Vuelve el tragacuras

El anticlericalismo radical es un viejo compañero de nuestra historia política. No hay argumento más oprobioso en la crónica der la Guerra Civil que los miles de asesinatos perpetrados contra los católicos por el hecho de serlo, por más que su lógica fulmínea fuera una herencia mixta de la Ilustración extremada y de la indigencia ideológica del romanticismo ácrata o comunista. Aquellas momias de monjas expuestas ante algunas iglesias fueron, probablemente, las imágenes que acabaron por distanciar de la causa republicana a los países europeos, pero estaban inspiradas por el extremismo sin mejores argumentos. “El Motín” de Nekens nada tenía que ver con los presuntos anticlericales burgueses como Clarín o Pérez de Ayala o con la obtusa agresividad del último Galdós, como saben bien quienes los hayan estudiado, pero fue aquél el que se impuso al radicalismo de unos insensatos que habían sustituido la letra de la Marsellesa por otra que rezaba “Con aceite de linaza/ incendiaremos el país…” o la del Himno de Riego por aquella otra que decía “Si supieran los curas y frailes/ la paliza que les van a dar…” El vandalismo anticlerical y destructor fue una culpa difícil de aliviar para un Estado que mantenía intactos, en teoría, su andamiaje judicial y sus fuerzas del orden, y afortunadamente no fue heredado por las generaciones siguientes que nos vimos implicadas en la lucha contra la Dictadura. Ha sido ZP, ese ideólogo sobrevenido, quien ha permitido la recuperación del comecuras desde una estrategia siempre más cómoda que la que supone enfrentarse a los poderes fácticos que lo hubieran laminado de intentarlo. Y ahí están, en fin, esos salvajes de Mérida que han invadido con violencia un colegio salesiano, acción siempre más fácil, quién lo duda, que invadir una comisaría. Veníamos observando en algunos adultos esa radicalización que ha confundido la laicidad con el laicismo. Lo que no habíamos previsto es ver tan pronto a sus alevines recaer en el antiguo y caro error de sus abuelos.

Que no tengan ellos la culpa principal, sino que actúen miméticamente a partir del ejemplo de sus mayores, no debe contar a la hora de sancionarlos sin la menor contemplación, aunque sólo sea porque ese estrafalario clamor de “¿Dónde están los curas, que los vamos a quemar?” nos devuelve a una selva ya conocida para salir de la cual fue preciso verter demasiada sangre.

Aventura veneciana

A principios de este octubre veleidoso parece ser que los venecianos han podido ver desfilar un cortejo independentista por el Gran Canal respondiendo a la llamada de un un grupúsculo secesionista, primo de la Liga del Norte, que reclama la constitución de un nuevo país que incluiría todo el Véneto, parte de la Lombardía y, cosa que ya me choca más si cabe, el Trentino a más de Friuli-Venecia Giulia. La vieja República de San Marcos, la última ciudad-Estado, el emporio comercial del Mare Nostrum que trapicheó con los turcos, cayó bajo Napoleón, que se enamoró de ella, y luego bajo la bota austriaca, resulta que habría echado sus cuentas y le saldría mejor escapar por la gatera de este frenesí independentista, básicamente xenófobo, que dice inspirarse en las experiencias escocesa y catalana, ya ven qué revoltijo tan antihistórico. Llamo a mis amigos venecianos y me dicen que no me preocupe, que lo único que de verdad preocupa a la fascinadora ciudad, aparte de las controversias sobre el “proyecto Moisés”, es el disparate de la torre de cristal gigante en Marghera, el grave riesgo que supone el tráfico de los grandes navíos por el canal de la Giudecca, la violación modernista del Fondaco dei Tedeschi o las chorradas que expone en la Dogana restaurada ese milloneti Pinault empeñado en pasar por la izquierda artística a la loca estupenda que fue Peggy Guggenheim. ¿Qué puede añadir este desgarro a la Venecia de Byron, de Goethe, de Ruskin, a qué viene romper el ensimismamiento de esos venecianos que Paul Morand entrevió con los ojos dormidos y que Brodski perseguía siguiendo los corredores que los cuerpos abrían en la niebla mientras las campanas imitaban el fino estruendo de una aérea vajilla de plata? El virus del Milenio –el negocio de la secesión– no es probable que prospere con esa Serenísima de pacotilla a la que seguro que la devoraba el león totémico.

No se puede jugar con los milagros y milagros son esas perspectivas pálidas y rosadas empinadas sobre las aguas, esos callejones oscuros en los que se oye apenas el trajinar de los últimos vecinos, el eco débil de los gondoleros, las visiones de Canaletto
o de Guardi junto al prodigio de los cielos de Turner, el rítmico latido del “vaporetto” y la estampa de las gaviotas plantadas indiferentes sobre los palos de los “zatteroni”. No me explico a quién se le habrá ocurrido inventar la independencia para lo que es único de toda la vida.

IU, se raja

Como era de esperar, IU se ha rajado de plano en el asunto de los ERE y las prejubilaciones falsas. El papel de su activa representante en la Comisión parlamentaria, pues, fuera ella consciente o no, eso, un “papel”, un simulacro dirigido convencer a los telespectadores de que IU se proponía llegar al fondo del pantano. Y ya ven que no: a las primeras de cambio, IU se ha “complicado” con el PSOE al lograr que el informe de la Cámara de Cuentas eliminara la explícita y contundente alusión a Griñán y a Chaves como conocedores del saqueo. IU pasa a ser, pues, además de “socia” del Gobiernillo, “cómplice” de su socio. ¿Se le puede pedir a alguien que muerda la mano que le da de comer y los monta en coche? Seguro que Valdera y los valderitas piensan que no.

