El pan de cada día

Otro alcalde de la buena vida, que es la mala. Es el de Benamejí, pueblo cordobés de 5.000 habitantes, cuyo monterilla, José Ropero (PSOE) parece ser que ha cobrado 40.000 euros en concepto de dietas infladas. Claro que ese alcalde dirá que si se ha ido de rositas, por prescripción de su televisivo cohecho, aquel compañero suyo que dio la vuelta al ruedo del telediario contando el dinero de la coima, o aquel otro que pagó con la Visa oficial los exclusivos servicios de un prostíbulo, lo suyo es “pecatta minuta”. Los corruptos, descubiertos o no, han popularizado para estos casos la expresión “chocolate del loro”, pero la verdad es que, la suma total de estas truhanerías debe ser un grave factor de peso en la ruina que padecemos. Que padecemos digo, porque ellos viven como jamás soñaron vivir.

El hombre volador

Entre el negocio y la investigación, hay y ha habido siempre una íntima relación que, sin embargo, no suele ser reconocida. Hoy sabemos bien que la aventura del viaje a Luna, por ejemplo, ha dado de sí lucrativos resultados prácticos para la industria que ha descubierto, a través de ella, nuevos materiales y una copiosa información sobre otros variados aspectos utilitarios. ¿Por qué y para qué –se preguntaban los hipercríticos del Renacimiento—anda Leonardo perdiendo el tiempo a base de dejar caer pesos desde la Torre Inclinada o de estudiar absorto el ir y venir del incensario, para qué reclamaban Vesalio y tantos otros el dudoso placer de diseccionar cadáveres? Estos mismos días asistimos a una intensa campaña de escépticos que pregunta con las del beri qué coños ha conseguido ese hombre supersónico dejándose caer desde la estratoesfera para superar la velocidad del sonido y otros récords en su caída libre culminada felizmente. El hombre es un animal receloso que ni fía ni confía en el experimento en tanto no se ve clamorosamente la punta al negocio vanguardista, y yo mismo fui testigo en mi niñez de la resistencia con que los médicos practicones recibieron la noticia, realmente psicodélica, de que un sabio inglés, y casi por casualidad, había descubierto la capacidad antibiótica atesorada por ciento hongo que se erigía como campeón de la lucha contra las infecciones. Sólo el pueblo llano, más próximo que nadie a la fantasía y al milagro, creyó desde un principio en Fleming. En los bares de putas de Sevilla lucieron durante años retratos del sabio entronizados en altarillos votivos, no les digo más.

Es probable que de la aventura de Félix Baumgartner acaben sacando conclusiones importantes cardiólogos y neumólogos, fabricantes de tejidos resistentes y otros expertos, sin que –también probablemente—nadie se entere del caso y sus beneficios. Pero, de momento, domina la tendencia escéptica, aferrada a su incredulidad y a la espera de pruebas irrefutables, porque la Madre Naturaleza, a salvo casos bien excepcionales, va habitualmente por delante de la Razón humana. El hombre-bala no sale disparado ya por el cañón circense sino que rasga el cielo como esas plomadas conscientes de que está hecho el Progreso, siempre esquivo a la presunción como hija natural de la experiencia. Como la Naturaleza, la Humanidad no avanza a saltos sino tejiendo los hitos que el héroe va conquistando para bien o para mal.

Plató judicial

El juicio de Marbella está convirtiendo al Tribunal en un plató de esos en que la telebasura desgrana la indignidad friqui. Esposas ofendidas y vengativas, leyendas de bolsas o sobres con dinero negro, crónica de la opulencia en que vivieron, a costa del erario público, muchos de esos personajillos y, por si faltaba algo, una tonadillera de tronío haciendo de “la Otra, la Otra”, discreta pero en sesión continua. Por una vez, sin embargo, el morbo es superado por la evidencia de un saqueo sin precedentes que tendría que ser sancionado con una rigurosidad proporcionada al miserable espectáculo que parece un programa más de la zahúrda televisiva. Tantos españoles en apuros a causa de la crisis deberían ser oídos en estas exhibiciones mangantes en las que nadie, pero es que nadie, devuelve un duro.

