Guerras tapadas

Parece que es posible dar por finalizada la guerra civil en Costa de Marfil. La rendición incondicional del presidente Gbagbo, la relativa discreción del pretendiente Ouattara, ganador de las elecciones, el equilibrismo de los mediadores de la Iglesia, la firmeza de la ONU y el expeditivo proceder de los franceses, apuntan simplemente a que la guerra la ha ganado un bando y perdido el otro. Ya veremos. De hecho, a los observadores más próximos al conflicto no escapa que el handicap del perdedor estriba en su postura frente a los intereses extranjeros y, concretamente, los de Francia, como no escapa que el conflicto sufrido no sea más que la punta del iceberg que esconde, de momento, el grave riesgo de alteraciones similares que amenaza a países vecinos como Sierra Leona, Ghana o Liberia. Y están, además, las consecuencias de la pelea, las víctimas de las matanzas de ambos bandos sin contar las “colaterales” producidas por la decidida intervención colonialista, pues resulta difícil calificar de otro modo la acción “no bélica” del ejército francés. Una vez más, una guerra africana se salda con un apretón de manos y una teoría más o menos pactada entre los vencedores, pero con el daño irreparable de la indefensa población civil, inerme durante el enfrentamiento, desolada o resignada en el mejor de los casos tras las paces sobrevenidas. Y una vez más gana el “amigo de Occidente”. El papa, por ejemplo, ha retrasado a fechas próximas – en cualquier caso, posteriores a la Pascua—su presencia dialéctica en un choque que de sobra sabe su diplomacia que tiene más miga de la que aparenta. De lo que se habla menos es de las duquitas negras de las víctimas de ambos bandos, de la severa escasez alimentaria, de la crisis sufrida por un sistema sanitario que, entre otras cosas, depende en gran medida de los antirretrovirales indispensables para el SIDA y los recursos para las frecuentes enfermedades renales. Por no hablar de las degollinas, que también las ha habido. En estas guerras silenciadas no suele hacerse balance y ésta no es sino una más de ellas. Los conflictos en África carecen de testigos. Ésta vez los beneficiarios de esa circunstancias han  sido los franceses.

 

Y con un canto en los dientes, como decimos, si la cosa no se extiende por la región, o si el desenlace provisional basta para apaciguar los ánimos de una dirigencia que poco o nada tiene que ver con su pueblo y mucho con los intereses de las viejas potencias. El neocolonialismo es una realidad tan patente como escondida como entre líneas predijera Franz Fanon hace medio siglo. En Costa de Marfil, sin ir más lejos, a pesar de estas paces imprescindibles.

Calumnia inútil

El nuevo “caso Chaves” se está poniendo color de hormiga. Él mismo ha ofrecido finalmente la cabeza al hacha dando por buena la dedicación “conseguidora” de sus hijos. Pero ni eso justifica la miserable sugerencia de que un personaje insigne como el profesor Olivencia hubiera participado en el montaje de los ERE, sencillamente porque semejante maldad resulta inconcebible para cualquiera que conozca la entidad moral y profesional del hombre que fue capaz de decirle adiós a González cuando comprendió que la Expo del 92 no era más que un gigantesco negocio para los “amigos políticos”. Lo malo de la corrupción es que actúa dispuesta a llevarse por delante incluso a los escasos hombres íntegros que nos quedan.

La puerta falsa

Que la democracia anda en crisis es cosa que la sociología política sabe hace años tan bien como la propia experiencia. Se ha impuesto por doquier la partitocracia hasta convertir en caricatura el retrato del pueblo que legitima el gobierno representativo. Todo el mundo conoce y mucha gente repudia ese paripé que ha convertido en una liturgia el mecanismo electoral en la medida en que la sociedad sabe que su convocatoria periódica no es ya más que una coartada formal que excluye hasta la sombra de la participación real en el autogobierno de una ciudadanía que conoce al dedillo su papel de comparsa. La representación democrática ha dado de sí una “casta” y ésta ha sabido apropiarse de los resortes hasta garantizarse su reproducción anulando la presencia del la pueblo, lo que ha constituido un factor decisivo para ese alejamiento de la política que ilustra la creciente abstención. Y quizá a ello sea preciso remitir  el recurso al referéndum que pretende sustituir a la acción legítima del gobierno representativo lo mismo en Islandia –donde ya ha logrado instalar la política en un caos imprevisible—como en Cataluña donde la paradoja se ha estirado hasta el punto de que los propios gobernantes hayan participado activamente en el disparate. Oponerse a que el país pague la deuda de los bancos o reclamar la independencia al margen de sus respectivos gobiernos constituye una exhibición espectacular de desdén por la legitimidad democrática que debería preocupar seriamente a los responsables en la medida en que cuartea simbólicamente el único montaje político que admitimos como válido al dejar en evidencia su insuficiencia. Entre la “minoría corrupta” y la “masa incompetente” de que hablaba Shaw no acabamos de ver una salida decorosa. No habría otra democracia auténtica que aquella en que la libertad pudiera resolver por sí sola sus asuntos y eso parece que quedó siempre demasiado lejos y a trasmano.

