Sabio cuerdo

Con haber seguido el tema durante años, no recuerdo profesión de fe más liberal que la de un ateo confeso, el profesor Higgs, padre de la llamada “partícula de Dios” o bosón que lleva su apellido. Por lo general, mi experiencia me dice que apenas existen creyentes o ateos “liberales” o, más sencillamente, respetuosos con la creencia ajena, puesto que muchos entre los primeros tienden a una rigidez de estirpe inquisitorial y a los segundos parece que les fuera la misma vida en divulgar su proselitismo y despreciar, de paso, a los creyentes. Higgs es un ateo que acaba de proclamar a los cuatro vientos que él no cree en nada trascendente pero que “se puede ser científico y religioso a un tiempo” con la sola condición de no ser fanático, sabia conclusión que coincide con la antigua hipótesis de que ambas creencias no son tangentes ni secantes, sino trazados puramente paralelos que sólo en la enigmática asíntota podrían tener acaso su punto de convergencia. ¿No es mucho más humanista esta concepción que el trágala del ateo o del creyente rígidos que empieza por descalificar al otro? Pues claro que lo es. El toque está en que no debe de ser fácil toparse por la vida con un Peter Higgs mientras que el maniqueísmo de ambos signos es moneda corriente, acaso porque el científico de altura, como el pensador de hondo calado, funcionan sobre una lógica no permisiva, ni siquiera agnóstica, sino elementalmente libre. Pascal no hubiera debido hacer tantos equilibrios jansenistas ni Unamuno por qué sufrir durante toda su existencia un drama tan desgarrador. Higgs acaba de señalarles –un poco tarde para ellos, pero no para los demás—el camino de la lógica más humana. No esperaba uno que la fórmula liberadora viniera de un científico de bandera sino, acaso, de un razonante discreto. Pero sí que si alguna vez llegaba esa “solución” habría de venir de un “esprit libre” y no de un “esprit fort”.

Es posible que el seísmo secularizador acabe rompiendo en unas paces noológicas del estilo de la que propone Higgs, rebajada definitivamente la premisa absurda de que el conocimiento científico –tan falible, tan revisable, por cierto—sea superior
al conocimiento por la fe. Lo real es un misterio – “tremendum”, “fascinans, qué más da—y susceptible de enfoques distintos y no excluyentes. Hay esquirlas de luz bajo los pies de La Mettrie o de Merleau-Ponty. Y es que el hombre un animal mítico (Cassirer) y de esa condición no se libra ni el más pintado.

Concejos asfixiados

Ha habido acuerdo entre el ministerio de Hacienda y el Ayuntamiento de Jerez para desbloquear unos fondos que le permitan respirar. El problema es que no es sólo ese Ayuntamiento el que está asfixiado sino un mapa municipal extensísimo en el que los nuevos alcaldes han de bregar con la inabordable deuda legada por sus antecesores, normalmente del PSOE. Por supuesto que la crisis es un condicionante severo a la hora de abordar ese problema en toda su extensión, pero algo tendrá que discurrir el Gobierno para que el municipalismo no se paralice y sus gestores actuales puedan abordar una acción política medianamente aceptable. Debería publicarse la relación de Ayuntamientos en quiebra práctica para que cada palo aguantase su vela.

Árboles sagrados

Los ecologistas han protestado por el perjuicio que, según ellos, provoca la tala masiva de abetos y otras coníferas a demanda del mercado navideño. La boga del árbol iluminado crece a compás de la desacralización del ambiente — sobre todo en los países tradicionales donde la vieja costumbre prima al “nacimiento” franciscano– como ónfalos estacional del hogar o de la ciudad, y lo más curioso es que abundan los laicistas que creen servir a su obra bregando en este pulso entre las dos representaciones. En nombre de la extravagancia incluso se ha divulgado este año no sé bien qué hallazgo “científico” que certificaría la existencia de Papá Noel en línea con el Santa Klaus, nuestro san Nicolás de Bari. No hará falta recordar que la sacralización del árbol es casi universal, pero respecto al que en Navidad nos impone la moda laicista habría mucho que decir, no sólo porque el cristianismo dispone de un arsenal de árboles sagrados que culmina en la propia Cruz, sino porque el germánico con que se echa a competir al “nacimiento” no es más que la reutilización de inveterados cultos paganos concebida, según la leyenda, por el propio Lutero una noche de vigilia en que, de regreso a Wittenberg, se entretuvo iluminando con velas su abeto doméstico, según recordó hace años Franco Cardini. Estaríamos arrumbando, pues, el “belén” de toda la vida para desacralizar el ambiente imponiendo… ¡el árbol protestante! que las dinastías germánicas introdujeron en Inglaterra donde hasta se ha dicho que constituye una exhibición de fidelidad monárquica. Abraham plantó árboles sin éxito durante casi toda su vida hasta que en Canaán logró uno exuberante que los simbólogos ven como profético de la Cruz. María misma es venerada como “árbol de la vida”. Con su moda, los protestantes podrían estar apuntando a ciegas al mismísimo “Magnificat”.

No cabe duda de que, por debajo de esta pugna ciegas, el árbol sagrado está afirmando sin saberlo la tradición inmemorial que, tan equívocamente, se inaugura en el Génesis hebreo o se reproduce a discreción en la mitología olímpica, como no la cabe de que este logro de la secularización ha empobrecido un símbolo magnífico al reconvertirlo en uno abstracto o, simplemente en un perchero para regalos a medida que la Navidad encoge su sentido mítico. Lutero gana a los puntos a Francisco de Asís mientras llega y no llega la mitografía del futuro.

