Misma medicina

Los sindicatos “concertados”, es decir, UGT y CCOO, andan tragando esta temporada el mismo ricino que tantas veces han dispensado ellos al personal. Ante sus sedes o en plena calle, sus trabajadores –en su mayoría también militantes–, como los del otro “sindicato de clase,” denuncian que mucho largar de la Ley de Reforma Laboral del PP no les impide luego aplicarla a rajatabla en casa. ¿Por qué –se preguntan—han de atizarnos con la misma vara que, cuando actúan como “agente social” y no como “empresa”, ponen a caer de un burro? A ver quién les quita la razón a los cientos de currelantes despachados por esa vía rápida que, según los síndicos, atentan contra el derecho de los trabajadores.

Poder y terror

Veo que aún colea en la opinión italiana el negro asunto del fin de las Brigadas Rojas. Se saca a relucir cada dos por tres eso de que el Estado tiene o debe tener “el monopolio de la violencia”, venga el concepto de Hobbes, acaso derivado de Maquiavelo, pero olvidando que Max Weber añadió al proverbio ya clásico un adjetivo radical: “legítima”. La sociedad se funda en la violencia latente, en la conciencia generalizada de que sobre la libertad del ciudadano planea impertérrita la sombra de la violencia estatal. Ahora bien, ¿es posible esa legitimidad en la práctica política en la que el Estado –me temo que todo Estado—tiende instintivamente a desbordar sus límites? Yo no lo sé, pero sí que soy consciente de que durante mi vida he visto a los Estados europeos recurrir a la violencia ilegítima una y otra vez: al alemán en el vidrioso asunto de los JJOO de Munich o en la matanza en la cárcel de la banda Baader-Meinhof; al francés, con motivo de la voladura terrorista del barco de Green Peace, allá por los mares del Sur; al italiano, fracasado moralmente con estrépito tras el asesinato de Aldo Moro y el posterior pacto entre el PCI y la DC para acabar por las bravas y de una sola tacada con aquellas Brigadas insensatas al Norte y con la Mafia al Sur; al británico, en el que hasta cupo que la señora Thatcher reivindicara ante su Parlamento la acción terrorista de sus servicios secretos en Gibraltar; al español de los 80, aquellos “años de hierro” que dejaron al Estado, tristemente, con las vergüenzas al aire, tras los asesinatos de un GAL que González y Rubalcaba decían que no era sino un invento de este periódico. Hannah Arendt coincidiría con Trosky, desde perspectivas antípodas, en que la violencia es una especie de “arjé”, de principio de la naturaleza de la sociedad organizada.

El progreso humano debe mucho a ese poder organizador pero debe aceptar, a cambio, que el Terror acecha sin remedio bajo cualquier Poder. Lean a Hobbes, al propio Locke, a la Luxenburgo o a Sorel, y verán como todos, por activa o por pasiva, acaban coincidiendo con Maquiavelo. “Leviatán” no admite códigos: los impone. Y por eso ha habido tantas democracias terroristas como seguramente seguirá habiendo. La especie –petrificada políticamente en el Neolítico– no ha sido hasta ahora capaz de garantizar de verdad ese monopolio legítimo de la violencia por parte del Estado.

Viajes fantasmas

Se da por supuesto que una investigación seria habría de arrojar insospechadas sorpresas en materia de viajes oficiales que, ni siquiera en estos tiempos del cólera, se ahorran nuestros políticos. El caso de la Diputación de Almería, de que ayer daba cuenta este periódico a sus lectores, con sus “viajes fantasmas” (es decir, pagados por inexistentes), sus facturas por noches hoteleras de fin de semana y otras ocurrencias de ese repertorio que ya va siendo, desgraciadamente, habitual, raya en lo esperpéntico pero seguro que no más que otros muchos de los que no tendremos noticias. El turismo político no se detiene ni en plena crisis. La paciencia de este paisanaje es, realmente, colosal.

Huesos de santo

Parece que el Gobierno turco anda empeñado en recuperar la huesa de san Nicolás de Bari –que, en efecto, fue lidio de origen y obispo de Mira—desperdigados por medio mundo desde la Edad Media y todavía hoy honrados en la misma Bari, en Saint Nicolas-de-Port y en Friburgo. Los turcos no lo reclaman por razones piadosas sino por interés turísticos, ya que quisieran exponerlos en el museo que proyectan en Antalya y que estará dedicado a la Lidia, la patria del legendario santo al que el sabio iconógrafo Louis Réau veía irónicamente como una mezcla de Neptuno y Papa Noel, y de quien la “Leyenda áurea” resumió una de las más fantásticas crónicas hagiográficas. También en Venecia, no hace tanto, hubo cierto revuelo porque a alguien se le ocurrió cuestionar la autenticidad de los restos de san Marco, que la leyenda local sostiene que llevaron hasta su ciudad, en tiempos remotos, unos marineros devotos. Nadie ha podido explicar cómo se las arregló quien fuera para traer a España los restos de un Santiago decapitado que, sin embargo, fue capaz de ese milagro cultural de primer orden que fueron las peregrinaciones a Compostela, por más que también él fuera, al menos en la versión española, carne de leyenda. Los trajines del comercio relicario constituyen una página apasionante de la historia europea, pero resulta que cuando creíamos terminado ese negocio cristiano, va y lo reorganiza un país islámico que, por cierto, tiene en su secularizada catedral de Santa Sofía, esa deslumbrante maravilla, un mosaico admirable representando al santo. Umberto Eco no se equivocó al retratarnos como una “nueva Edad Media”.

