El fantasma nuclear

El accidente ocurrido antier en el cementerio nuclear de Marcoule, cerca de Niza, ha despertado todas las alarmas razonables y algunas que tal vez no lo son tanto. Me consta que nuestro propio Gobierno mantuvo las orejas tiesas durante toda la tensa jornada, no sólo por la proximidad relativa aquel lugar a nuestro territorio, sino ante la hipótesis de pudiera tratarse de un atentado terrorista. En todo caso, el debate antinuclear no ha tardado en reabrirse, potenciado por esa cercanía y anunciando una nueva ofensiva que, sin duda, contribuirá a diluir el notable consenso que andaba fraguándose en torno a un proyecto nuclear en el que el expresidente González no se cortaba un pelo a la hora de coincidir con sus antiguos adversarios. Lo primero que conviene decir es que lo que ha ocurrido en Marcoule nada tiene que ver con la central ubicada en las inmediaciones, como nada tuvo que ver en el desastre causado en Fukushima por un imprevisible tsunami que resultaría igualmente asolador si se abatiera sobre alguno de los miles de complejos industriales dispersos por todo el planeta. ¿Por qué reducir a la industria nuclear la leyenda del riesgo cuando todo ese entramado fabril supone riesgos equiparables en muchos casos? ¿Es que ya nadie recuerda lo que ocurrió en Seveso? Pues lo que hoy sabemos es que aquel desastre tuvo más de imaginario que de real y hasta es frecuente oír a los expertos utilizar el caso como ejemplo de que el riesgo implícito en el pánico supera con frecuencia el de la propia catástrofe, aunque, claro está, también sabemos hoy que lo ocurrido en Chernóbil fue mucho peor incluso que lo que dijeron los apocalípticos.
No hay duda de que cada día resulta más necesario cerrar la vieja discusión, a ser posible alejada de los maximalismos encontrados que, por un lado, venden la nuclearización como un progreso limpio, y por otro la denigran como un mal absoluto. Estas sociedades devoradoras insaciables de energía no resistirían mucho tiempo ni con los medios convencionales de producción, ni con esas “alternativas”, con toda evidencia demasiado crudas todavía que, no obstante, se postulan como si estuvieran ya en sazón y fuera cosa tan sólo de optar por ellas. El susto del lunes debería pesar a la hora de decidir una severa estrategia de discusión científica y una voluntad decidida de informar al pueblo con sinceridad. Porque si algo hay claro hoy por hoy es que ni deja de haber peligros en esos progresos ni los medios tradicionales pueden garantizar el imprescindible abastecimiento. La ecología no debería meterse nunca en política ni la política hacer de la ecología un mísero instrumento electoral.

Bromas democráticas

No seré yo quien saque a colación la imagen de la zorra en el gallinero con motivo del nombramiento del célebre e imputado empresario cordobés “Sandokán”, Rafael Gómez, como consejero de la misma Gerencia Municipal de Urbanismo a la que todavía adeuda casi 30 millones en concepto de sanciones urbanísticas. Ahora bien, parece claro que ni el Ayuntamiento debería consentir ese disparate ni el propio interesado aceptarlo pensando en la credibilidad del Consistorio. ¿Cómo pasar de sancionado máximo a garante de la legalidad? El Pleno de Córdoba acaba de resolver esa grave disyuntiva por las bravas y sin encomendarse a Dios ni al diablo. Son bromas que gasta la democracia, que caben dentro de ella, sobre todo cuando sus responsables no están muy seguros de tener bien sujeto el pantalón.

El pulgar asesino

No me siento tranquilo viendo a la santa infancia entretenerse en sus “nintendos” jugando a matar. No entiendo en nombre de qué libertad suicida pueden permitirse juegos que fomenten el instinto exterminador al que la imagen virtual le ofrece ahora posibilidades sin límite. Hay en este momento en el mercado juegos (¿infantiles?) consistentes en destruir enemigos imaginarios y hasta alguno especializado en atropellar brutalmente a ancianos sorprendidos sobre la ruta imaginaria, como los hay que ofrecen como competición el hundimiento de buques o el bombardeo de ciudades, la voladura de edificios o el ataque encarnizado a determinados candidatos electorales. El último de estos ingenios, “Tea party Zombies must die” (los zombis del Tea Party deben morir), al que cualquiera puede acceder con sólo teclear esa referencia en un buscador, expresa sin ambages desde el propio título un propósito criminal concretado en la oferta de diversos modos de asesinar a los líderes de la extrema derecha americana, desde Sarah Palin al exportavoz de la Casa Blanca Newt Gingrich pasando por Michelle Bachman, todo un alarde de agresividad consagrado a permitir al mono asesino la descarga virtual de su pulsión más ancestral: el exterminio del adversario. Arrellanado cómodamente en el sofá, el bárbaro puede enseñar ahora al niño, sin la menor dificultad, la lógica moral de la horda –pero la verdad es que en términos que hubieran hecho desvanecerse al propio Freud—al tiempo que él mismo tiene ocasión de dar rienda suelta a su brutal instinto maltratando, siquiera sea de manera imaginaria, al enemigo político: es gratis hoy en internet abofetear a Obama, por ejemplo, con sólo pulsar esa opción en el sitio “Slap Obama”. Es el otro terrorismo, el que se acoge a sagrado a la sombra de una libertad que se postula sin límites alentada por el escrúpulo supersticioso de ciertos popes de una democracia ultra siempre dispuesta a llamar hipócrita a quien la cuestione.