Los “arrecogíos” del PSOE

Es incontable ya la legión de “enchufados” que constituye la clientela del PSOE y da unidad y fortaleza a su proyecto. En la Faffe, un colocadero paralelo a la consejería de Empleo, se andan despidiendo no pocos de ellos, pero se salvan 1.500 integrados en el SAE, contra la opinión de los tribunales, y entre los cuales destacan cuatro ex-alcaldes del partido fracasados en las urnas y seis concejales. No se sabe el número cierto de asesores de las Administraciones, pero valga como ejemplo el que en la de Huelva han nombrado “asesor de aeroupuertos” a un donnadie, a pesar de que en la provincia no hay ni uno solo. Son los “arrecogíos” del POE que gravan la nómina y acrecen la deuda de la manera más descabellada del mundo.

El comunismo chino

Desde que China aparece como la segunda potencia real del planeta, sus esfuerzos propagandísticos por simular que el crecimiento de su economía repercute por igual sobre todas sus clases sociales se han multiplicado para difundir la idea de que el llamado “comunismo con peculiaridades chinas”, proclamado como oficial en el último congreso del PCCH, sigue siendo un movimiento revolucionario que persigue ante todo la igualdad entre sus ciudadanos. La realidad del país, sin embargo, contradice de plano estas propagandas, confirmándose reiteradamente, no sólo que la desigualdad subsiste, sino que se ahonda cada día que pasa con el actual modo de producción. Un sabio italiano, Corrado Gini, ha dispuesto una medida de la desigualdad –el coeficiente de Gini—que procura la foto fija de la concentración de ingresos que, en un periodo determinado, afecta a los habitantes de un determinado espacio, y ha sido este instrumento–cuya difusión ha prohibido el Gobierno chino, como es natural—el que ha permitido concluir que la China, esa segunda potencia mundial que produce un puñado de millonarios al día, es el país más desigual del planeta. La fórmula de Gini consiste en imaginar una escala del cero al uno en la que ese cero metafórico representaría a una sociedad perfectamente igualitaria, es decir, en la que la renta sería distribuida por igual entre todos sus habitantes, y el uno aquella otra en la que una sola persona concentraría todas las rentas, es decir, la perspectiva del amo y los esclavos. Pues bien, se calcula que hoy en China ese índice subiría hasta un 0’61 como consecuencia, principalmente, de la diferencia abismal de condiciones entre la población urbana y la campesina interior. El comunismo chino actual, pues, el de las “peculiaridades chinas”, no sería otra cosa que un severo régimen de explotación de unas capas sociales inmensas por otras –urbanas—que resultan ser las beneficiarias.

No se podrá decir en el futuro, eso sí, que el Gobierno chino es el único responsable de semejante despojo, pues en bien sabido que el espectacular desarrollo de aquel país cuenta con la encantada complicidad de los importadores occidentales, que encuentran en aquel inmenso taller de mano de obra explotada el margen de beneficio que la civilización impide obtener en su propio terreno. Nadie como Iung señaló la distancia noológica entre la cultura oriental y la nuestra, nadie como Mao descubrió la eficacia del “razón de arroz”.

Sin novedad

Han pasado el día y la hora señalados y nada de lo predicho por los milenaristas ha ocurrido. El mundo sigue en su órbita, los perseguidos de la Tierra continúan huyendo, las víctimas del prójimo digieren como pueden la famosa “bilis negra” de la que hablaba Galeno refiriéndose a la frecuente melancolía que a tantos abruma. Asombra esa credulidad humana, tan refractaria a la opinión constructiva pero tan permeable al mensaje de los imbéciles. Hasta ha habido proyectos de suicidio colectivo y concentraciones en lugares supuestamente exentos de peligro por no se sabe bien qué protección ultraterrena. Galeno veía en la especie humana una tendencia autodestructiva que se expresaba en términos milenaristas y oscurecía el alma de las masas a las primeras de cambio. Poco más o menos lo mismo dijeron luego pensadores como Alejandro de Tralles o Isaac bin Imran, girando siempre sobre una metáfora de la oscuridad del alma que tiene cierto parecido emocional con las usadas por cierta mística y con bastantes ideas similares surgidas en la psicología del Renacimiento. Sobre todo ello hay mucho escrito, pero les sugiero que echen un vistazo a la obra de Stanley Jackson, “Historia de la melancolía y la depresión” para comprobar que esa enfermedad crónica es inseparable de la persona humana. ¿Por qué seduce tanto la llamada apocalíptica, qué permite que el cerebro se entregue con armas y bagajes a la vaga sugestión del fin de los tiempos? Cierto reduccionismo médico trata de simplificar el tema limitándolo al danzón de proteínas y otros elementos en la conducta humana. Algún teórico ha explicado esta pulsión negativa, tan común, más que como un rechazo del entorno vital, como una clamorosa e inconsciente petición de ayuda a los semejantes, pero lo cierto es que el apocalipsis está servido, según el extremismo freudiano, desde la misma lactancia. ¡El fin del mundo! Malreaux estaba convencido de que todo hombre lleva dentro un indescifrable deseo autodestructivo.

No ha pasado nada, como era de prever, pero todo continuará igual esa tendencia aniquiladora del espíritu renace como el Ave Fénix de sus propias cenizas. Mañana habrá otro payaso dándonos cita para el próximo “dies irae” y a su vera acudirán como ovejas trémulas nuevos desesperados dispuestos a representar la vieja tragedia imaginaria. Los caballos del Apocalipsis han resultado una metáfora indestructible para la frágil condición humana.