Pequeños sabios

Gran polvareda está levantando el proyecto de la Comunidad de Madrid de instaurar desde el próximo curso un experimento de “bachillerato de excelencia”. La teoría de sus promotores es que, del mismo modo que los deportistas de élite se entrenan en centros especializados, los estudiantes que destaquen sobre la media de sus compañeros deben disponer también de una atención específica y de unos enseñantes especialmente cualificados. Desde enfrente se han apresurado a denigrar la medida con el argumento de que la educación no debe ser selectiva ni excluyente –quizá sin darse cuenta cabal de que le selección y la exclusión la provocan los propios alumnos—y por supuesto, sin ofrecer a cambio más que alguna que otra banalidad. De entrada hay que decir que esa atención preferente a quienes demuestran un interés desatacado tiene su lógica siempre que el experimento no implique la degradación de la enseñanza “no excelente”, es decir, la normal que, todo hay que decirlo, es no poco mediocre hoy día, según los informes más acreditados. Por lo demás, siempre se primó al alumno brillante y es raro el profesor que no haya dedicado su mimo al discípulo entusiasta, entre otras cosas porque la docencia es por lo general un ejercicio solitario que encuentra en estas actitudes propicias un estímulo indiscutible, de la misma manera que en el generalizado marasmo los profesores no encuentran más que motivos de desánimo e incluso de depresión. Y en ese sentido, es cierto que pocos y dudosos remedios se le han puesto a la pésima situación de nuestra enseñanza, tanto por parte de los tirios como por la de los troyanos, aunque no quede claro por qué el intento de primar a los mejores ofreciéndoles un ámbito especializado ha de suponer un efecto discriminatorio.

 

Estamos hartos de ver a los líderes de la izquierda envíar a sus hijos, no a los centros públicos, sino a las mejores instituciones privadas, sin que en ello aprecien , al parecer, ninguna discriminación elitista respecto al común de los estudiantes que han de sobrevivir en la selva de nuestra degradado sistema educativo. Y por eso cuesta entender las objeciones que se oponen al hecho elemental de que la educación trate de rescatar a los alumnos excelentes de un ámbito proverbialmente deteriorado tanto como costaría rechazar la atenta y especial  ayuda que precisa el alumnado  con problemas de retraso escolar. Es lamentable que se haga de esta cuestión un pleito partidista. La excelencia es un mérito que debe estimularse por elementales razones funcionales. Lo demás son murgas politiqueras que poco tienen que ver con la justicia ni con el bien común.

En el ojo del huracán

“No tengo ni idea y no me corresponde, así que no voy a hablar de los ERE” (José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía).  “Las actas se entregarán cuando toque” (el mismo). “Arenas es el jefe del departamento de basuras del PP” (Manuel Chaves vicepresidente tercero del Gobierno y presidente del PSOE). “Si él –Iván Chaves– hacía las gestiones, el negocio estaba asegurado, conseguido” (fuentes de los socios del mencionado). “No sé quiénes son los socios del hijo de Chaves ni de lo que se está hablando” (José Antonio Griñán, presidente de la Junta). “Los trabajadores limpios queremos cobrar” (prejubilados de González Byass). “Yo doné la sede de Camas al PSOE” (José A. García Prieto, doble prejubilado falso de Camas).

La casta y la plebe

Los ciudadanos españoles no estiman a sus políticos. Los consideran el tercer problema que pesa sobre el país, según acredita el CIS, es decir, el observatorio sociológico del propio Gobierno. Por su parte, un serio estudio reciente nos descubría no hace mucho que la opinión pública explica la escasa implicación de los políticos en la crisis actual por el hecho de que se sienten protegidos en su ámbito de privilegio lo que, en su particular percepción, convierte la circunstancia económica, de hecho, en un asunto ajeno. Y no se equivoca, por lo visto, la estimativa pública, a la vista de lo sucedido antier en el Parlamento Europeo donde el grueso de los eurodiputados españoles votaron, junto a sus colegas de otros países, contra la propuesta de congelación de sus sueldos e incluso contra las que trataban de forzar el uso de la clase turística en los viajes aéreos de esos próceres o la congelación de los gastos y de las generosas dietas percibidas. En masa, como un solo hombre y con excepciones contadas, nuestros representantes se negaron a renunciar a unos privilegios desorbitados que ellos deben de considerar merecidos y ante los que poco o nada ha pesado la situación de sus conciudadanos, dramática y aún desesperada en muchos casos. Nada nuevo, por lo demás, pues aquí en el interior tenemos visto y comprobado que la única razón capaz de poner de acuerdo a todos los grupos y tendencias es aquella que postula la mejora económica o el beneficio de esa auténtica “clase”: no ha habido una sola votación de ese género que no haya sido adoptada por unanimidad. Y eso es una (des)vergüenza, por más que nos cuenten los privilegiados, especialmente en situaciones como la actual. Una curiosidad: los eurodiputados votaban lo referido prácticamente al mismo tiempo que, tras las de Grecia e Irlanda, se decidía la drástica intervención económica de Portugal. ¡El continente arruinado y ellos volando en “gran clase” con el sueldo y las dietas intactos! Supongo que lo de la desvergüenza lo suscribe la mayoría.

