Tradición y verdad

Que el cristianismo histórico arrastra una fuerte carga mítica es algo que nadie entre los estudiosos pone en duda. Esa carga mítica discurre como ganga de la mena dogmática y es entendida, en general, como perteneciente a una Tradición piadosa en ocasiones deducida de los textos sagrados, en otras, de la mera e ingenua piedad. Poco sabemos de Jesús de Nazaret a pesar de los llamados “evangelios de la infancia”, casi siempre apócrifos, y su profusa bibliografía, que han de interpretarse sin remedio en clave legendaria para adaptar ese poco que se sabe a las circunstancias que requiere la teología subyacente. No entiendo bien, por eso mismo, las cuchufletas que se están haciendo del libro sobre esa infancia que ha publicado el papa Ratzinger, cuyas reflexiones, sin duda “modernas” (esto es, menos “tradicionales”) han saltado a la actualidad por sus interpretaciones del mito navideño: lo del pesebre, el buey y la mula, la estrella famosa, la huída a Egipto, los pañales o los Magos y sus ofrendas. ¿O es que hubiera sido más ortodoxo mantener la ganga mítica que conjeturar sobre su condición secundaria? Una vez que le pregunté al maestro Juan Mateos por uno de esos motivos, me contestó, con cierto enojo contenido, que eso “pertenecía al mito” y, por cierto, ninguno de esos motivos incluyeron él mismo y Fernando Camacho en su precioso libro “Evangelio, figuras y símbolos”. Por algo sería, pero hay que admitir, si se lee el libro del papa, que su reflexión sobre textos y exégesis tiene poco de declaración contra las tradiciones. No suele ser bueno hablar de oídas.

Casi ninguno de los argumentos de Ratzinger es liquidatorio de la Tradición ni había dejado de ser expuesto muchas veces con anterioridad por otros autores. Hasta yo mismo publiqué en 1977 un ensayito sobre ese repertorio mítico navideño que ocupó, entre otros, a Agustín, Ambrosio, el apócrifo Pseudo-Mateos, Orígenes o Gregorio Nacianceno, y que constituía un relato que, sin cuestionar su condición teológica, consideraba yo que era, en realidad, un mito integrador adoptado por las sociedades occidentales. El papa hace ahora lo propio, a mi juicio, sin descubrir la pólvora pero tampoco mojándola. Lean el libro, si quieren, y sigan poniendo el “nacimiento” con todos sus avíos, sin hacer casos de críticos malévolos. Los misterios se asumen, no se explican, aunque nunca esté de más despojarlos de su excesiva mitomanía.

Vacío institucional

Día de la Constitución en la Delegación del Gobierno en Andalucía. Nutrida presidencia de primer nivel, como es natural, con dos huecos notables: el del presidente de la Junta y el del presidente del Parlamento. Si yo hubiera sido la señora Delegada hubiera dejado en esa presidencia dos sillones vacíos porque en esa efemérides no caben excusas ni delegaciones. Y es que, acaso, al presidente Griñán y los suyos ya no le gusta esta Constitución que establece una nación unitaria y aguarda para apoyarla a que se reforme y convierta en otra “federal”, es decir, en un mapa distinto en el que cada región española será un “estado soberano”, y que hasta podría ser compatible, según él, con una España “asimétrica”. El himno de Andalucía resonó en la ocasión como pollo sin gallina. El nacional como gallo apedreado.

Lingotes de oro

La policía ha encontrado en casa de quien fuera presidente de todos los empresarios españoles un lingote de oro de un kilo de peso. También logró descubrir y requisar otros muchos bienes ocultos de ese truhán que ha dejado en la calle y a dos velas a miles de empleados suyos, escamoteando como un prestidigitador millones de euros, un yate de aquí te espero y una flota de coches de lujo, pero lo del lingote no admite comparación por el simbolismo mercantilista que encierra y porque nos trae a la memoria el mangazo de Craxi, el jefe del socialismo italiano, que guardaba los suyos en Suiza. Es probable que éste haya sido el golpe más duro encajado por los llamados “agentes sociales” en lo que va de democracia, aunque ciertamente no sea Díaz Ferrán el único dirigente empresarial indigno y tramposo entre los que pululan, poniéndole una vela a Dios y otra al diablo, a socaire de esas privilegiadas instituciones. Eso sí, el caso de este mandamás demuestra que la corrupción está batiendo todos los récords en este castigado país en el que la vida pública sirve de trampolín a tanto incapaz, desde el avispado concejal del último pueblo hasta algún miembro trincón de la Casa Real pasando por los privilegiados sindicatos. España se ha vuelto un país corrupto y eso significa dos cosas a cual más grave: que la dirigencia política y económica son, en grave medida, conniventes; y que el pueblo soberano –como demuestran cada dos por tres las elecciones—se ha hecho el cuerpo al agio de manera que ve ese mal como algo inevitable. Que los empresarios elijan con cierta frecuencia como sus máximos representantes a personajes detestables denuncia, además, que la sociedad civil acompaña a la política en esta crisis moral profunda en la que no valen los rescates. Díaz Ferrán no es, seguramente, el único que custodia su lingote de oro en este país desmoralizado.

