Belmonte

¡Cómo sería la estructura de la Administración paralela de la Junta, esto es sus empresas públicas, que la consejera comunista de Fomento y Vivienda, Elena Cortés, hizo una primera poda en EPSA y ahora acaba de liquidar en la misma nada menos que a 30 directivos! ¿Cuántos tenía, pues? No creo ni que se sepa, pero la consejera Cortés, les ha suprimido, encima, las cesantías y las indemnizaciones por considerarlas privilegios injustificables. Lo que no sé es si, como hizo en su día el PA, procederá luego a sustituir a los destituidos por personal afecto a IU. Yo no lo creo, en principio. Lo que sería interesante es que la coalición exigiera a Griñán un repaso general a ese monstruo insaciable que es la nómina de militantes, familiares, amigos y otros deudos.

El extraño regreso

Más allá del estrépito provocado por los nacionalismos españoles hay que convenir que el legado del siglo XX ha consistido en una pulsión secesionista acaso comparable a la agregativa que vivió la Europa renacentista. Los últimos casos son el planteado por al acuerdo alcanzado entre Escocia y Gran Bretaña sobre una posible independencia, y los tristes zarpazos del terrorismo corso que se las trae tiesas con el jacobinismo francés, además de los éxitos sucesivos del bando flamenco que mina la unidad belga. La Yugoeslavia forjada por Tito se ha deshecho en un mosaico de tono romántico en el que todavía bracea Macedonia y viven como pueden croatas, serbios y bosnios, mientras que checos y eslovacos han roto el nudo que los mantuvo a flote durante el siglo pasado. La liquidación de la URSS se ha hecho ensangrentando el panorama en Chechenia tras abandonar Ucrania a una suerte incierta. Hasta las Azores tratan de romper el viejo lazo portugués como estrambote de una tendencia regresiva que trata de deshacer la obra de la Historia justo cuando, un poco por todas partes, tratan de constituirse grandes agrupaciones para sustituir al diseño soberanista de la Modernidad por unidades supranacionales acordes con las exigencias de un planeta globalizado. A veces pienso en que esta efusión disgregadora responde a un neorromanticismo que trata de reproducir el mundo byroniano, aparte de que, como ha escrito lúcidamente Francisco Rosell, en nuestra coyuntura, el negocio no es la independencia sino el independentismo. Si esos “románticos” logran quebrar la Unión continental, lo probable es que el viejo mundo se quede a merced de las potencias emergentes.

Me temo que esos nuncios de la independencia no han comprendido bien el concepto que Renán diseñó magistralmente ni se han parado a pensar en los riesgos que supondrán cada día más la competencia con China, India, Brasil o México. Pero es muy posible que la atomización que pretenden los conduzca más pronto que tarde a considerar la necesidad de inventarse algún que otro proceso asociativo capaz de protegerlos contra las grandes entidades. No sé, por ejemplo, qué sería de España sin Cataluña ni el País Vasco, pero mucho menos consigo imaginar una Cataluña o un País Vasco a la deriva una vez desgajados de España. Recorrer del revés el camino de la Historia es, con seguridad, más arrojado y peligroso que seguir el rumbo que los siglos le marcaron.

El pan de cada día

Otro alcalde de la buena vida, que es la mala. Es el de Benamejí, pueblo cordobés de 5.000 habitantes, cuyo monterilla, José Ropero (PSOE) parece ser que ha cobrado 40.000 euros en concepto de dietas infladas. Claro que ese alcalde dirá que si se ha ido de rositas, por prescripción de su televisivo cohecho, aquel compañero suyo que dio la vuelta al ruedo del telediario contando el dinero de la coima, o aquel otro que pagó con la Visa oficial los exclusivos servicios de un prostíbulo, lo suyo es “pecatta minuta”. Los corruptos, descubiertos o no, han popularizado para estos casos la expresión “chocolate del loro”, pero la verdad es que, la suma total de estas truhanerías debe ser un grave factor de peso en la ruina que padecemos. Que padecemos digo, porque ellos viven como jamás soñaron vivir.

