La ganga política

Veo juntos en una foto al famoso alcalde del puticlub y a un sujeto al que el Ministerio de Trabajo le reclama que devuelva los 24 millones de pesetas que se llevó del ERE de la Franja Pirítica de Huelva siendo concejal y diputado provincial. Es el mismo personajillo que le vendió al PSOE la IU local y recibió, a cambio, beneficios tan notables como el de ser aupado a la tenencia de alcaldía, presidente de la Mancomunidad y, ya en la actualidad, “delegado de aeropuertos” en una provincia donde no existe ninguno. Es el ejemplo perfecto de lo que da de sí una “clase política” elegida por los “aparatos” sin exigir a cambio más que fidelidad al jefe. Y la mejor evidencia de que la política, hasta en los niveles menores de los pueblos, es ya una pingüe profesión, cuando no un negocio redondo.

La piedad animal

La cuestión de de la sensibilidad animal es una poderosa rama de la ciencia antigua y moderna. Plinio ya se fijó en aspectos notables de esa “otra vida” que conecta con la nuestra, con la fetén, en infinidad de casos. Intriga a los sabios –en este caso a unos de la universidad de California—la coincidencia de actitudes entre la fauna y “el rey de la Creación”, ese parecido emocional que conoce cualquier dueño de perro doméstico y que tanto se ha desarrollado en mano de los etólogos propiamente dichos como Lorenz, Thorpe, Gould y toda esa larga descendencia de las delicadas mirmicologías de Maeterlink hace poco puntualizadas rigurosamente por Hölldobler y Wilson. Los hombres tienen a admirarse cuando observan en el animal (no en el humano, sino en el otro) conductas que identifica con las propias, en general porque –como hacen los autores de este estudio californiano—creen ver en ese parecido una muestra de “inteligencia”, en lugar de ver en ella, como hacía Tinbergen, por ejemplo, una cara insospechada del “instinto”. Los sabios a que me refiero han “descubierto” que cierto pájaro local posee una inquietante sentido o sentimiento de la muerte que les lleva a reconocer al hermano difunto y a interpretar su estado como un peligro del que avisan a los demás. En fin, nada muy nuevo después de las desgarradoras escenas que todos hemos visto en la manada de elefantes, cuando uno de ellos muere y su madre o bien varios miembros tratan con desesperación de levantarlo durante días con inconfundibles manifestaciones de dolor. Pero ¿es eso “inteligencia” o puro “instinto”? ¿O acaso será que, después de todo, la inteligencia humana no es más que un caso particular del instinto común a todos los seres vivos? Ashley Montagu y Bertrand Rusell han acabado de enredar el tema conceptual, a mi entender, al tratar de aclararlo pero, a pesar de ello, no hay etólogo que no admita la unidad última de esa misteriosa fuerza que mueve la vida.

Subrayan los autores del estudio comentado que no sería más que presunción creernos los únicos animales capaces de lamentar la muerte, aunque pienso que esa borrosa intuición de la fatalidad no debe de ser demasiado diferente de ese sentimiento humano que Phillipe Ariès considera incapaz de entender la muerte propia aunque asuma la ajena, la “mort d’autrui”. Nos cuesta reconocernos en la fauna más allá de todas las evidencias.

Mire al pajarito

La decisión de Ana Pastor, de no pagar 190.000 euros por el retrato que al gran Antonio López le había encargado Cascos, ha sido celebrada no sólo por el chulesco disparate que suponía ese encargo –al fin y al cabo, Bono tiene dos, uno en el Congreso y otro en Defensa—sino porque, dividida España en diecisietesiete taifas, no daríamos abasto al contar los retratos de próceres que pretenden perpetuar su memoria histórica, tantas veces minúscula, en este ruinoso régimen. Sabemos por el imprescindible libro de Gallienne y Pierre Francastel que el retrato tiene orígenes sagrados lo mismo en el Egipto antiguo que en Bizancio, y que se va secularizando, tras la experiencia realista de griegos y romanos, precisamente en la Roma de los Papas en la que, en todo caso, hay algunos que, como el velazqueño de Inocencio X –“¡Troppo vero…”, se lamentaba el pontífice—o el rafaelesco del Cardenal Alidosi, demuestran que la perspectiva humana ofrecía al pintor un vasto margen interpretativo a costa del retratado. Según Gallienne, el retrato pintado es la marca del Estado en su fase decadente, mientras que el esculpido lo es de la ascendente, pero hay que reconocer que el hallazgo ideológico del Humanismo alcanza cotas tan altas que permitirán la aventura de Velázquez o de Goya, aunque ninguno de estos genios se preciara de ser retratista. El problema del retrato de hoy es que ya no se somete a un arte psicosociológico –¡ay, la goyesca “Familia de Carlos IV”!—sino que se busca un vulgar retratismo fotográfico. ¿Y por qué entonces no llaman al fotógrafo, que siempre será más barato que el pintor? Hoy no tiene sentido un retrato como el famoso de Jovellanos pensativo, por la razón elemental de que no hay Jovellanos a la vista, lo que favorece a los Hernán Cortés, Bernardo Torrens o Ginés Liébana encajar al personaje en su estricto perfil burocrático.

