Tambores de guerra

La índole mítica de los nacionalismos desemboca con frecuencia en desórdenes mentales, principalmente en estallidos de paranoia, espontánea o calculada, que los buhoneros del miedo tratan de contagiar al pueblo llano. El otro día he tenido ocasión de asistir en el programa de Carlos Herrera a una increíble entrevista con un diputado de la izquierda catalana, uno de los cuatro que han solicitado a la UE que “impida” la invasión militar de Cataluña. Con Carlos a punto de perder su flema, el diputado, cuyo nombre no recuerdo, bregó desenfrenado exponiendo las razones de su alarma, entre las que dio mayor importancia a la aguda observación de que ciertos vuelos militares cruzaran, como de costumbre, lo que él llamaba “espacio aéreo catalán”, es decir, propiamente, el espacio aéreo español. Herrera que es perro viejo y conoce al dedillo la circunstancia catalana trató de darle vidilla al paranoico aunque sin el menor resultado porque, como es sabido, cuando un tonto coge una linde, como la linde no deja al tonto, no hay nada que hacer. En la mitología secesionista se encubre una falsificación absoluta del militarismo español que, ciertamente, le dio un repaso a Barcelona en varias ocasiones, pero no tanto a causa del separatismo antiespañolista sino de conflictos complejos como el del “Corpus de sangre” –sobre el que Elliot ha puesto punto final a la discusión—, el derivado de la parcialidad del Principado al elegir el bando del Archiduque en lugar del de el Borbón o, ya más cerca de nosotros, la famosa frase de Espartero no menos grave que el repaso que hubo de darle un catalán como Prim, por no hablar de la toma de la capital por Franco –celebrada triunfalmente al menos por media Barcelona—que en nada se diferencia de las tomas de otras ciudades en el contexto de la Guerra Civil. Lo malo de los mitos es que poco puede contra ellos la Razón y que una vez arraigados ya no quien los arranque, como la raíz del tojo.

A esos cuatro extravagantes no poco fantasiosos no habrá mucha gente, fuera de necios como ellos mismos, que los crea, pero aún así, su denuncia revela hasta qué punto la mistificación de la realidad puede trocarse en paranoia. A nadie se le ocurriría hoy que es posible un conflicto armado en España y ellos lo saben. Pero sigue funcionando, o ello se pretende, el aviso del refrán “calumnia que algo queda”, fuera o no Bacon quien lo ideara. Que la guerra del Nou Camp se les haya quedado corta, no justifica la invención de otra guerra inverosímil.

Saltarse la Ley

El presidente de la Diputación de Huelva, Ignacio Caraballo, que es, además, secretario provincial del PSOE onubense y del Patronato de Turismo (en fin, no todo el mundo es cuñado del portavoz regional del partido…) ha defendido en público lo que él llama una “amnistía”, es decir, la legalización de los pozos ilegales perpetrados en el entorno que del Parque Nacional de Doñana, y lo ha hecho con el argumento de que el Gobierno del PP habría hecho lo propio con ciertos empresarios. ¡El responsable máximo de la provincia proponiendo saltarse la ley! No sé qué tendrá que decir IU, tan rojiverde, que es quien mantiene en su cargo a ese ilegalista, pero sospecho que no dirá nada. Para unos y otros la aplicación de la Ley sólo es necesaria cuando los beneficia.

Sobre ruedas

No he acabado de entender, en su intrincado pormenor, el lío del “caso Armstrong”, líder decapitado del ciclismo, un deporte, seguramente interesante, pero del que a un servidor sólo interesa el paisaje. Expulsar del negocio a quien durante años ha sido su más brillante cabeza, sin una sola prueba, al parecer, sino con los testimonios prestados contra él por un puñado de colegas, sabe Dios por qué causa y razón, que le acusan de haberse dopado igual que ellos, me parece una operación que no encaja en ningún tipo de procedimiento razonable de enjuiciamiento civilizado. Ahora bien, hacerlo a pesar de reconocer que al desposeído le habrían hecho en su vida deportiva el ciento y la madre de controles sin detectar indicios serios de dopaje salvo en un caso que, también al parecer, fue olvidado a cambio de un importante donativo por parte del corredor, me resulta ya escandaloso. Hemos dicho y repetido que la droga, de la naturaleza que fuere, ha acompañado siempre a la competición –en los Juegos Olímpicos primitivos los atletas griegos no escatimaban las pociones estimulantes–, aunque haya que admitir que los procedimientos actuales resultan verdaderamente draculinos. Pero aparte de la arbitrariedad procesal aplicada al famoso ciclista, lo cierto es que las autoridades encargadas de combatir esas prácticas peligrosas están demostrando una insolvencia que, los casos de Marta Domínguez y Alberto Corredor, han demostrado sobradamente. Sospecho que no hay hijo de vecino que no diera positivo en uno de esos controles habida cuenta de la ubicuidad de esas sustancias dopantes que lo mismo se venden sin receta en las farmacias que vienen en un inocente solomillo. Arruinar a un campeón tan singular en las circunstancias en que se ha hecho, me parece a mí que perjudica más que a nadie al ingenuo sistema con que se pretende depurar el deporte a pesar de su repetidísimo fracaso.