No resultaría nada fácil hoy ni al antólogo más capaz hacer un compendio de los casos de corrupción, presunta o probada, en los propios partidos políticos, en el ámbito de las finanzas, en los agentes sociales, en el urbanismo en todos sus niveles y en el tráfico universal de influencias, un mosaico delincuente en el que, por grande que sea la tesela de Ferrán, no deja de ser una más. Hay más de un Ferrán por ahí, por estrepitosa que sea su mangancia. La crisis que atravesamos no es siquiera política ni económica, sino una crisis moral.

Negocios míticos

Me van a perdonar, pero a mí esto de agarrase a los momentos o personajes mitificados por la opinión (es decir, por la propaganda) me parece que implica una grave falta de respeto a los mitificados. No tienen más que ver el jaleo en torno al 4-D, el día de la famosa manifestación autonomista, de la que ahora todos quieren apoderarse como cosa propia. Y ello en una autonomía que no ha servido a Andalucía ni para progresar un solo peldaño en la escalera de las comunidades españolas, es decir, que sigue, 35 años después, donde inició su periplo, aunque muchos, más de la cuenta, se hayan forrado con ella. Aquí, el día antes de ese 4-D no había más andalucista que los andalucistas de partido. De sobra saben Griñán y Valderas que lo demás son cuentos y apropiaciones indebidas.

Postales blancas

Vuelve el frío. Es el regalo siberiano que se presenta cada año de improviso compitiendo con el anticiclón, la postal blanca, tan desconocida en los países del Sur como prestigiada por las estéticas bien acomodadas. Los “ecolo” y otros sectarios hablan del cambio climático como si no supiéramos que entre glaciaciones caben heladas invernizas que multiplican las hogueras y hacen que los pueblos perdidos huelan desde lejos a leña quemada, al tiempo que congelan las cosechas y escarchan las naranjas nuevas. En manos de Brueghel, la postal nos muestra el delirio de los patinadores que hasta en el Támesis podían verse también en el XVII y que en la fotografía moderna aparecen como vencejos glaciales raseando el Danubio helado o el Lena tras el Palacio de Invierno. El frío descubre el clasismo de la Madre Naturaleza, que reconforta allí donde hay abundancia y deja desolada la tundra en la que el vodka sustituye al pan y en la que, ay Dostoiewski, las viejas hacen cola arrebujadas en la bulla ante el samovar callejero. El año pasado esa postal blanca divirtió a holandeses y noruegos pero se llevó por delante a más de trescientas criaturas, más los millares a las que acabaría, seguramente, reventando el hígado. Este año ya hablan en Francia de recurrir al embargo de edificios desocupados pertenecientes al “gran dinero” en caso de que “la maison de Dieu” no de abasto a tanto acogido, y aquí mismo, en España, hay puñaladas por un rincón en el cajero automático donde dormir la mona bajo la pila de cartones, mientras, cómo no, en los Países Bajos la juerga invita a todos al gran ballet los domingos por la tarde y en Suiza o en España arde el negocio de las pistas de nieve. El mitologema navideño, ahora cuestionado por el Papa, tiene en su inverosímil postal blanca uno de sus mayores atractivos, pero en la realidad de la vida las cosechas se hielan y los pastores tiritan al son de la zanfoña con el estómago vacío. El frío no es igual para todos. En fin de cuentas, casi nada lo es en esta vida.

Y sin embargo, el frío tiene su público y hasta su poesía. Ahí está Baudelaire evocando los “agudos placeres” del “implacable invierno” en un verso vecino al que habla de los “inviernos fúnebres”, hijuela del viejo villancico sublimado en el alambique de la bohemia urbana pasada por el ajenjo. Frente a los climas el hombre no es unánime ni, si me apuran, justo. Las noticias de muertes que estos días nos alcanzan vienen sin remite en una blanca postal.

La crisis médica

Mal momento es éste para que los médicos ganen la batalla que, con todo el derecho del mundo, han emprendido contra la autocracia de la Junta, pero menos probable aún es que la acabe ganando esa consejera desconsiderada a la que ya abuchean en público con las peores epítetos. Los que van a perder son toda seguridad son los pacientes, lo sufridos andalucitos de a pie con contemplan atónitos el pulso emprendido. Los médicos llevan razón cuando aducen que los feroces “recortes”, huy, perdón, los “ajustes” perpetrados por el cogobierno andaluz deberían ser aplicados en otros capítulos, sin ir más lejos en la comprometida liquidación de la Administración paralela creada por Chaves y Griñán, pero pueden ir haciéndose a la idea de que esa consejera tiene un conflicto para cada solución.