Población menguante

Nuestros demógrafos acaban de anunciar que España pierde población. En pocos años habrá bajado el censo en cinco millones de habitantes, no sólo por la fuga de inmigrantes sino por defecto de un índice de natalidad jibarizado por las circunstancias. No se le puede pedir a la juventud que procree a la antigua usanza teniendo en cuenta que la mitad carece de empleo y la otra mitad se ha acomodado lo bastante para jugársela en una familia numerosa. Los avisos y quejas por la despoblación de España son muy antiguos y prácticamente no hay “arbitrista” que no le escribiera al Rey denunciándole esta grave cuestión que, a su juicio, junto con la desconsideración social de los oficios, constituía una piedra infranqueable para el progreso de la nación. El secretario Luis Ortiz, Caxa de Leruela, Sancho de Moncada, fray Tomás de Mercado, Pedro de Valencia, todos en fin, aquellos cuerdos que Jean Vilar historió magistralmente, entendieron siempre que la población era el gran activo de un país, algo así como el prerrequisito de su progreso material, criterio que, ya en pleno XVIII, asoma todavía entre líneas en un sabio como el valenciano Sempere y Guarinos. Pero entonces los motivos eran otros, como la “llamada” americana, la escasez alimentaria, las pestes frecuentísimas y las constantes guerras, mientras que hoy la retracción de la natalidad tiene más relación con nuestra circunstancia laboral y con el propio progreso, pues es el deseo de confort familiar es el factor que más anima a las jóvenes parejas a retrasar la edad de la reproducción o a limitar ésta severamente. Dentro de no sé cuántos años, predicen que habrá un solo trabajador español por cada pensionista, ecuación imposible, como comprenderán, y de lo más alarmante. Una nación son sus pobladores. Sin ellos viene a ser un áspero erial sin futuro.

Mi impresión es que esta baja de la población no va a ser coyuntural sino poco menos que definitiva, entre otras cosas porque intuyo que el progreso material, al trepidante ritmo que lleva, permitirá a las sociedades europeas adaptarse social y económicamente a un nuevo modelo de supervivencia que tendrá poco que ver ya con los tradicionales. Y ello mientras en el Tercer Mundo o en los países emergentes el crecimiento demográfico es exponencial, lo que aleja de manera temible la utopía de un futuro armonioso al tiempo que anuncia un mundo muy diferente del que ahora vivimos. En el 2050 poco se parecerá el planeta humano a este bullicioso enjambre.

Ciegos en Gaza

Todavía liceano anduve leyendo y releyendo una novela de Huxley, “Ciego en Gaza”, cuyo título procedía, como es sabido, de un verso de Milton, en el que se refiere a la aventura del gigante en casa de la prostituta. Recuerdo la seducción del topónimo, Gaza, bajo el que me representaba entonces uno de esos zocos entrevistos en el cine por los que pulula el extranjero abducido por la sugestión de las especias al granel, la dulzura del dátil y acaso la voz del muecín. No sabía entonces que ese paraíso del viajero habría de convertirse, pasados los años, en un punto caliente peligrosamente situado junto al polvorín de la paz mundial. Ahora lo sabemos todos, y la mayoría –quiero creerlo—lo contempla con el pálpito inquietante de que su querella pueda llegar a complicarle la vida al planeta en su conjunto. Temo que no vale la pena proseguir el debate sobre la culpa, la discusión sobre la responsabilidad de israelíes y palestinos en ese conflicto que, por cierto, no lo crearon ni unos ni otros sino el eterno cambalache de las relaciones internacionales. ¿Es bárbaro Israel defendiendo su propia existencia o lo es más Palestina provocando el conflicto una y otra vez? A mí me parece que esa aporía no tiene respuesta por la razón sencilla de que ambos son, desde hace demasiado tiempo, ciegos que caminan decididos al borde del abismo, dos enemigos “naturales”, como aquellos dos tenientes que Conrad retrató persiguiéndose el uno al otro toda la vida. Ha corrido ya demasiada sangre por ambas partes para que podamos mantener la esperanza de que, un buen día, los dos bandos se tiendan la mano, anulando un veneno que les fue instilado desde el principio por unos y otros.

Cientos, miles de muertos, niños asesinados, ciudades destruidas, hambre crónica, nada de eso significa para los ciegos lo que pueda significar para el observador ajeno y menos aún si éste es imparcial. Y no es razonable esperar que alcancen nunca una solución como no sea impuesta –esperemos que de manera juiciosa y equitativa—desde los poderes que los respaldan, que los arman o que mantienen a sus rapaces élites. Estos días lo estamos volviendo a ver como se ven esas imágenes reiteradas, es decir, entre la confusión y la impotencia. Un rival fuerte y potente frente a una muchedumbre desesperada, unos provocadores insensatos, el guión de cuyas vidas se ajusta únicamente al odio. Ciegos en Gaza, los dos. Puede que un día no quede ninguno de ellos para lamentarlo.

IU, ayuda de Cámara

Los “comunistas”, como acostumbra nombrarlos el PSOE, han cantado la gallina y de reserva ética de nuestra democracia han pasado a ser simples mamporreros parlamentarios de los que ellos acostumbran a llamar “socialtraidores”. Que no nos vengan ya más con cuentos de “regeneración” y “tolerancias cero” después de la bajada de pantalones escenificada por aquellos en la comisión investigadora de los ERE y las prejubilaciones falsas, y que no cuenten nunca más el rollo de que ellos son la alternativa “honrada” de la Izquierda. Izquierda Unida es desde ahora Izquierda Vendida y, ciertamente, no por un plato de lentejas. Vía libre a la corrupción, pelillos a la mar sobre lo que hicieron los corruptos. Si la Justicia ordinaria acabara dándole la vuelta a ese puchero, será toda la Izquierda andaluza la que quedará en evidencia.

