Costosa impunidad

Hasta la Armada ha debido intervenir en la búsqueda de los restos de Marta del Castillo, la joven vilmente asesinada en Sevilla por cuatro aventajados aprendices de golfos lo suficientemente listos como para hacer desaparecer el “corpus delicti”, esencial para la calificación penal del crimen. ¿Alguien entiende cómo es posible que uno de esos malandrines haya variado ocho veces su versión de los hechos y que tanto los “ropones” como los “maderos” le hayan hecho caso? ¿Cuántos millones nos llevan costados a los contribuyentes esos trabajos inducidos con mala fe por los delincuentes? ¿De verdad no es posible castigar severamente a los falsarios? Cuatro golfos jugando con la autoridad es un cuadro imposible de entender para el ciudadano medio.

Estatuto salvavidas

Ni más ni menos que “el cinturón de seguridad andaluz en la crisis” dice la presidenta Díaz que ha resultado ser el actual Estatuto de Autonomía. ¡ Y por su parte, una portavoz del PSOE sevillano esgrimía antier el bodrio estatutario para reprocharle el PP que, en su día, lo aprobara “a regañadientes”. Ah, ¿y cómo lo aprobó Guerra –que presidía la comisión en el Congreso—habiendo declarado antes, alto y claro, que esa reforma estatutaria no interesaba más que a ciertos políticos? ¿No se acuerdan ya de la nariz pinzada con que Joaquín Leguina trataba de justificar su voto aprobatorio a pesar de su profundo desacuerdo? Entre el absurdo y la mala memoria, la “nueva clase” se disputa a sí misma el récord de tonterías.

El sabio silente

Mi amigo Jorge Campos –en realidad se llamaba Jorge Renales–, el viejo precoz represaliado de la JSU, fue uno de esos sabios íntimos, que dedicaron si vida en la postguerra a ganarse la vida con su discreto trabajo, en su caso trabajando en la editorial Taurus de la mano de García Pavón,  pero sin dejar su obra editora sobre autores románticos –su edición de Larra en la B.A.E. es de referencia obligada—ni perder de vista a sus contemporáneos. Mi estrecha relación con él se produjo con motivo de la edición de primer trabajo –“La idea de sociedad en Valle-Inclán”—en aquella editorial que entonces ya dirigía Jesús Aguirre y en la que destacaba brillante un joven José María Guelbenzu que acababa de publicar una novela de tan considerable acogida como “El Mercurio”.

Jorge anduvo un tiempo enredado con unas “Conversaciones con Azorín” –acaso la más fina aproximación al maestro del 98– y con ese motivo y mis propias aficiones –yo preparaba un malogrado texto sobre la escritura azoriniana—me invitó un día a visitar al gran escritor en su piso de la calle Zorrilla (creo que hoy visitable como museo) donde el maestro nos recibió con una amabilidad gélida y cortés, sin perder en ningún momento su inquietante sugestión de esfinge parlante. ¿Por qué insistía yo en llamar a La Cierva, su protector, “Mano de hierro”, por qué hacía caso al famoso “¡Muera Maura!” de la golfemia valleinclaniana?, me preguntaba no sin alguna severidad. Recuerdo mi embarazo  pronto auxiliado por la voz conciliadora de Jorge quien poco menos que me entronizó como el gran azoriniano de la nueva generación, como recuerdo el gesto apenas insinuado de Azorín mientras nos señalaba libros sobre los anaqueles de su estupenda librería. En el silencio de la casa, creímos entrever por un instante, tras los pasos de una sirvienta, la silueta de doña Julia Guinda, la esposa veneranda del escritor. Azorín hablaba despacio y con una entonación leve, muy lejos ya de aquel jovenzuelo anarcoide del paraguas rojo que trataba de epatar a la Corte recién llegado de sus sueños levantinos. Vi luego a Azorín, varias tardes, en el cine Bellas Artes, acompañado como era habitual de Aurora Bautista, y asistí, en la primavera del 67, a su extraño sepelio en el que, junto a la áspera presencia de no pocos jóvenes, se multiplicaban los coches oficiales. Menos Valle, la Generación del 98 echó a andar por la izquierda y acabó en la derecha. Lo certificaba el propio Arias Navarro en aquella presidencia del duelo.

Nuestra historia

Llevan razón los profesores de Secundaria en que el programa de Historia, ni ningún otro, debe ser cambiado en Febrero como acaba de hacerse. Ahora bien, eso de que nuestros alumnos sólo estudien nuestro pasado más que a partir de los Borbones –exactamente desde 1700—ignorando el pasado remoto e incluso la gran época nacional, carece de sentido. Bastante desgracia tenemos ya con que en España cada taifa enseñe “su” Historia sin excluir su falsificación. Que lo dejen para el año que viene si acaso, pero es evidente que sin conocer las épocas antiguas –el Medievo, el Renacimiento y el Barroco– ni entenderemos el pasado ni llegaremos pertrechados al futuro. Un país que no conozca su origen es improbable que entienda su presente.

Batas blancas

Una vez más salta la noticia de una proeza clínica realizada en nuestro sistema público de salud. Se trata, en este caso, de la colocación de una válvula en un corazón infantil accediendo a él a través del hígado, proeza conseguida por un equipo médico de un hospital sevillano. ¿No les parece que no se compadecen estos señalados éxitos médicos con el caos burocrático que entorpece la función asistencial? Tenemos un buen sistema de salud, de acuerdo; pero, ojo, por mérito del personal de bata blanca. Y una administración pésima, por completo atribuible a los “manguitos” de la Junta. La paradoja deja claro que donde falla la sanidad de la Junta es la Junta misma. “Suum cuique tribuere”, decían los romanos. Pues eso.

El sillón vacío

Háganse a la idea porque la cosa no tiene remedio: la autonomía andaluza habrá de recorrer el año como gallina sin cabeza mientras su presidenta se dedica a lo suyo, que es…, pues eso, “lo suyo”. Sus viajes a León, a Madrid, a Valencia, y los que te rondaré, morena, demuestran que lo que a Susana Díaz importa es su ansiado liderato y no los problemas que afligen a los andaluces. Y cuenta, además, con el respaldo ilusionado o al trágala, de la mayoría de quienes tienen peso en el PSOE, por no hablar de algún caso de histerismo como el del ex-ministro Abel Caballero. La autonomía puede esperar porque ella y su pretorio saben que la ocasión la pintan calva. Un sillón vacío, pues, y una inimaginable quiniela para la sucesión por rellenar.