Madastra naturaleza

Una vez más asistimos aterrados al espectáculo de las fuerzas de la Naturaleza desatadas, inalcanzables para nuestra presuntuosa especie, indiferentes a nuestra suerte. Una ciudad como Nueva York es más fuerte que Nueva Orleans, por supuesto, e incomparablemente más resistente que los poblados turcos, pero aún así ahí la hemos visto desarmada, impotente, casi resignada ante la amenaza y el ataque de la ira de los elementos. O sea, que no se trata solamente de que un terremoto o un ciclón venga a recordarnos la básica debilidad de nuestra imaginaria “realeza” sobre lo natural, sino que esos accidentes vienen a evidenciar la precaria condición de la obra humana, la olvidada sumisión a la Madrastra Naturaleza que los optimistas del humanismo no acaban de asumir. Acabamos de ver, no ya a la lejana provincia, sino a la máxima metrópoli del planeta civilizado convertida en un aterrador escenario más propio de las postrimerías que de la actualidad, las calles desiertas, la población refugiada, la autoridad limitada a esperar que el tifonazo tuviera, finalmente, consideración y no sobrepasara los límites de una catástrofe asumible. ¡Nueva York de rodillas y sin saber qué hacer ante el asedio de ese borrascoso ejército de bajas presiones y factores indeterminables, la nueva Babilonia privada de luz eléctrica, con los ascensores parados y los babilonios atrincherados en casa con dos vueltas de cerrojo, y protectores improvisados en las ventanas, los servicios públicos, en fin, desaparecidos como en una pesadilla de “serie B”! No somos nadie por más que andemos por la vida presumiendo de éxitos y de las maravillas de un progreso material que el ala de una mariposa en las antípodas puede suspender e incluso aniquilar sin mayor problema. Buena lección para forzar la humildad del mono loco que, por otra parte, guarda en sus silos, como en una caja de Pandora, fuerzas que serían capaces de destruir a esa madrastra.

Es posible que la conciencia humana no haya progresado lo bastante para llegar a ser consciente de su limitación, para entender que el hombre, en última instancia, no está más seguro ante la rebelión de los elementos que el castor en su laboriosa morada o el águila en las roca más escarpada. “Estas cosas evidencian con claridad el poder de la Naturaleza y a esto le llamamos dios”, decía Plinio. Conociendo cual fue su fin, la verdad es que fue un profeta.

Castigo insolidario

Imaginen que usted o yo donamos mil litros de aceite a Cáritas para ayudarla en su imprescindible ayuda a la sociedad empobrecida. ¿Sabían que tendríamos que pagar el IVA del precio fijado por el Estado, por esa obra de caridad? Hay cosas que no se comprenden en nuestra fiscalidad, como ésta misma, mientras se mira para otro lado cuando nos enteremos de que la fuga de capitales al extranjero – a paraísos fiscales, la mayoría– se ha disparado en los últimos meses, o se disimula la flagrante injusticia que suponen instituciones como las Sicav en las que los que más tienen consiguen pagar menos impuestos que los que tienen menos, hasta el punto de haber ganado un cincuenta por ciento en medio de este huracán.

Muertos vivos

Es frecuente en las dictaduras la ocultación de la muerte del líder. Aquí mismo hablábamos el otro día de cómo Serrano –“el general bonito”—se las habría aviado para ocultar la de Prim, según la extravagante hipótesis de unos espontáneos, para dar tiempo a una sucesión proyectada. La versión generalizada de que la muerte de Franco fue ocultado por la familia y el entorno de Arias no hay ya, probablemente, quien la eche abajo, entre otras cosas porque resulta lógica esa desconcertada reacción de unos “huérfanos” que no las tenían todas consigo sobre el provenir del Régimen. Muy llamativo fue también el largo silencio de Mao y la “banda de los cuatro” sobre la muerte en prisión del influyente líder Lin Shaoqui, oculta hasta la muerte del “Gran Líder”. Y en ello andan empeñados ahora en el pretorio cubano y sus aliados, como acabamos de ver en esa fotografía de Fidel que un mandado de Chávez ha mostrado en público para convencer al personal de que el muerto o medio muerto está vivo y bien vivo, a pesar de que lo lógico es deducir de esas manifestaciones lo contrario, a saber, que mal debe de andar la cosa cuando tanto esfuerzo se gasta en probar lo contrario. Del mismo Chávez, en caso de que su cáncer vaya a peor (no lo permita Dios), hemos de ver antes que tarde fotos demostrativas de su excelente forma. Es el punto flaco de las tiranías: la personalización del Poder en el tirano, hasta el punto de que hay que ocultar su fallecimiento con objeto de ganar tiempo y explorar la salida. A mí, esa fotografía de un Castro decrépito en un estado de visible debilidad senil, me ha provocado una cierta compasión, no tanto por él, sino por todos los “imprescindibles” a los que se ha robado la paz de sus amenes para que el champán de los adversarios se enfríe a fondo en el frigo.

