Valderas y el “picudo”

Carta de un bollullero (de Bollullos Par del Condado): “…y hay que ver el arte de este Valderas que de “rojo” tiene lo que yo me sé y de “verde” menos aún”. Motivo: que Valderas posee en su finca de Bollullos una palmera infectada por el “picudo rojo” y, a pesar de las reiteradas advertencias municipales, ni se inmuta. Sigue mi corresponsal: “Si apoya la política neoliberal en economía y se inhibe en medio ambiente ¿qué es lo que tiene este hombre de diferente a la hora de votar?”. Como no creo que este negocio del “picudo” sea el peor cargo político que se le pueda imputar a Valderas, le he contestado a remitente que, al fin y al cabo, Maquiavelo ya supo que el triunfo en política no sólo lo da la “virtù” sino, y sobre todo, la “fortuna”.

Pies de barro

El proyecto de unos Estados Unidos de Europa no resiste la comparación con el modelo americano. No ha habido voluntad aquí, al menos después de los padres fundadores, de constituir una federación fuerte y unida, capaz de garantizar su acción mancomunada tanto en la política interna como en la exterior, y a ello se debe la inestabilidad que la UE muestra ante cualquier dificultad mayor. El derrotero que lleva la crisis económica actual lo demostraría, desde luego, en la medida en que cuestiona la realidad de esa moneda única que con tanta fuerza inició su andadura, y que ahora parece tambalearse, no sólo porque algunos de sus miembros estén con un pie en la quiebra, sino por el simple hecho de que la mera reaparición en público de un oportunista y presunto delincuente múltiple como Berlusconi eche abajo la “presidencia técnica” de Monti, impuesta por Bruselas, y deje en el alero nuestra dañada moneda común. Europa ha sido durante siglos un campo de Agramante en el que muchos de los países que la constituyen se han destrozado mutuamente con una ferocidad responsable de la frágil unidad compuesta a base de tratados tardíos, aparte de que no han acabado de asumir una noción común de “soberanía”, susceptibles en todo momento con cuanto modificara su realidad tradicional. Si la idea de Europa que subyace en este proyecto se debe al ansia de paz sentida por muchos de los beligerantes, la realidad es que nunca ha logrado sobrepasar la raya del acuerdo financiero para constituir una realidad nueva. En América fue necesaria tal vez la elevada temperatura de una guerra atroz, la de Secesión, para acabar de fundir los territorios en una unidad superior. Aquí la verdad es que la atrocidad de tantas guerras no ha dado de sí más que un importante pero quebradizo acuerdo mercantil.

Se oyen voces profetizando que, de consumarse la aventura de Berlusconi, es posible que España resulte beneficiada al pasar Italia al primer plano de las preocupaciones de la Unión, lo cual, de ser cierto, vendría a confirmar que este gigante en ciernes tiene los pies de barro, cuyo único nexo real, el euro, no dejaría de acusar los posibles efectos devastadores provocados por la incertidumbre que provoca un desacreditado aventurero que tiene pendiente varias causas con la Justicia y hasta una grave condena recurrida. Cuando pase esta crisis habrá que reconstruir el sueño continental, tan débil hoy como para depender de un chisgarabís cualquiera.

Los rectores estallan

La Junta no se ha inmutado siquiera porque la totalidad de los rectores andaluces hayan suscrito la dura requisitoria contra los “recortes” presentada en Madrid por sus colegas. Se ha limitado, a cambio, en cargar contra el ministro Wert, incluso utilizando metáforas no poco insultantes, como si ella no tuviera que ver con la “asfixia” denunciada al deberle desde siempre a la Junta y superar ahora ahora esa deuda hasta el límite, hecho que cabría decir que se merecen –ellos, no las universidades—dada su estrategia de protestar contra el Gobierno y pasar en silencio ante la Junta que es su responsable presupuestaria. El consejero Ávila se ha ensañado con Madrid. Con rectores como los que tenemos no hacía falta más.

