Desconcertante justicia

La puesta en libertad definitiva de ese delincuente que era menor de edad cuando participó en la violación y muerte de la muchacha sevillana cuyo cuerpo sigue sin aparecer, vuelve a poner en pie de guerra a una opinión que no entiende de leyes, ni tiene por qué entender, pero para cuyo sentido común resulta un insulto que delincuentes de semejante calaña andes sueltos por la calle. Es inútil continuar con la porfía sobre la ley del Menor, ese monumento a la impunidad. Mientras esa desgraciada norma no se reforme, esta sociedad seguirá soportando espectáculos como el comentado, que no es sino un más en la ya larga serie que llevamos vividos.

El miedo artificial

No hay quien me quite de la cabeza que el “pepinazo” que está arruinando a nuestra agricultura ante la insolvencia de un Gobierno más atento a sus problemas de partido que a la gobernación del país, es un montaje de gran envergadura organizado desde la competencia. No niego que la actuación de esa consejera alemana que ha sembrado la alarma sea fruto de su ignorancia o de su osadía, pero apostaría a que lo que ha venido después, a saber, el descrédito fulminante de nuestra huerta en Europa y el cierre de fronteras a nuestros productos, ha sido por lo menos el resultado de una manipulación  interesada. Tampoco voy a plantear el famoso “Quid prodest?” porque será demasiado fácil mirar hacia los clásicos competidores, evidentes beneficiarios de nuestra ruina. Lo que ahora me interesa resaltar es el fenómeno del miedo, ese fantasma intermitente que asola el mundo civilizado (en el otro se comen sin penárselo dos veces lo que se tercie) cada dos por tres, con el agravante de que la población se está quedando si referente seguro y como confiada en exclusiva a su arriesgada intuición. Para empezar, porque la Organización Mundial de la Salud, la antaño respetada OMS, salió hecha trizas de la crisis de la última gripe ante la que anunció un apocalipsis por fortuna sin fundamento. Y en el caso de los españoles porque ya me dirán cómo tranquilizarse confiando en una ministra sin estudios no especiales dotes como la que tenemos, cuyas intervenciones me temo que aumenten el desconcierto en lugar de fomentar el sosiego. Desde las vacas locas a los pepinos pasando por la crisis de las dioxinas, por la gripe aviar o la porcina, no acabamos de respirar hondo cuando ya nos acongojan con otra amenaza invisible con la que, indefectiblemente, muchos se arruinan y unos cuantos se ponen la botas. La psicosis de la peste está hondamente enraizada en la mentalidad humana por más que el mundo contemporáneo haya demostrado que a lo que tiene que temer a sus propias endemias.

 

Hemos visto y escuchado a la consejera hamburguesa y a la ministra Pajín con la lógica inquietud por ver en manos de quiénes estamos y, por descontado, con el miedo añadido de que alguna vez la llegada del lobo resulte cierta y una amenaza vital de envergadura haya de ser gestionada por esas aficionadas “de cuota”. La crisis de los pepinos no solamente va a descuadrar sin remedio nuestra economía sino también nuestra imprescindible aunque ya residual confianza en los responsables políticos. Uno a corto y el otro a medio plazo, no nos podían haber caído encima mayores desgracias.

Ruina irremediable

La ruina de la huerta andaluza es prácticamente un hecho. Lo habían intentado otras veces sin conseguirlo, pero en esta ocasión –con un Presidente del Gobierno mudo, una ministra por completo lega, un “candidato” acomplejado frente a la potencia alemana y una Junta sin el menor peso—se van a llevar el gato al agua, hundiendo nuestro sector más floreciente desde Almería a Huelva pasando por Málaga, Granada y Sevilla. Gran fracaso político de Gobierno y Junta, ridículo de nuestro sistema sanitario cuyos laboratorios han sido incapaces de responder en tiempo y forma al ataque alemán. Y todo en medio de la mayor indiferencia, como si este roto admitiera remiendo. Pocos casos de desgobierno e indefensión como éste de la ruina de la huerta.

Aquel utillero

Cuentan que hubo un utillero de la Selección española de fútbol que, cuando viajaba en competición, llevaba en su equipaje una bandera española y un disco con el himno nacional. En pocos países tendría sentido esa prevención pero en España lo tenía sobrado toda vez que la relación de casos en que, tras un triunfo hispano, se ha escuchado en honor del vencedor un himno ajeno o equivocado parece no tener fin. A Contador mismo, tras ganar el Giro, no le habrá pillado por sorpresa la chapuza italiana de colocarle el himno con la letra de Pemán –en la versión fascista corregida, para más inri—puesto que tenía ya sobre sus espaldas la experiencia de haber escuchado en su honor el himno danés cuando ganó el Tour del 2009, chasco que no era sino uno más en esa larga lista que incluye los ocurridos en Praga o en Canadá, en El Cairo o en Lima, por no hablar del chusco incidente de Melbourne en que un trompetista, no sabemos si espontáneo o preparado, se dejó caer ante la concurrencia indiferente y el equipo desconcertado nada menos que con el Himno de Riego. Llueve sobre mojado, pues, y lo que habría que preguntarle a los responsables oficiales es si ellos se imaginan siquiera la posibilidad de que a la afición francesa le cambiaran la Marsellesa por el “God save the Queen” o qué sucedería en el planeta del béisbol americano si en un estadio extranjero sonara en honor de sus gladiadores la Internacional o ese himno de recuelo que Putin ha hecho con el que fuera de Stalin. Una burocracia tan nutrida como la que en España mantiene el deporte no debería depender de un utillero sino responder de sus fallos que, a estas alturas, carece de sentido continuar conceptuando como incidencias intrascendentes. Estas cosas sólo nos ocurren a nosotros, por lo que yo sé, y por eso mismo deberían ser objeto de una severa consideración por parte de esta enervada autoridad.

