Democracia suspendida

El presidente Griñán, cada día más mediatizado por IU que está sabiendo aprovechar la debilidad de su socio de gobierno, ha decidido sumarse a la insensata huelga general convocada, a pesar de que cuando se le propuso lo mismo en la huelga contra Zapatero, se negó con el argumento de que “la democracia no se suspende”. Hombre, lo probable es que muchos diputados ociosos ni se enteren del caso ni noten la diferencia entre estar en el bar del Parlamento o estar en el de la acera de enfrente, pero eso no significa que otros muchos renuncien a suspender la democracia por un día. La mayoría minoritaria del PP tendría que exigir a las dos minorías coaligadas que, al menos, dejen la puerta abierta para los que quieran trabajar.

Muertos y vivos

Me ocupé aquí mismo hace poco de las peripecias ocurridas con motivo de la exhumación de los restos del Panteón Real de San Pedro el Viejo en el que descansaban hace siglos, junto a Ramiro el Monje y Alfonso el Batallador, algunos restos al parecer no identificados. Es curiosa (y dudosa) esta pulsión tanática de algunos forenses sobrevenidos y más aún el peregrino empeño de interrumpir el sueño de la muerte de algunos personajes, empeño del que no se he librado ni el propio Napoleón. La última de estas aventuras ha sido la de reabrir (yo diría profanar) en Reus la tumba del general Prim con la excusa de refutar la tesis de su muerte casi inmediata tras el atentado y probar, en cambio, que el general viviría aún tres días durante los cuales incluso dio órdenes a través de sus edecanes y del propio Serrano. Equívoco destino el de la fama de Prim que nada expresa mejor que la falaz cuarteta que coreó el pueblo de Madrid atribuyéndole el mérito de la batalla decisiva que, en realidad, ganó Serrano al marqués de Novaliches –el “Manolo Concha” de Valle-Inclán–, con una letra que a nadie preocupó: “En el puente La Alcolea,/ la batalla ganó Prim/ y por eso lo aclamamos/ en las calles de Madrid”. El número de ahora es, en todo caso, llamativo y poco serio, no sólo porque los promotores son conocidos profesionales de la “criminología televisiva”, sino porque intentar la autopsia de un fallecido hace tanto tiempo para determinar (¿) si, en efecto, murió la misma noche del atentado o bien sobrevivió esos improbables tres días se antoja un empeño no exento de una pulsión necrófila. ¿Se le habría escapado ese dato a los varios investigadores, desde el penumbroso Paúl y Angulo a Pedrol Ríus pasando por el propio Baroja y tantos otros? No parece probable, pero, a mayor abundamiento, ahí está el apasionado y aplastante estudio de José María Fontana, flamante todavía, y para mí una de las aportaciones más originales, y en algún aspecto definitivas, que se ha escrito en torno a al magnicidio de la Calle del Turco.

No sé a qué vienen estas caprichosas curiosidades e incluso me repugnan en la medida en que siempre resulta altamente improbable desentrañar la Historia en un ataúd. Paz a los muertos. Tentado estoy de apostar, además, que no han de llegar lejos (ni cerca) estos fosarios cuya formación histórica no consta siquiera. Don Ramiro o el marqués de los Castillejos se ganaron a pulso hace mucho del derecho a descansar en paz.

Vuelve Alaya

Superado el mal que la atormentaba –la neuralgia del trigémino, “el peor dolor” existente–, parece que la juez Mercedes Alaya volverá a su despacho para seguir su ímprobo trabajo de aclarar el caso de los ERE y las prejubilaciones falsas. Se va encontrar con que el suplente le ha enmendado la plana en varios puntos aunque no haya logrado detener ese tren en marcha. Entre los que incluso han hecho regocijadas bromas de su dolencia volverá el desasosiego, y entre quienes ven imprescindible descubrir hasta el fondo el gran saqueo perpetrado por la Junta, por el contrario, la esperanza de ver cumplida su agotadora tarea. Verán como su reincorporación se nota enseguida y los sarcasmos se truecan en lamentos.

