Cencerros tapados

La condición de “estricta confidencialidad” impuesta por el entonces consejero de Empleo, José Antonio Vera, al empresario beneficiario de una morrocotuda subvención debería encender todas las luces rojas en la cúpula de la Junta que, con toda seguridad, alegará desconocer por completo lo que ese responsable hacía y deshacía. ¿Qué es lo que había que mantener en secreto en una ayuda gubernamental que, en teoría, tenía que salir publicada en el BOJA? Ésa es la pregunta que debe hacerle Griñán a Vera si quiere alejar de sí toda sospecha de connivencia con quien, entre otras cosas y a pesar de los pesares, sigue siendo secretario provincial sevillano del PSOE.

Un mito campesino

Un profesor de la Universidad Politécnica Valenciana, José Miguel Mulet, ha escrito el libro de título más provocativo de los últimos años: “Los productos naturales, ¡vaya timo!”. Lo he buscado con diligencia porque mi hermano, que es gran experto (y práctico en la materia) anda muy preocupado con el proyecto onubense de acabar con los dichosos mosquitos mediante el uso de bacterias. A mi hermano no le llega la camisa al cuerpo ante la posibilidad de que, ignorantes como somos en esta técnica ciertamente atrevida, cualquier día pudiéramos vernos ente una mutación de esos microorganismos que los hiciera revolverse contra nosotros una vez liquidados los dípteros nematóceros, aparte de que lleva semanas sosteniendo que el lío del “pepinazo” alemán lo más probable es que tenga su origen en un efecto no deseado de la agricultura ecológica. Bueno, pues me llega el libro del profesor Mulet –al que los ayatollás  le van a dar fuerte y flojo—y en él veo que confirma ce por be esas sospechas sobre los riesgos del cultivo ecológico  al utilizar a gran escala esos fertilizantes naturales que son ricos en E.coli y otras bacterias y, en consecuencia, capaces y capataces de ocasionar problemas como el planteado. Sostiene Mulet que, como demuestra una amplísima bibliografía científica, las propiedades de los productos de la agricultura ecológica no son mejores ni más seguros que los de la agricultura convencional aunque su precio –¡vaya timo, en efecto!– pueda llegar a ser tres o cuatro veces más alto. ¿Y por qué? Pues porque los controles de calidad oficiales prácticamente no existen, toda vez que las normativas se limitan forzar el cumplimiento de un reglamento que se apoya sólo en esa “razón mítica”, valga el expresivo oxímoron, que halaga el incierto narcisismo medioambientalista. Esos certificados de producción ecológica no garantizan que lo que el individuo consuma “sea mejor para el medio ambiente, ni más sano, ni que esté más bueno”, asegura Mulet, quien denuncia de paso el uso ecologista de sales de cobre como fungicidas e insecticidas de enorme impacto contra las abejas, por ejemplo.

 

¿Una superstición, entonces? Pues es probable y, como tantas supersticiones, caras hasta lo prohibitivo. Rechazar el algodón transgénico le ha costado a Europa pasar de exportadora a importadora, por no hablar de que habría en el mercado, según Mulet, insecticidas y fertilizantes sintéticos mucho menos agresivos y más eficaces que los “eco”. Cierro este libro provocativo convencido de que los “verdes”, por una vez, van a tener que hablarle a la cabeza además de camelar al corazón.

Castillo de naipes

Ha resultado un castillo de naipes la estrategia de Griñán de negar  a la jueza instructora las actas del Consejo de Gobierno alegando, contra toda razón, que eran secretas. Secretas son sus deliberaciones, secreta la documentación a él remitidas, pero no sus actas, como dictaba el sentido común y ha acabado reconociendo paladinamente la Audiencia en un auto que no es recurrible. Lo cual deja en la peor postura a los junteros que han trampeado con esas actas lo mismo que han trampeado con los documentos requeridos, en la demostración de resistencia a la Justicia más llamativa de todo el periodo autonómico. Claro que el caso investigado también es el más grave, tanto que en este momento amenaza a los responsables a los más altos niveles. La jueza llevaba razón. Lo inasumible era la defensa numantina de la Junta.

