Almitas de Cántaro

Aún sin reponernos del bochorno del “referéndum” feriante nos llega la noticia de un nuevo macrojuicio, el de Invercaria, otro chiringuito trucado de la Junta que en esta ocasión involucra a dos ex-consejeros, un par de secretarios/as generales y tres ex–presidentes/as de la casa investigada, incluyendo al inevitable sobrino del ex–Presidente González que, al parecer, actuó también como “trabajador fantasma”. “¡Almita de cántaro” –le dijo una ex-presidenta al funcionario que le sugirió hacer las cosas legalmente–; ¿Pero tu dónde te crees que estás metido?”. Y añadió. “Si no hay un plan de inversión, se inventa”. No querían una “causa general”, pero, al final, van a tenerla aunque sea troceada.

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A dónde vamos

Este verano ha apretado el calor hasta encender luces rojas por todas partes avisando de un posible cataclismo planetario. No ha faltado quien interpretara el pacto medioambiental firmado en China como una decisión tomada secretamente en vista del creciente alarmismo de los científicos. Tarde o temprano había que reconocer los riesgos de este desenfrenado modelo de desarrollo material y, con ello, cuestionar el mito de la inevitabilidad del progreso.

Un cuento me parecía oír cuando mi abuelo nos hablaba del primer tren que atronó la flamante estación de su pueblo y aún recuerdo el relato que mi padre me hacía sobre la llegada de la luz eléctrica al suyo. Yo vi perplejo el desembarco del hombre en la Luna y nuestros hijos tuvieron noticia del descifrado del genoma o la hazaña de es colisionador de hadrones que dicen que ha topado con la hasta ahora hipotética “partícula de Dios”. Sólo Dios sabe lo que llegará a ver mi nieto en este vertiginoso proceso, pero sospecho que no se va a librar de la evidencia de que el progreso material poco o nada tiene que ver con el axiológico, tal como lo entrevió san Agustín y enalteció Joachim de Fiore: el éxito materialista no tiene por qué ser compatible con el avance moral.

Es probable que la odisea científica y tecnológica siga su órbita independiente del adelanto moral. O que ambos desarrollos cojan el paso hasta dar en aquel “reino feliz de los tiempos finales” que soñó el utopista. Bajo la canícula reciente hemos contemplado más bien lo primero y a punto hemos estado de convencernos de la fatalidad de esa disociación. Lo que no está tan claro es que si la pasión humana conseguirá acompasar su ritmo a esa ventaja. La duda persiste desde Platón a Max Weber, desde Agustín a Condorcet, desde Fontenelle a Sorel. Caín vaga por el mundo protegido por su “marca” y el lobisome de Plauto es cada día más sabio. ¿Y más malo?

Este verano, bajo el vulturno, nos ha asaltado esa duda razonable. El progreso material no garantiza la mejora humana sino que sugiere el progreso del mal. Hegel propuso la idea de que la convivencia organizada –la civilización, el Estado, en último término– es “la marcha de Dios en el mundo”. Lo que no dijo es que la marcha del hombre podría acaso interrumpirla. Más sabios pero también más peligrosos, seguiremos indiferentes a la amenaza –eso es seguro—por más que vengan veranos tórridos o inviernos glaciales.

Hasta luego

Hace 20 años, cuando las presiones del “régimen” lograron echarnos de Diario 16, Paco Rosell y yo movimos Roma con Santiago hasta convencer a Pedro Jota y a Alfonso de Salas de que una edición andaluza de El Mundo, contando con el magnífico equipo censante, sería tan oportuna como fácil de montar. Lo logramos. El mismo equipo, con refuerzos posteriores, abrió en la información y en la opinión andaluza –y española—una era que duraría dos décadas, siempre como punta de lanza de una crítica política más imprescindible aquí quizá que en cualquiera otra de las Españas. Hoy echamos el cierre –los de aquella aventura, ciertamente– porque, como nos diría Pascal, el corazón tiene razones que la razón (empresarial) no entiende. ¡La vida! En esos largos años me han visto aquí –con mi firma o sin ella— entregado a una ilusión crítica que ha dado muchos frutos –¡pregunténle a los mangantes!–, aportando en mi columna mis múltiples reflexiones y el eco de mis lecturas constantes, incluyendo mi corresponsalía honoraria ejercida desde San Petersburgo a Sao Paulo, desde Atenas a París o desde Londres a Nueva York, ¡desde Venecia!, convencido siempre de que ampliar la mirada le venía muy bien a nuestra sometida Andalucía. Hoy nos vamos, ya digo, lo que sin duda supondrá una grave pérdida para la región –y para España, repito—y un motivo lógico de alivio para los trincones y los vendeburras de toda laya. Dios proveerá.