El poder personal, que en vida te lo da y permite todo, ante la muerte te niega hasta ese mínimo derecho a palmarla que tiene todo ser humano, incluidos los sátrapas, por el hecho de serlo. Es como la implacable factura que la vida pública le pasa el detentador, una figura casi inevitablemente solitaria y omnímoda pero secuestrada, quieras que no, en el círculo agobiante de sus edecanes. Castro debe de estar más para allá que para acá cuando sus cortesanos se desviven enseñando en público su inverosímil frescura. Es el precio de que han de pagar esos regímenes que, en el fondo, no son más que la leyenda de su titular.

Corrupción general

La corrupción es una epidemia, no una serie de casos aislados, como defienden, gatos panza arriba, los políticos más o menos consentidores. Fíjense en el caso de esos 23 médicos y tres boticarios de Málaga que han estado estafando –bien torpemente, por otra parte—al SAS y a MUFACE, se supone que no menos de medio millón de euros, a base de usar recetas falsas. No es posible que la corrupción política no se contagie en ámbitos ciudadanos y no lo es porque crea un clima de impunidad en el que todos respiramos. Facturas falsas, recetas falsas, prejubilaciones falsas, subvenciones ayudas falsas… Hemos tocado fondo en la podre y en ello tienen culpa principalísima el mal ejemplo de los políticos y su lamentable inhibición o complicidad.

La fama del autócrata

No me ha extrañado tropezarme en la prensa sudamericana, en especial en la argentina, con un cambio de opinión sobre el régimen Chávez una vez que el autócrata ha ganado las elecciones. Más sorprendente me parece el viraje de la opinión en no pocos medios europeos, que han saludado el triunfo del otrora llamado “Gorila Rojo” esforzándose por explicar su mantenimiento en el Poder como el efecto benéfico que su “régimen” ha producido en los sectores marginados de la sociedad venezolana, beneficiados por ayudas y subsidios. Por su parte Chávez ha inaugurado el nuevo sexenato saludando a Irán y alineando su estrategia con China y con Rusia, es decir, invocando el fantasma de la vieja bipolaridad en plena crisis del modelo democrático al que la crisis económica ha puesto en la picota. Lo más divertido de este asunto triste ha sido el elogio que desde Cuba, el periódico de la dictadura castrista, “Granma”, ha hecho de la dudosa democracia del antiguo golpista, porque ver a los Castro saludar un triunfo en las urnas no deja de ser, más que paradójico, desternillante. En Francia o en Italia se preguntan igualmente qué será eso que sostiene en el Poder al populismo de Chávez, esa caricatura de sí mismo que no se explica más que por la ignorancia electoral o por el interesado atractivo de un “régimen” ajeno a toda convención política regular. En uno de esos medios me doy de bruces con el argumento de que, como ocurriera con la trágica experiencia del nazismo inicial o con el proteccionismo laboral de la dictadura franquista, no hay que desdeñar nunca el efecto de la demagogia populista, venga ésta de la izquierda o de la derecha. No sería yo quien me jugara la democracia española de los casi seis millones de parados frente aquel modelo nacional-sindicalista que, por otra parte, se ve reproducido en iniciativas como la política de “concertación” que ha reinventado el verticalismo desde la izquierda.

Chávez ha demediado el país y se dispone a hacer de Ariadna él mismo en el laberinto populista y populachero en el que desempeña también el papel del Minotauro. Y de paso ha provocado una implosión ética que ve en el populismo más grosero una solución al conflicto social, aunque sea arriesgando el futuro del continente y quién sabe si el mismísimo equilibrio mundial. Está en juego la propia entidad de la “sociedad abierta”. Si hay algo evidente es que la crisis no tiene mejor aliado que la demagogia.

La Cámara se supera

La Cámara de Cuentas, que nació medio huérfana al descubrirse que el que iba a ser su primer Consejero Mayor no declaraba Hacienda, y que luego ha dado muchas pruebas de su “flexibilidad” –y no me tiren de la lengua–, acaba de superarse a sí misma eliminando del Informe sobre los ERE y las prejubilaciones falsas, las alusiones que hubieran complicado en su trama, con seguridad, tanto a Griñán como a Chaves. Algunos no pedimos siquiera que se exija lealtad a ese organismo expletivo, sino que lo supriman para evitar duplicidades con el Tribunal de Cuentas del Reino. Mientras tanto, nadie espera neutralidad y menos independencia en estos privilegiados dedos que pertenecen a la mano de la mayoría parlamentaria.