Memoria e historia

Poco efecto han tenido las propagandas revulsivas destinadas a reabrir el proceso natural de cicatrización de la llamada “memoria histórica” –¡como si hubiera otra!—a juzgar por los recientes resultados electorales. Es verdad, sin embargo, que nuestra historia oficial, como cualquier otra, está reclamando hace mucho una restitución discreta. Ahora, por ejemplo, se habla y no para (sobre todo, se gasta dinero sin parar) en torno al centenario de la Constitución de Cádiz, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta el desinterés más que relativo con que hemos pasado de puntillas sobre el centenario de la Independencia. Y hay historiadores incómodos con estos despropósitos y que tratan de paliarlos con su trabajo. Por ejemplo Moreno Alonso –sin duda, para mí, el hombre que ha revolucionado el conocimiento de esa época—quien, con más de una docena de libros sobre ese quinquenio memorable, entre ellos dos espléndidas biografías sobre Napoléon y del rey José, viene descubriendo la profundidad de aquella “revolución”, el tremendo trastorno de conciencias que supuso y, sobre todo, los papeles que en ella jugaron las Españas al margen de la rutina heredada. Acabo de leer su último libro sobre el papel del Alcázar de Sevilla en la Independencia, verdadero vademécum para orientarse en aquel laberinto, descubriendo el nunca reconocido papel de la capital sevillana en la que residieron tanto la Junta Suprema como la Junta Central hasta hacer de ella la auténtica capital de España en el periodo, desde la que no sólo se toca a rebato en la nación, sino que se declara la guerra al Emperador o a Dinamarca, se organiza y dirige la batalla de Bailén (a la que el mítico Castaños llegaría tarde…), se reglamenta la “guerrilla” y las Juntas Provinciales, se ordenan las finanzas públicas, se reestructura el Ejército, se convocan las Cortes, se exhorta a catalanes, gallegos o españoles americanos y hasta se provee lo imprescindible para ordenar la vida civil. Moreno propone el Alcázar como “un lugar de memoria nacional”. Como se ve, nunca hay que darlo todo por perdido.

 

Qué mundo agitado y fértil el de Quintana, el del olvidado Saavedra, Meléndez Valdés, Floridablanca, Jovellanos, Alberto Lista o el conde de Cabarrús, el de los “patriotas” y flamantes liberales (“liberal” es palabra castellana, no se olvide), el de unas clases superiores escindidas por el deseo de progreso o por el oportunismo, y el de un pueblo, en fin, sujeto no tan pasivo de un cataclismo histórico que habría de cambiar a fondo la propia identidad. Lean ese libro para convencerse de que no hay nación que sobreviva a la desmemoria, ni que resulte indemne a la memoria parcial.

Gestión sin control

El Gobierno podrá eludir, como está haciendo, el control parlamentario, pero expedientes como el que ayer describía con pelos y señales este periódico a propósito del pelotazo concedido por el IFA a una empresa sevillana, apenas dejan resquicio para la evasión: una ayuda de 1’8 millones de euros se compromete un día, se anula a los tres meses y en un solo día, el siguiente, se compromete la misma, sólo que dividida en  tres para evitar el control del propio consejo del IFA y el preceptivo del Consejo de Gobierno de la Junta. ¿Y nos van a contar que estas cosas se hacían sin conocerlas los de arriba? El caso de los ERE y prejubilaciones fraudulentas sobrepasa con mucho lo tolerable en democracia. Al margen de las resultas judiciales, no cabe duda de que las responsabilidades políticas de este caso han superado todas las marcas.

El Estado vacío

Después de la pérdida de su feudo de Extremadura, al PSOE sólo le quedan que conservar el que mantiene en Andalucía y el muy precario del País Vasco. Quiere eso decir que, incluso si llegara a ganar la próximas elecciones generales –y aún sin tener en cuenta el poder municipal acumulado por el PP– poco poder real va a tener en una España descuartizada en la que el Gobierno central ha perdido ya la inmensa mayoría de sus competencias. Es probable que, de ocurrir las cosas de esa manera, el debate sobre la autonomías pase a ser un debate de la izquierda que tal vez acabe comprendiendo los excesos patentes de esa política centrífuga con que, durante estos decenios, ha lubricado la estrategia de su hegemonía. Hemos mirado como una ocurrencia si no como una extravagancia la decisión alemana de recuperar para el Estado importantes funciones que habían sido transferidas a los lander, sin detenernos ni un momento en considerar las razones que tiene el jacobinismo francés o el batiburrillo italiano para mantener a raya un proceso de descentralización regional que parece demostrado que hace crecer exponencialmente el gasto sin aumentar, o incluso disminuyendo, la eficiencia del sistema político-administrativo. Hasta que al final, la crisis –porque ha sido la crisis y sólo ella—se ha encargado de revelarnos, como en una visión súbita, la realidad de un desgobierno confiscatorio que, o se reforma y limita, o nos arruina sin remedio, ante la incapacidad de un Estado vacío de poderes y funciones. Cuando las circunstancias impusieron este modelo –a la salida de una dictadura férreamente centralizada—pudo tener sentido un modelo en el que aún había sitio para albergar el poder nacional junto al autonómico, pero que poca gente pudo pensar entonces que acabaría por liquidar de hecho al primero al privarle de casi toda su capacidad de decisión.

 

¿Qué es un Gobierno que nada tiene que decir en Educación o en Sanidad, que poco margen retiene en Medio Ambiente o al que, por si algo faltaba, ya hay autonomías que compiten con él hasta en materia de relaciones exteriores, en el marco de un Estado cuyos símbolos no se respetan ya ni por imperativo legal o en el que la lengua oficial es sustituida por la vernácula en la enseñanza o en la misma calle? Pues más bien poco, por no decir casi nada. Hoy en España mandará el Gobierno que controle las comunidades autónomas; el que no, deberá limitarse a posar de reina madre en el telediario. Y eso lo saben los dos grandes partidos aunque quizá todavía no se haya enterado el personal. Hemos desdentado y limado las garras a Leviatán y eso se paga. Miren las cuentas de las regiones y verán cuánto.