Uno por aquí y otro por allá, iremos reencontrándonos todos por encima de la destrucción del equipo. Son demasiado buenos profesionales como para que no se los rifen. Aunque el adiós no deje ser sombrío, en especial para los jóvenes que tienen, eso sí, todo un futuro por delante. La opinión perderá un referente insustituible, y ya digo que los corruptos suspirarán aliviados, pero torres más altas se han caído y aquí estamos. Créanme que lo siento más por los chicos del espléndido equipo que por mí mismo, entre otras cosas porque tengo muchas tareas pendientes y me temo que no mucho tiempo. Y también, por tantos lectores como han asumido la relevancia del papel de nuestra edición en esta Andalucía que está donde estaba cuando se abrió la democracia sólo que saqueada por los cuatro costados y poco menos que impune. La lucha seguirá, ya lo verán, porque la vida no se acaba en esa curva del camino que siempre parece la última sin serlo. Y nosotros…, pues nosotros nos reencontraremos cualquier día, ya lo verán también. Por eso les digo tan cordialmente “hasta luego”.

Adiós

He llevado esta pica durante más de 30 años, con no poco reconocimiento, algunas frustradas querellas, más de un gesto torcido y bastantes –al menos para mí— satisfacciones. Nos alojamos aquí tras la destrucción de Diario 16 y Dios dirá dónde caerán nuestros huesos –no se confíen nuestros criticados– cuando pasen las vacaciones, que todo es posible. En unas pocas líneas puede decirse mucho y creo que más de una vez lo ha logrado este breve, tan leído en las covachuelas del poder como en el sosiego del lector independiente. Pero es hora de echar el cierre y lo echamos convencidos de que esta guerra no se ha acabado. Nos vemos, pues. Quizá cuando llegue septiembre.

Querido Diamantino

Me imagino la sonrisa irónica del cura Diamantino –ese alma de Dios, gran revolucionario– contemplando desde su alta baranda la opera bufa que se traen entre manos sus antiguos compañeros aquí, al Este del Edén, él que derrochaba sentido común y astucia en su fórmula inimitable, siempre cura y jornalero, nunca profesional de la agitación. Lo estoy viendo en mi casa refiriéndome, exhausto pero sin sombra de dramatismo, su lucha contra el mal que ya lo acorralaba, a la vuelta de su última campaña del espárrago — ¡tan blando con las espigas, tan duro con las espuelas!–, pagando a tocateja el pan que se llevaba a la boca, no como otros. ¿Hubiera Diamantino asaltado un supermercado como algunos de sus compañeros de entonces que han hecho de la protesta –desde entonces— una descansada profesión? Vázquez Parladé decía cuando veíamos a alguno de ellos escalar en esa pendiente: “¡Ése ya no coge más el almocafre!”. Y así ha venido siendo: el arcaico novecentismo de estas luchas campesinas –banderitas blanquiverdes, botella de agua mineral, cómodo salvocheísmo con sifón– se ha convertido en un remedio pingüe para esos profesionales del disturbio. ¿Qué hubiera pensado Diamantino al ver a un diputado electo al Congreso “okupar” una finca y, probablemente, mañana saquear un negocio, siempre con el carné en la boca? Y por otra parte, ¿puede el Congreso permitirse un diputado salteador, un “padre de la patria” al margen de la Ley? Diamantino, discreto y cazurro, habría sonreído sin decir ni que sí ni que no.

No hay mayor enemigo del activismo ético que la profesionalidad. Poco cabe esperar de quienes viven de esa inútil e injusta factoría de conflictos. Borbolla tapó alguna vez esas bocas demostrando que cierto pueblo, el más radical y el de mayor tasa de paro, había incrementado, paradójicamente, en un año, el saldo bancario medio de sus vecinos y a un alcalde famoso hubo, en otra ocasión, que forzarle con alicates para que devolviera el doble sueldo incompatible que venía cobrando. O Cañamero: todos lo hemos visto provocar a la autoridad, imponer su acracia sobre la ley común, pero ¿alguien lo ha visto alguna vez doblar es espinazo como lo doblaba Diamantino hasta echar el bofe? Lo dudo. Doy por cierta, en cambio su exhibición neorrealista y su impostada comedia parlamentaria, ésa que ya ha estrenado incluso antes de levantarse el telón y con el público todavía buscando sus asientos.

El cachondeo de Pacheco

No sé qué sería de la Junta y de muchos corruptos a estas alturas si sus “casos” los llegan a pillar jueces y fiscales como los que parecen empeñados en cifrar en el ex-alcalde jerezano Pacheco todo el peso de las corrupciones. No hay quincena sin que nos enteremos de una nueva petición de cárcel para ese hoy recluso que dijo en su día –impunemente, por cierto– que la Justicia era un cachondeo. Tendrá culpas cuando lo condenan, no lo dudo, pero, oigan, ¿acaso es el único condenable en este puerto de Arrebatacapas, no acaba de anunciar la juez en plena campaña su intención de archivar la “pieza política” del saqueo de los fondos de Formación? Aquí cada sastre tiene su vara pero nada como el caso de Pacheco demuestra lo asimétrica que puede ser la Justicia.