A toro pasado

“Siento vergüenza por el dictamen final aprobado y veo lógico que el pueblo se sienta engañado”, Ignacio García (IU), presidente de la comisión parlamentaria de investigación. “Ha sido una comisión útil y transparente”, Antonia Moro, representante del PSOE en la comisión. “Que no haya una evaluación positiva en cuanto al resultado final del dictamen no quita que todo el trabajo desarrollado no haya tenido un resultado favorable”, Alba Doblas, representante de IU. “Hemos llegado a esta situación porque los partidos que conforman el bipartito han antepuesto los intereses de partido a la verdad”, Carlos Rojas, representante del PP. “”¡Dimita de una vez, señor Griñán!”, el mismo. “Rechazando el dictamen, nada separa al PSOE actual de lo hecho anteriormente”, Felipe Alcaraz, militante histórico de IU-CA.

País roto

No creo que resulte fácil determinar la razón última, si es que vale buscarle una sola razón a este embrollo descomunal, por la que la provocación nacionalista ha perdido las elecciones en Cataluña. Tampoco que se pueda tomar a título de inventario el hecho, difícil de comprender, de que la gran región haya quedado partida en dos mitades casi idénticas, aunque la mitad separatista resulte probablemente inviable en la práctica más allá del cambalache pasajero. Para lo que sí hay razones es para lamentar la cristalización de esa mitomanía más bien ramplona en amplias capas sociales, fenómeno que, en todo caso, hay que endosar, aparte de los mitólogos, a los oportunistas que desde Madrid han fomentado sus ínfulas a cambio de apoyo político: Suárez, González, Aznar, Zapatero, todos menos Rajoy, ésa es la verdad. El sueño minoritario de romper España está presente siempre en nuestra Historia, acaso por el famoso individualismo que hizo decir a Unamuno aquello de “Yo soy mi mayoría y no siempre tomo mis decisiones por unanimidad”. Pero lo que no era esperable es que, ese sentimiento terruñero basado en tópicos imaginarios, alcanzara su cénit justo cuando Europa convalece de su fiebre integradora y la independencia se revela cada día menos practicable en un continente que sabe a ciencia cierta que el juego de las hegemonías va a cambiar radicalmente en un par de generaciones. La crisis está sirviendo para desenmascarar a esos buhoneros del oportunismo político que viven de vender crecepelo a los pardillos y, ya de paso, quitarles la cartera y hacer su agosto. Lo ha resumido Francisco Rosell: el negocio no es la independencia sino el independentismo. Hemos de prepararnos para vivir una refundación de la estrategia de la secesión y el cuestionamiento mítico de la vieja España que a las autonomías empeñadas les va a salir por un ojo de la cara.

Quizá no hemos valorado como era debido la tesis de Toynbee ni las razones de Cipolla, pero la misma vida, en su imprevisible fluir, nos ha arrastrado hasta la incipiente evidencia de un ocaso del mundo conocido en cuyo contexto los pleitos localistas han de resultar, a medio plazo, una broma. Eso sí, entretanto el tenderete de los nacionalismos no desaparecerán del zoco. El mundo de mediados de siglo será muy distinto al que vivimos. Sólo un mito sustituye a otro mito. El mitologema que hoy soportamos será, para entonces, apenas un alma en pena.

Mangas verdes

El presidente de la comisión parlamentaria que ha fracasado en la investigación de los ERE y las prejubilaciones falsas, Ignacio García (IU), ha declarado que siente vergüenza por el fracaso y que comprende que “el pueblo se sienta engañado”. ¡A buenas horas mangas verdes! García ha permitido una investigación sin el expediente completo y su partido ha decidido a última hora –aunque nunca es tarde si la dicha es buena—defender sus propias conclusiones y dejar solo al socio de Gobierno, el PSOE, una maniobra que sugiere por activa y por pasiva que el simulacro estaba pactado antes de abrirse la comisión. Valderas, en cualquier caso” puede dormir tranquilo porque tiene a Griñán agarrado por mala parte y no corre riesgo alguno en su poltrona. Si lo hubiera, seguro que otro gallo cantaría.