Pero ¿y la diplomacia, para qué está el “servicio exterior” de una nación sino para preservar su imagen y evitar que se la tome a chacota? Una cosa es que hayamos perdido peso por ahí fuera y otra que nuestros representes en el extranjero ni siquiera se preocupen de prevenir estos chascos absurdos por el procedimiento elemental de interesar de las organizaciones deportivas el debido respeto y, en su caso, por proporcionarles el material del que, al parecer, carecen. O sea, que no se les pide más que a aquel utillero que un día decidió, con tan buen criterio, pechar por su cuenta con la dignidad nacional. ¿Se figuran a los franceses, ya digo, escuchando atónitos un himno ajeno en honor de un campeón propio? Nosotros, por desgracia, hace años que tenemos el cuerpo hecho a esos elocuentes desdenes.

Fracasos tapados

La decisión de Griñán de no hacer autocrítica tras el bastinazo colosal de las municipales tiene, desde luego, explicación sobrada. Ya me dirán cómo racionalizar el hecho aplastante de que más de un 60 por ciento de los votos perdidos por el PSOE lo hayan sido en Andalucía, que uno de cada cinco nuevos votos del PP en toda España haya salido de las urnas sevillanas o que la señora presidenta del PSOE-A haya fracasado de la manera estrepitosa en que lo ha hecho en su pueblo natal, Antequera. Hay situaciones en lo más práctico es no revolver el cotarro entre otras cosas porque demasiadas voces atruenan ya el ámbito interno de ese partido que por primera vez pierde unas elecciones en Andalucía.

Malos tiempos

Me cuentan que una encuesta realizada en el campo de Agramante de los “indignados” descubre una generalizada desconfianza en el futuro basada en la miseria del presente. No me extraña, como es natural, porque motivos no faltan para ello, pero sería impropio consagrar la idea de la pravedad de nuestro momento histórico que ni mucho menos, y a pesar de los pesares, estaría justificada. La idea del progresivo retroceso de la vida –a tono con el lamento manriqueño—propicia en cada época cierta conciencia de crisis traducida en una idealización del pasado que, por supuesto, se basa más que nada en la mala memoria. Frente a la convicción  medieval y barroca, luego recuperada por los románticos,  de vivir malos tiempos, se levanta solitario el postulado leibnitziano de que éste en que vivimos es “el mejor de los mundos posibles”, más allá de la ilusoria degeneración de valores y circunstancias que debe no poco, por otra parte, a la insistencia del cristianismo histórico cuyo referente, como el de tantas culturas, no es otro que el mito del “paraíso perdido”. Hoy mismo vivimos agobiados por una coyuntura insufrible en la que al fracaso del Sistema se une el espectáculo –desorbitado en el engranaje de la sociedad medial—de una vida trastornada en innumerables episodios incalificables que si justifican, en buena medida, el pesimismo, no deben hacernos olvidar tantos logros como hacen de nuestra realidad, sin duda posible, el menos malo de los mundos vividos hasta ahora por esta especie que ha demostrado ser a un tiempo mísera y admirable, estúpida y genial. Nunca tuvo el hombre ante sí un panorama tan fascinante de progreso ni tan próxima la amenaza de la autodestrucción, es verdad, pero puede que la vida se deslizara siempre sobre ese doble filo que acaso es, sin más, constitutivo de la condición humana.

Hace poco he escuchado al profesor Villalobos una anublada teoría, no ya del presente, sino del futuro de nuestra civilización, apoyada en las advertencias de Leibnitz y en la metáfora de Cavafis sobre los “nuevos bárbaros”, pero recompuesta sobre la intuición de Hölderlin de que en el seno de la adversidad se agazapa, aguardando su momento, el germen de la salvación. Es la eterna tensión entre el ilusionismo del progreso continuo y el presentimiento del descalabro sobre la que el criterio humano discurre funámbulo sin escarmentar jamás. Y es, en definitiva, la versión hodierna del profetismo porfiando con los conformistas en la ciudad alegre y confiada. Este espléndido “mondo cane”, abocado a la maravilla pero hundido en la miseria, deslumbrante y crepuscular, es hoy, con decorado distinto, la misma paradoja de siempre.