Peón por reina

En el ajedrez sociata, el alcalde de Dos Hermanas, Francisco Toscano, un histórico donde los haya, le ha comido a Griñán una pieza gorda por haber intentado aquél comerle la suya; traducido: le ha hecho perder al partido la FAMP–una vez que el partido decidió sustituirlo a él por su peor enemigo– al forzar con su dimisión que la Presidencia pasara reglamentariamente a la alcaldesa popular de Marbella. Donde las dan, las toman, por supuesto, y más si una cúpula de un partido que acaba de perder las elecciones y depende de Valderas para mandar, no conoce los bueyes con que va arando. Griñán está de prestado en la Junta y en tenguerengue en el partido. Lo prueban estas sublevaciones que se tiene que tragar.

Boadella

Estoy convencido de que Albert Boadella tiene por delante un vasto futuro como ensayista. Cosa lógica porque el humor, si es profundo y fino, es siempre, pero es que siempre, ensayo inspirado por una hermenéutica certera. En Alemania, según creo, sigue utilizándose la institución del “dramaturgo”, que no es precisamente el escritor teatral, sino quien idea un montaje que se explica a sí mismo una vez materializados sus conceptos. Benavente o Francisco Nieva, por ejemplo, han tenido excelentes plumas, “stricto sensu” sea dicho, pero ninguno de ellos alcanzaría, a mi entender, la llana exégesis de los hechos que hace este crítico descarado de una sociedad en trance de putrefacción en la que, desde el teatro a la política, valga la redundancia, se trata de embolismar al peatón, actuando como un penetrante factor ideológico. Parte este incorrectísimo rebelde de la idea-madre de que “nada de lo que parece es cierto”, yo creo que empleando el cínico aforismo a la manera de un Shakespeare o de un Valle-Inclán y no como un simple pesimista, que no lo es quien ama la vida a su manera apasionada, y su método consiste tanto en disecar en vivo a los poderes más amenazantes como en teorizar sobre la mar y los peces, sean éstos besugos o tiburones, sin excluir su propia autopsia. Lean “Diarios de un francotirador. (Mis desayunos con ella)” y lo verán investido informalmente de sociólogo, de psicoanalista o de gurú económico pero bogando siempre a contracorriente, sin dejar de contener la amargura ni escatimar el elogio, algo que, en definitiva, está reservado a los espíritus cimarrones a cuya inteligencia no alcanza la tentación seductora. Hace cuarenta años que lo sigo de cerca y la verdad es que no sé si envidio más su genio crítico o su inalienable sentido de la independencia.

Mi recomendación va dirigida tanto al lector inteligente, como decía “La Codorniz”, como a esas víctimas suyas que podrían ganar mucho contemplándose sin rencor en el espejo cóncavo en que Boadella los pone sin perder la sonrisa. Políticos y cómicos, curas y ecologistas, excelsos y pringaos, tienen en él ocasión de estirar la pata o de enderezar la joroba. Y los románticos en general, la de asomarse al deliquio de un espíritu implacable a quien cuesta imaginar colgado de su Eloísa como un Abelardo exquisito. El teatro enseña mucho y la vida más. La única condición es que ambos se vivan a tumba abierta.

Suerte del conductor

El chófer del presidente del Consejo Consultivo –que, por cierto, ¿qué falta nos hace teniendo un Consejo de Estado?—ha sido designado a dedo “asesor” del gabinete presidencial, con todos los derechos y obligaciones (¿) que se sobreentiende que ha de tener un asesor. Y se ha hecho a pesar de la ley de creación de ese órgano no prevé gabinete alguno para el presidente. No creo, sin embargo, que el mayor problema del Consejo Consultivo sea este disparate sino, como sugería antes, su propia existencia, convertido en asilo de cinco estrella para “ex” adictos al “régimen”. ¿Sobre qué asesorará ese chófer a un presidente de tan alto organismo? Por lo visto estos abusos no ocurren sólo –salvadas sean las circunstancias– en el Consejo General del Poder Judicial.

