Ellos y nosotros

La todavía breve historia de Internet viene registrando con frecuencia el intento de los poderes públicos por limitar la información o, al menos, por controlarla. Lo mismo que en China, en los países árabes actualmente en crisis revolucionaria se ha hecho habitual la intervención de la Red por parte de una autoridad que ve en ella un peligro de imposible control en la medida en que potencia la acción de la crítica, pero también en plena normalidad democrática estamos asistiendo a incidentes de censura derivados de criterios particulares. Hace poco fue la historia del artista danés al que Facebook cerró su cuenta y dejó a oscuras por haber colgado en su perfil el famoso “Origen del mundo” de Courbet y estos días es la del fotógrafo al que la censura la aplica la misma medida reo de haber reproducido entre sus producciones unas nalgas que han escandalizado a esos puritanos de ultramar que defienden la libertad de expresión atenidos en exclusiva a su leal saber y entender. En Internet, en efecto, cualquier menor poco vigilado tiene a su alcance , con sólo teclear la palabra adecuada, lo mismo una amplia oferta pornográfica que la variada gama del terrorista, detalladas instrucciones para fabricar explosivos, feroces propagandas racistas junto a toda clase de oferta de drogas, videojuegos violentos y hasta foros en que se tienta con la adhesión a peligrosas sectas cuando no se incita al suicidio. Y todo ello en función del inquebrantable principio de una libertad de expresión que, sin embargo, no permite la exhibición del cuerpo que repugna al sentido puritano de la vida. Cuando nos hemos querido dar cuenta viajamos confiadamente en un mismo barco pilotado por los EEUU, a cuya legislación nos sometemos velis nolis todos los usuarios del planeta.

Ante la supresión reciente de ciertas imágenes de madres lactantes los expertos han explicado que, una vez dentro de colectivos como Facebook, sólo queda recurrir ante la propia Justicia… americana. Que es la misma que hace bien poco se tentaba la ropa antes de prohibir una convocatoria para apalizar rumanos o un banderín de enganche nostálgico de la barbarie nazi y las de otras dictaduras, o que está aprovechando ese escrúpulo liberalista para incentivar a fondo las propagandas xenófobas procedentes de la extrema derecha. Internet es un planeta virtual controlado desde un poder moral y éticamente no poco autista que se escandaliza ante un pezón pero permite que se explique a quien quiera oírlo cómo se fabrica una bomba sin salir de la cocina. La democracia no es igual en todas partes y, desde luego, funciona aún a contrapelo en ese traspaís virtual que, de momento, tiene dueño.

El partido son ellos

No sé si será cierto que Chaves y Pizarro proyectaban derribar a Griñán tras el previsible batacazo de las municipales y tampoco si será verdad que los mismos se reunían los viernes en Sevilla en una especie de Gobierno paralelo al legítimo hasta que Griñán puso pie en pared. Lo que sí sé es que Pizarro se ha referido públicamente a Chaves como el auténtico presidente de la Junta autónoma y eso –por encima y por debajo de la obligada rectificación del Vicepresidente tercero—constituye un atentado a las reglas del juego democrático imposible de justificar. Pizarro no es nadie una vez dimitido ni lo fue nunca sin el respaldo de Chaves. Eso explica muchas cosas al tiempo que las envilece.

Pequeños sabios

Gran polvareda está levantando el proyecto de la Comunidad de Madrid de instaurar desde el próximo curso un experimento de “bachillerato de excelencia”. La teoría de sus promotores es que, del mismo modo que los deportistas de élite se entrenan en centros especializados, los estudiantes que destaquen sobre la media de sus compañeros deben disponer también de una atención específica y de unos enseñantes especialmente cualificados. Desde enfrente se han apresurado a denigrar la medida con el argumento de que la educación no debe ser selectiva ni excluyente –quizá sin darse cuenta cabal de que le selección y la exclusión la provocan los propios alumnos—y por supuesto, sin ofrecer a cambio más que alguna que otra banalidad. De entrada hay que decir que esa atención preferente a quienes demuestran un interés desatacado tiene su lógica siempre que el experimento no implique la degradación de la enseñanza “no excelente”, es decir, la normal que, todo hay que decirlo, es no poco mediocre hoy día, según los informes más acreditados. Por lo demás, siempre se primó al alumno brillante y es raro el profesor que no haya dedicado su mimo al discípulo entusiasta, entre otras cosas porque la docencia es por lo general un ejercicio solitario que encuentra en estas actitudes propicias un estímulo indiscutible, de la misma manera que en el generalizado marasmo los profesores no encuentran más que motivos de desánimo e incluso de depresión. Y en ese sentido, es cierto que pocos y dudosos remedios se le han puesto a la pésima situación de nuestra enseñanza, tanto por parte de los tirios como por la de los troyanos, aunque no quede claro por qué el intento de primar a los mejores ofreciéndoles un ámbito especializado ha de suponer un efecto discriminatorio.