Lo que a mucha gente nos parece es que tal vez lo que sobra son esas federaciones y confederaciones millonarias que saben de sobra que el dopaje es moneda común del deportista como lo es en la del ciudadano peatón. Sabe Dios lo que se meterán en el cuerpo (y quién sabe si en sus bolsillo) los jueces de esos jurados tan severos que tal vez no han comprendido o no quieren comprender que su tarea es como tratar de vaciar el mar con el cubo del que hablaba san Agustín. Esta aporía se resume en la pregunta de quién coños controla al controlador.

¿No hay caso?

A pesar de lo que sabemos ya sobre el “caso Invercaria”, el portavoz de la Junta ha anunciado a los cuatro vientos que, por el momento, no hay tal “caso”, lo que, probablemente, no obsta para que esa Junta se “persone” en las actuaciones judiciales por la que pueda caer. Es siempre lo mismo: tampoco había caso Filesa, ni caso GAL, no caso Lasa y Zabala ni tantos otros que luego fueron tan gravemente reconocidos y sancionados por la Justicia. Pero el de Invercaria, como el de los ERE, han revelado ya que la gestión de la Junta ha sido durante por lo menos diez años, todo menos impecable. De que aquí se dilapidado y se ha mangado a dos manos no cabe ya duda razonable. Que Griñán apure la presunción de inocencia, no tiene nada de particular.

La culata gallega

Supongo que el politburó de Rubalcaba estará lamentado a lágrima viva la ocurrencia de empotrar en la lógica de la pasada campaña gallega la idea de que votar al PP suponía apoyar la política de ahorro aplicada desde Madrid por Rajoy. Hay que extremar el cuidado a la hora de disparar porque balas como ésas suelen salir con frecuencia por la culata, que es lo que le está ocurriendo al PSOE desde la tarde-noche del domingo, pues la victoria de Feijoo y el descalabro del PSOE, a tenor de la advertencia de Rubalcaba, está siendo interpretada, incluso por los comentaristas más próximos, como un éxito de Rajoy e, incluso, como un visto bueno general a la austeridad impuesta no por el Gobierno sino por la crisis. En Francia cunde la idea de que lo que llaman “austeridad socialista” –los “recortes” y cargas fiscales que está prodigando Hollande—cae a plomo sobre las espaldas de las sufridas clases medias, ésas grandes creadoras de empleo, es decir, justo lo mismo, pero al revés, de lo que aquí denuncian los sociatas. Lleven razón al derecho o al revés, las interpretaciones partidistas al denunciar el perjuicio de las clases medias, lo que parece claro es que nadie acaba de entender en profundidad esta crisis feroz del Sistema de mercado, empeñados como están todos, por la derecha y por la izquierda, en ponerle nombre y rostro a los presuntos culpables de esta infamia especuladora cuyos autores son, naturalmente, anónimos. Lo demuestra que la misma bala de plata que el PSOE emplea en España contra el Gobierno liberal, vale a los liberales franceses para poner a caldo a sus socialistas. Las crisis, como el “Fantomas” de nuestra postguerra, carecen de nombre y de cara. Quien no acabe de entender eso no comprenderá nunca lo que aquí está ocurriendo y menos el origen y alcance sistémicos de nuestras tribulaciones.

Las elecciones gallegas las ha ganado Feijoo para Rajoy gracias, en buena medida, a la ayuda de Rubalcaba, que quiso hacer de la capa española un sayo para los gallegos disparando a quemarropa la razón que puede que acabe señalándole a él mismo la salida, no de la crisis sino de la política profesional. Alguien tan ajeno a estas porfías como Lawrence Durrell le dijo en una carta, creo que fue a Henri Miller, que la demagogia era necesaria pero que había que dosificarla con el mayor tacto. Para que vean las ventajas de la perspectiva y, de paso, el alcance de la perceptiva literaria.

Democracia suspendida

El presidente Griñán, cada día más mediatizado por IU que está sabiendo aprovechar la debilidad de su socio de gobierno, ha decidido sumarse a la insensata huelga general convocada, a pesar de que cuando se le propuso lo mismo en la huelga contra Zapatero, se negó con el argumento de que “la democracia no se suspende”. Hombre, lo probable es que muchos diputados ociosos ni se enteren del caso ni noten la diferencia entre estar en el bar del Parlamento o estar en el de la acera de enfrente, pero eso no significa que otros muchos renuncien a suspender la democracia por un día. La mayoría minoritaria del PP tendría que exigir a las dos minorías coaligadas que, al menos, dejen la puerta abierta para los que quieran trabajar.