Una vieja comedia

No me hagan mucho caso pero me parece haber entendido que hay ya dispuestos a competir con Rubalcaba en las “primarias” del PSOE nada menos que ocho candidatos. Ignoro cómo se ha gestado esta situación y nada sé sobre las circunstancias en que esos figurantes han decidido participar en la vieja comedia, aunque sospecho que, por más que su gesto haya sido bien acogido de entrada, es muy posible que el tiro de la simulación acabe saliéndoles por la culata a ellos y al partido. Todos los partidos son leninistas cuando pintan bastos, eso está claro, o bien acaban arruinados por la polilla intestina, todos practican el “centralismo democrático”, bien que unos a las claras y otros de tapadillo, pero pocas dudas caben de que Lenin tenía ese tema tan claro como Romero Robledo, por más que uno exhibiera arrogante su convicción y el otro la ocultara ladinamente. Los partidos viven en secreto y del secreto, de tal manera que cuando el día de mañana nos cuenten, por ejemplo, esta batalla que se aproxima –con su candidato por “dedazo” y sus figurantes espontáneos—cualquiera sabe cómo nos contarán la historia, porque al PSOE, como a todos los partidos, le viene ajustada aquella broma de Churchill sobre la Unión Soviética en el sentido de que “nada tan imprevisible como su pasado”. En estas “primarias” va a barrer Rubalcaba, a diferencia de aquellas a las que optó Borrell y en las que, al no estar tan claras como ahora las cosas, hubo de recurrirse al pucherazo con todos sus avíos. ¿Acaso pueden ser diferentes las cosas en una partitocracia? Pienso en esos ilusos que se han prestado a hacer bulto en la escena mientras dura la función pero ni un minuto más, y siento por ellos comprensión y desconcierto. Y les emplazo en el futuro imperfecto a ver qué nos cuentan. Por el momento, no tienen más que ocupar la escena y atender a las instrucciones que, oculto bajo la concha, les vaya soplando el apuntador.

 

Quizá no pueda ser de otra manera en una partitocracia, insisto. Si esto fuera una democracia viva y lúcida, a lo mejor estábamos hablando de otra cosa y no de unas “primarias” consagradas a un candidato que hace decenios se apuntó ya a una “renovación”, pero eso, qué duda cabe, es hoy por hoy hablar de la mar. Ni uno solo de esos candidatos sobrevenidos ignora que está haciendo en la comedia un papel secundario y prescindible, lo que quiere decir que, cada cual por su cuenta y razón, se prestan todos a amenizar el paripé. El resto del argumento se improvisará, como se inventaba en la “commedia dell’ arte” por los propios actores, pero sin salirse un pelo de las lindes marcadas. Por eso dan un poco de pena los espontáneos. O quizá no.

Quinta columna

Salud, Medio Ambiente, Ayuntamientos grandes y pequeños o Diputaciones, más lo que ignoramos de momento en una presumible mayoría de instituciones, andan a las claras consolidando a sus contratados para convertirlos en funcionarios, es decir, para dejarlos instalados en las Administraciones en las que, como es lógico, funcionarán como “quinta columna” al servicio de la oposición pero con cargo al presupuesto público. Ni siquiera hemos conseguido saber en años, por ejemplo, cuántos “asesores” cobran en la Junta, como no sabemos a ciencia cierta cuántos enchufes hay en esa extensa red. Quienes gobiernen van a tener que vérselas –esperemos que con mano discreta– con ese ejército silencioso.

El sabor de la aventura

No es fácil despedir a Semprún para quien haya vivido de cerca la auténtica crisis española y europea del siglo XX, que seguramente no es la inicial, como tantas veces se ha dicho, sino la que parte por medio ese siglo tremendo. Hemos de respetar su imagen de combatiente, su prisión en el campo nazi, su papel en la clandestinidad, su indudable talento literario y su capacidad de creación de su propio personaje, que fue fantástica. Recordarle en el Café de Flor o en Les Deux Magots conversando con Sartre, o en la Coupole dirimiendo contiendas galantes con Ives Montand, imaginarlo travestido como “Federico Sánchez” cruzando la frontera como Pedro por su casa, o compartiendo cuchitril madrileño con Sánchez Montero y Grimau con la policía política pisándole los talones, resulta excesivo para el observador. Como verle en Madrid, ya de ministro, perdido en su feudo burocrático y entretenido en porfiar con Guerra, resulta un poco decepcionante para muchos de los que le conocimos cuando todavía le llamábamos “Pimpinela Escarlata” por su confesada pasión por la aventura y su desmesurado gusto por el peligro. Algunos no hemos podido admitir, tras su caída del caballo, que trocara su militancia comunista por un criticismo feroz en el que tal vez llevaba razón en casi todo menos en excluirse él de esa quema en la que había participado siempre en primera línea. A Semprún le privaba la aventura, le apasionaba el riesgo, siempre desde un fundamento narcisista que funcionaba en él como una segunda naturaleza. Por eso fracasó en el Madrid de las decepciones y las rutinas, de los políticos ausentes de la clandestinidad y de los mandamases que sentían celos ante el nimbo de su fama porque un mito es algo muy difícil de soportar en una Administración y porque un aventurero no tiene sitio en el balneario institucional de una democracia ya instalada. Los mitos, al Parnaso o incluso al Olimpo, pero no sueltos por el gallinero.

