La extraña piedad

Un viejo convencimiento me mantiene en mis trece de que el derecho penal atraviesa una profunda crisis. Vemos a diario casos que nos demuestran su benignidad, su sobrehumana piedad, que nos llevan a la conclusión de que el sentido de la proporción entre delito y pena que lo inspira, se remueve incómodo dentro del ajustado corsé del nuevo humanismo, haciendo buena aquella genial intuición de Giradoux de que jamás un poeta había sido capaz de interpretar la naturaleza tan libremente como los juristas interpretan la realidad. Ahora los soterraños planes políticos del Gobierno –de éste y del anterior—han tropezado con el grave obstáculo que supone, frente a la opinión y también frente a destacados líderes políticos, la excarcelación de uno de los terroristas más sanguinarios de que haya memoria, un tal Bolinaga, un asesino múltiple que, entre otras hazañas, fue el que trató de despistar a la Guardia Civil cuando registraba la checa etarra en que yacía Ortega Lara con objeto de que el preso se extinguiera en su zulo, abandonado de todos. Muchas e importantes voces en el partido del Gobierno le han espetado al ministro del Interior que excarcelar a ese sujeto es un privilegio que la ley permite pero que no impone, como es natural, y el padre de una de sus víctimas, que es médico de profesión, le ha dicho a la autoridad penitenciaria, que deje de tomarnos el pelo con el argumento de la necesidad de atender clínicamente a un enfermo terminal porque para ese menester se basta y se sobre el hospital donde actualmente está. ¿Dureza de corazón, falta de misericordia? Vamos, hombre, aquí lo único que ocurre es que el Gobierno sigue por la senda del llamado “proceso” y que lo hace mirando para la Meca.
Hace días se conoció la sentencia del nazi noruego Anders Breivik y es justamente la que ese infame deseaba: una condena de 21 años en la cárcel, que ya serán menos, cuando lo suyo, en función de la enormidad de su crimen, hubiera sido internarlo de por vida en un psiquiátrico. ¿O es que 21 años, aunque no hubiera beneficios penitenciarios, tienen algún sentido frente a sus veintisiete asesinatos? ¿Y por qué tratar con lenidad a un sujeto como Bolinaga, asesino y secuestrador, que jamás se compadeció y ni siquiera se arrepintió de sus hazañas? El penal está en crisis, la autoridad por los suelos y ETA ha ganado su guerra sin disparar los últimos tiros.

Misterio resuelto

223 días han sido precisos para aclarar la desaparición de los dos niños hermanos en un parque cordobés. Otro espectáculo incomprensible que, como en el caso de la joven sevillana asesinada y desaparecida, ha conmovido duramente a la opinión pública y le ha salido por un pico al Estado. El ministro compareció ayer para defender el honor policial, como si alguien estuviera poniéndolo en tela de juicio, y dijo que, si acaso, de lo que podríamos lamentarnos es de “error científico”, ya que sólo tras el informe forense presentado por la familia, una segunda pericia de la policía estaría conforme con que los restos calcinados corresponden a los niños buscados, presuntamente víctimas de su propio padre. Más corporativismo del preciso, ya que la misma policía reconoce en privado que ha habido un “error garrafal”. Menos mal que, en esta ocasión, al ministro no se le ha ocurrido el argumento de la connivencia entre víctimas y el verdugo.

Cabeza de cerdo

Los símbolos creados por el hombre no son unívocos sino que atraviesan la Historia, a trancas y barrancas, cambiando de significado desde lo más sublime hasta lo definitivamente abyecto. Sólo judíos y mahometanos, que yo sepa, han mantenido con tenacidad el repudio del cerdo, desconocemos si a causa de un tabú que, en principio, bien pudo ser una discreta medida para evitar la triquinosis, o un simple prurito de distinción respecto de los paganos. Los imbéciles que han depositado dos cabezas de puerco en el umbral de la mezquita de Montauban con intención de profanarla, ignoran, a buen seguro, que ese mismo animal ha gozado desde la Antigüedad de atributos muy diferentes que van desde ser el animal de Deméter en Eleusis a representar en otros pueblos el procurador de la lluvia o el vigor masculino. Apenas hay símbolos unívocos. Lo normal es, como digo, que atraviesen los tiempos entre el “mana” y el “tabú”, ajenos a su propio significado que sólo a la arbitrariedad humana concierne establecer, como aceptan muchos especialistas desde Paul Diel hasta Ernest Aeppli, aunque en cada cultura sean percibidos como significados absolutos. Lo que para los chinos y vietnamitas significa abundancia para Heráclito no es más que un emblema de la condición más despreciable, y si fue objeto de veneración para los celtas o para Clemente de Alejandría y en el Evangelio sirven para la encarnación demoníaca, la verdad es que antes de él gozó de alta consideración. Puede que el hombre sea, como postulara Cassirer, un animal simbólico, pero de lo que no cabe duda es de la ambigüedad significante del símbolo mismo.

Hace poco he visto representada en un hórreo asturiano la cruz gamada que los nazis buscaron en el Tibet, ya entendida como un signo apotropaico, protector, y sin la menor conciencia de sus posteriores atribuciones simbólicas. Lo de menos en estas agresiones entre culturas es la intención de unos agresores que las perpetran sin sospechar siquiera que la polivalencia de esos símbolos bien puede planear sobre su propia cultura y la de sus ancestros. Y eso es lo que hace de la agresión misma un ejercicio inútil por grande que sea el daño que pueda ocasionar y por demasiada sangre que haya costado. Dos cabezas de cerdo en el umbral de una mezquita constituyen una injuria vana a la vez que brutal. El hombre es el único animal capaz de inventar los motivos de sus ferocidades.

