Secretos papales

No es nueva la idea de mantener un topo en el Vaticano. La utilizaron los propios reyes del Renacimiento a través de embajadores y hasta parece no discutible que la haya practicado la Mafia, y estos mismos días estamos asistiendo el último acto del montaje en torno al secretario infiel del papa Ratzinger, un tal Paolo Gabriele que, solo o acompañado, se las avió para filtrar, desde la mismísima cámara pontificia, los papeles secretos, infidelidad condenada de la que ya verán como acaba indultado por el Papa. La Secretaría de Estado ha califica el numerito como “un asunto triste”, insistiendo (mucho, demasiado quizá) en que el secretario infiel actuó solo –hipótesis peregrina donde las haya—y sin cómplices, movido sólo, en suma, por su buena aunque equivocada intención de “ayudar” a su patrón. ¿Hubiera llegado a tanto la imaginación de Coppola, la de Gide cuando escribió sobre “los sótanos del Vaticano”, la de ese género menor y oportunista que ha dado en llamarse “vatinovelas”? Creo que no, francamente, acaso porque estoy convencido de que los secretos que debe soportar la conciencia papal son incomodísimo –y si no, recuerden el triste caso de Juan Pedro I—y que la “burocracia sagrada”, la curia pontificia, es un grupo de presión en la que, junto a güelfos podemos encontrar incluso a gibelinos, una pandilla tan astuta como codiciosa que, nadie se engañe, no deja de intrigar con sus políticas, previendo el futuro sucesorio y más cuando un papa llega una edad avanzada. Los papeles filtrados no vayan a creer que conciernen a los quehaceres espirituales de Ratzinger, sino, con alta probabilidad, a los asuntos mundanos. El infiel Gabriele es un agente político de alguno de los partidos vaticanos en liza, no hay dudas, que los utilizarán para reforzar sus designios humanos, demasiado humanos.

Estos asuntos tienen su origen en el famoso secreto vaticano, un secreto que ha ocultado demasiadas turbiedades desde hace siglos y que en los tiempos actuales no hay manera de disociar, como algunos querríamos, de situaciones perfectamente antievángelicas. El banquero Calvi colgando bajo un puente de Londres, los manejos del arzobispo Marcinkus, hoy retirado en su parroquia de Arizona o la muerte del papa antes citado sitúan ese conflictivo reducto más cerca de Coppola que de Lombardi. Cuando Gide imaginó aquel secuestro del papa es posible que no pudiera ni entrever lo corto que se estaba quedando.

No se la dio

Ante cada nuevo escándalo o traba, el co-presidente Griñán, queda más acorralado a pesar de su desparpajo. Él fue quien predijo , refiriéndose a su ex–delegado Rivas, condenado por el jurado popular, que la Justicia le daría la razón, de manera que debería ser ahora el primero en disculparse y admitir su error. Lo cual no entra, evidentemente, en sus planeas ni intenciones, lanzado como va en su sueño de hacerse con el partido en toda España y, quién sabe si en su momento, también en candidato a Presidente del Gobierno. Imaginen como le irá a Andalucía, situada desde ahora en un segundo plano de interés para su propio Presidente, y con IU encaramada en la chepa, sobre todo si caen nuevas condenas que dejan en evidencia el fondo de sentina que ha sido este último decenio la política de la Junta de Andalucía.

Tambores de guerra

La índole mítica de los nacionalismos desemboca con frecuencia en desórdenes mentales, principalmente en estallidos de paranoia, espontánea o calculada, que los buhoneros del miedo tratan de contagiar al pueblo llano. El otro día he tenido ocasión de asistir en el programa de Carlos Herrera a una increíble entrevista con un diputado de la izquierda catalana, uno de los cuatro que han solicitado a la UE que “impida” la invasión militar de Cataluña. Con Carlos a punto de perder su flema, el diputado, cuyo nombre no recuerdo, bregó desenfrenado exponiendo las razones de su alarma, entre las que dio mayor importancia a la aguda observación de que ciertos vuelos militares cruzaran, como de costumbre, lo que él llamaba “espacio aéreo catalán”, es decir, propiamente, el espacio aéreo español. Herrera que es perro viejo y conoce al dedillo la circunstancia catalana trató de darle vidilla al paranoico aunque sin el menor resultado porque, como es sabido, cuando un tonto coge una linde, como la linde no deja al tonto, no hay nada que hacer. En la mitología secesionista se encubre una falsificación absoluta del militarismo español que, ciertamente, le dio un repaso a Barcelona en varias ocasiones, pero no tanto a causa del separatismo antiespañolista sino de conflictos complejos como el del “Corpus de sangre” –sobre el que Elliot ha puesto punto final a la discusión—, el derivado de la parcialidad del Principado al elegir el bando del Archiduque en lugar del de el Borbón o, ya más cerca de nosotros, la famosa frase de Espartero no menos grave que el repaso que hubo de darle un catalán como Prim, por no hablar de la toma de la capital por Franco –celebrada triunfalmente al menos por media Barcelona—que en nada se diferencia de las tomas de otras ciudades en el contexto de la Guerra Civil. Lo malo de los mitos es que poco puede contra ellos la Razón y que una vez arraigados ya no quien los arranque, como la raíz del tojo.

