Oídos sordos

Un sindicalismo que no es capaz de ganar una huelga general en un país con 6 millones de parados, miles de familias desahuciadas y salarios recortados a tope, tiene que entender que el fallo no está en la gente sino en él mismo. Allá por los sesenta, un gurú de la generación como André Gorz escribió un brillante alegato sobre la renovación sindicalista que resultaba imprescindible frente a lo que, por entonces, se llamaba el neocapitalismo, sistema cuya capacidad de adaptación parecía no tener fin. Titulaba Gorz el libro “Stratégie ouvrière et neocapitalisme” y se vio recompensado por el fuerte eco que produjo en los círculos intelectuales (lo respetaron desde Aron a Marcuse) pero, desafortunadamente, sin reflejo en los ámbitos sindicales, gran pecado cuya penitencia no hubo que esperar mucho para comprobar aunque su efecto alcanzara a las grandes centrales francesas y fuera tenido en cuenta en las británicas tras el debate a que dio lugar su derrota frente a la Tathcher. En España…, bueno, en España los sindicatos han capitalizado durante decenios el prestigio de la clandestinidad, para terminar redescubriendo el “sindicalismo concertado” con el Poder y la patronal: es decir, la herencia del trío Solís, Conde Bandrés y Mombiedro, que ha resultado de lo más rentable pero aniquiladora. Ahí está, seguramente, la explicación de estos fracasos sindicales cuyos bien pagados cuadros no aciertan a ver. Un sindicalismo con tan mínima base de afiliación y enriquecido con demasiadas subvenciones podrá servir para vestir el muñeco mientras todo vaya medianamente rutinario, pero se está viendo que ante una crisis devastadora tiene poco que hacer. Por no entrar en comparaciones, pues si lo hacemos habrá que convenir que el dúo Méndez-Toxo no le alcanza ni a las suelas de sus zapatos al que formaron Camacho-Redondo. Ni en sus impostadas arengas ni en el recurso al piqueterismo se distancian mucho del invento peronista. Y así les va.

Y nos va, porque durante la crisis y, sobre todo, tras la crisis, vamos a necesitar un modelo de “agente social” que no es el que tenemos, ni por parte de los empresarios ni por el lado sindical, sencillamente porque vamos a salir del agujero sólo cuando hayamos perdido todo o casi todo el acervo de logros acumulados desde el siglo XIX. Ninguna España se ha parecido tanto a la de Cánovas como ésta que nos ha tocado vivir bajo el signo de la mediocridad.

El bipartito, al pairo

Vaya papelón que han hecho los dos partidos que cogobiernan la autonomía el día de la huelga general, porque el fracaso de la demostración no corresponde en exclusiva a sus organizadores sindicales sino a unos políticos partidistas que han aprovechado la delicada situación socioeconómica que atraviesa la autonomía para jugar a la oposición contra el Gobierno legítimo, sumando las instituciones al paro y, encima, sin conseguirlo ni de lejos. La Junta bicéfala vive su rutina como quien aguanta un temporal, es decir, sin otra iniciativa que esperar hoy que mañana tal vez sea menos malo. Valderas es el mejor exponente de la debilidad de Griñán quien, desde el miércoles, le debe también el fracaso de una huelga inaudita.

La moral privada

Es extraordinario el caso del general de cuatro estrellas David Petraeus, combatiente en Irak y después director de la CIA. Lo es por su misma índole –un gran político que dimite por razones morales en España sería una raya en el agua–, ya que dimitir porque lo pillen a uno enredado en un triángulo amoroso constituye un gesto cumplido, pero lo es más que nada por las propias palabras de dimisión del dimitido –“Tras 37 años de matrimonio tuve el error de mantener una relación extramatrimonial. Eso no es de recibió tanto como marido, como director de una institución como la CIA”—que, seguramente, han dejado en un flipe a la mayoría de nuestros políticos. Ya sabemos que España es un país alcahuete en el que, sin embargo, la moral privada se separa con esmero de la moral social, ya que ésta suele eximir de responsabilidad a nuestros barandas, los descubran en un triángulo o en un tetraedro irregular, porque –y sobran los ejemplos—parece ser que, a diferencia de otros, aquí cuentan poco los agravios de cintura para abajo, atañan a la bragueta o a la faltriquera.