 

Tendremos que recordarlo, pues, en sus cafés parisinos, en su gesto estudiado, en la silueta autocomplacida de su dandismo irrenunciable, en su estupenda memoria, en su prosa más que pasable y en sus memorables guiones. Con el resto, más allá de la política y hasta de la psicología, habrá que ser tolerantes y hasta piadosos con el hombre que hizo de su vida su principal guión, siempre reservándose el papel del héroe justiciero, con Simone Signoret sonriéndole y Costa Gravras ajustándole el encuadre. Semprún fue un tipo estupendo, tan real como imaginario, comprometido con las causas justas aunque enamorado de sí mismo. La verdad es que no hemos tenido muchos como él. Es más, ahora no nos queda casi ninguno.

Vuelve el cesante

Gran lío en todas las Administraciones ante el terremoto electoral pasado y el que se avecina. No se sabe cuántos enchufados figuran en nómina, pero algunos datos confirmados aseguran que en Andalucía, sólo en las empresas públicas (hoy “agencias”) hay al menos 20.000, no bajando de 6.000 el número de “trabajadores externos”. Parece también que los salientes amarran como pueden a esa clientela, metiéndolos con calzador entre los fijos o incluso invistiéndolos jefes por la vía rápida ya en plena recta final. Veremos qué ocurre cuando se sepa, de verdad, el número de “amigos políticos” que cobran dinero público. Ésa es una de las tareas más ingratas que aguardan a quienes hayan de relevar a los que estaban.

La ola populista

Parece seguro ya que el ganador de las elecciones peruanas del domingo ha sido ese controvertido personaje que es Ollanta Humala, vencedor en la recta final de la no menos inquietante Keiko Fujimori, hija del ex-presidente hoy encarcelado. Ya tenemos, pues, una pieza más, ajustada en el puzle populista del mapa sudamericano, en el que Humala, por más que trate de disimularlo de momento, se suma al modelo instaurado por Hugo Chávez en Venezuela y correspondido por Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador, por no hablar del difuso tardoperonismo de los Kirchner. Para un observador atento, sin embargo, este fenómeno galopante no surge simplemente de la realidad sociopolítica sino que recibe un importante apoyo de una intensa corriente teórica que se esfuerza por relegitimar el populismo despojándolo del sentido peyorativo que, por muchas razones, se había agenciado, especialmente en aquel hemisferio. Cuando leí hace unos años la obra del argentino Ernesto Laclau y la de su compañera Chantal Mouffe –hablo, sobre todo, de “La razón populista” y de “Hegemonía y estrategia socialista”–, con su sugerencia de la apertura política a los sectores marginados de la sociedad en oposición a una presunta alternativa tecnocrática, comprendí que ese círculo cuadrado contenía, en realidad, una viva legitimación de los diseños populistas de los que, a pesar de las experiencias acumuladas, parece que algunos no han escarmentado. Pero fue quizá un conocido artículo del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, “Los populistas a veces tienen razón”, el que me convenció de que, como suele suceder, a los movimientos políticos de amplio alcance en pocas ocasiones les falta el apoyo teórico. Estoy convencido de que en la política española de los últimos años han influido estas propuestas tanto como el peso de una creciente realidad que las encarna, lo que quiere decir que esos caudillos que proliferan y salen legitimados de las urnas, no están solos sino bien acompañados. Hugo Chávez no sólo ha recibido apoyo de intelectuales españoles procedentes de FN o IU sino del propio Noam Chomsky, aunque personalmente estoy convencido de que, implícita o indirectamente, se ha beneficiado también de esa fuerte corriente doctrinal.

 

Nadie tiene derecho a cuestionar el resultado de las urnas, pero eso no significa que de ellas no puedan salir fórmulas y modelos equivocados o incluso, como en el caso que se cita siempre, un régimen tan terrorífico como el nazi. No tardaremos, seguramente, en despejar las últimas incógnitas ahora que Perú casi cierra el cuestionable círculo que esos pensadores andan presentando como virtuoso.

A partir el piñón

Los sindicatos “de clase” han visitado al presidente del Partido Popular, Javier Arenas, en tanto frente a la sede de la Junta se abroncaba al Presidente –muy justificadamente, por cierto– en protesta respaldada por aquellos. Tacto se llama eso, tacto y mano izquierda para ir preparando el terreno por lo que pueda pasar y, de paso, borrar en la medida de lo posible cuanto de la “derecha que viene” han dicho y respaldado públicamente esas organizaciones hasta antier por la mañana. “Primum vivere”, decían los romanos, y los sindicatos parecen haberse adueñado del adagio, lo cual no deja de tener su lado apaciguador y razonable por más que se pueda ver en ello el efecto del oportunismo.