Romper el mapa

Entre el estupor y la guasa, la prensa americana anda dándole vueltas estos días al hecho, no poco notable, de que, tras la reelección de Obama, lo que nunca pasó de ser el oscilante pabilo en el que se consumía un puñado de descontentos, se haya convertido en un movimiento, no diré que de masas, pero sí que incluye a unos cientos de miles de ciudadanos que reclaman la independencia para su Estado particular. ¿Se habrán enterado de lo próspero que va ese negocio separatista en algunas de las Españas, sobre todo en la ínsula catalana? Lo ignoro, pero ahí están esas 66 demandas de secesión que ha recibido la “página de quejas” abierta por la Casa Blanca en Internet para que los contribuyentes que lo deseen plantean abiertamente sus enfados y deseos, con la única condición de que los acompañen 150 firmas afines para obtener derecho a su publicación, o 25.000 para ganarse el de respuesta oficial. Suspiran por la secesión sobre todo en Texas, Florida, Alabama, Tennessee, Luisiana o Georgia aunque parece que, de hecho, al menos cincuenta Estados de la Unión han pedido a Obama una separación pacífica, lo que ha provocado, todo hay que decirlo, la réplica patriótica que exige que se retire la ciudadanía y expulse del país a los abajo firmantes. América es un país patriotero, ciertamente, dicho sea en el buen sentido del término, una nación de hombres libres que izan la bandera de las barras y estrellas en el mástil levantado en la puerta de la casa, que conservan como oro en paño su gorro cuartelero y que –como los griegos antiguos—tan íntima vinculación sienten con esa nación que temen más al destierro que a la muerte. Y aún así, para que vean que en todas partes cuecen habas, parece que surgen en ella fuertes brotes de singularidad y hasta francotiradores dispuestos a renunciar a esa ansiada nacionalidad por la que se juegan la vida diariamente miles de inmigrantes.

A la muerte de Tito dijimos algunos que ya se acordarían de él tirios y troyanos, y ahí está la tragedia para recordarnos lo flaca que es la memoria de los pueblos. Lo que no nos esperábamos era ésta salida aventurera en plena metrópolis imperial que, por pequeña que sea, no deja de ser ofensiva si se piensa en el desastre de la Guerra de Secesión, que no queda tan lejos tratándose de un país tan joven. No se le puede dar confianza a la gente, está visto, ni en un país en el que hasta un barbián como Reagan no quedó del todo mal.

Turismo sindical

La grave imputación judicial del secretario de Finanzas de Comisiones Obreras (CCOO) y de una directora general de la consejería de Empleo por haber empleado una partida de 600.000 euros en pagar a sus “manifestantes” contra el Gobierno las facturas de viajes, comidas y pancartas, da una idea de cómo se las gastaban en ese departamento de la Junta. Pero también de la implicación de los “sindicatos concertados” en las mangancias, presuntas o demostradas, que genera el “régimen”, aparte de la evidencia de que las demostraciones de protesta son, en buena medida, turismo sindical. La corrupción ha calado hondo en esta sociedad políticamente enferma que precisaría de una fuerte catarsis antes de que se gangrene por completo.

Unidad de destino

Ahora resulta que la consigna del fascismo español más metafísico, aquella que hacía consistir la patria con una “unidad de destino en lo Universal”, va a resultar obligada como revela el proyecto del Gobierno de vender aquella por pisos anunciado hace poco por la cúpula de Comercio. La crisis nos ha puesto entre la espada y la pared, obligándonos a vender al mejor postor las joyas de la abuela y aún la “legítima” de nuestra descendencia, al ofrecer el permiso de residir en España a extranjeros –a chinos y rusos, sobre todo— con tal de que merquen un buen apartamento en Marbella o una casa en las Rias Baixas. Nos hemos quedado con las faltriqueras colgando, sin un chavo, y ésa es una razón que trasciende las ideologías para devolvernos al realismo. Ha habido voces de protesta, por supuesto, y hay quien desde el progresismo socialdemócrata ha clamado contra esa idea, que a mí no deja de parecerme lógica, de internacionalizar a buen precio este parque temático en que se ha trocado la España desde mucho antes de que Rajoy llevara pantalón largo. ¿Qué es si no Marbella, que son nuestros campos de golf o nuestros palaciegos paradores para uso de guiris y, si es posible, de exclusivos españoles? Ayudar a sortear esta crisis promoviendo la venta de pisos a foráneos no es nada nuevo ni, a mi juicio, comporta enajenar la soberanía en un momento en que los griegos andan subastando sus islas menores, las familias suprimiendo el pavo navideño y hasta los alemanes hablan de ajustarse el cinturón hasta el punto de no asfixia. Nuestro futuro depende de que abramos de par en par las puertas y ofrezcamos nuestros patios floridos a ese turismo que ya no viene, como el romántico, en busca de emociones fuertes, ventas y bandoleros, sino a disfrutar del spa de cinco estrellas y cumplir el sueño de achicharrase al sol.

Seremos, pues, esa “unidad de destino en lo universal” o no seremos, así de fácil, porque nuestra subsistencia, un poco como la de todo el planeta, se ha convertido al “colectivismo vecinal” en el que, en cada país, el indígena ha de vender su tópico, el cervezón en Alemania, los spaguettis en Italia o la nostalgia del pasado en Grecia en competencia con nuestros churros y nuestras ergonómicas hamacas. Uno hubiera preferido la épica, quede claro, pero hay que rendirse a la evidencia de que la épica, por su propia naturaleza, no es ni mucho menos globalizable.