Postales blancas

Vuelve el frío. Es el regalo siberiano que se presenta cada año de improviso compitiendo con el anticiclón, la postal blanca, tan desconocida en los países del Sur como prestigiada por las estéticas bien acomodadas. Los “ecolo” y otros sectarios hablan del cambio climático como si no supiéramos que entre glaciaciones caben heladas invernizas que multiplican las hogueras y hacen que los pueblos perdidos huelan desde lejos a leña quemada, al tiempo que congelan las cosechas y escarchan las naranjas nuevas. En manos de Brueghel, la postal nos muestra el delirio de los patinadores que hasta en el Támesis podían verse también en el XVII y que en la fotografía moderna aparecen como vencejos glaciales raseando el Danubio helado o el Lena tras el Palacio de Invierno. El frío descubre el clasismo de la Madre Naturaleza, que reconforta allí donde hay abundancia y deja desolada la tundra en la que el vodka sustituye al pan y en la que, ay Dostoiewski, las viejas hacen cola arrebujadas en la bulla ante el samovar callejero. El año pasado esa postal blanca divirtió a holandeses y noruegos pero se llevó por delante a más de trescientas criaturas, más los millares a las que acabaría, seguramente, reventando el hígado. Este año ya hablan en Francia de recurrir al embargo de edificios desocupados pertenecientes al “gran dinero” en caso de que “la maison de Dieu” no de abasto a tanto acogido, y aquí mismo, en España, hay puñaladas por un rincón en el cajero automático donde dormir la mona bajo la pila de cartones, mientras, cómo no, en los Países Bajos la juerga invita a todos al gran ballet los domingos por la tarde y en Suiza o en España arde el negocio de las pistas de nieve. El mitologema navideño, ahora cuestionado por el Papa, tiene en su inverosímil postal blanca uno de sus mayores atractivos, pero en la realidad de la vida las cosechas se hielan y los pastores tiritan al son de la zanfoña con el estómago vacío. El frío no es igual para todos. En fin de cuentas, casi nada lo es en esta vida.

Y sin embargo, el frío tiene su público y hasta su poesía. Ahí está Baudelaire evocando los “agudos placeres” del “implacable invierno” en un verso vecino al que habla de los “inviernos fúnebres”, hijuela del viejo villancico sublimado en el alambique de la bohemia urbana pasada por el ajenjo. Frente a los climas el hombre no es unánime ni, si me apuran, justo. Las noticias de muertes que estos días nos alcanzan vienen sin remite en una blanca postal.

La crisis médica

Mal momento es éste para que los médicos ganen la batalla que, con todo el derecho del mundo, han emprendido contra la autocracia de la Junta, pero menos probable aún es que la acabe ganando esa consejera desconsiderada a la que ya abuchean en público con las peores epítetos. Los que van a perder son toda seguridad son los pacientes, lo sufridos andalucitos de a pie con contemplan atónitos el pulso emprendido. Los médicos llevan razón cuando aducen que los feroces “recortes”, huy, perdón, los “ajustes” perpetrados por el cogobierno andaluz deberían ser aplicados en otros capítulos, sin ir más lejos en la comprometida liquidación de la Administración paralela creada por Chaves y Griñán, pero pueden ir haciéndose a la idea de que esa consejera tiene un conflicto para cada solución.

La última trompeta

De nuevo reaparecen los avisos milenaristas que nos previenen sobre el fin del mundo que tendrá lugar –según dicen que dicen los códigos mayas—el próximo 21 de diciembre. La antropología precolombina ha sido desde hace mucho terreno casi exclusivo de los sabios franceses –los Jacques Soustelle y así—cosa que, por cierto, no encajan demasiado bien los mexicanos, que también tienen figuras eminentes en la disciplina, pero aún así los que verdaderamente resuenan en los medios como un eco lúgubre son las voces espontáneas que anuncian una y otra vez el fin del mundo. Ahora mismo acaba de anunciarse la inminente salida al mercado de una edición de “Les trois codex mayas” al cuidado de otro experto notable, Éric Taladoire, seguramente pensando en la curiosidad que la proximidad de la fecha pudiera repercutir en la ingenua demanda. Esos “codex” no son sólo los tres que Cortés envió al Emperador, por lo visto, pues se presume que, posiblemente, anden por ahí o se hayan perdido al menos una docena de ellos, lo que, sin duda, supondrá un escollo grave para los descifradores que se dejan las pestañas sobre ellos ahora ayudados por el ordenador. Lo cierto es que en los que ahora ha publicado Taladoire no hay ni la más leve mención a ese anunciado apocalipsis, ya que no son más que obras de escribas que tratan de cálculos sobre los tiempos, ciclos y otras predicciones, y que van dirigidas a los adivinos, por más que, por desgracia, no fueran finalmente descifradas por Champollion que, en pleno auge de su fama, es decir, tras descifrar la “piedra de Rosetta”, proyectó ir a América para investigarlas. Son tantos los avisos apocalípticos que hemos padecido en este último decenio que pareciera que el hombre tiene prisas por liquidar este “mondo cane” cada día más apocalíptico, ciertamente.

