Hijos de papá

Cuando casi hube de hipotecarme para enviar a mi hija al Instituto de Empresa madrileño ya contaba con que en su ambiente habría de encontrar un condiscipulado representativo de la oligarquías nacionales. Lo que ni me rondaba por la cabeza era la idea de que, entre sus filas, pudiera tropezarse ella con la flor de la satrapía y, lo que es peor, con personajes ajenos al perfil de nuestros jóvenes e incluso, en algún caso, objetos de persecución legal, como ese hijo de Gadafi, Khamis Muammar, que ahora parece que en busca y captura. El hecho es completamente habitual, por supuesto, y aún  recuerdo el entusiasmo con que algunos jacobinos del 68 hicieron circular por la Sorbona cierta relación de presuntos hijos de sátrapas que –como siempre, como hoy mismo—por sus pasillos andaban en busca de graves títulos con que decorar sus figuras. Claro que los casos que están aflorando tras la revuelta libia –el escándalo de la London School of Economics, cuyo director ha debido dimitir tras descubrirse sus trapicheos con el Coronel, o esta misma noticia de la expulsión de su hijo de una escuela española—no tienen que ver con la formación en nuestras aulas de las élites de las satrapías, sino con la connivencia, objetiva o no tanto, de esos centros con aquellos poderes tan indeseables como ricos. No se trata, por descontado, de poner puertas al campo pues resulta evidente que los hijos de los próceres no sólo tienen derecho a instruirse sino que dispondrán siempre de su Aristóteles dispuesto, si el caso llega, a dejar su cátedra y reciclarse como preceptor a la sombra del tirano. Lo que ha llamado la atención en los casos comentados ha sido la incongruencia de que instituciones de máximo prestigio, cuyas finanzas han de ser sobradamente sólidas , acepten la dádiva del bárbaro como si fuera normal mantener tratos con un terrorista internacional capaz de matanzas como las que pesan sobre Gadafi, por ejemplo, o aceptar a personajes tan dudosos entre su incauta clientela.

 

No hay por qué ver ni rastro de elitismo o exclusividad en la exigencia de que la prestigiosa docencia de los países democráticos mantenga a rajatabla criterios de admisión incompatibles con ciertas circunstancias de los candidatos, pero sobre todo hay que rechazar sin más el cambalache entre nuestras más señeras instituciones y esos avasalladores poderes. Al hijo de Gadafi, comprometido en la masacre de estos días, lo acusan ya incluso de asesinatos concretos. Incluso si para mí no hubiera sido tan gravoso en su día el máster de mi hija en el IE, me pone los pelos de punta la idea de verla eventualmente confundida con gente de esa calaña.

A querella limpia

No dejaba de ser retórica la amenaza de la Junta de querellarse contra quien osara señalar a Griñán como responsable del inverosímil caso de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por ella misma, pero ahí tienen ya unos cuantos desafíos a voz en cuello y, no sólo eso, sino también sus propias querellas en las que se acusa a los suyos de malversación de caudales públicos, cohecho, tráfico de influencias, prevaricación, fraude en subvenciones y uso de información privilegiada. E incluso dedos que señalan sin reservas a Griñán y a Chaves, desde la presunción de su responsabilidad superior. Mal acabará este asunto increíble y tan torpemente llevado por el gobiernillo regional. Seguramente vamos a comprobarlo más pronto que tarde.

Somos tiempo

Hablando de mi maltrecha rodilla, el Dr. Antonio Vizcaíno me revela un hallazgo de esos que vuelven apasionante la teoría de la evolución, a saber la ley dictada, a caballo entre el XVIII y el XIX, por el doctor Jacques Mathieu Delpech, y que enuncia el principio de que los músculos adquiridos más recientemente por el cuerpo humano en su proceso evolutivo son justamente los primeros que se pierden. El cuadricep o el deltoide, responsables respectivamente de la postura bípeda y del hábil manejo de los brazos, serían esas adquisiciones benjaminas que, en efecto, acusan tan gran deterioro en circunstancias adversas, como testigos de cargo que son de la implacable jerarquía del tiempo en el proceso que nos constituye y prueba de que, no sólo “Natura non facit saltus”, sino de que esto que somos viene a no ser más que un montaje cuya lógica es esencialmente histórica. El doctor Delpech no acabó bien a pesar de su contribución a la ciencia, pues por lo que sé acabó ejecutado de un pistoletazo por un paciente disconforme con el resultado de una intervención de varicocele, pero a mí lo que me ha llamado la atención del caso no ha sido este desenlace trágico sino el enunciado de esa ley que nos humilla tan discretamente como especie al recordarnos nuestra condición mutante y, en cierto modo, fortuita, cosa que siempre viene bien para frenar nuestra arrogancia animal. La metáfora del Génesis (muy anterior a él, por cierto), es decir, lo del hombre modelado con arcilla e insuflado con el soplo divino, ha de entenderse, en todo caso, en una perspectiva secuencial y nunca como una viñeta instantánea. Por algo decía Ortega que el hombre es Historia tanto como Naturaleza, aunque, ciertamente, con ello estuviera haciendo otra metáfora, pues una y otra no han de ser más que dos dimensiones imbricadas e inextricables a la manera que, según probó Einstein, lo son también el Tiempo y el Espacio. No somos nadie, está visto a poco que peguemos la oreja al lento discurrir de las horas en el torrente que llevamos en la masa de la sangre.