Vuelve el tragacuras

El anticlericalismo radical es un viejo compañero de nuestra historia política. No hay argumento más oprobioso en la crónica der la Guerra Civil que los miles de asesinatos perpetrados contra los católicos por el hecho de serlo, por más que su lógica fulmínea fuera una herencia mixta de la Ilustración extremada y de la indigencia ideológica del romanticismo ácrata o comunista. Aquellas momias de monjas expuestas ante algunas iglesias fueron, probablemente, las imágenes que acabaron por distanciar de la causa republicana a los países europeos, pero estaban inspiradas por el extremismo sin mejores argumentos. “El Motín” de Nekens nada tenía que ver con los presuntos anticlericales burgueses como Clarín o Pérez de Ayala o con la obtusa agresividad del último Galdós, como saben bien quienes los hayan estudiado, pero fue aquél el que se impuso al radicalismo de unos insensatos que habían sustituido la letra de la Marsellesa por otra que rezaba “Con aceite de linaza/ incendiaremos el país…” o la del Himno de Riego por aquella otra que decía “Si supieran los curas y frailes/ la paliza que les van a dar…” El vandalismo anticlerical y destructor fue una culpa difícil de aliviar para un Estado que mantenía intactos, en teoría, su andamiaje judicial y sus fuerzas del orden, y afortunadamente no fue heredado por las generaciones siguientes que nos vimos implicadas en la lucha contra la Dictadura. Ha sido ZP, ese ideólogo sobrevenido, quien ha permitido la recuperación del comecuras desde una estrategia siempre más cómoda que la que supone enfrentarse a los poderes fácticos que lo hubieran laminado de intentarlo. Y ahí están, en fin, esos salvajes de Mérida que han invadido con violencia un colegio salesiano, acción siempre más fácil, quién lo duda, que invadir una comisaría. Veníamos observando en algunos adultos esa radicalización que ha confundido la laicidad con el laicismo. Lo que no habíamos previsto es ver tan pronto a sus alevines recaer en el antiguo y caro error de sus abuelos.

Que no tengan ellos la culpa principal, sino que actúen miméticamente a partir del ejemplo de sus mayores, no debe contar a la hora de sancionarlos sin la menor contemplación, aunque sólo sea porque ese estrafalario clamor de “¿Dónde están los curas, que los vamos a quemar?” nos devuelve a una selva ya conocida para salir de la cual fue preciso verter demasiada sangre.

Aventura veneciana

A principios de este octubre veleidoso parece ser que los venecianos han podido ver desfilar un cortejo independentista por el Gran Canal respondiendo a la llamada de un un grupúsculo secesionista, primo de la Liga del Norte, que reclama la constitución de un nuevo país que incluiría todo el Véneto, parte de la Lombardía y, cosa que ya me choca más si cabe, el Trentino a más de Friuli-Venecia Giulia. La vieja República de San Marcos, la última ciudad-Estado, el emporio comercial del Mare Nostrum que trapicheó con los turcos, cayó bajo Napoleón, que se enamoró de ella, y luego bajo la bota austriaca, resulta que habría echado sus cuentas y le saldría mejor escapar por la gatera de este frenesí independentista, básicamente xenófobo, que dice inspirarse en las experiencias escocesa y catalana, ya ven qué revoltijo tan antihistórico. Llamo a mis amigos venecianos y me dicen que no me preocupe, que lo único que de verdad preocupa a la fascinadora ciudad, aparte de las controversias sobre el “proyecto Moisés”, es el disparate de la torre de cristal gigante en Marghera, el grave riesgo que supone el tráfico de los grandes navíos por el canal de la Giudecca, la violación modernista del Fondaco dei Tedeschi o las chorradas que expone en la Dogana restaurada ese milloneti Pinault empeñado en pasar por la izquierda artística a la loca estupenda que fue Peggy Guggenheim. ¿Qué puede añadir este desgarro a la Venecia de Byron, de Goethe, de Ruskin, a qué viene romper el ensimismamiento de esos venecianos que Paul Morand entrevió con los ojos dormidos y que Brodski perseguía siguiendo los corredores que los cuerpos abrían en la niebla mientras las campanas imitaban el fino estruendo de una aérea vajilla de plata? El virus del Milenio –el negocio de la secesión– no es probable que prospere con esa Serenísima de pacotilla a la que seguro que la devoraba el león totémico.

No se puede jugar con los milagros y milagros son esas perspectivas pálidas y rosadas empinadas sobre las aguas, esos callejones oscuros en los que se oye apenas el trajinar de los últimos vecinos, el eco débil de los gondoleros, las visiones de Canaletto
o de Guardi junto al prodigio de los cielos de Turner, el rítmico latido del “vaporetto” y la estampa de las gaviotas plantadas indiferentes sobre los palos de los “zatteroni”. No me explico a quién se le habrá ocurrido inventar la independencia para lo que es único de toda la vida.

IU, se raja

Como era de esperar, IU se ha rajado de plano en el asunto de los ERE y las prejubilaciones falsas. El papel de su activa representante en la Comisión parlamentaria, pues, fuera ella consciente o no, eso, un “papel”, un simulacro dirigido convencer a los telespectadores de que IU se proponía llegar al fondo del pantano. Y ya ven que no: a las primeras de cambio, IU se ha “complicado” con el PSOE al lograr que el informe de la Cámara de Cuentas eliminara la explícita y contundente alusión a Griñán y a Chaves como conocedores del saqueo. IU pasa a ser, pues, además de “socia” del Gobiernillo, “cómplice” de su socio. ¿Se le puede pedir a alguien que muerda la mano que le da de comer y los monta en coche? Seguro que Valdera y los valderitas piensan que no.