La vieja costumbre de las galerías de próceres debe desaparecer y dejar sitio a la fotografía, pero a una fotografía decorosa y normal, que no cueste seis millones de euros como la que le hizo a Manuel Marín una laureada fotógrafa, no sea que hagamos un pan como unas tortas pero en plan cicatero. Había que saberse muy bien la Historia para reconocer a los ministros en la extensa colección del viejo ministerio “pompier” de Fomento. Pues imagínense el caso pasados veinte años cuando alguien se encare con un retrato de la ministra Aído o de Pepiño Blanco.

Socio incómodo

El jueves rompió ya formalmente la tensión implícita en el pacto de Gobierno PSOE-IU que mantiene a Griñán con Valderas a su vera. La propuesta del PP de condenar los asaltos y ocupaciones de la banda itinerante de Gordillo salió adelante en el Parlamento con los votos del PSOE dejando a IU reducida a su auténtica dimensión, una decisión imprescindible porque la tácita complicidad de Griñán con esos invasores y okupas no tenía ya un pase. Los que jamás hubieran pactado con Anguita van a comprobar que hacerlo con Valderas es lo verdaderamente incómodo. Se abre paso cada vez más la hipótesis de una legislatura breve y aumenta la certidumbre que la demagogia es siempre mala compañera.

Tomate y política

Parece que no es bueno dejarse llevar por la vista a la hora de comprar tomates. Haber hecho eso durante más de medio siglo, eligiéndolos por su encendida coloración, ha acabado por hacerlos insípidos a causa de que, al seleccionar el gen que controla la maduración uniforme, se ha provocado la inactivación de una proteína encargada de la producción de azúcares y otros elementos que son los que lo hacen gustoso. La vista suele ser mala consejera –cosa que atestiguaría, sin duda, una multitud de esposas y maridos—pero ciertamente es el sentido preferido de la especie. Y lo mismo que con los tomates suele ocurrir con los políticos, a los que se elige, sobre todo, por su aspecto y sin la menor idea de su interioridad, a lo que ha contribuido mucho la vulgarización de la teoría del carisma. Adolfo Suárez recibía cartas de amor de la misma manera que durante el octanato de Aznar hubimos de soportar con paciencia las alusiones despectivas a su bigote y las leyendas sobre los alzapiés que utilizaba, como si no supiéramos lo arriesgadas que son las apariencias. Los Kennedy –Jack y Bob—se llevaron el gato al agua por su indudable atractivo, y es verdad que llevaron al hombre a la Luna, pero también que estuvieron a pique de un repique de provocar la tercera Guerra Mundial y que tuvieron su alícuota de culpa en la tragedia personal de Marylin. Ahora, por ejemplo, lo que se lleva es repetir que Rajoy no es carismático y por eso mismo no resulta atractivo, como si arrastrar ciertas consonantes o sonreír con dificultad tuvieran algo que ver con la capacidad política, y lo curioso es que se sigue diciendo tras haber ganado varias elecciones y sabiendo por experiencia que los tomates más colorados –y ojo, porque lo dice nada menos que la revista “Science”– resulta que son los más insípidos. La vista es el sentido más arriesgado de la condición humana.

Los biólogos predican ahora la necesidad de seleccionar los tomates de otra manera pero el ama (y el amo) de casa –y están en su pleno derecho—siguen prefiriendo a los más rojos y, salvo incendio, inundación o peligro de piratas, como decía el Código antiguo, votando a los más atractivos. Eurípides sostenía que el oído era superior a la vista, lo que deja su margen a los “piquitos de oro”, pero el triunfo sigue siendo para las “boquitas pintadas”. Mucho me temo que también nosotros acabemos inactivando la proteína de la excelencia.

Los coches oficiales

Hay “recortes” sangrantes y “recortes” de mentirijilla. Por caso, el de la reducción del parque móvil de la Junta, consistente en reducir a la mitad el número de vehículos con chófer… pero dejando la otra mitad intacta bajo el epígrafe “incidencias”. Ayer mismo denunciaba este diario que un consejero y su vice acudieran juntos a un mismo acto, pero cada uno en su coche, lo que demuestra que no ha habido tal reducción de ese servicio que lleva decenios prestádose a recoger a los jefes para llevarlos o devolverlos a sus lejanos pueblos a pesar de tener pagados sus domicilios en Sevilla. “Ajustes” lo que se dice “ajustes” los ha habido en Educación, en Sanidad y en Obras Públicas. Lo demás son cuentos para dormir al contribuyente y pare usted de contar.