Que conste en acta

“Lam propuesta de Zarrías (miembro de la Comisión Federal del PSOE) , no es la del PSOE”, Mario Jiménez, secretario general de PSOE-A. “Llevarse doscientos euros sin pagar no es delito”, Directora General de Vivienda (IU). Los ERE fraudulentos son como el PSOE. Si te tocan, te joes”, Juan Lanzas, comisionista del PSOE imputado en el caso. “No me enteré de nada, no me acuerdo de nada y nunca recibí aviso de ilegalidad por parte de la Intervención General”, Magdalena Álvarez, exministra y exconsejera de Hacienda. “Ni yo ni los otros nos hemos llevado un céntimo, ni directa ni indirectamente, de los 9 millones de euros recibidos, Ángel Rodríguez de la Borbolla. Me enteré de las Ere fraudulentos y las prejubilaciones falsas por la prensa”, Manuel Chaves, ex-presidente del Gobierno y de la Junta.

Mal de otoño

Para mi Hormi

Ni nos hemos percatado de la llegada del otoño, con sus pasos mullidos, casi imperceptibles, acortando los días y dejando que la luz fracase en los visillos, regalándonos acaso las últimas frutas, las olivas vareadas con destreza, la uva placentera, las primeras castañas todavía inaccesibles dentro de su erizo, ese primer jersey que huele al largo sueño de la naftalina y que prevenimos ante las ráfagas inaugurales del frío y de la lluvia –recuerdo de la madre–, los días recogiendo el ocaso con inaudita prisa, rojos encendidos, malvas indecibles, nimbos como corderos, galas del abedul que incendia el bosque, victoria trabajada del cobre en el inmenso parque de los parques, nostalgias del pinar donde arrulla la tórtola y estremecen las piñas dejando caer su fruto, “la vida desnudándose” que entrevió Juan Ramón, la fragancia del membrillo en el huerto, el diálogo entre la rama y la alberca, maestro Salinas, Gerardo, Baudelaire perdulario y certero, Verlaine sobrecogido por los largos suspiros de los violines –“les sanglots longs du violon de l’ automne…”–, nuestro humor que renquea, quizá la noche en blanco, el médico que traduce en química toda esa poética explicándonos que este milagro, que toda esta tristeza, que esta ansiedad sin fin no son sino capricho de los neurotransmisores, que si la serotonina, que si la dopamina, bien, ya vale, pero qué hace el pastor bajo el chaparrón a solas con su rebaño, el poeta acorralado por los grises triunfantes, el pobre peatón que arrecia el paso desconcertado por este airón y aquel morado efímero que alcanza a ver aún coronando el ocaso en pugna con el tachón turquesa y los cirros blanquísimos que despiden el día breve del equinoccio, sordos ruidos que anuncian el cíclico destino de la vida y la muerte.

Hombres y plantas, la Creación entera, se encoge trastornada, no somos nadie — unos menos que otros, ciertamente–, pero nadie en resumen, peleles ideales en manos de la hormona, sensibles a la luz que es esta vida pautada por las fechas, carne de calendario, hoy alegres, mañana, tristes como la luna al final de su ciclo o como la oropéndola que gime mañanera o el cuco que replica con rigor cronométrico, ay otoño fatal, lírico envite, paraninfo del arte de la vida, maestro de la nostalgia, vendimiador del alma, teología de la química, remanso en el camino. No somos nadie siendo lo que es posible, y vamos por la elipse recorriendo los cielos íntimos del misterio.

El valor de la prensa

¿Repasamos la lista de altos dirigentes políticos que “se enteraron por la prensa” de sus respectivos casos? ¿Les recordamos que la responsabilidad “in vigilando” no exceptúa a ninguno ellos o, mejor, nos limitamos a mostrar su profundo desprecio ético y la realidad de su impunidades? La comisión parlamentaria sobre el saqueo de los ERE ha tenido que oír de Chaves, una vez más, el conocido argumento de su mirífica inocencia, rota, al fin, por una prensa canallesca que, con toda seguridad, tiene ya claro hace mucho quién es quién, de verdad, Alí Babá y quién pasaba por allí. La Comisión ha convertido el Parlamento en un circo, pero el triple salto mortal sólo hemos de verlo en el Juzgado el día –diez certus an incertus quandum—en que la jueza Alaya culmine su excepcional labor. Hasta entonces sólo queda entretenerse con los payasos.

