La A

Terciando en la discusión sobre el título de un libro reciente de la incansable Enriqueta Vila, “Mirando las dos orillas”, el profesor Antonio Narbona ha tenido la audacia de ofrecernos en la Real Academia de Buenas Letras una rigurosísima y deliciosa reflexión sobre la preposición “a”, ésa que Aristóteles no distinguía de las conjunciones, y que tanto que hacer da a los prosistas escrupulosos. ¿Se puede hacer un apasionante discurso sobre una preposición y, encima, sobre la más breve de todas, deleitar un buen rato dando vueltas y revueltas en torno a ese mínimo morfema tan útil, desde luego, aunque no tan fácil de manejar como pudiera parecer a primera vista? Pues se puede, puedo garantizarlo como todos mis compañeros de Corporación, al menos oyendo a este gramático fino, de aristada ironía y su migaja de guasa que mira de frente y sin complejos a la Lengua y admite de hecho que la gramática es, quién lo duda, una disciplina rígida que tiene, sin embargo, mucho de permisiva. El sábado se hizo para el hombre y no al revés, ya saben, pues lo habrán oído en el Evangelio, y me parece a mí que mi amigo Narbona es devoto de esa comprensiva cofradía que, desde el saber riguroso, es consciente de las dificultades que tantas veces presentan las normas gramaticales. Hemos escuchado a Narbona revolverse en un palmo dialéctico, trenzar con un talento poco común la vasta y compleja red del habla, la misma en que nos columpiamos los humanos, en ocasiones demasiado alegremente. La “a”, esa suerte de bosón de la lengua, puede dar de sí mucha doctrina en boca de un sabio que sabe que nunca es del todo fácil la corrección en el marco movedizo de la ortoepeya. Nebrija dedujo un paradigma y nosotros vamos a trompicones entre sus revueltas como quien se pasea por un laberinto.

Mucho me temo que la lengua, al paso que va la burra, terminará muy distanciada respecto de la teoría académica y por eso me ha alegrado la noticia de que la RAE haya dado marcha atrás en alguna providencia reciente que eliminaba o dejaba de eliminar acentos allí donde unos los ponen y otros los quitan. Pero me consuelo ahora que sé que esa árida disciplina que Erasmo maltrataba, la pobre gramática, ni es tan rígida como parece ni tan flexible como la vuelve el uso. Siendo erasmista de corazón, no me duelen prendas en reconocerle a Narbona su mucha razón en su postura, dicho sea, por supuesto “mirando a las dos orillas” de este piélago sutil en que navegamos al pairo.

Pactos fantasmas

Estamos en un momento en el que todo el mundo pide pactos salvíficos con vistas a combatir la crisis. Incluyendo, por supuesto, a los que ya gobernaron sin proponerlo nunca o a los que gobiernan y no hacen más que proponerlo sin concretarlo jamás. Y claro que son necesarios esos pactos, sobrentendiendo que pactar supone ceder y no imponer. Con esta algarabía no vamos a ninguna parte pero con una Oposición a rebufo del Gobierno y dedicada a descalificarlo, malamente podemos esperar que se consiga cerrar alguno. ¡6 millones de parados, el 56 por ciento de los jóvenes sin empleo no han bastado a estos partidos banderizos para aceptar algo tan elemental! Como no lo consigan a corto plazo quizá no queden ni ellos para contarlo.

Muerte del patriarca

Un periódico de la competencia se ha columpiado al publicar una foto de Hugo Chávez en esa imagen bien conocida del enfermo terminal entubado y asistido. El problema era que el representado no era Chávez sino un paciente que, según como aquí hemos demostrado, fue intervenido en 2008, fecha desde la cual circula en Youtube la foto en cuestión. El invierno del patriarca es siempre el mismo, pues su efectiva desaparición, obliga a sus partidarios a blindar el secreto sobre su situación real, aparte pde por desorientación, para atar cabos sueltos, ganar tiempo y dirimir conflictos hereditarios. Ahora se dice que el general Prim no murió en su palacete madrileño cuando siempre se dijo, sino varios días antes, y que su colega Serrano y su pretorio habrían ocultado la noticia incluso a la familia del “espadón”. Y no hará falta recordar la miserable exhibición de la agonía de Franco, perpetrada por su propio yerno, autor de las fotos que hicieron temblar a media España y descorchar botellas de cava a la otra media, o el espeso silencio que rodeó la muerte de Mohamed V, el abuelo del actual sultán marroquí. Junto a Chávez, sea cual su verdadero estado, vive su moribundia a media luz el propio Fidel Castro, de cuyo final sólo tendremos noticia cuando convenga al “aparato” de su régimen. En todo caso, la tentación de obtener la prueba del estado desesperado de esos patriarcas, hoy al alcance hasta del penúltimo celador, ha dado lugar a un mercado negro ocasional que en ocasiones gasta broma como la que ha provocado el bastinazo de “El País”. El sensacionalismo tiene sus riegos, qué duda cabe.

Lejos ya los tiempos en que en la cámara funeraria aguardaban inquietos el último suspiro los fedatarios junto al cura y los familiares. Hoy la gente, incluidos los próceres, no muere en su casa sino en el hospital, ámbito que quita mucho dramatismo al tránsito y vuelve la escena menos afectiva pero más aséptica. Hemos optado por la invisibilidad de la muerte pero, ay, incluso dentro de esta opción cabe que una mano encanallada proveche para retratar al agónico y vender al mejor postor la triste imagen, de lo cual no hay que culpar a la oferta más que a la demanda. Y en cierto modo eso viene a ser como la venganza de la realidad sobre el tirano, expuesto, por una vez, en su contingencia más indefensa. Cualquier mindundi con un telefonillo puede hoy ganarle la última batalla el Patriarca e, incluso, ganarse unas perras.

