Visión del fanático

El presidente de Irán Mahmud Ahmadinejad, antiguo terrorista según parece, se ha empeñado en encabezar, desde su particular Edad Media, el ránking del fanatismo mundial. La primera y más tremenda declaración que hizo ese personaje consistió en adelantar su deseo y quizá su propósito de “borrar a Israel del mapa”, un supuesto nada imaginario si tenemos en cuenta que, ante la relativa pasividad de Occidente, Irán dispone ya de misiles de largo alcance y parece muy probable que está bien cerca de disponer de armas atómicas. Esta vez ha sido en Nueva York, con motivo de su participación en la Asamblea de la Asamblea ONU, donde Ahmadinejad ha expuesto su fanatismo moralista al afirmar que “la homosexualidad es asunto de los capitalistas” y que, en resumen, constituye una conducta aborrecible que ha sido condenada “por todos los profetas, todas las religiones y todas las creencias” y que ahora está siendo promocionada por los partidos políticos con la única intención de ganar votos entre los colectivos gays. En Irán, no son infrecuentes las ejecuciones de homosexuales a los que se cuelga en público de una grúa, de la misma manera que se liquida por lapidación a los adúlteros o se castiga el robo con la amputación de un miembro, simplemente porque aquel régimen sedicentemente teocrático no es en realidad más que un montaje medieval que garantiza, con la ignorancia generalizada, la hegemonía de los fanáticos. Hay por ahí algunos (demasiados) escrupulosos que defienden la autonomía plena de los regímenes fanáticos en nombre de una discutible libertad multicultural que permitiría a cada cual violar el código civilizado de los derechos humanos argumentando que toda concepción cultural debe ser respetada por todos incluso cuando sus prácticas impliquen acciones que resulten repugnantes al civilizado menos sensible. Yo he oído a un premio Nobel defender la infibulación y la ablación de las niñas en nombre de esa autonomía cultural. El fanatismo no es original ni privativo de los fanáticos subdesarrollados.

Cierto que el fanatismo no carece de defensores incluso entre gentes civilizadas. Flaubert escribió alguna vez, no poco ambiguamente, que el hombre no puede hacer nada sin mediar el fanatismo, y el propio Voltaire aconsejaba una postura intermedia entre la actitud del fanático y la del discreto cuando dijo que “il faut être prudent mais no pas timide”. Con abogados así no hay reo que peligre.

La bronca universitaria

Si el viernes pasado fue en la inauguración del curso de la Universidad de Cádiz donde Griñán hubo de soportar una estruendosa pitada y la protesta simbólica durante toda la ceremonia, ayer fue en la de Granada donde los estudiantes –evidentemente más organizados que espontáneos—ocuparon el Rectorado del que debieron huir espantados el Rector y los nuevos doctores, a pesar del compromiso, negociado por el Rector con los estudiantes, de que éstos “permitirían” el acto, que hubo de celebrarse a puerta cerrada en los pisos superiores del edificio. Los estudiantes, apoyados por sindicatos y parte del profesorado, protestaban contra los “recortes” presupuestarios y la presunta “privatización” de la Universidad. Se vivieron momentos de grave tensión en los que no faltaron las agresiones físicas y la policía hubo de intervenir para abrir paso al propio Rector mientras algunos grupos insultaban a la prensa. La Junta debe aceptar que donde las dan las toman, pero hay que decir, porque es obvio, que un movimiento semejante no se organiza sin algún respaldo fuerte.

Un tesoro escondido

Las cuerdas de deportados rusos a Siberia, esa imagen desoladora de las paradas para reponerse con un vaso de agua caliente y deshacerse de los moribundos o los cadáveres, puede que hayan tenido que pasar sin percatarse muy cerca de uno de los mayores tesoros del mundo: el gran yacimiento del cráter de Popigaï, un lugar hasta ahora olvidado en medio de ninguna parte, obra de un gigantesco asteroide que allí se estrelló hace 35 millones de años. Los efectos de estas catastrófes nos remiten, por lo general, a la desolación del paisaje y a la extinción de la vida en su entorno, pero en este caso resulta que el efecto del accidente –al convertir las ondas de impacto el grafito del suelo herido en un emporio de minúsculos diamantes– fue la creación de la mayor reserva mundial de ese alótropo del carbono que en todo el mundo simboliza la fortuna. Se trata de una inmensa mina de diamantes industriales cuyas reservas se calculan provisionalmente en millones de veces las hasta ahora conocidas y cuya explotación inicial, que afecta solamente al 0’3 del total ha producido ya miles de millones de quilates, un tesoro inimaginable que se cree que podría revolucionar , no ya el mercado del género, que por supuesto caerá en picado, sino el actual equilibrio del progreso industrial que no cesa. La URSS mantuvo en secreto este hallazgo que sólo desde 2009 ha sido revelado con cuentagotas y que, si para el viejo régimen supuso, sin duda, una reserva estratégica, para el nuevo ha de suponer un negocio descomunal y acaso una alteración de las relaciones industriales de todo el planeta. El famoso cráter siberiano, que tanta literatura ha acarreado, guardaba como oro en paño en el mayor secreto, esa reserva de diamantes hipersólidos que dicen que podría acabar provocando otra revolución industrial.

 

Cuesta pensar en esa agresión espacial, tan manoseada por los alarmistas, sobre todo una vez que se olvida el caos inicial y el paisaje se serena reinventándose en un fulgurante panorama que, olvidado del grafito originario, se revela como un mosaico azul, gris y amarillo en cien kilómetros a la redonda. La Madre Naturaleza es una tómbola caprichosa sobre todo a la hora de asignar tesoros y el hombre, un mono loco cuya suerte y su desgracia le llega por sorpresa de lo alto cuando no la descubre bajo sus propios pies.

