Sótanos y llaves

Al Vaticano le llueven chuzos ahora por la idea de organizar una exposición de documentos secretos de sus míticos archivos que tendrá lugar en el Museo Capitolino desde febrero hasta septiembre. Habrá que verla, desde luego, aunque doy por descontado que poco o nada hemos de encontrar en esas vitrinas que de verdad llegue a interesarnos seriamente. Siempre que se habla de los sótanos del Vaticano, como decía Gide, se fanrasean enigmas y truculencias que lo más probable es que no le lleguen a la suela del zapato al muñeco de la realidad, como tantas veces me dijo, con su guasa, el padre Javierre cuando yo le daba murga, sabedor de que él conocía no poco la secreta materia que hay acumulada en esos famosos trece kilómetros de anaqueles. ¿Y cómo podría ser de otra manera? Ninguna institución civilizada con el pasado –blanco y negro, vale—de la Iglesia romana, esa espada a la que el papa Gelasio atribuyó tanto poder como a la secular, y ninguna, como es lógico, con tantos misterios y reservas como ella, lo que implica, obviamente, que ni por asomo hay poder vigente con tanto que exhibir ni tanto que ocultar como ella. Ahora, por ejemplo, parece que serán cien los documentos ofrecidos a la curiosidad pública, y que abarcarán desde el consabido proceso de Galileo (al que el todavía cardenal Ratzinger, como puede que recuerden, calificó hace un par de décadas en La Sapienza de “razonable y justo”) a la petición de la camarilla parlamentaria de Enrique Tudor sobre el divorcio de Catalina de Aragón que abriría el proceso que rompió, de aquella manera, la Cristiandad europea. Y susurros sobre el Pío XII de la Guerra Mundial que pueden apostar a que no revelarán nada que no supiéramos ya hace años. Javierre decía haber conocido a algún extravagante que enloqueció trajinando en busca de la verdad sobre la “papisa Juana”, el estupendo invento que interesó a tipos tan distintos como Barbey d’ Aurevilly o Lawrence Durrel, y que Le Goff ha desacreditado definitivamente. Es asombroso comprobar la fuerza que ese legendario apócrifo conserva y conservará todavía mucho tiempo, astutamente estimulado por calculadas filtraciones como la que ahora se anuncia a los cuatro vientos.

 

Nunca revelará el Vaticano sus secretos mayores, ni que decir tiene, como nunca cesarán las leyendas y cábalas que van desde los arcanos templarios a los miedos pontificios frente al genocidio nazi pasando por tantas zonas oscuras. Ninguna institución, insisto, con tanta historia en las espaldas y, por tanto, ninguna con tantos méritos y tantas miserias. De unos y otras nos dejarán entrever, todo lo más, justo lo que menos interese.

Van a por él

Cada paso que se da en el procedimiento contra el juez de Familia Francisco Serrano queda más claro que van a por él. ¿Quién? Ah, eso no seré yo quien lo pronuncie, por supuesto, pero entiendo que no hace falta mucho pesquis para comprende que todo este asunto no es más que un montaje con el que se quiere castigar a ese magistrado por sacar los pies del plato al reparar la normativa que discrimina a los varones y, ya de paso, mandar un aviso a los navegantes para que lo recojan los demás jueces en las desoladas playas de nuestra actual Justicia. ¡Mira que pedirle una fianza millonaria a un juez que está tan tranquilo en su Juzgado y cuya cuestionada resolución ya ha sido paladinamente respaldada por la Audiencia! Van a por él, o todo indica eso al menos. Si todo queda en nada, como es de prever, Serrano habrá pagado ya holgadamente su pena de banquillo.

Olvidos selectivos

Pocos homenajes se están organizando con motivo del bicentenario de don Melchor Gaspar de Jovellanos. Quizá porque no está el horno para bollos “ilustrados” ni para reivindicar a un tipo de hombre público singularísimo y abnegado. Ha habido algunos por su tierra, por Asturias, como era de esperar, pero nada he escuchado por nuestros lares a pesar de que no cabe entender la figura de Jovellanos sin su paso por tierras andaluzas y, concretamente, por aquella Sevilla atestada de personalidades señeras, en la que el sobrevivió como pudo en “la miseria del medio sueldo”, como le confiara a Campomanes, antes de alcanzar su puesto de Alcalde de Cuadra de la Audiencia en el que es fama que tomó, nada más llegar, dos discutidas decisiones: primero, quitarse la peluca reglamentaria y renunciar a un excesivo empaque que obligaba al uso de la gola y las hebillas de plata; y segundo y principal, renunciar a las tasas por juicio (las “dietas” de hogaño), a la que sus colegas lo forzarían a renunciar. ¿Podríamos imaginar hoy siquiera una clase dirigente como la que formaban, junto a Jovellanos, el citado Campomanes, los Olavides o los Aranda, los Ceán Bermúdez y tantos otros que unieron a sus vastos saberes tan grave sentido de la probidad y el deber? Hace poco mi amigo el profesor Moreno Alonso recogía en estas páginas unas palabras de don Melchor sobre/contra la corrupción que explican que hoy más de uno huya de su memoria: “Cuando me puse a reflexionar de qué manera pudieron (los políticos) haber convertido en provecho suyo los caudales públicos, hallé que sólo sería posible por uno de tres medios: primero, alterando el sistema económico de la Real Hacienda y sustituyéndole otro que pudiera dar lugar a manejos y usurpaciones; segundo, acordando algunas sumas, bajo el nombre de gastos secretos, o para objetos de inversión supuesta, para embolsárselas después; tercero, aprovechándose de algunas sumas decretadas para objetos de verdadera y legítima inversión y cubriendo después el fraude con cuentas supuestas y figuradas”. Seguro que le lector no necesita el comentario de texto.