La invención de Europa

Los suecos de su Academia acaban de conceder el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea. Han hecho muy bien, en mi opinión, a pesar (o precisamente por eso) de que ese galardón haya caído en picado demasiadas veces al concedérselo a auténticos terroristas cuyo listado coronaría Henri Kissinger y los protagonistas políticos del conflicto árabe-israelí, cuando no a ciertos/as cantamañanas que han hecho de él una lucrativa profesión. La idea de dárselo a Europa puede extrañar hoy acaso, en vista de la incapacidad de la Unión para dotarse a sí misma de una capacidad real de intervención que abarque algo más de las cuestiones del mercadeo, pero que tiene gran fundamento al entender, como han hecho los suecos, que la comunidad europea actual ha funcionado como una garantía de la paz en un continente que posee un terrorífico pasado bélico y que durante sesenta años parece haber eliminado entre sus miembros esa odiosa perspectiva. Miren, si no, la crónica europea, aunque sólo sea la de los siglos XIX y XX, y comparen con la actual organización cooperativa cuyos beneficios han tenido extraordinaria importancia por más que, durante esta crisis, el burocratismo y la hegemonía estén proyectando una dudosa imagen entre sus componentes. Europa no es el euro, por supuesto, ni siquiera un proyecto cultural común. Es, sin embargo, una entidad interesante –no faltará quien diga “fascinante”—propiciada, como supieron ver los “padres” del Tratado de Roma, por un hondo sustrato clásico-cristiano ahora traducido en un mecanismo pacificador. Se podrá decir que esta Europa no es una sino dos, que hay una Europa nórdica de primer nivel, y una Europa mediterránea o sureña en la que bracea contra corriente otra casi en vías de desarrollo, pero la realidad es que durante sesenta años a nadie se le ha ocurrido echar mano de la pistola en este (des)concierto cuyos logros son también de gran calado.

La intuición de que la unión de intereses podría funcionar como un mecanismo pacificador tiene insignes precedentes en la historia del pensamiento y hay quien ha llegado a verla implícita en la originaria política griega, y no puede negarse que ha funcionado bien, en la práctica, incluso en la llamada “Europa de los mercaderes”. De ahí que tenga sentido saludar el concierto europeo como trascendental medio para mantener una paz continental que parece haber cortado en seco una sangrienta y milenaria tradición.

La casa gratis

¿Por qué los altos (y no tan altos) cargos de la autonomía han de trincar una indemnización para pagarse su residencia en Sevilla. ¿Tienen ese privilegio un albañil o un ingeniero, un profesor o un periodista? No, por supuesto, pero como en política, ellos se lo guisan y ellos se lo comen, en esa canoa vamos derechos a la catarata. Una “miembra” (dicho sea en homenaje a doña Biviana) del inútil y partidista Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), una tal señora Carmen Fernández Morillo, que vivaquea en ese agradecido machito desde hace siete años, ha declarado que renunciará a ese viático cuando renuncie, a su vez, el Presidente del Gobierno y se vaya de la Mocloa, propuesta tan delirante como cínica. Pero ¿quién se creerán estos afortunados que son? Seguro que en tiempos de Guerra le habría caído encima un palo de no te menees.

Sabios tramposos

No es la primera vez que llamo la atención desde este mirador sobre lo que Federico Di Trocchio ha llamado “Las mentiras de la Ciencia”, entre las que él incluye las que van desde Ptolomeo a Theilhard pasando por Newton o Einstein. Es muy mala la competencia entre sabios –vean el fenomenal el caso del falso descubridor del virus del Sida, Robert Gallo, que llegó a convertirse en una cuestión de Estado entre Francia y USA—que, sometidos al sistema competencial de los famosos “papers”, se dedican a producir bibliografía a toda pastilla en las revistas de culto, en muchas ocasiones faltando paladinamente a las más elementales normas de le ética. Lo último en esta materia es el curiosísimo estudio realizado al alimón por la Universidad de Washington y la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, demostrativo de que el fraude en los artículos científicos publicados en esos púlpitos de la fama se ha multiplicado por diez desde 1975 acá. Fíjense: sólo en los cuatro primeros meses 2011 ha habido que retirar nada menos que dos mil artículos de biomedicina y ciencias de la vida, y desde Proceding of the National Academy of Science se sostiene que las retractaciones a que se han visto obligadas las publicaciones por fraude o sospecha de fraude alcanzan la cifra de 43’4 por ciento de las publicadas, y las retiradas por plagio casi un 10 por ciento, especificando que, dada la complejidad de las materias, lo más probable es que quede por ahí mucha mercancía tramposa colada de matute. La famosa revista “Science”, de la que tanto nos fiamos, ha debido retractarse en lo que va de 2012 de setenta artículos, y el PNSA citado ha debido hacer lo propio con casi 70 publicaciones trucadas. El sistema de los famosos “papers” no es de fiar, evidentemente, tanto como que nosotros, los de infantería, estamos indefensos ante la malicia sapiencial.

Lo malo es que vivimos un progreso científico acelerado que permite a los filibusteros emboscarse entre la multitud de la comunidad científica con sólo colársela a un editor importante que, por supuesto, al ritmo que llevamos, no es posible que lo controle todo por más que se esfuercen sus consultores. Y lo peor es que el descubrimiento de estos camelos confundan tanto al investigador leal como a una legión esperanzada de ciudadanos que esperan que el milagro científico –el de cada uno—llegue a tiempo para ellos. Los sabios también se corrompen por un plato de lentejas.