Extrañas logias

Cuenta Boadella en su último libro que, durante una cena a la que asistieron él mismo junto al cardenal Sistach y el actual ministro de Interior, Jorge Fernández, y cuando la conversa versaba sobre la caída del Muro de Berlín y sus oscuras causas, el ministro zanjó la cuestión con tres contundentes sílabas: ¡Fá-ti-ma!”. Se refería, al parecer, el señor ministro a la profecía que la Virgen hizo a las pastorcitas portuguesas y que ha conservado con celo hasta su muerte sor Lucía, en la que es doctrina común que se profetizaba la caída del sovietismo, así, en plan milagro. Y eso, qué quieren que les diga, viniendo de un ministro que tiene en sus manos la seguridad del país, pone los pelos del punta al ciudadano más pintado. ¡Pues eso no es nada! Ahora resulta que el ministro Fernández pertenece como caballero a una orden consagrada a la “glorificación de la Cruz”, a la que el Vaticano o, al menos, el cardenal Bertone, ha prohibido las ceremonias de investiduras, a pesar de que ese purpurado mandamás sea el protagonista de un libro curioso, “Mis coloquios con sor Lucía”. ¿Cómo, el ministro del Interior, católico a machamartillo e íntimo de Rouco, desobedeciendo los rigores vaticanos en compañía, todo hay que decirlo, del cardenal emérito Re y el arzobispo castrense Del Río? ¿Un ministro de Interior actuando como un rosacruz cualquiera o como los de antaño que gastaban delantal con compás y escuadra? Francamente, me cuento entre quienes protestan cuando la Izquierda montaraz equipara la nueva derecha a la dictadura, pero convengamos que esa foto del ministro jugando a las sociedades secretas es de las que no resisten ni a la lógica más flexible.

Pase que Rouco mismo discrepe de la jerarquía, que en ello no nos va nada a los peatones, pero que un miembro tan principal del Gobierno vaya por esos andurriales secretosos es algo que se pasa sobradamente de la raya. Para poder exigir en conciencia que la política sea neutral y no secularizadora, parece que lo primero debería ser poner la cosa pública en manos de realistas que no se dejen arrastrar por la seducción de ritos y ceremonias. Por eso inquieta el ministro Fernández, caballero de una Sacra Orden Constantiniana que al Papa, por lo visto, le importa un pimiento aunque luego preocupe tanto a la jerarquía que el ala ilusionista del PSOE haya entrado a por uvas en la masonería de toda la vida. A un ministro le basta y le sobra con profesar una sola obediencia.

Enseñar la llave

Como en su día Carod Rovira en Cataluña, el copresidente Valderas ha exhibido, algo prepotente aunque realista, la “llave” única que permite la estabilidad del cogobierno encabezado por Griñán. “Él sabe que la llave en la Mesa y en el Parlamento es Izquierda Unida porque somos la fuerza política que puede decidir los temas hacia un lado o hacia otro”, ha proclamado refiriéndose al presidente de la Cámara. Ha venido a decir, por consiguiente, aquí no manda nadie más que yo, lo cual supone un exceso teniendo en cuenta el tamaño de su minoría, pero también una chulesca advertencia al propio copresidente Griñán. IU debería mirarse en el espejo del PA para orientarse sobre las resultas que pueden derivarse de esta alianza “de pane lucrando” con el “enemigo íntimo”.

Territorio exento

El otro día pudo verse en televisión a un futbolista de prestigio intercambiar escupitajos con un rival al que con ese gesto quiso demostrar su desprecio a causa de algún incidente del juego. No es la primera vez, por supuesto, como no lo es contemplar la incomprensible impunidad de que gozan esos gladiadores capaces de salir impunes tras causarle a un rival graves lesiones corporales, con el inevitable perjuicio que ello conlleva para un profesional. El terreno de juego funciona de hecho, inexplicablemente a mi modo de ver las cosas, como un territorio exento en el que un ciudadano que representa a un organismo federativo asume y agota toda la autoridad sin que importe que los hechos acusen tantas veces un perfil delictivo cuya sanción extradeportiva correspondería en buena lógica a un juez y no a un árbitro. Sólo una vez en mi vida presencié la intervención espontánea de un juez que ordenó la detención inmediata de un jugador que acababa de fracturar una pierna a otro, entendiendo que ese hecho constituía un delito de lesiones graves y que, por descontado, la cancha no es ningún territorio exento de jurisdicción. ¿Qué ocurriría si, mediando mala fe o no, un jugador mata a otro en el curso de un encuentro, alguien puede sostener que la única responsabilidad del matador es la que le asigne su Federación o cabe esperar que la justicia ordinaria intervenga con todas sus consecuencias? Miren que dilema tan elemental que, sin embargo, parece que es incapaz de resolver la mitomanía de eso que suele llamarse teatralmente “el respetable”. Cuando nos hemos dado cuenta las canchas se han convertido en territorios por completo ajenos a la jurisdicción que rige para todo lo demás.

Un futbolista turco que milita en un club español fue castigado federativamente con una sanción por dirigir insultos racistas a un jugador de Costa de Marfil, pero la Fiscalía de Estambul ha solicitado que, al margen del coscorrón deportivo, el racista sea condenado a una pena de cárcel entre seis meses y dos años, interesante precedente que sería razonable que fuera imitado por todos, teniendo en cuenta, no sólo la razón jurídica, sino el hecho de que esos espectáculos desmoralizadores constituyen una auténtica y equívoca escuela de la competencia para los sectores más vulnerables de la audiencia. La impunidad que, de hecho, gozan esos campeones debe tener los mismos límites que se le imponen al común de los mortales.