Chirigota

El alcalde de Cádiz, el inefable “Kichi”, lo menos que se despacha en responsabilidad e indumentaria, ha descubierto América, o mejor, ha descubierto que España no descubrió el Nuevo Continente, sino que lo avasalló y esclavizó desde esta Europa cuya civilización no habría sido más –siempre según esa minerva gaditana— que “una historia de latrocinios y atrocidades”, ya ven ustedes, que sólo él y otros cuantos iluminados alcanzan a columbrar. Desconsuela vernos en manos de estos ignaros que compensan su simplicidad con un radicalismo contrahecho de tópicos y leyendas negras.  Escuchar ese discurso en Cádiz es, por lo demás, un insulto y una memez. Esa ciudad tan americanista se merece algo mejor que un alcalde papanata que profesa y pregona la mísera cultureta que cabe en una mochila.

Pieza política

Gran acierto el de llamar “pieza política” a la que en la causa que investiga el presunto saqueo de los fondos de Formación, y ojo de lince el de la jueza Alaya cuando vaticinó que su sucesora “pulverizaría de un  plumazo” su instrucción. Es verdad que ésta ya había anunciado hace mucho –en plena campaña electoral— su intención de archivar la causa que afectaba a tantos altos cargos de la Junta, “personas honestas, decentes y honorables a las que han arrastrado por el suelo”. Nada por aquí, nada por allá: los implicados en el gran escándalo pueden respirar tranquilos, reducidos los cargos por la jueza sustituta a “irregularidades administrativas”, hay que decir que con el concurso de la Fiscalía Anticorrupción y el aplauso de una Junta que se había personado… ¡como acusación! Una vez más el escepticismo popular se sale con la suya y la evidencia se quiebra como una caña.

Acuerdo vertical

Admito que yo pueda ir un poco por libre, pero desde un principio nunca dejé de ver en el gran camelo de la “concertación social” –acuerdo del Poder con sindicatos y empresarios: dinero a cambio de tranquilidad—un “remake” del sindicalismo vertical. Le ponen un Solís en lo alto y a ver en qué se diferencia aquella dictatorial estrategia de ésta democrática. Por encima de escándalos de unos y de otros, incluso, a la Junta lo que le interesa es la garantía de que otros y unos le coman en la mano, minimizando el conflicto sociolaboral por la virtud omnímoda del dinero. Todos de acuerdo –empresarios, sindicatos y políticos–, juntos y hasta revueltos si se tercia, pues, en el prohibitivo simulacro de esa paz social comprada a precio de oro. Con su pan se lo coman, que otros lo ayunarán.

La enfermedad infantil

Las cosas andan mal por Podemos en Andalucía. Se multiplican las críticas contra la líder regional, Teresa Rodríguez, a la que se acusa –desde niveles muy altos de las organizaciones que integran ese partido—de “mirarse hacia dentro”, de precipitar el proceso de renovación a través de la Asamblea y de regatear las garantías democráticas. La pelea por el poder llega al punto de exigirse desde Málaga una vicesecretaría para la Andalucía oriental y se alega que la actual organización no es representativa de “de la pluralidad de los andaluces”. La “nueva Izquierda”, pues, también cruje y se cuartea, siguiendo la clásica tendencia al fraccionalismo. Lenin explicó que “la enfermedad infantil del izquierdismo es el comunismo” y Trosky los retrató, antes de posar siquiera, cuando dijo que el sectario ve la vida de la sociedad como una escuela en la que él es el maestro. Y está visto que donde todos mandan (o creen mandar), nadie obedece.

El refugio autonómico

Aseguran los observadores que, consumado el desastre de interno del PSOE, la presidenta Díaz va a dedicarse, al fin, a gestionar los problemas de los andaluces para paliar su propio desgaste político. Falta hace, desde luego, pero no deja de resultar narcótico el hecho de que para aplicarse al trabajo propio, haya políticos que precisen del estímulo ajeno. Llevamos al menos legislatura y media al pairo y pendientes de Madrid, y ni el paro aterrador, ni el desorden educativo, ni el desbarajuste de la sanidad, ni los escándalos incesantes de la corrupción han merecido la atención debida hasta que su gestión se ha convertido en un mérito. Díaz se irá a Madrid en cuanto pueda y dejará el cortijo en manos de confianza. La autonomía es  un trampolín para políticos de la segunda fila de la que los de la primera –recuérdese la numantina resistencia de Chaves—no quieren ni oír hablar.

El gen crítico

Parece demostrado que todo partido, cualquiera que sea su naturaleza ideológica, ha de amoldarse al modelo leninista para mantener su unidad. Después del golpe de Suresnes, Guerra condujo al PSOE con una mano de hierro capaz lo mismo de disolver unas juventudes díscolas que de defenestrar a dos presidente andaluces que cuestionaron el “centralismo democrático”. Por su parte, González se deshizo de Guerra con una simple llamada telefónica abriendo con ello una larga guerra de “tendencias”  que sólo las jubilaciones lograron cicatrizar. En una ocasión, en su retiro áulico de Doñana –siendo presidente del Gobierno y secretario general del partido– no dudó en avasallar a la ejecutiva provincial legítima al retratarse con los impacientes “renovadores de la nada”, y en otra zanjó el debate ideológico interno abierto a su izquierda al dimitir por sorpresa y dejar al partido perplejo en su orfandad, para volver luego reforzado y ya sin oposición. Yo he visto elegir a un secretario provincial de Sevilla por una mayoría búlgara y destituirlo a los pocos meses con la misma mayoría. No creo, en definitiva, que haya una sola federación española de ese partido que no haya paladeado el áspero sabor de la crisis, aunque probablemente ninguna de ellas tenga en esa estrategia una experiencia similar a la andaluza.

¿Por qué lloraría Susana Díaz durante el pandemonio de Ferraz siendo ella la principal agente del golpe igual que antes lo fue de la elección del Sánchez ahora arrollado? La historia de ese partido recoge infinidad de maniobras críticas –lo mismo en el siglo XIX que durante la segunda República– pero hay que reconocer que en la actualidad se añade a un brusco cambio en la circunstancia social un vacío ideológico debido sobre todo a la degradación de los “cuadros”: lo va a tener crudo a la hora de reconstruirse, un partido sin más razones que las retóricas y que está, además, en manos de una nomenklatura ni por asomo comparable a las anteriores. Muchas veces va el cántaro a la fuente hasta que se rompe, dice el refrán. Puestos a reflexionar sobre los escombros del partido, quizá lo suyo fuera empezar por reconocer el carácter genético de esta insuperable pasión por la crisis que ha convertido la historia política en una crónica de la comida de las fieras. La clave de esta situación insólita es la ambición. Y me temo que en este punto pocos se atreverían a tirar la primera piedra.