Corrupción general

La corrupción es una epidemia, no una serie de casos aislados, como defienden, gatos panza arriba, los políticos más o menos consentidores. Fíjense en el caso de esos 23 médicos y tres boticarios de Málaga que han estado estafando –bien torpemente, por otra parte—al SAS y a MUFACE, se supone que no menos de medio millón de euros, a base de usar recetas falsas. No es posible que la corrupción política no se contagie en ámbitos ciudadanos y no lo es porque crea un clima de impunidad en el que todos respiramos. Facturas falsas, recetas falsas, prejubilaciones falsas, subvenciones ayudas falsas… Hemos tocado fondo en la podre y en ello tienen culpa principalísima el mal ejemplo de los políticos y su lamentable inhibición o complicidad.

La fama del autócrata

No me ha extrañado tropezarme en la prensa sudamericana, en especial en la argentina, con un cambio de opinión sobre el régimen Chávez una vez que el autócrata ha ganado las elecciones. Más sorprendente me parece el viraje de la opinión en no pocos medios europeos, que han saludado el triunfo del otrora llamado “Gorila Rojo” esforzándose por explicar su mantenimiento en el Poder como el efecto benéfico que su “régimen” ha producido en los sectores marginados de la sociedad venezolana, beneficiados por ayudas y subsidios. Por su parte Chávez ha inaugurado el nuevo sexenato saludando a Irán y alineando su estrategia con China y con Rusia, es decir, invocando el fantasma de la vieja bipolaridad en plena crisis del modelo democrático al que la crisis económica ha puesto en la picota. Lo más divertido de este asunto triste ha sido el elogio que desde Cuba, el periódico de la dictadura castrista, “Granma”, ha hecho de la dudosa democracia del antiguo golpista, porque ver a los Castro saludar un triunfo en las urnas no deja de ser, más que paradójico, desternillante. En Francia o en Italia se preguntan igualmente qué será eso que sostiene en el Poder al populismo de Chávez, esa caricatura de sí mismo que no se explica más que por la ignorancia electoral o por el interesado atractivo de un “régimen” ajeno a toda convención política regular. En uno de esos medios me doy de bruces con el argumento de que, como ocurriera con la trágica experiencia del nazismo inicial o con el proteccionismo laboral de la dictadura franquista, no hay que desdeñar nunca el efecto de la demagogia populista, venga ésta de la izquierda o de la derecha. No sería yo quien me jugara la democracia española de los casi seis millones de parados frente aquel modelo nacional-sindicalista que, por otra parte, se ve reproducido en iniciativas como la política de “concertación” que ha reinventado el verticalismo desde la izquierda.

Chávez ha demediado el país y se dispone a hacer de Ariadna él mismo en el laberinto populista y populachero en el que desempeña también el papel del Minotauro. Y de paso ha provocado una implosión ética que ve en el populismo más grosero una solución al conflicto social, aunque sea arriesgando el futuro del continente y quién sabe si el mismísimo equilibrio mundial. Está en juego la propia entidad de la “sociedad abierta”. Si hay algo evidente es que la crisis no tiene mejor aliado que la demagogia.

La Cámara se supera

La Cámara de Cuentas, que nació medio huérfana al descubrirse que el que iba a ser su primer Consejero Mayor no declaraba Hacienda, y que luego ha dado muchas pruebas de su “flexibilidad” –y no me tiren de la lengua–, acaba de superarse a sí misma eliminando del Informe sobre los ERE y las prejubilaciones falsas, las alusiones que hubieran complicado en su trama, con seguridad, tanto a Griñán como a Chaves. Algunos no pedimos siquiera que se exija lealtad a ese organismo expletivo, sino que lo supriman para evitar duplicidades con el Tribunal de Cuentas del Reino. Mientras tanto, nadie espera neutralidad y menos independencia en estos privilegiados dedos que pertenecen a la mano de la mayoría parlamentaria.

Secretos papales

No es nueva la idea de mantener un topo en el Vaticano. La utilizaron los propios reyes del Renacimiento a través de embajadores y hasta parece no discutible que la haya practicado la Mafia, y estos mismos días estamos asistiendo el último acto del montaje en torno al secretario infiel del papa Ratzinger, un tal Paolo Gabriele que, solo o acompañado, se las avió para filtrar, desde la mismísima cámara pontificia, los papeles secretos, infidelidad condenada de la que ya verán como acaba indultado por el Papa. La Secretaría de Estado ha califica el numerito como “un asunto triste”, insistiendo (mucho, demasiado quizá) en que el secretario infiel actuó solo –hipótesis peregrina donde las haya—y sin cómplices, movido sólo, en suma, por su buena aunque equivocada intención de “ayudar” a su patrón. ¿Hubiera llegado a tanto la imaginación de Coppola, la de Gide cuando escribió sobre “los sótanos del Vaticano”, la de ese género menor y oportunista que ha dado en llamarse “vatinovelas”? Creo que no, francamente, acaso porque estoy convencido de que los secretos que debe soportar la conciencia papal son incomodísimo –y si no, recuerden el triste caso de Juan Pedro I—y que la “burocracia sagrada”, la curia pontificia, es un grupo de presión en la que, junto a güelfos podemos encontrar incluso a gibelinos, una pandilla tan astuta como codiciosa que, nadie se engañe, no deja de intrigar con sus políticas, previendo el futuro sucesorio y más cuando un papa llega una edad avanzada. Los papeles filtrados no vayan a creer que conciernen a los quehaceres espirituales de Ratzinger, sino, con alta probabilidad, a los asuntos mundanos. El infiel Gabriele es un agente político de alguno de los partidos vaticanos en liza, no hay dudas, que los utilizarán para reforzar sus designios humanos, demasiado humanos.