Estas devociones tan necrófilas encajaban en la sociedad cuando en ellas se creía aún que los reyes curaban las escrófulas imponiendo sus reales manos. Hoy, en plena secularización, cuando ni lo más sagrado e intangible del repertorio espiritual se respeta, resultan difíciles de entender estas trifulcas en torno a unos huesos de santo, por lo demás rara vez autentificados. Pero ante la pretensión turca yo me pregunto qué ocurriría en ese ámbito tan sensible si a alguien se le ocurriera reclamar para exponer en un museo la huesa de un morabito, como esos que se veneran tan devotamente en el mismo Estambul. La desacralización debería tener una linde clara en este siglo que van a llevar razón los que avisaron con tiempo de que sería tan religioso como el que más.

Marcha atrás

Es posible que Griñán haya tenido algo que ver en el frenazo de su portavoz, quien acaba de dar marcha atrás y ha dicho digo donde dijo Diego por considerar que su grave injuria al obispo de Córdoba no era más que una “metáfora desafortunada”, y es verdad que lo era. El portavoz dice, con razón, que es bueno corregir errores pero añade que lo hace “para que los árboles no impidan ver el bosque” ya que, a su juicio, había que abrir (¡) un debate en torno a la “ideología de género”. ¿Otro? ¿Acaso no hemos ido ya bastante lejos en esta demagógica materia? ¿O será que se estima conveniente reconsiderar esa injusta ley vigente que apenas ha servido para nada práctico pero con la que se puede lapidar a un juez? Hace bien en dar marcha atrás. Un portavoz no puede ser un bocazas ni para hacer méritos.

Otro infierno

Me reprocha una lectora el silencio de esta columnilla sobre lo que está ocurriendo en Siria. Le contesto que no se trata de indiferencia ni desinterés, sino de una suerte de escrúpulo no exento de terror ante las confusas noticias que desde aquel infierno nos llegan. Sesenta mil muertos, más de dos millones y medio de eso que eufemísticamente se llama en estos casos “desplazados”, campamentos de hambre en Líbano, en Irak, en Turquía y en Jordania, noticias (gráficas incluidas) que dan cuenta de una ferocidad implacable por ambos bandos de ésa que, en definitiva, hace meses que no es un conflicto sino una guerra civil con todas las de la ley. He visto fotografías de cadáveres profanados, de mujeres violadas, de niños mutilados, de ciudades destruidas, y nos confirman cada día que el apoyo ruso, chino e iraní sostiene al tirano, pero también que los rebeldes gastan modos aterradores e incluyen a una creciente sección de islamistas radicales, yihadistas para entendernos, a la que socorre a manos llenas el dinero de los magnates salafistas del Golfo. Una maliciosa teoría que circula por medio mundo sostiene que tanta atrocidad es provocada por los intereses occidentales que buscan la ocasión de una nueva guerra eventualmente neutralizadora de la crisis económica, hipótesis absurda pero que se explica por la alambicada inhibición que subyace bajo las protestas “aliadas”. No han bastado la guerra Irán-Irak, ni las dos invasiones de Irak,ni la de Líbano, ni la batalla libia, ni los avatares por los que pasa ese área desde el conflicto palestino-israelí a la peligrosa crisis egipcia, para escarmentar a unos y otros. Tanto Rusia como Occidente parecen haber decidido que la nueva Guerra Fría se juegue en campo ajeno, y en ese ajedrez las jugadas fatales no suelen descubrirse hasta que es demasiado tarde.

Aparte de todo, es probable que ninguno de esos choques brutales haya resultado tan feroz como el episodio sirio, el más enigmático, en todo caso, dado el alto valor geoestratégico de Siria en toda esa delicada región en la que dejar caer una ficha puede suponer despedirse del dominó completo. Claro que las víctimas ajenas cuentan poco y que en este encontronazo, además, los árbitros saben que ninguno de los dos contendientes respeta el reglamento. Le he confesado a mi corresponsal que no hay peor conflicto que aquel en el que no hay buenos ni malos. En este caso, Occidente lo sabe tan bien como Rusia.