A esos cuatro extravagantes no poco fantasiosos no habrá mucha gente, fuera de necios como ellos mismos, que los crea, pero aún así, su denuncia revela hasta qué punto la mistificación de la realidad puede trocarse en paranoia. A nadie se le ocurriría hoy que es posible un conflicto armado en España y ellos lo saben. Pero sigue funcionando, o ello se pretende, el aviso del refrán “calumnia que algo queda”, fuera o no Bacon quien lo ideara. Que la guerra del Nou Camp se les haya quedado corta, no justifica la invención de otra guerra inverosímil.

Saltarse la ley

El presidente de la Diputación de Huelva, Ignacio Caraballo, que es, además, secretario provincial del PSOE onubense y del Patronato de Turismo (en fin, no todo el mundo es cuñado del portavoz regional del partido…) ha defendido en público lo que él llama una “amnistía”, es decir, la legalización de los pozos ilegales perpetrados en el entorno que del Parque Nacional de Doñana, y lo ha hecho con el argumento de que el Gobierno del PP habría hecho lo propio con ciertos empresarios. ¡El responsable máximo de la provincia proponiendo saltarse la ley! No sé qué tendrá que decir IU, tan rojiverde, que es quien mantiene en su cargo a ese ilegalista, pero sospecho que no dirá nada. Para unos y otros la aplicación de la Ley sólo es necesaria cuando los beneficia.

la España rota

Junto con la avalancha separatista –llamemos a las cosas por su nombre—se nos ha venido encima el recordatorio de los memoriosos empeñados, con razón, en demostrar que la mitología es casi siempre repetitiva. Estamos en el mismo clima de los años 30, atrincherados en las mismas posiciones, basados siempre en la mitología que es el único nutriente de eso que llaman nacionalismos. En el centenario de Menéndez Pelayo, Aquilino Duque nos recuerda el sabio y certero dictamen que don Marcelino dejó grabado en su epílogo a sus “Heterodoxos” : “El día en que acabe de perderse, España, volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones o de los reinos de taifa”. Mi amigo M. Okeda me reenvía unos párrafos que Ramón y Cajal escribió en sus memorias de octogenario, nada menos que en 1934 –en la boca del lobo, como quien dice—, en los que se extraña e irrita por la ingratitud vascos y catalanes ante la generosa contribución del Estado español. “La lista interminables de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante”, se quejaba el sabio, para añadir a renglón seguido: “Sean autónomas las regiones, más sin comprometer la Hacienda del Estado”, y esto otro: “…este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la psicología de los pueblos hispanos”. Por mi parte, les remito a mi trabajo “Los fascista y el 98” para que comprueben la actualidad de los argumentos lanzados no sólo por los fascistas más ilustrados: seguro que no se esperan muchos que el grito “España, Una, Soberana y Universal” –¿les suena?– no lo lanzó uno de estos últimos sino el mismísimo don Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca. La nómina de españoles defensora de una España única ha sido incuestionablemente más cuantiosa y superior que la de los mitólogos de la secesión. Y creo que lo sigue siendo en esta penosa encrucijada.

Lo malo es que alguien desde el Poder tenga la tentación de continuar esa estrategia del limosneo en lugar de plantarse ante esas comunidades españolas ponerlas en el trance de elegir entre la renuncia a su beligerancia antiespañola y los beneficios que de España recibe. Sean si quieren serlo cabezas de ratón en lugar de cola (o melena, incluso boca) de león, pero que no nos pasen encima la factura del domador como han venido haciendo desde principios del siglo XX.

La “pela” soberanista

Nunca me pareció de recibo la propuesta vindicativa del boicot por parte de los españoles a los productos catalanes tal como el gran Alfredo Kraus defendió una vez entre las propias islas de su Canarias, y ahora se difunde a todo pasto en Internet a causa de la insensata escalada antiespañola. En un céntrico y clásico comercio sevillano me cuenta su propietario que los viajantes catalanes no las tienen todas consigo de cara a la temporada primavera-verano y le piden su autorizada opinión sobre la posibilidad de una revancha comercial para castigar a los separatistas. ¡Ay, la “pela”! Un fantasma recorre Cataluña asustando con el rechazo navideño del cava o el los tejidos de toda la vida, lo que sería una pésima reacción por más que uno comprenda que ciertas chulerías saquen de quicio al personal. El President anterior se apellidaba Montilla y el “número 2” de CiU se llama Lucena. Boicotear a Cataluña sería como boicotearnos a nosotros mismos.