Las clases medias

En los comedores gratuitos que organiza la caridad (creo que ahora se dice “solidaridad”) andan preocupados por el aumento constante de su clientela de “clase media”. Se ve lógica el hambre del pobre, o como se decía antes, del proletariado, pero la del ciudadano instalado en esa zona de nadie al que se refirió Aristóteles (“Política”, IV) al definirla vaga pero expresivamente entre la de los muy ricos y la de los que nada tienen. Ver a un emigrante o a un proletario en paro acudir a un comedor público escandaliza menos a nuestra generalizada conciencia pequeño-burguesa y, de paso, nos permite entender la profundidad de una crisis, tras la cual, según los expertos de “Cáritas”, lo que está cambiando no se va a recuperar. Está en crisis la ideología que ve en las clases medias una especie de colchón para amortiguar el conflicto social, y en España una suerte de estratificación ideal que aportaría al proceso de la vida el imprescindible equilibrio, lo que supone un regreso al análisis marxista que reduce la sociedad post-estamental a un par de clases enfrentadas cuyo encontronazo sería la única clave para entender la Historia. Hace casi dos siglos que Andrés Borrego defendió el régimen mesocrático como la solución del conflicto al ver en las clases medias (siempre en plural) un factor de integración que reduciría al máximo la tensión, pero no han sido sólo él o Pastor Díaz los padrinos de esa idea. “Las clases medias son víctimas de la concentración monopolística de la industria y de las revoluciones populares” y están destinadas a la proletarización: conservo en mis apuntes de Facultad este concepto tremendo que no vayan a creer que es de cuño marxista, sino de Manuel Fraga, que expresaba así la propensión de la dictadura hacia un régimen sustentado en esas clases medias. Hoy, en fin, una inexplicable ceguera de la burguesía financiera explicaría una crisis en las que, en efecto, la proletarización es la consecuencia obligada.

La sociedad desigual tiende por instinto al brusco contraste de los estados sociales mientras la conciencia y la estética mesocráticas acaba volatilizada en el comedor de caridad sin percatarse siquiera de su proletarización de hecho. Amos y tecnócratas están jugando con fuego. “Cáritas” atendió el año pasado a más de un millón de desesperados. Este es el mayor fracaso del Sistema registrado desde la Guerra Civil. Toquemos madera.

La prescripción, ese truco

Es un escándalo la serie de casos de corrupción demostrados que acaban decayendo al prescribir el delito. La última broma la hemos conocido en la noticia de que al alcalde del pueblo almeriense de Ohanes (PSOE), al que una cámara grabó mientras su cohechador le entregaba casi 30.000 euros a cambio de lo de siempre, de la manteca política aplicada al urbanismo, le ha prescrito el mangazo. Bien, pues ese alcalde se va de rositas y aquí no ha pasado nada, a pesar de la grosera cinta grabada y el coloquio mantenido entre los dos cohechadores. Demasiado sencillo para el ciudadano de a pie, por más atestados que estén los Juzgados. Estos batacazos son el mayor factor de desencanto de la gente, cada día más escéptica y cabreada con la impunidad de los políticos.

El negocio de la salud

La mala opinión sobre el medicamento es vieja como la medicina misma. No tienen más que repasar lo que el refranero dice de médicos y, sobre todo, de boticarios, aunque ya en el propio Evangelio se habla de una mujer curada por Cristo que había dilapidado toda su fortuna en médicos y pócimas. El doctor Laguna, médico de Carlos V y tan amable comentador de Dioscórides, no deja de ironizar sobre las prescripciones y consejos de este médico y botánico insigne que ejerció bajo Nerón, y don Gregorio Marañón no se mordió la lengua alguna vez en el mismo sentido crítico. Hoy centramos esa crítica en la farmaindustria de la que hace poco comenté aquí una solvente opinión que la acusaba de evitar el medicamento curativo porque el adecuado a la dolencia crónica multiplica su negocio. Pero acaba de salir un libro, “Guía de los 4.000 medicamentos útiles, inútiles o perjudiciales”, en el que el antiguo decano de la Facultad de Medicina de París, Bernard Debré, afirma que esa industria es “la más lucrativa, la más cínica y la menos ética de todas las industrias”, especificando que la mitad de las medicinas son inútiles, un 20 por ciento de ellas son mal toleradas y un 5 por ciento potencialmente muy peligrosas. Por su parte, el OBS, siempre beligerante, ha colgado una “lista negra de medicamentos peligrosos” que incluye desde fármacos cardiovasculares a las píldoras anticonceptivas pasando por ciertos antiinflamatorios. No salimos del debate entre hipocráticos y galénicos, entre higienistas homeópatas y médicos recetones, ese laberinto por el que anda extraviado sin remedio, huyendo del Minotaurio, el pobre paciente, y sobre el que Rodríguez Marín recogió un refrán temible antologizado por Martínez Kleiser: “Donde no hay boticario ni médico, los hombres se mueren de viejo”. La crítica actual parece legitimar, como puede verse, al viejo refranero español.

Dicen que, a las primeras de cambio, en España se ha ahorrado una millonada al entrar en vigor el recorte farmacológico, dato que, al aplicarle la doctrina comentada, puede sugerirnos la idea de que, además del ahorro, quién sabe cuántas vidas habrá salvado. En todo caso, hasta el más hipocondriaco ha de reconocer que tal vez fuera cosa de eliminar esos almacenes domésticos que casi todos guardamos en casa. Clemenceau diría que la salud es algo demasiado importante para dejarlas en manos de la farmaindustria.