Urdangarín

Al duque de Palma, de soltero Iñaki Urdangarín, lo están friendo vivo. La Fiscalía Anticorrupción ha solicitado que se le imponga una fianza de ocho millones de euros a medias con su socio, pero nadie se alarme porque mucho más gorda se la pusieron a los presuntos de los ERE y las prejubilaciones falsas (la fianza, me refiero) y ya andan todos por la calle. Urdangarín ha obrado mal, muy mal, desastrosamente mal, sobre todo porque sus coimas y manguis han comprometido nada menos que a la Monarquía felizmente reinante y eso convierte su caso en una cuestión de Estado. No en vano el morbo que anima a la “apicarada pelambre”, como diría Valle, no es tanto verlo a él arruinado y con la bola en el tobillo, sino, a ser posible, asistir al ingreso en prisión de su consorte la Infanta. No, no estoy tratando de distraer la atención y menos de justificar al real presunto, pero es que, fíjense, parece como si Urdangarín fuera el único mangante en este país que ha hecho del tráfico de influencia un requisito habitual del negocio. Respetuosamente hay que recordar que el propio Rey, que ha aparecido en listas de potentados actuales, hubo de vivir con lo justo hasta la muerte del Dictador que lo “instauró” –igual que vivió su real familia de la liberalidad de algunos monárquicos españoles que hasta le dieron techo generosamente– o que, ya en plena democracia, aceptó un yate de aquí te espero de un grupo de empresarios españoles, por ejemplo. ¡Coño, que es que parece que Urdangarín hubiera inventado el juanguerrismo o que fuera el único obligado a devolver la pasta mal afanada que aquí no devuelve ni dios! ¿Por qué tratar con tan mal rejo a este espabilado si va a ser el único, probablemente, que devuelva un chavo en este país de las Filesas, los Vera, los Gürtel, los Conde, los Mata, los Pujol y los Mas, las Mallorcas, las Valencias, las Marbellas, los ERE y las prejubilaciones falsas o el tocomocho de las tragaperras?

No cabe duda de que Urdangarín merece una dura reprobación y un castigo ejemplar, pero ni más ni menos que los demás ciudadanos españoles. Eso es lo que quiere decir que la Ley es igual para todos. Lo otro es pura venganza, ajuste de cuentas clasista, morbo ancilar o lo que ustedes quieran, menos Justicia. Y no es el primer caso, desgraciadamente ni será el último. El ídolo caído es siempre para la basca un bocado exquisito. Ustedes me dirán si a eso hay derecho.

Peón por reina

En el ajedrez sociata, el alcalde de Dos Hermanas, Francisco Toscano, un histórico donde los haya, le ha comido a Griñán una pieza gorda por haber intentado aquél comerle la suya; traducido: le ha hecho perder al partido la FAMP–una vez que el partido decidió sustituirlo a él por su peor enemigo– al forzar con su dimisión que la Presidencia pasara reglamentariamente a la alcaldesa popular de Marbella. Donde las dan, las toman, por supuesto, y más si una cúpula de un partido que acaba de perder las elecciones y depende de Valderas para mandar, no conoce los bueyes con que va arando. Griñán está de prestado en la Junta y en tenguerengue en el partido. Lo prueban estas sublevaciones que se tiene que tragar.

Boadella

Estoy convencido de que Albert Boadella tiene por delante un vasto futuro como ensayista. Cosa lógica porque el humor, si es profundo y fino, es siempre, pero es que siempre, ensayo inspirado por una hermenéutica certera. En Alemania, según creo, sigue utilizándose la institución del “dramaturgo”, que no es precisamente el escritor teatral, sino quien idea un montaje que se explica a sí mismo una vez materializados sus conceptos. Benavente o Francisco Nieva, por ejemplo, han tenido excelentes plumas, “stricto sensu” sea dicho, pero ninguno de ellos alcanzaría, a mi entender, la llana exégesis de los hechos que hace este crítico descarado de una sociedad en trance de putrefacción en la que, desde el teatro a la política, valga la redundancia, se trata de embolismar al peatón, actuando como un penetrante factor ideológico. Parte este incorrectísimo rebelde de la idea-madre de que “nada de lo que parece es cierto”, yo creo que empleando el cínico aforismo a la manera de un Shakespeare o de un Valle-Inclán y no como un simple pesimista, que no lo es quien ama la vida a su manera apasionada, y su método consiste tanto en disecar en vivo a los poderes más amenazantes como en teorizar sobre la mar y los peces, sean éstos besugos o tiburones, sin excluir su propia autopsia. Lean “Diarios de un francotirador. (Mis desayunos con ella)” y lo verán investido informalmente de sociólogo, de psicoanalista o de gurú económico pero bogando siempre a contracorriente, sin dejar de contener la amargura ni escatimar el elogio, algo que, en definitiva, está reservado a los espíritus cimarrones a cuya inteligencia no alcanza la tentación seductora. Hace cuarenta años que lo sigo de cerca y la verdad es que no sé si envidio más su genio crítico o su inalienable sentido de la independencia.

Mi recomendación va dirigida tanto al lector inteligente, como decía “La Codorniz”, como a esas víctimas suyas que podrían ganar mucho contemplándose sin rencor en el espejo cóncavo en que Boadella los pone sin perder la sonrisa. Políticos y cómicos, curas y ecologistas, excelsos y pringaos, tienen en él ocasión de estirar la pata o de enderezar la joroba. Y los románticos en general, la de asomarse al deliquio de un espíritu implacable a quien cuesta imaginar colgado de su Eloísa como un Abelardo exquisito. El teatro enseña mucho y la vida más. La única condición es que ambos se vivan a tumba abierta.