Estos asuntos tienen su origen en el famoso secreto vaticano, un secreto que ha ocultado demasiadas turbiedades desde hace siglos y que en los tiempos actuales no hay manera de disociar, como algunos querríamos, de situaciones perfectamente antievángelicas. El banquero Calvi colgando bajo un puente de Londres, los manejos del arzobispo Marcinkus, hoy retirado en su parroquia de Arizona o la muerte del papa antes citado sitúan ese conflictivo reducto más cerca de Coppola que de Lombardi. Cuando Gide imaginó aquel secuestro del papa es posible que no pudiera ni entrever lo corto que se estaba quedando.

No se la dio

Ante cada nuevo escándalo o traba, el co-presidente Griñán, queda más acorralado a pesar de su desparpajo. Él fue quien predijo , refiriéndose a su ex–delegado Rivas, condenado por el jurado popular, que la Justicia le daría la razón, de manera que debería ser ahora el primero en disculparse y admitir su error. Lo cual no entra, evidentemente, en sus planeas ni intenciones, lanzado como va en su sueño de hacerse con el partido en toda España y, quién sabe si en su momento, también en candidato a Presidente del Gobierno. Imaginen como le irá a Andalucía, situada desde ahora en un segundo plano de interés para su propio Presidente, y con IU encaramada en la chepa, sobre todo si caen nuevas condenas que dejan en evidencia el fondo de sentina que ha sido este último decenio la política de la Junta de Andalucía.

Tambores de guerra

La índole mítica de los nacionalismos desemboca con frecuencia en desórdenes mentales, principalmente en estallidos de paranoia, espontánea o calculada, que los buhoneros del miedo tratan de contagiar al pueblo llano. El otro día he tenido ocasión de asistir en el programa de Carlos Herrera a una increíble entrevista con un diputado de la izquierda catalana, uno de los cuatro que han solicitado a la UE que “impida” la invasión militar de Cataluña. Con Carlos a punto de perder su flema, el diputado, cuyo nombre no recuerdo, bregó desenfrenado exponiendo las razones de su alarma, entre las que dio mayor importancia a la aguda observación de que ciertos vuelos militares cruzaran, como de costumbre, lo que él llamaba “espacio aéreo catalán”, es decir, propiamente, el espacio aéreo español. Herrera que es perro viejo y conoce al dedillo la circunstancia catalana trató de darle vidilla al paranoico aunque sin el menor resultado porque, como es sabido, cuando un tonto coge una linde, como la linde no deja al tonto, no hay nada que hacer. En la mitología secesionista se encubre una falsificación absoluta del militarismo español que, ciertamente, le dio un repaso a Barcelona en varias ocasiones, pero no tanto a causa del separatismo antiespañolista sino de conflictos complejos como el del “Corpus de sangre” –sobre el que Elliot ha puesto punto final a la discusión—, el derivado de la parcialidad del Principado al elegir el bando del Archiduque en lugar del de el Borbón o, ya más cerca de nosotros, la famosa frase de Espartero no menos grave que el repaso que hubo de darle un catalán como Prim, por no hablar de la toma de la capital por Franco –celebrada triunfalmente al menos por media Barcelona—que en nada se diferencia de las tomas de otras ciudades en el contexto de la Guerra Civil. Lo malo de los mitos es que poco puede contra ellos la Razón y que una vez arraigados ya no quien los arranque, como la raíz del tojo.

A esos cuatro extravagantes no poco fantasiosos no habrá mucha gente, fuera de necios como ellos mismos, que los crea, pero aún así, su denuncia revela hasta qué punto la mistificación de la realidad puede trocarse en paranoia. A nadie se le ocurriría hoy que es posible un conflicto armado en España y ellos lo saben. Pero sigue funcionando, o ello se pretende, el aviso del refrán “calumnia que algo queda”, fuera o no Bacon quien lo ideara. Que la guerra del Nou Camp se les haya quedado corta, no justifica la invención de otra guerra inverosímil.