimental” hizo él mismo un clásico. ¡Los amigos catalanes! Mal día hoy para recuerdos y nostalgias, Barcelona del odio frente a la vieja ciudad amistosa. Pero no busquemos culpas sólo entre estos bárbaros. La semilla del odio, como la de la mostaza, crece lenta e inadvertidamente. Y aquí han estado mulléndole el terreno y regándola con el agua suicida de las componendas –durante decenios— los unos y los otros. Los otros lo mismo que estos “hunos”, todo hay que decirlo.