El hombre volador

Entre el negocio y la investigación, hay y ha habido siempre una íntima relación que, sin embargo, no suele ser reconocida. Hoy sabemos bien que la aventura del viaje a Luna, por ejemplo, ha dado de sí lucrativos resultados prácticos para la industria que ha descubierto, a través de ella, nuevos materiales y una copiosa información sobre otros variados aspectos utilitarios. ¿Por qué y para qué –se preguntaban los hipercríticos del Renacimiento—anda Leonardo perdiendo el tiempo a base de dejar caer pesos desde la Torre Inclinada o de estudiar absorto el ir y venir del incensario, para qué reclamaban Vesalio y tantos otros el dudoso placer de diseccionar cadáveres? Estos mismos días asistimos a una intensa campaña de escépticos que pregunta con las del beri qué coños ha conseguido ese hombre supersónico dejándose caer desde la estratoesfera para superar la velocidad del sonido y otros récords en su caída libre culminada felizmente. El hombre es un animal receloso que ni fía ni confía en el experimento en tanto no se ve clamorosamente la punta al negocio vanguardista, y yo mismo fui testigo en mi niñez de la resistencia con que los médicos practicones recibieron la noticia, realmente psicodélica, de que un sabio inglés, y casi por casualidad, había descubierto la capacidad antibiótica atesorada por ciento hongo que se erigía como campeón de la lucha contra las infecciones. Sólo el pueblo llano, más próximo que nadie a la fantasía y al milagro, creyó desde un principio en Fleming. En los bares de putas de Sevilla lucieron durante años retratos del sabio entronizados en altarillos votivos, no les digo más.

Es probable que de la aventura de Félix Baumgartner acaben sacando conclusiones importantes cardiólogos y neumólogos, fabricantes de tejidos resistentes y otros expertos, sin que –también probablemente—nadie se entere del caso y sus beneficios. Pero, de momento, domina la tendencia escéptica, aferrada a su incredulidad y a la espera de pruebas irrefutables, porque la Madre Naturaleza, a salvo casos bien excepcionales, va habitualmente por delante de la Razón humana. El hombre-bala no sale disparado ya por el cañón circense sino que rasga el cielo como esas plomadas conscientes de que está hecho el Progreso, siempre esquivo a la presunción como hija natural de la experiencia. Como la Naturaleza, la Humanidad no avanza a saltos sino tejiendo los hitos que el héroe va conquistando para bien o para mal.

Plató judicial

El juicio de Marbella está convirtiendo al Tribunal en un plató de esos en que la telebasura desgrana la indignidad friqui. Esposas ofendidas y vengativas, leyendas de bolsas o sobres con dinero negro, crónica de la opulencia en que vivieron, a costa del erario público, muchos de esos personajillos y, por si faltaba algo, una tonadillera de tronío haciendo de “la Otra, la Otra”, discreta pero en sesión continua. Por una vez, sin embargo, el morbo es superado por la evidencia de un saqueo sin precedentes que tendría que ser sancionado con una rigurosidad proporcionada al miserable espectáculo que parece un programa más de la zahúrda televisiva. Tantos españoles en apuros a causa de la crisis deberían ser oídos en estas exhibiciones mangantes en las que nadie, pero es que nadie, devuelve un duro.

La invención de Europa

Los suecos de su Academia acaban de conceder el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea. Han hecho muy bien, en mi opinión, a pesar (o precisamente por eso) de que ese galardón haya caído en picado demasiadas veces al concedérselo a auténticos terroristas cuyo listado coronaría Henri Kissinger y los protagonistas políticos del conflicto árabe-israelí, cuando no a ciertos/as cantamañanas que han hecho de él una lucrativa profesión. La idea de dárselo a Europa puede extrañar hoy acaso, en vista de la incapacidad de la Unión para dotarse a sí misma de una capacidad real de intervención que abarque algo más de las cuestiones del mercadeo, pero que tiene gran fundamento al entender, como han hecho los suecos, que la comunidad europea actual ha funcionado como una garantía de la paz en un continente que posee un terrorífico pasado bélico y que durante sesenta años parece haber eliminado entre sus miembros esa odiosa perspectiva. Miren, si no, la crónica europea, aunque sólo sea la de los siglos XIX y XX, y comparen con la actual organización cooperativa cuyos beneficios han tenido extraordinaria importancia por más que, durante esta crisis, el burocratismo y la hegemonía estén proyectando una dudosa imagen entre sus componentes. Europa no es el euro, por supuesto, ni siquiera un proyecto cultural común. Es, sin embargo, una entidad interesante –no faltará quien diga “fascinante”—propiciada, como supieron ver los “padres” del Tratado de Roma, por un hondo sustrato clásico-cristiano ahora traducido en un mecanismo pacificador. Se podrá decir que esta Europa no es una sino dos, que hay una Europa nórdica de primer nivel, y una Europa mediterránea o sureña en la que bracea contra corriente otra casi en vías de desarrollo, pero la realidad es que durante sesenta años a nadie se le ha ocurrido echar mano de la pistola en este (des)concierto cuyos logros son también de gran calado.

La intuición de que la unión de intereses podría funcionar como un mecanismo pacificador tiene insignes precedentes en la historia del pensamiento y hay quien ha llegado a verla implícita en la originaria política griega, y no puede negarse que ha funcionado bien, en la práctica, incluso en la llamada “Europa de los mercaderes”. De ahí que tenga sentido saludar el concierto europeo como trascendental medio para mantener una paz continental que parece haber cortado en seco una sangrienta y milenaria tradición.