Otra Edad Media

Esta desmesurada manifestación provocada por el video sobre Mahoma ha costado ya mucho más de lo que pueda pagarse por un acto presuntamente blasfemo. Un ministro paquistaní ha ofrecido ante las cámaras de televisión un premio de 700.000 dólares para quien logre ejecutar sin juicio al autor del video, pero también he visto muchedumbres pregonando que la afrenta debe ser castigada con la horca. El Gobierno de Pakistán se ha desmarcado enseguida de su vengativo ministro, pero la agresividad extremista de esos grandes colectivos ponen en evidencia la distancia insalvable que separa a las culturas teocráticas de nuestras democracias. Hemos insistido mucho en comparar la transigencia cristiano-occidental ante las tremendas ofensas recibidas, con la respuesta irracional del extremismo islamista que ha dado en poner a precio la cabeza de quien se le antoje. Desde luego, que la ocurrencia del “Charlie Hebdo” y otros provocadores no merece la protección que les proporciona el principio de la libertad de expresión, sencillamente porque este tipo de agresiones sensibles no se agotan en la provocación misma sino que dan lugar a movimientos de imprevisible alcance y a pérdida de vidas humanas, cada una de las cuales descalificaría esa libertad provocadora. Pero, en definitiva, lo que consiguen es poner de relieve la imposible convivencia normal entre sociedades que se rigen por una voluntad mítica y aquellas otras que se someten a los dictados racionales de una ley que garantice el derecho a un juicio justo y el monopolio de la violencia por parte del Estado. Un ministro poniendo precio a la cabeza de un provocador religioso es el signo incuestionable de un fracaso medieval que no hay manera de compatibilizar con las culturas que se acogen a llave maestra de la civilización.

 

Todo esfuerzo de neutralidad al respecto está condenado al fracaso, por no hablar de una “alianza de civilizaciones” que se ha revelado, como era de esperar, en un mero brindis al sol en un tendido desde el que te llueven los botellazos. La propia “primavera árabe”, tan jaleada desde Occidente, demuestra que, en este momento de la historia, las fórmulas teocráticas y, en consecuencia, sus regímenes, no son más que una amenaza para el mundo post-moderno, y un riesgo que cada día resulta más inquietante dada la ubicuidad del progreso tecnológico. No cabe diálogo con el sordo. Puede que Occidente no repare en ese axioma sino cuando sea demasiado tarde.

Semana protestante

Parece que los jueces y magistrados, hartos de la situación por la que atraviesa la Administración de Justicia, están llevando a cabo una especie de huelga de celo, lo que, seguramente, por más razón que pueda asistirles, agravará el atasco judicial. Por su parte los médicos han convocado una huelga contra la jornada de 37’5 horas que ellos estiman que equivale a sisarles 6.000 euros anuales. Los policías locales de Granada han cercado el Ayuntamiento de la capital mientras otros compañeros suyos se manifestaban ruidosamente como respuesta al aumento de su horario. El sindicato del diputado Gordillo ha cercado el Parlamento de Andalucía para exigir el dinero de los ERE al grito jacobino de “Este Parlamento lo vamos a tomar”, mientras grupos de empleados públicos se hacían sitio para protestar por los “recortes”, perdón, por los “ajustes”. Habrá quien se consuele pensando que peor andan en Cataluña.

Crimen y bienestar

Es posible que Finlandia sea uno de los países mejor situados económicamente en el (des)concierto de la UE. Tiene grandes recursos, una industria creciente a pesar de la crisis sufrida por el país a principios de los 90, sus exportaciones crecen mientras aumentan las inversiones extranjeras, y todo ello permite presumir un desarrollo –no olvidemos que el país conserva la triple A de las agencias de notación—superior al de los demás miembros de la comunidad. En una sociedad tan favorecida las cárceles no tienen puertas ni barrotes, los vigilantes no llevan armas y apenas uniforme, quizá porque la población penal sea muy baja –en un país de cinco millones de habitantes tan sólo 2.700 presos—que entiende la privación de libertad como una medida extrema y las condiciones de reclusión como un sistema de aislamiento que no tiene por qué ser aflictivo. Es una maravilla Finlandia, en este sentido, y sin embargo, sus estadísticas de crímenes de sangre es muy superior a la del resto de los países europeos, y suelen indicar que la causa de los homicidios ha de acharársele al paro (¡) y al elevado consumo de alcohol. Lejos ya del modelo penal y penitenciario heredado de Rusia, los finlandeses empiezan a cuestionarse la extraña realidad de que en un país tan propicio las violencias mortales crezcan hasta alcanzar el actual récord, y no falta quien oponga a la filosofía penal del Estado la opción más dura de otros países. Enfrente está, sin embargo, –lo leo (traducido) del periódico Hufvudstadsbladet—el bando buenista que, a pesar de la evidencia estadística, insiste en el carácter genético y, en consecuencia, ve unas conductas desviadas que no serían sino el resultado de una herencia que conlleva una débil producción de seratonina  y débiles tasas de glucosa en sangre, inocente desdicha que, aliada al efecto del alcohol, explicaría lo que está ocurriendo.

 

El mejor de los mundos posibles leibnitziano, el ideal del doctor Pangloss y ese otro buenismo sobre el que la cayó como un vitriolo la ironía de Voltaire, resulta, pues, que funciona en el mercado pero que falla en la vida cotidiana por culpa de los malditos genes o acaso también por la escasa luminosidad, el aislamiento de su cultura –apenas conocemos otro escritor que Mika Waltari—y el fracaso de ese témpano que es el humanismo nórdico. El hombre no siempre es consecuente con las oportunidades de los sistemas sociales más civilizados.