 

No sabemos qué ocurrirá ahora en Islandia aunque lo probable es que acabe pagando como todo quisque. En Cataluña, la pantomima de los referendos va a servir para institucionalizar el camelo del independentismo ante el que ya se abstienen medrosos hasta los partidos de enfrente. Eso sí, un presidente y sus ministrillos votando en una urna espontánea no dejan de ser un escándalo incluso en este país curado de espantos. En Islandia, al menos, esa mayoría aplastante busca lo mismo que nuestras mayorías silenciosas. Haríamos bien en restañar primero en casa las graves averías de esa misma democracia que tratamos de imponer a otros por doquier y a bombazo limpio.

Bajar el listón

El coordinador de IU, Diego Valderas, que anda haciendo campaña para su hijo en las municipales de Lepe, se ha mostrado dispuesto a defender en el Parlamento autónomo la insigne bobada de proponer para los chistes de léperos la condición de Bien de Interés Cultural, en el contexto de una propaganda partidista que pasa por un despreciable video en el que IU se propone a eliminar todas las gaviotas de la localidad aludiendo de la forma más burda al PP gobernante. Todo muy tosco y grosero además de ridículo, lo que resulta más impropio por el padre que por el hijo que, al fin y al cabo, nada tiene que perder. Parece que la norma de estas dinastías consiste en bajar el listón.

Ellos y nosotros

La todavía breve historia de Internet viene registrando con frecuencia el intento de los poderes públicos por limitar la información o, al menos, por controlarla. Lo mismo que en China, en los países árabes actualmente en crisis revolucionaria se ha hecho habitual la intervención de la Red por parte de una autoridad que ve en ella un peligro de imposible control en la medida en que potencia la acción de la crítica, pero también en plena normalidad democrática estamos asistiendo a incidentes de censura derivados de criterios particulares. Hace poco fue la historia del artista danés al que Facebook cerró su cuenta y dejó a oscuras por haber colgado en su perfil el famoso “Origen del mundo” de Courbet y estos días es la del fotógrafo al que la censura la aplica la misma medida reo de haber reproducido entre sus producciones unas nalgas que han escandalizado a esos puritanos de ultramar que defienden la libertad de expresión atenidos en exclusiva a su leal saber y entender. En Internet, en efecto, cualquier menor poco vigilado tiene a su alcance , con sólo teclear la palabra adecuada, lo mismo una amplia oferta pornográfica que la variada gama del terrorista, detalladas instrucciones para fabricar explosivos, feroces propagandas racistas junto a toda clase de oferta de drogas, videojuegos violentos y hasta foros en que se tienta con la adhesión a peligrosas sectas cuando no se incita al suicidio. Y todo ello en función del inquebrantable principio de una libertad de expresión que, sin embargo, no permite la exhibición del cuerpo que repugna al sentido puritano de la vida. Cuando nos hemos querido dar cuenta viajamos confiadamente en un mismo barco pilotado por los EEUU, a cuya legislación nos sometemos velis nolis todos los usuarios del planeta.

Ante la supresión reciente de ciertas imágenes de madres lactantes los expertos han explicado que, una vez dentro de colectivos como Facebook, sólo queda recurrir ante la propia Justicia… americana. Que es la misma que hace bien poco se tentaba la ropa antes de prohibir una convocatoria para apalizar rumanos o un banderín de enganche nostálgico de la barbarie nazi y las de otras dictaduras, o que está aprovechando ese escrúpulo liberalista para incentivar a fondo las propagandas xenófobas procedentes de la extrema derecha. Internet es un planeta virtual controlado desde un poder moral y éticamente no poco autista que se escandaliza ante un pezón pero permite que se explique a quien quiera oírlo cómo se fabrica una bomba sin salir de la cocina. La democracia no es igual en todas partes y, desde luego, funciona aún a contrapelo en ese traspaís virtual que, de momento, tiene dueño.

El partido son ellos

No sé si será cierto que Chaves y Pizarro proyectaban derribar a Griñán tras el previsible batacazo de las municipales y tampoco si será verdad que los mismos se reunían los viernes en Sevilla en una especie de Gobierno paralelo al legítimo hasta que Griñán puso pie en pared. Lo que sí sé es que Pizarro se ha referido públicamente a Chaves como el auténtico presidente de la Junta autónoma y eso –por encima y por debajo de la obligada rectificación del Vicepresidente tercero—constituye un atentado a las reglas del juego democrático imposible de justificar. Pizarro no es nadie una vez dimitido ni lo fue nunca sin el respaldo de Chaves. Eso explica muchas cosas al tiempo que las envilece.