En Sevilla armó Jovellanos su sólida instrucción, aquí estudió las leyes que desconocía, aprendió las lenguas que le permitieron internacionalizar su cultura, escribió sus primeros versos y sus obras teatrales, siempre demostrando que se puede atender al servicio público sin olvidar la cultura, y que, por supuesto, los grandes honores implican severas responsabilidades. Nada de eso, por lo visto, es digno de recordarse en este Patio de Monipodio. La mirada lánguida y nobilísima que supo captarle Goya sugiere quizá que Jovellanos adivinaba ya entonces estas sombras futuras.

Más humo

Continúa el ruido en torno a las declaraciones de renta y patrimonio de nuestros líderes, estrategia suprema para ocultar la crítica situación que atraviesa la autonomía. Con la ingenua colaboración del PP, por cierto, que entra al trapo cada  vez que se lo presentan, mientras la Junta concede ayudas millonarias antes de ser solicitadas a las “empresas amigas” o se dispone a lanzar “bonos patrióticos” para rematar la inasumible deuda, sin plantearse siquiera meter previamente la tijera en el gasto colosal que sostiene al “régimen”. No hay que hacer caso a esos falsos profetas que reclaman austeridad a todos menos a sí mismos. Ni olvidar que los problemas reales son otros. Justamente aquellos de los que la Junta no quiere ni oír hablar.

El rumor virtual

Los fanáticos del Twitter han debido preocuparse ante el incidente provocado por el anuncio espontáneo de un bloguero anunciando el falso asesinato de Obama. Han caído en la cuenta, de momento, de que sustituir la información por el rumor puede ser muy divertido pero entraña evidentes peligros en las inevitables manos de irresponsables o hideputas. Y menos mal que en USA ha bastado con un desmentido y una aparición en la pantallita para aliviar el susto que ha estado a pique de un repique de derivar en soponcio en aquella nación que tanto sabe, por desgracia, de magnicidios y conjuras, pero en China el Gobierno ha debido recurrir a la censura de Internet –bloqueando toda consulta sobre el nombre de Jian Zeming o los conceptos “secretario general” o “infarto de miocardio”—para cortar por lo sano el rumor sobre la muerte del primer ministro y prohibiendo a los medios de comunicación ocuparse de ese tema salvo para difundir las versiones oficiales. Hay que admitir que, junto a la fantástica capacidad comunicadora de esas redes sociales, el funcionamiento incondicional del rumor entraña riesgos imprevisibles que superan con mucho los inherentes a la noticia convencional por más problemática que ésta pueda resultar circulando por esas redes. No se puede negar la revolución que ha supuesto la eventual conversión de cualquiera en informador –como pudo comprobarse cuando un internauta yanqui difundió la noticia de la muerte de Bin Laden antes de que la anunciara la Casa Blanca, por ejemplo–, pero habrá que admitir, por la cuenta que a todos nos trae, que al prodigioso invento le falta una marea para que pueda constituirse sin mayores problemas en la panacea de una comunicación ecuménica. Hay hackers que han hecho quebrar un banco a miles de kilómetros o incluso que se han paseado virtualmente por el laberinto secreto del Pentágono, pero eso no es nada todavía si pensamos en la situación que puede derivarse de la consagración definitiva del rumor en detrimento de la noticia. La información debe ser un bien acreditado y controlable. El rumor no tiene reglas.

 

Estos entusiasmos postmodernos son inevitables, sin duda, lo que en absoluto supone que no entrañen tantos riesgos como ventajas, y seguramente por esa razón acabarán forzando algún tipo de control por mucho que se predique contra la censura, cuyo concepto peyorativo, dadas las circunstancias, tal vez haya que revisar. Sólo hay que aguardar otras ocurrencias como las comentadas, confiando en que la discreción baste para paliar sus efectos, pero indefensos, en el fondo, sobre su alcance. Si esas redes se convierten en campo de batalla no duden que acabará estallando alguna ciberguerra.

La Junta tuerce el brazo

El consejero de Educación parece que apuesta fuerte por volver a la olvidada “clase de lectura” en que se criaron los párvulos de tantas generaciones. No le falta razón, desde luego, dada la insolvencia comprobada de nuestros escolares a la hora de comprender un texto, y menos si reconoce, como ha hecho, que Andalucía tiene “una necesidad clara de mejora”. Lo que no sabemos es si eso resultará suficiente para compensar nuestra pésima posición en el conjunto español, en el que ahora ocupamos posiciones nada envidiables según todos los informes, incluido el del propio Ministerio. Esta Junta –su partido—lleva más de treinta años gobernando esa educación fracasada. Que dé señales siquiera mínimas de admitir la realidad ya supone un logro considerable.