Despilfarro humano

Le pido a un joven dependiente de la sevillana Casa del Libro un título de Karl Kerényi, el irreemplazable mitólogo húngaro, y antes de que le dé algún dato complementario, el joven se dirige seguro hacia un anaquel, desliza el dedo sobre sus libros, y me ofrece la cuidada edición de Siruela: “Aquí lo tiene usted”. Y sin darme tiempo a encajar el golpe, vuelve a la carga: “¿Le interesa Kerényi? Entonces supongo que habrá leído su libro sobre Eleusis…”. Sin esperar mi respuesta, se dirige con decisión hacia la librería y encuentra la obra. “¡Es formidable! –me asegura. Para mí la mejor explicación hasta la fecha de aquellos misterios”. Ojeo el libro y, en efecto, veo que ofrece un enorme interés, razón por la que le pregunto al joven de dónde provienen sus conocimientos. “Bueno, yo estudié relaciones internacionales y luego viví un año en Atenas. Atenas está abandonada, pero ¿conoce usted el Peloponeso y la Argólida?” Le digo que sí y le hablo de Micenas, esa maravilla donde yace el espíritu de los Átridas en sus tumbas saqueadas. El joven me retruca todavía, sin dejar de trajinar entre libros: “Pues a mí me gusta más Epidauro, con aquel maravilloso teatro desde el que se divisa el mar …”. Dicen que cientos de profesionales formados en nuestras universidades emigran cada día al extranjero, y me conmuevo ante esta generación de nuestros hijos que ya no emigran con maletas amarradas con cuerdas sino en vuelos “low cost”, cuando no se refugian en un empleo local, muy por debajo de sus capacidades. Me temo que estas jóvenes víctimas del mercado no sean apreciados debidamente y entono mi “mea culpa” generacional. No cabe duda de que hemos hecho un pan como unas tortas.

Médicos, ingenieros, arquitectos, emigran en busca de un empleo y menos mal que, al menos de momento, no les exigen, como en Cuba, que antes de emprender su aventura, devuelvan al Estado el coste de su formación. ¿A dónde vamos en este país en el que los profesionales expertos se dedican a vender libros o a trabajar de “negros” para el profesional instalado? Las estadísticas oficiales hablan de miles de activos perdidos cada año en Alemania, en Portugal o en Irlanda, una sangría que no dejará de tener sus efectos en el lacerado cuerpo nacional. Mi joven dependiente podría haber sentado plaza de político y tendría la vida resuelta. Yo lo miro con afecto entrañable. Ya sé lo cerca que tengo un buen consejero para mis aficiones.

Belmonte

¡Cómo sería la estructura de la Administración paralela de la Junta, esto es sus empresas públicas, que la consejera comunista de Fomento y Vivienda, Elena Cortés, hizo una primera poda en EPSA y ahora acaba de liquidar en la misma nada menos que a 30 directivos! ¿Cuántos tenía, pues? No creo ni que se sepa, pero la consejera Cortés, les ha suprimido, encima, las cesantías y las indemnizaciones por considerarlas privilegios injustificables. Lo que no sé es si, como hizo en su día el PA, procederá luego a sustituir a los destituidos por personal afecto a IU. Yo no lo creo, en principio. Lo que sería interesante es que la coalición exigiera a Griñán un repaso general a ese monstruo insaciable que es la nómina de militantes, familiares, amigos y otros deudos.

El extraño regreso

Más allá del estrépito provocado por los nacionalismos españoles hay que convenir que el legado del siglo XX ha consistido en una pulsión secesionista acaso comparable a la agregativa que vivió la Europa renacentista. Los últimos casos son el planteado por al acuerdo alcanzado entre Escocia y Gran Bretaña sobre una posible independencia, y los tristes zarpazos del terrorismo corso que se las trae tiesas con el jacobinismo francés, además de los éxitos sucesivos del bando flamenco que mina la unidad belga. La Yugoeslavia forjada por Tito se ha deshecho en un mosaico de tono romántico en el que todavía bracea Macedonia y viven como pueden croatas, serbios y bosnios, mientras que checos y eslovacos han roto el nudo que los mantuvo a flote durante el siglo pasado. La liquidación de la URSS se ha hecho ensangrentando el panorama en Chechenia tras abandonar Ucrania a una suerte incierta. Hasta las Azores tratan de romper el viejo lazo portugués como estrambote de una tendencia regresiva que trata de deshacer la obra de la Historia justo cuando, un poco por todas partes, tratan de constituirse grandes agrupaciones para sustituir al diseño soberanista de la Modernidad por unidades supranacionales acordes con las exigencias de un planeta globalizado. A veces pienso en que esta efusión disgregadora responde a un neorromanticismo que trata de reproducir el mundo byroniano, aparte de que, como ha escrito lúcidamente Francisco Rosell, en nuestra coyuntura, el negocio no es la independencia sino el independentismo. Si esos “románticos” logran quebrar la Unión continental, lo probable es que el viejo mundo se quede a merced de las potencias emergentes.

Me temo que esos nuncios de la independencia no han comprendido bien el concepto que Renán diseñó magistralmente ni se han parado a pensar en los riesgos que supondrán cada día más la competencia con China, India, Brasil o México. Pero es muy posible que la atomización que pretenden los conduzca más pronto que tarde a considerar la necesidad de inventarse algún que otro proceso asociativo capaz de protegerlos contra las grandes entidades. No sé, por ejemplo, qué sería de España sin Cataluña ni el País Vasco, pero mucho menos consigo imaginar una Cataluña o un País Vasco a la deriva una vez desgajados de España. Recorrer del revés el camino de la Historia es, con seguridad, más arrojado y peligroso que seguir el rumbo que los siglos le marcaron.