El taylorismo japonés hace años que ofrece a sus a abrumados currelantes el desahogo de machacar a trompazos la cara del jefe reproducida fielmente en un tentempié y parece que la experiencia ha demostrado de sobra su capacidad ansiolítica. No creo, a pesar de todo, que ofrecer al personal la opción de la violencia, aunque sea sublimatoria, como terapia de su malestar, sirva para otra cosa que para retrotraerlo a su estadio más primitivo. Por mi parte, confieso que he visto pocas imágenes tan inmorales e inquietantes como las que ofrece ese juego de aniquilar al antagonista o abofetear a un presidente sin más que apretar el vengativo pulgar.

Pueblos malditos

La Junta ha accedido a conceder a ciertos Ayuntamientos en apuros adelantos a cuenta que les permitan salir del túnel en que se hallan, con frecuencia heredado de la administración anterior del PSOE. No está entre ellos uno que ya empieza a señalarse como ejemplo de pueblo maldito al que no se le perdona haber volcado literalmente el tablero electoral –Valverde del Camino—cuya joven y acosada alcaldesa, tras denunciar el boicot a que la someten la Junta y el Gobierno (incluido el ICO), se veía obligada ayer a advertir ese Gobierno que una huelga de policías locales, a los que, en plena ruina, se les adeudan cuatro meses y otros conceptos, le impide garantizar la seguridad de la población. El PSOE parece decidido a asfixiar sin consideración a esos pueblos malditos que han cometido el delito imperdonable de desalojarlo del poder.

Color salmón

Hay pocas personas que entiendan lo que está ocurriendo en la economía mundial. Más allá de la explicación de la “burbuja” famosa, convertida hoy en un auténtico “big bang”, malamente puede explicarse la fragilidad del sistema financiero y, su consecuencia, el carácter aleatorio que súbitamente se ha descubierto en la propiedad. No necesita explicación lo que ha ocurrido en Grecia, desde luego, una vez que hemos sabido que el propio Gobierno, entrampado hasta las cejas, falseaba la contabilidad nacional, o la peripecia del consumismo español, tan insensata como fomentada por los diversos poderes, pero ya me dirán qué pensar del hecho de que la “riqueza de las naciones”, como decía Smith, no consista ya en una entidad sólida sino en una vulnerable realidad a merced de sujetos carentes de toda legitimación, como esas aruspicinas empresas de “rating” que siguen pontificando como si tal cosa después de haberse estrellado de plano contra la crisis que no vieron venir ni de lejos ni de cerca. Un gesto del baranda del BCE, una opinión privada y rectificable en veinticuatro horas de la presidenta del FMI, la dimisión de un gerifalte financiero de la UE, bastan y sobran ya para que horas después las bolsas del planeta se hayan desplomado arruinando, como es natural, a pequeños y medianos inversores y, qué duda cabe, poniéndole en bandeja operaciones fabulosas a los oportunistas con posibles, sin duda los grandes beneficiarios de este cataclismo. ¿Cómo puede un sistema global depender indefenso de criterios ocasionales, qué puede explicar que el poder político comparezca inerme ante esta misteriosa situación que no excluye la posibilidad de un crac de alcance imprevisible, acaso es que el capitalismo se ha revelado incontrolable o es que sus recursos fantasmales, garantía de su imprescindible anonimato, han acabado desbordando al propio ectoplasma? Al incuestionable fracaso de la economía colectivista puede que acabe sumándosele el del negocio liberal.

Nunca he creído en la leyenda del alacrán: los sistemas no se suicidan. Otra cosa es que permitan y hasta propicien su propia ruina cegados por la ambición. Y éste que padecemos trazas lleva de haber perdido el autocontrol a fuerza de incrementar su libertad sin frenos. Claro que es poco probable que, de derrumbarse el templo, pille a sus sansones bajo los escombros. Pillaría a los filisteos de a pie, por no hablar de la inmensa feligresía que poco margen tiene para terciar entre Sansón y David. Aquello de que el aleteo de una mariposa podía provocar una galerna en la antípoda ya no es sólo una metáfora. No por ser ciencia nueva, la caología deja de tener sus buenos argumentos.

Chollo político

No tiene sentido la porfía sobre lo que ganan nuestros políticos. Habrá entre ellos unos pocos, seguro, quien pierde dinero al abrazar el “servicio” público, pero es un verdadero escándalo el conjunto de esos haberes en medio de esta angustiosa crisis. ¿Puede trincar más de 7.000 euros al mes el presidente del PSOE sevillano, pongamos por caso, con un currículo que cabe en un papel de fumar y sin tener en cuenta su inquietante presencia en muchos de los graves fregados que investigan los jueces, incluido el de los ERE fraudulentos? Pues no, desde luego, en un país de parados en el que el mileurismo se ha convertido en un privilegio y en el que una legión de jóvenes brillantes va por la vida con una mano atrás y otra delante. Es un chollo la política para muchos. Para los menos cualificados, sencillamente, es el negocio del siglo.