Hombres de oscuro

Del Congreso del Partido Comunista Chino han salido un ganador, una contradicción y siete hombres de oscuro. El ganador es Xi Jinping que gobernará diez años sobre el inmenso hormiguero y ostentará el poder absoluto “en nombre del pueblo”. La contradicción estriba en definir su neoliberalismo feroz como “comunismo con peculariedades chinas”. Y los siete hombre de oscuro son los ejecutivos del nuevo Poder, administradores de la herencia fósil de Mao, a todos los cuales los habrían “paseado”, sin duda posible, los cachorros de la “revolución cultural”. Va estando cada vez más claro que no es que China haya cambiado sino que es todo el planeta el que ha girado hasta ponerse en manos de un nuevo liderazgo (o una nueva bipolaridad, eso ya se verá) que a corto plazo se hará con todos los resortes financieros y, en consecuencia, con toda la capacidad de dominación. Eso sí, algo vamos progresando pues, a pesar de los sinólogos, lo que ya puede entender cualquiera es que el cambio chino ha pasado de la ambigüedad a la mera contradicción, un concepto mucho más cómodo, aunque resulte extraño, que el primero, sobre todo a la hora de integrarse en el llamado “mundo libre”. Todos los días aparecen no sé cuántos nuevos millonarios en aquel país enorme, pero su clase baja sigue con el tazón de arroz, y la media, incipiente todavía, lucha sin horario para emular la abundancia occidental que hasta ayer representaba el fracaso de la Humanidad, y ahora sabemos, además, por boca del nuevo mandarín, que lo más urgente en el país es la lucha contra la corrupción que, según él, corroe los fundamentos del “nuevo viejo orden”. ¿Será la mangancia un prerrequisito del sistema de libre mercado, incluso allí donde todavía se guardan las formas colectivistas? Eso no lo sé e incluso me malicio que esa lucha va a servir a la nueva hornada para encubrir y legitimar las purgas que me estoy viendo venir.

¿Quién se acuerda ya del “Libro rojo” de Mao, quién de la utopía de la educación permanente, en un país en el que los rascacielos contrastan con los sótanos en que se hacina el proletariado trabajando a cambio de la pitanza? Parece más o menos claro que la ideología (fósil, repito) influye poco o nada en la praxis. Y desde luego, que los nuevos soberanos se mueven en la órbita que hace nada y menos llamaban contrarrevolucionaria. No les digo más que Xi Jimping ha enviado su hija a estudiar a Harvard…

La primera línea

Un histórico del PSOE huelvano, Isaías Pérez Saldaña, ha decidido poner fin a su provechosa carrera política, y su partido ha divulgado la noticia enfatizando la condición de “servicio” de esa carrera profesional de quien, según dicen, ha permanecido en “la primera línea” 42 años consecutivos. Carajo, ¿y qué cuentas son ésas que a mí no me salen, considerando que en el año 70 la oposición andaba todavía apretujada en el famoso taxi? Hombre, una cosa es presumir retóricamente de oposición y otra muy distinta el calendario. Saldaña ha sido un político con suerte y ha vivido toda la vida “de” la política y no “para” la política, por muy “todoterreno” (sic) que sea y por muy sociata “por los cuatro costaos” (sic) que lo proclamen. En el 70, en esa “primera línea” había cuatro gatos, dicho sea a favor de esa “memoria histórica” que tanto reclaman algunos.

Remedios fatales

Durante una breve licencia en la patria, un misionero me cuenta y no acaba de las misiones, de sus grandezas y sus miserias. Pieza fundamental de su relato es la creencia bárbara, según él vigente aún en un muchos países del África profunda, de que el SIDA sólo se cura si el contagiado yace con una virgen, costumbre que, como es natural, ha funcionado como un activo multiplicador de la abominable epidemia, y frente a la cual poco han podido los civilizados razonamientos del misionero frente a los consejos del chamán. Le he contado, a cambio, el caso de Luis VIII, marido de Blanca de Castilla y padre del rey san Luis, que reinó en Francia, a quien, aquejado de una grave enfermedad –probablemente disentería o fiebre palúdica—los médicos aconsejaron, a la vista del fracaso de los remedios convencionales, yacer con una virgen que tuvieron la osadía de meterle en el tálamo y a la que el rey, al despertar, obligó a apearse de él pronunciando una frase que ha quedado emparejada con los deliquios de Abelardo: “Estoy enamorado de mi mujer”. Es larga la tradición médica que establece relación entre abstinencia y la enfermedad –Luis VIII la guardaba por estar en campaña contra los cátaros–, y en ella se inscriben esos matasanos que quisieron curar al breve y fiel monarca alegrándole la pajarilla. La batalla entre médicos y moralistas se ha prologado a través de los siglos, en un caso considerando al sexo como origen del mal, y en otro, al revés, esto es, achacándole la enfermedad a la continencia del enfermo, un empeño que no desdeñaron ni hipocráticos ni galénicos. El sexo se empareja con el Mal en muchas culturas por más que no haya ninguna que lo desdeñe, y el caso que me refiere mi amigo misionero no iba a ser una excepción.

No me pidan que ponga en pie la cita, pero por ahí tengo arrumbada una inolvidable opinión, que más o menos venía a decir que, en cuestión de sexo, los simples son demasiado simples y los inteligentes no lo son en medida suficiente. Gran verdad. Mi misionero tal vez ignora que las temibles estadísticas africanas del SIDA se andan por ahí por ahí con las registradas en las universidades rusas y probablemente por debajo que lo anduvieron respecto a las californianas, pero tampoco he querido enredarle aún más la madeja. El problema del sexo es que hay demasiada gente, incluyendo a los médicos, que lo lleva, no en la entrepierna, sino en plena duramadre o acaso en el cerebro reptiliano.