 

Es peligroso el creciente descrédito de los políticos, nadie lo duda, porque implica el del propio sistema democrático. Ahora bien, pocos serán quienes no adviertan que ese descrédito se lo procuran ellos a pulso, situándose, por si fuera poco, al margen de la suerte común y cerrados ante la posibilidad de compartir con sus representados los imprescindibles proyectos de austeridad. Pasó definitivamente la idea –porque no fue casi nunca más que una idea, justo es decirlo—de que la política era ante todo un servicio. La política se ha convertido en un oficio que esa casta han sabido blindar incluso en plena catástrofe.

¡Con que cuatro o cinco!

Evidentemente no eran “cuatro o cinco sinvergüenzas”, como aseguraba Chaves, los únicos responsable del montaje de las prejubilaciones fraudulentas y las subvenciones falsas. Había más sinvergüenzas, como lo demuestra el reconocimiento oficial de que, al menos durante ocho años –es decir, entre enero 2003 y diciembre 2010—las irregularidades fueron masivas. Algo que no pudo ocurrir en el secreto de una unidad inferior sino que tuvo necesariamente que contar con el visto bueno de los consejeros respectivos y el enterado de los presidentes. ¡Nada de cuatro o cinco! En este negocio ha habido mucho sinvergüenza aún por descubrir.

Un mito chino

El gigante postcomunista chino no puede, por lo que se ve, prescindir de los mitos, incluidos algunos que rechinan con estrépito con los rancios postulados del maoísmo aún en vigor. Y entre ellos ninguno, probablemente, como el que implica el revitalizado culto a Huangdi, el “Emperador amarillo”, presentado por la propaganda oficial como el padre cinco veces milenario de la raza y de la civilización chinas, el venerable epónimo de los Han que fue capaz de irradiar las innumerables raíces étnicas hoy existentes poniendo orden en el caos preexistente antes de fundar el Estado nacional. Todos los años, cada mes de abril, y bajo la protección cercana del propio Partido Comunista Chino, se celebran en Xingheng, en la provincia de Henan, extraños rituales entre religiosos y laicos que últimamente atraen, con éxito creciente, a las poblaciones de la diáspora dispuestas, como todos los asistentes, a rendir culto a ese personaje faboluso cuya presencia mística conmemoran con rezos, incensarios y tamborradas. No todo en el milagro chino son, pues, talleres y granjas, ni siquiera rascacielos cristalinos como los que dibujan la “sky line” de Shangay, y menos aún rígidos dogmas heredados que, al menos de momento, parecen compatibles con la asombrosa transformación de la vida social, sino mitos cuidadosamente revisados por el propio Partido cuyo creciente interés por hacer del nacionalismo, junto con la libertad de mercado, un firme puntal de la vida del país, no duda ya ni a la hora de reinventarse un emperador legendario para que ejerza de eventual catalizador de las energías y esperanzas populares. Decían que el poder del gran dinero cambiaría China haciendo crujir la mentalidad heredada. Lo que quizá no incluyera esa previsión era esta imagen canónica del emperador amarillo.

 

Los mitos no pierden su función ni siquiera en el férreo contexto ideológico de una dictadura como la postmaoísta. Están ahí, emparentados en silencio con la cultura latente, aguardando su momento, como a la espera de una oportunidad para volver al aire libre y demostrar su superioridad intemporal sobre las circunstancias eventuales de la política, listos para servir lo mismo a un imperio tirio que a una república troyana, con su carga de seductora mistificación y su capacidad sincrética. Y si no consideren a ese PCCH oficiando de medio pontifical en el festival de Huangdi, con sus varillas de incienso y sus masivas prosternaciones, inconcebibles no hace tanto todavía en el paraíso de la “revolución cultural”. Todo pasa menos el mito. Es cuestión tan sólo de aguardar su oportunidad.

El vuelco que viene

No son casuales los acontecimientos que vivimos. Son más bien la expresión de un vuelco político que se acerca a grandes zancadas. ¿O alguien puede creer que el “destape” documental al que asistimos no es un efecto de la defección del propio aparato del “régimen” y la crisis política en que se ve sumida la autonomía no es un anuncio de los tiempos recios que los interesados ven avecinarse? Verán cómo incluso se acelera este seísmo y prospera la bronca mientras vuelan los papeles sacando a la luz los secretos mejor guardados. Que el PSOE ha agotado su munición lo demuestran esas navajas que están saliendo a relucir un poco por todas partes.