Es curiosa esta apertura de la imaginación humana a la idea del fin del mundo, estudiada en culturas tan distintas como la cristiana o la melanésica, por gente de la talla de Norman Cohn o Peter Worsley, y más curiosa si cabe, la credulidad que de vez en cuando florece como un fruto inmaduro de esa que Steven Mithen llamó “arqueología de la mente”. El cristianismo, como va dicho, encierra su peculiar relato milenarista, tradicionalmente atribuido a Juan, y en ello acaso estriba la explicación del éxito que esas doctrinas suelen tener en Occidente. Ortega mismo escribió su tesis sobre el asunto del año 1000 y se ocupó luego de que no quedara ni rastro de ella…

Discrepancias con base

Vaya vergajazo que le ha aplicado Luis Carlos Rejón a esa Izquierda Unida llamada en su día por sus críticos “Izquierda Hundida” y ahora “Izquierda Vendida”. Sostiene Rejón que en la coalición que él mismo lideró en su día, prima en este momento “la táctica ramplona sobre la estrategia política” y califica de “cantinflada” los manejos de Valderas y el señor que presidió la comisión parlamentaria investigadora de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas. Parece que la Izquierda vive hoy en el autoexilio, repensando planes como Anguita o escribiendo catilinarias como Rejón, pero a una distancia sideral de la que cobra en la nómina de las instituciones. “Porca miseria”, clama Rejón. Seguro que no estaría pensando en esas cobranzas.

El pozo del saber

Con creciente frecuencia se publican por ahí, incluso en órganos bien prestigiosos, noticias sobre descubrimientos científicos tan divertidos como peregrinos. Hace más de treinta años, había quien se reía de los trabajos que mi amigo Ginés Morata traía entre manos bombardeando enjambres de moscas drosophilas a las que la radiación alteraba su morfología –las he visto con alas en la cabeza u ojos en el dorso–, guasas que supongo habrán cesado tras llevarse Ginés por delante los más preciados premios de la especialidad e incluso el premio Príncipe de Asturias. Pero, en general, parece que sería conveniente un cierto orden acordado por la comunidad científica internacional capaz de determinar algo así como un plan que determinara prioridades y evitara el despilfarro en memeces. Estos días hemos sabido que unos sabios de la universidad de Granada, expertos en termografía, han descubierto y confirmado ciertos cambios térmicos del cuerpo humano que no serían sino reacciones provocadas por la actividad mental. Lo más llamativo en este caso es el hallazgo de que la mentira hace descender la temperatura de la punta de la nariz –obsérvese la intuición del autor de Pinocho—o que cuando una bailaora levanta los brazos taconeando al mismo tiempo, resulta que se le enfrían los glúteos y se le calientan los antebrazos, efecto al que nuestros sabios han denominado “huella térmica” del flamenco, advirtiendo que cada baile tendría su propia huella. Y, hombre, uno es lego, y por eso no me atrevería ni a insinuar la crítica a unas actividades que, en tiempo de austeridad general, acaso podrían considerarse aplazables cuando no expletivos.

Un sabio de mayor cuantía como José María Delgado me tiene explicado esas alteraciones de manera muy convincente. Él mismo ha concluido en su laboratorio de la Olavide sevillana que el cerebro de los ratones, al igual que el humano, aprende por observación, lo que a lo mejor explica que los sabios chinos proyecten a los pandas películas “porno” una vez descubierta la frialdad sexual de esa especie y confirmado el hecho notable de que sus cachorros se esconden disimuladamente en la fronda para observar los raros apareamientos de sus mayores. ¿Qué para qué sirve todo eso? Bueno, eso no lo podrían contestar más que los propios sabios, en tantas ocasiones discordes entre ellos. Al peatón le queda sólo asomarse a ese pozo profundo y pagar puntualmente su cuotaparte en los impuestos.

México lindo

La implosión nacionalista está volviendo majareta a este perro mundo. Mwe referí hace poco a las pretensiones separatistas de algunos Estados integrados en USA –lo que, en cierto modo siega la yerba bajo los pies al federalismo forzado de Rubalcaba y cía.—y hace bien poco que Luis Olivencia nos ha contado el caso extraordinario del proyecto secesionista que pretenden algunos en Baviera, consistente en volver a la vieja monarquía o principado, osada maniobra estando tan cerca como está todavía de la unificación de Alemania. Es posible que sea la globalización y cuanto ella ha traído de bueno y de regular, el disparador de este sentimiento terruñero que ha despertado en tan poco tiempo lo mismo en Eslovenia que en Cataluña o en Chechenia, acaso porque los pardillos del localismo saben que el nacionalismo suele ser un negocio pingüe para sus manijeros o tal vez porque la Humanidad no se verá libre nunca de esos que mueren por ser cabezas de ratón antes que cola de león. Hay una excepción notable, sin embargo, y es la del nuevo Presidente mexicano, Felipe Calderón, que proyecta cambiar el nombre oficial que lleva el país desde 1824, es decir, “Estados Unidos de México” y dejarlo sólo en México, que siempre entrará mejor en la letra de los corridos y que, en cierto modo resulta más expuesto a una eventual desintegración. El nacionalismo es una enfermedad senil, ya se sabe, que se contagia fácilmente incluso a la juventud por lo que tiene de mítica su única substancia, y a los poetas por lo que contiene de idealismo baturro, pero en lo que se suele ocultar es la sangre que han costado esos manejos a través de la Historia.

Hoy vivimos, y no sólo en Europa, la paradoja de un potente impulso unitarista secundado, en plan discordante, por los cantos de sirena de esos que Unamuno llamaba “políticos de campanario”. Calderón es una “rara avis” que seguramente quiere adelantarse a eventuales aventuras en un país tan bravo y que con tanta facilidad tira de pistola, y puede que lleve razón visto lo visto, sobre todo teniendo en cuenta el más o menos inminente relevo de hegemonías que nos llevarán a un planeta por completo diferente del que conocemos desde la Antigüedad. ¡Imaginen lo que sería una situación de insurgencia desde Chihuahua a Moroleón! Es posible que del modelo español ande pendiente más de un camorrista foráneo dispuesto a vender una patria compartida para comprarse una particular.