El hombre normal

En las sociedades postmodernas se está abriendo paso la preferencia masiva por el tipo “corriente” frente a la clásica atracción del carismático. Tanto es así que los asesores de imagen del presidente Hollande han logrado convencer al ciudadano medio de que el ideal de confianza debe ser el “hombre normal”, es decir, no el deslumbrador que arrastra a las muchedumbres sino al “corriente”, el que no aparece nimbado por el halo del carisma, es decir, al que pudiera confundirse, en principio, con el vecino de arriba o con uno mismo. Hollande sigue insistiendo en su “normalidad” que, ciertamente, es lo que aparenta, sin duda para triturar la imagen de un Sarkozi que se veía ya como un Mitterand o incluso como un De Gaulle, pero también, posiblemente, porque como mejor se encuentra es ofreciéndose a la masa en su perfil anodino de representante literal del hombre de la calle. Dicen que Alejandro conocía por su nombre a cada soldado y que Napoleón no cedió a su audacia carismática ni siquiera cuando se vio arruinado en una isla perdida. Hoy ocurre, al parecer, todo lo contrario, y es una legión hombres y de mujeres “corrientes” la que se lleva el gato al agua en la estimativa pública. Es como si en esta era confusa y mesocrática, laica y “mediatizada”, el ciudadano medio viera en el carismático un peligro y un desafío, y en el “normal” una imaginaria garantía de proximidad que provoca su empatía. El “hombre-masa” anunciado por el aristocratismo orteguiano vuelve por donde se fue al escenario de la vida, harto de las coles de las minervas, y con la esperanza puesta en la virtud de lo ordinario.
 
Miren alrededor y compruébenlo: vivimos en pleno batacazo del “leadership y, consiguientemente, en la moda de lo vulgar, en el buen sentido del término, que lo tiene, igual que “carisma” tiene también un sentido malo en la cara oculta de su luna menguante. El poder actual no se exhibe sino que se emboza, y ésa es la razón por la que tanto mediocre es apoyado por una opinión que desconfía –y no le faltan razones— de la excelencia. Otra vez, pues, el modelo griego clásico en el que cualquier ciudadano podía elegido ser magistrado con independencia de su valía y en el que se desconfiaba de toda aristocracia cuando no se llamaba a gritos a la tiranía. El líder de moda viste de gris, va cortito de idiomas y, las más de las veces, no lee más que en mayúsculas. Hollande ha ganado, en buena medida, porque ha adoptado esa moda.

Esperpento andaluz

La marcha de la banda de Gordillo está amenizando el verano con sus imprevisibles ocurrencias. Claro que la culpa no es sólo de quienes actúan como bandidos de guardarropía, sino en una autoridad medrosa cuando no cómplice. ¿Qué significa eso de ver a la Guardia Civil desplegada ante la puerta de una finca privada –por cierto, de enorme valor—mientras los “ocupantes”, como si se tratara de jugar al escondite, se cuelan por un acceso próximo? ¿Por qué les consiente semejante allanamiento y la divertida ocurrencia –que da una idea de lo que tiene de lúdico el esperpento—de bañarse en la piscina de la propiedad? ¿Y qué significa, en boca de un diputado, esa desafiante imbecilidad de exigir una orden judicial para “desocupar” lo ajeno? Yo tengo una teoría propia, en todo caso, y es que si al PSOE y a IU les viene bien que Gordillo permanezca lejos del Parlamento mientras dura el paripé de la comisión investigadora, a Gordillo, por su parte, le viene mucho mejor vagar con su banda de aquí para allá que plantarse frente al Parlamento a clamar por el atraco de los ERE y las prejubilaciones falsas. Gordillo es un vividor, aparte de un narciso irredimible, un agitador bien pagado con dinero público que elige con cuidado las “acciones” para no molestar a quienes no lo molestan a él. ¿Cómo es posible que el PSOE se haya negado a reprobar en la Cámara a ese esperpéntico diputado, cómo lo es que IU apoye sus acciones — qué duda cabe que delictivas en muchos casos– con tal de verse libre de él y mantenerlo mientras más lejos mejor?

Gordillo sólo tiene un papel, el del agitador romántico, esa antigualla, pero sabe de sobra cómo utilizarlo sin pasarse de la raya que forzaría a cortarlo por lo sano. La culpa de sus desmanes, en consecuencia, no la tiene él sino sus consentidores: un Gobierno que gasta guante de seda, una Junta que temblaría ante la sola idea de que a Gordillo le diera por dirigir su caterva contra su corrupción, y una IU cuya complicidad sólo se explica desde la visión de un radicalismo de pacotilla. Gordillo es la contrafigura de un anacronismo clamoroso pero que le viene de perlas a los “socios” de una Junta social-comunista… mientras vague por esos campos. En la URSS, en Cuba, en su Venezuela de su alma, lo habían pasado por la piedra por sólo intentar lo que aquí perpetra. Él lo sabe mejor que nadie después de tres decenios de esperpento y formidable sueldo a fin de mes.

Programa doble

En nuestro cine de verano –“selecta nevería”—nos dan este año programa doble. En el Parlamento, la poquísima vergüenza del paripé de los ERE y las prejubilaciones falsas, el desfile de mudos que saben más que Briján sobre el gran mangazo pero que, por eso precisamente, callan como muertos. En el telediario, la telenovela de Gordillo y sus errantes mesnadas pasándose la Ley por el forro mientras su líder carismático, el gran “Conducator”, sombrerón y pañuelo palestino (o saudí, no estoy seguro) al cuello, nos devuelve al siglo XIX y se ve a sí mismo –tiene tomate—como un guía entre Jesucristo y Gandhi, pero que cobra un pastón al mes desde que hay memoria democrática. Un programa doble de miserias superpuestas que anuncia ya el próximo estreno en medio del desconcierto general