Doble gasto

Mira por donde, el caso del delegado de Valderas en Córdoba que injurió gravemente al obispo de la diócesis, ha servido para que los andaluces se enteren de esa letra chica del contrato de cogobierno PSOE-IU en la que se duplican las delegaciones de la Junta (ella suele decir, a pesar de algún pronunciamiento judicial en contra, “del Gobierno”) con objeto de que el copresidente Valderas tenga la suya de confianza. ¡Más “maera”, más burocracia, más enchufes para los clientes! La oposición parlamentaria no haría nada de más calculando con precisión cuánto les ha costado a los andaluces mantener a Griñán en tenguerengue y encumbrar a su socio hasta donde, seguramente, nunca soñó.

Los golfos

Un alto cargo rubalcabista ha salido a la palestra, a propósito del hilarante hallazgo de la escritora inexistente, para liquidar el astracán anunciando que en el PSOE había “un golfo” pero que ya lo han echado. Pelillos a la mar. Lo de “golfo” se ha convertido por lo que se ve en el mantra que el partido utiliza cuando ya no hay resquicio para la presunción de inocencia y se ve en la precisión de cubrir por las bravas sus vergüenzas. Roldán fue el “protogolfo” del PSOE, “cuatro golfos” son, según Chavez, los únicos responsables del ominoso mangazo de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas, y un “golfo” resulta que era también, sin que nadie lo hubiera ni sospechado, el director del chiringuito ideológico que el partido montó para compensar al defenestrado Caldera encomendándole nada menos que las funciones de una factoría de ideas y proyectos. Y menos mal que el portavoz no se ha referido a Amy Martin, ese ectoplasma rentable, porque, aplicado a una mujer, ese apóstrofe cobra un sentido muy distinto en boca de los machos de la horda aunque no creo que el feminismo “en nómina” se hubiera rasgado las vestiduras. Temo, sin embargo, que el recurso a la golfemia aislada no resuelva el gravísimo problema de la corrupción generalizada y que habremos de consolarnos recordando aquella máxima que sostuvo en su día que los regímenes personales tienden a la tiranía y las democracias a la corrupción. Y me temo que si el PSOE consistiera en que le practicaran una auditoría externa el número de “golfos” habría de subir exponencialmente.

Ahora en serio, lo que este caso demuestra no es que ninguna organización esté exenta del riesgo de que se le cuele un “golfo”, sino que nuestros partidos y, en concreto, este del que hablamos han asumido como inevitable un amplio margen de corrupción en sintonía con la insensibilidad popular que también, en buena medida, acepta el timo, el nepotismo y, eso, la “golfería” políticos como algo inseparable del ejercicio del poder. En cuanto al denunciante habría que recordarle la crónica política de unas corrupciones que implican a las cúpulas políticas, como es natural, sin cuya silente o expresa anuencia no sería posible tanto saqueador en la vida pública. Hay mucho golfo, en efecto, y eso es algo que saben de memoria los barandas de unos partidos que nunca han pactado una ley de financiación porque les va divinamente con los mangazos.

Ciencia y riesgo

Mucho es lo que hemos podido leer sobre el hombre de Neardental entre la antropología y la literatura. Que fue una especie paralela a Cromañón, que esta última acabaría aniquilándolo, que tal vez pudieron convivir y hasta hibridarse, quién sabe. La aventura del paleontólogo y del antropólogo es siempre deslumbrante y siempre provisional de tal manera que la mayoría de lo que creemos saber sobre ese misterioso origen de la especie no deja de ser cuestionable ni seductor. Pero ahora ha sucedido algo que cambia las cosas porque se trata de una propuesta de recrear la especie musteriense en el laboratorio, una vez secuenciado su genoma, a base de introducir en una célula-madre los miles de fragmentos obtenidos en el laboratorio. Lo ha ofrecido un profesor de Harvard, George Church, que ahora busca una madre de alquiler que se preste al experimento, aunque dice el sabio que no se trataría de recrear una oveja Dolly más sino de conseguir dar vida a una cohorte completa, es decir un grupo capaz de asumir su identidad, de reproducirse y crecer. La Ciencia tiene el derecho y el deber de avanzar siempre que pueda, pero también es cierto que, en toda su larga existencia, no ha dejado de planear sobre ella el ensueño, ciertamente arriesgado, de una imaginación en busca de progresar como sea, como en la fábula del Dr. Moreau y tantas otras. La bioética podrá ser todo lo discutida que quieran los sabios pero no cabe duda de que esa perspectiva tiene mucho que decir sobre los riesgos que implican las desatentadas ambiciones de Pigmalión. ¿Habría que consentir experimentos como el del Dr. Church o prohibirlos por sus evidentes riesgos? La Ciencia no debe ser un juego ni saltarse las bardas del sentido común. La hipótesis del hombre artificial, hoy verosímil hasta cierto punto, implica un salto en el vacío que la Humanidad no debería consentir.

¿Qué haríamos, por lo demás, una vez recreados esos hombres diferentes de los que apenas sabemos algo fuera de la conjetura y que ya una vez –por algo sería—sucumbieron probablemente por la competencia de nuestros propios ancestros? ¿Es lícito cualquier ensayo “creador” en el vasto campo de la Ciencia o lo discreto sería diseñar para ella un ámbito libre pero claramente delimitado? Pienso en ese neardental que hubiera estremecido a Maria Shelley y no llego a comprender por qué quiere la imaginación actual dedicar nuestros recursos y comprometer nuestra seguridad jugando en el Parque Jurásico.