En USA, no. En USA, la democracia tocqueviliana en estado impuro, hay Estados en los que se ve normal freír a un sujeto en la silla eléctrica y los hay en que constituye delito la felación incluso dentro del domicilio conyugal. En todo caso, lo que más me ha impresionado del caso Petraeus es que a un director de la CIA –¡con lo que la CIA tiene hecho y por hacer en medio mundo!—le jaqueen el correo electrónico hasta descubrirle mensajitos calientes “de alto contenido erótico”. Ya ven, se pueden financiar y ocultar luego las matanzas de Pinochet, pongo por caso, pero no se puede echar una canita al aire ni siquiera con cuatro estrellas en la bocamanga. No sé si es una leyenda o no, pero alguna vez he oído que un tío tan macho como Millán Astray, capaz de darle el brazo a la Celia Gámez, autorizó a sus legionarios gays el uso de una borla blanca en el gorro cuartelero, licencia que Franco, su sucesor, cortó por lo sano, faltaría más. Y me he acordado de la anécdota (ignoro si apócrifa, repito) al toparme con este general invicto y agente universal, rindiendo la rodilla ante una moral privada a la que no molesta dar un golpe de estado sangriento pero sí un quítame allá esas pajas, dicho sea con perdón. Me cae bien Petraeus, a qué negarlo. Lo que no entiendo son las cabriolas del puritanismo.

La Junta, en huelga

La Junta apoyó la HGP de ayer, pero desde antier estaba prácticamente en huelga. Lo demuestra que, estando Andalucía como está, el Consejo de Gobierno celebrado el martes –día de trabajo normal—no acordó nada mejor que una declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) a favor de la Escuela Bolera de Baile, institución eminente donde las haya, que cultiva una danza de origen franco-italiano entres cuyas variantes se cuentan la cachucha, el jaleo, el torero, el olé o el vito, entre otras. El millón y medio de parados, la catástrofe económica, los grandes escándalos de la corrupción, pueden esperar (sentados). No olviden que Griñán ha decretado una huelga institucional “con el 100 por cien de servicios mínimos”. ¡Y tan mínimos!

La H.G.P.

En el extinto movimiento obrero, herencia de nuestro siglo romántico, el XIX, se sabía al dedillo que la Huelga General Política, la “HGP” de la propaganda, era el último recurso de los explotados o, si se prefiere, el umbral del conflicto definitivo con el Sistema. El obrero comienza su lucha organizando “cajas de resistencia” para sufragar las necesidades básicas en caso de pulso con los patronos, inventa instrumentos de instrucción como los ateneos y confía el proselitismo a verdaderos apóstoles –¡ay, Fermín Salvochea, de cortijada en cortijada, su mendrugo de pan asentado y su cuartillo de queso rancio en la alforja!—que se jugaban el pellejo con los somatenes y las policías rurales, pero luego logra una unidad con vocación ecuménica –la temida A.I.T—que hace reflexionar a los patronos y a los Gobiernos, que vienen a ser lo mismo. Lean “La Defensa de la Sociedad” argumentar por boca de Cánovas y cía. sobre los peligros de esa universalidad. Lean en el Diario de Sesiones el argumentario de aquellas figuras insignes del moderantismo, que venían a ser el “Tea Party” de la época. Pero la HGP era otra cosa. Xavier Cuadrat demostró en su día (1976) cómo el propio Pablo Iglesias, en pugna con el anarquismo entusiasta y primerizo, anduvo que si sí que si no hasta hacer fracasar, finalmente, la gran huelga de 1902, y Jorge Semprún detalló, no sin malevolencia, los proyectos de esa índole que el carrillismo manejó desde París, juiciosamente abortados uno tras otros por sus mismos promotores. Declarar un paro total frente a un Gobierno es declararle la guerra a todo el montaje social y eso es, precisamente, lo que circunstancias como las estamos viviendo vuelve hoy insensato.

El anunciado para hoy por los sindicatos “concertados” cuenta, además, con un absurdo añadido como es la identificación con el desafío de las instituciones políticas, llámense Parlamento, llámense Junta, porque nada más incongruente que los irresponsables regionales de un paro límite como el que sufrimos mancomunen sus esfuerzos para atacar al Gobierno de la nación. La huelga es ya hoy, acaso, un instrumento de presión caducado, sobre todo, en ausencia de una ley de Huelga que nadie, ni desde la Izquierda ni desde la Derecha, osa redactar. ¿Una HGP en una España con casi seis millones de parados forzosos? Aquí se confunde el derecho del trabajo con el presupuesto propio y pare usted de contar.

Servicios mutuos

La Junta atiborra a los sindicatos (y a los patronos) de millones durante el año y aquellos le proporcionan una calculada dosis de “paz social”. Es el caso de esta huelga a la griega, no a la japonesa, que no tiene otro fin que oponerse políticamente al Gobierno de la nación por sus “recortes”, con absoluto olvido de los que aquí prodiga –porque no tampoco tiene otro remedio—la afilada tijera de Griñán. Unos y otros han estado callados mientras el paro escalaba hasta casi el 35 por ciento, y eso se traduce en una pérdida de estatus y de presencia que ahora pretenden compensar apedreando a Madrid. Nunca se vio a las instituciones secundar una huelga general como va a verse hoy aquí ni a unos sindicatos tan desprestigiados como los que llevarán la pancarta. Y mañana será otro día, otro día como uno cualquiera. Eso lo saben de sobra estos agitadores de cinco estrellas.