 

Somos éxito y fracaso, el resultado sumatorio de situaciones y eventualidades que nos ponen expeditivamente en nuestro modesto lugar, y por lo visto llevamos las pruebas de esa condición grabadas en nosotros mismos tal como el metal precioso exhibe el contraste que lo autentifica. Pero sobre todo somos tiempo, “durée” bergsoniana acumulada en el laberinto del propio soporte físico, días, años, milenios de cambios adaptativos que encima conservan intacta su memoria vital. Lo de mi rodilla ya no está tan claro. El doctor Vizcaíno no sabe que acaso es todavía mejor antropólogo que médico.

Responsable voluntaria

Pocos casos de lealtad ciega al jefe y benefactor como el de la consejera de Hacienda Carmen Martínez Aguayo respecto al presidente Griñán, cuya eventual responsabilidad en el negocio de las prejubilaciones fraudulentas asume íntegra al testimoniar que ella no lo informó de un informe de la Intervención que nada menos que avisaba de que Empleo había generado obligaciones para la Junta sin cobertura presupuestaria, que el procedimiento administrativo de la consejería resultaba inadecuado o que la deficiencia observada podría alcanzar a “práctica totalidad” de los expedientes. Ella sabrá lo que hace y dice pero se lo ha puesto más fácil todavía a la jueza instructora.

Escrito en el agua

El rey de Marruecos acaba de dar el triple mortal anunciando a los cuatro vientos una reforma política radical que ampliará los poderes del Parlamento, garantizando la independencia de la Justicia y el consabido respeto a los derechos humanos, es decir, que transformaría la autocracia actual de una monarquía constitucional más acorde con las exigencias planteadas por la Unión Europea. Ojalá. Pero la primera reacción de los observadores más atentos ha consistido en recordar que a su llegada al trono en 1999, Mohamed prometió lo mismo y mucho más, creó consejos y comisiones para la equidad y la reconciliación, y prometió una lucha contra la corrupción y la desigualdad que no se ha visto por ninguna parte. Se ha dicho que Marruecos ha pasado, en este sentido, de la esperanza al desencanto, pero lo cierto es que amplios sectores de la opinión cualificada europea han mantenido en alto ese pabellón incluso contra toda evidencia. Marruecos sigue siendo un país depauperado, con una temible tasa de paro, entre doce y quince millones de pobres, una oligarquía influyente y corrupta, una policía arbitraria cuando no brutal acusada con frecuencia de torturadora y una creciente desigualdad –la famosa “brecha” entre ricos y pobres”—que se amplía sin tregua bajo la autoridad omnipresente de un soberano que, a la sombra a su vez de Francia y EEUU, posee una fortuna que se ha multiplicado por diez y cuyos negocios particulares equivalen al 6 por ciento del PIB nacional, a lo que hay que añadir la presencia de un ejército fuerte al que el rey no ha logrado nunca, al parecer, controlar como lo hiciera su padre en especial tras los famosos intentos de golpe. Un anuncio como éste justo cuando los regímenes norteafricanos se desvencijan uno tras otro más parece un gesto previsor pero forzado que otra cosa que ni siquiera permite acreditar la opinión de que se trataría de pasar sin solución de continuidad de la dictadura a su primo hermano el autoritarismo. Ojalá, ya digo, sólo que cuesta imaginar cómo podría compaginarse ese reinado constitucional con la autoridad de un “jefe de los creyentes” que se postula directo descendiente del Profeta.

 

Nada o muy poco se cumplió de lo prometido en 1999 como lo acreditan el auge de la corrupción, el incremento de la pobreza, el olvido de la revisión de las responsabilidades políticas, la insustancialidad efectiva de la mejora en el estatus de la mujer, el maltrato a las libertades y en especial a las de expresión y a la de prensa. Es difícil renovarle el crédito a ese “rey de los pobres” que diez años después brilla destacado en el cuadro suntuoso de la revista Forbes.

Suma y sigue

Los “cuatro o cinco casos” que Chaves admitió que podrían haberse producido en la Administración de su partido por obra de otros tantos desaprensivos, van ya por 146, según las cuentas de la propia Junta. Y encima sabemos ahora que no fue sólo aquel director general al que se le trata de endilgar el mochuelo en exclusiva, sino que su sucesor no varió el sistema sino que continuó funcionando con él, a pesar del tremendo informe de la Intervención del propio Griñán que hoy conocemos. Hay que insistir en que éste es el “caso” más grave registrado en la autonomía, en la inverosimilitud de esa responsabilidad a nivel medio y en la inevitable responsabilidad de las más altas instancias.  Mantener la tesis de que tras este atraco no hay más que un montaje de la oposición resulta ya, sencillamente, imposible.