 

Estamos hartos de ver a los líderes de la izquierda envíar a sus hijos, no a los centros públicos, sino a las mejores instituciones privadas, sin que en ello aprecien , al parecer, ninguna discriminación elitista respecto al común de los estudiantes que han de sobrevivir en la selva de nuestra degradado sistema educativo. Y por eso cuesta entender las objeciones que se oponen al hecho elemental de que la educación trate de rescatar a los alumnos excelentes de un ámbito proverbialmente deteriorado tanto como costaría rechazar la atenta y especial  ayuda que precisa el alumnado  con problemas de retraso escolar. Es lamentable que se haga de esta cuestión un pleito partidista. La excelencia es un mérito que debe estimularse por elementales razones funcionales. Lo demás son murgas politiqueras que poco tienen que ver con la justicia ni con el bien común.

En el ojo del huracán

“No tengo ni idea y no me corresponde, así que no voy a hablar de los ERE” (José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía).  “Las actas se entregarán cuando toque” (el mismo). “Arenas es el jefe del departamento de basuras del PP” (Manuel Chaves vicepresidente tercero del Gobierno y presidente del PSOE). “Si él –Iván Chaves– hacía las gestiones, el negocio estaba asegurado, conseguido” (fuentes de los socios del mencionado). “No sé quiénes son los socios del hijo de Chaves ni de lo que se está hablando” (José Antonio Griñán, presidente de la Junta). “Los trabajadores limpios queremos cobrar” (prejubilados de González Byass). “Yo doné la sede de Camas al PSOE” (José A. García Prieto, doble prejubilado falso de Camas).

La casta y la plebe

Los ciudadanos españoles no estiman a sus políticos. Los consideran el tercer problema que pesa sobre el país, según acredita el CIS, es decir, el observatorio sociológico del propio Gobierno. Por su parte, un serio estudio reciente nos descubría no hace mucho que la opinión pública explica la escasa implicación de los políticos en la crisis actual por el hecho de que se sienten protegidos en su ámbito de privilegio lo que, en su particular percepción, convierte la circunstancia económica, de hecho, en un asunto ajeno. Y no se equivoca, por lo visto, la estimativa pública, a la vista de lo sucedido antier en el Parlamento Europeo donde el grueso de los eurodiputados españoles votaron, junto a sus colegas de otros países, contra la propuesta de congelación de sus sueldos e incluso contra las que trataban de forzar el uso de la clase turística en los viajes aéreos de esos próceres o la congelación de los gastos y de las generosas dietas percibidas. En masa, como un solo hombre y con excepciones contadas, nuestros representantes se negaron a renunciar a unos privilegios desorbitados que ellos deben de considerar merecidos y ante los que poco o nada ha pesado la situación de sus conciudadanos, dramática y aún desesperada en muchos casos. Nada nuevo, por lo demás, pues aquí en el interior tenemos visto y comprobado que la única razón capaz de poner de acuerdo a todos los grupos y tendencias es aquella que postula la mejora económica o el beneficio de esa auténtica “clase”: no ha habido una sola votación de ese género que no haya sido adoptada por unanimidad. Y eso es una (des)vergüenza, por más que nos cuenten los privilegiados, especialmente en situaciones como la actual. Una curiosidad: los eurodiputados votaban lo referido prácticamente al mismo tiempo que, tras las de Grecia e Irlanda, se decidía la drástica intervención económica de Portugal. ¡El continente arruinado y ellos volando en “gran clase” con el sueldo y las dietas intactos! Supongo que lo de la desvergüenza lo suscribe la mayoría.

 

Es peligroso el creciente descrédito de los políticos, nadie lo duda, porque implica el del propio sistema democrático. Ahora bien, pocos serán quienes no adviertan que ese descrédito se lo procuran ellos a pulso, situándose, por si fuera poco, al margen de la suerte común y cerrados ante la posibilidad de compartir con sus representados los imprescindibles proyectos de austeridad. Pasó definitivamente la idea –porque no fue casi nunca más que una idea, justo es decirlo—de que la política era ante todo un servicio. La política se ha convertido en un oficio que esa casta han sabido blindar incluso en plena catástrofe.

¡Con que cuatro o cinco!

Evidentemente no eran “cuatro o cinco sinvergüenzas”, como aseguraba Chaves, los únicos responsable del montaje de las prejubilaciones fraudulentas y las subvenciones falsas. Había más sinvergüenzas, como lo demuestra el reconocimiento oficial de que, al menos durante ocho años –es decir, entre enero 2003 y diciembre 2010—las irregularidades fueron masivas. Algo que no pudo ocurrir en el secreto de una unidad inferior sino que tuvo necesariamente que contar con el visto bueno de los consejeros respectivos y el enterado de los presidentes. ¡Nada de cuatro o cinco! En este negocio ha habido mucho sinvergüenza aún por descubrir.