Los golfos

Un alto cargo rubalcabista ha salido a la palestra, a propósito del hilarante hallazgo de la escritora inexistente, para liquidar el astracán anunciando que en el PSOE había “un golfo” pero que ya lo han echado. Pelillos a la mar. Lo de “golfo” se ha convertido por lo que se ve en el mantra que el partido utiliza cuando ya no hay resquicio para la presunción de inocencia y se ve en la precisión de cubrir por las bravas sus vergüenzas. Roldán fue el “protogolfo” del PSOE, “cuatro golfos” son, según Chavez, los únicos responsables del ominoso mangazo de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas, y un “golfo” resulta que era también, sin que nadie lo hubiera ni sospechado, el director del chiringuito ideológico que el partido montó para compensar al defenestrado Caldera encomendándole nada menos que las funciones de una factoría de ideas y proyectos. Y menos mal que el portavoz no se ha referido a Amy Martin, ese ectoplasma rentable, porque, aplicado a una mujer, ese apóstrofe cobra un sentido muy distinto en boca de los machos de la horda aunque no creo que el feminismo “en nómina” se hubiera rasgado las vestiduras. Temo, sin embargo, que el recurso a la golfemia aislada no resuelva el gravísimo problema de la corrupción generalizada y que habremos de consolarnos recordando aquella máxima que sostuvo en su día que los regímenes personales tienden a la tiranía y las democracias a la corrupción. Y me temo que si el PSOE consistiera en que le practicaran una auditoría externa el número de “golfos” habría de subir exponencialmente.

Ahora en serio, lo que este caso demuestra no es que ninguna organización esté exenta del riesgo de que se le cuele un “golfo”, sino que nuestros partidos y, en concreto, este del que hablamos han asumido como inevitable un amplio margen de corrupción en sintonía con la insensibilidad popular que también, en buena medida, acepta el timo, el nepotismo y, eso, la “golfería” políticos como algo inseparable del ejercicio del poder. En cuanto al denunciante habría que recordarle la crónica política de unas corrupciones que implican a las cúpulas políticas, como es natural, sin cuya silente o expresa anuencia no sería posible tanto saqueador en la vida pública. Hay mucho golfo, en efecto, y eso es algo que saben de memoria los barandas de unos partidos que nunca han pactado una ley de financiación porque les va divinamente con los mangazos.

Ciencia y riesgo

Mucho es lo que hemos podido leer sobre el hombre de Neardental entre la antropología y la literatura. Que fue una especie paralela a Cromañón, que esta última acabaría aniquilándolo, que tal vez pudieron convivir y hasta hibridarse, quién sabe. La aventura del paleontólogo y del antropólogo es siempre deslumbrante y siempre provisional de tal manera que la mayoría de lo que creemos saber sobre ese misterioso origen de la especie no deja de ser cuestionable ni seductor. Pero ahora ha sucedido algo que cambia las cosas porque se trata de una propuesta de recrear la especie musteriense en el laboratorio, una vez secuenciado su genoma, a base de introducir en una célula-madre los miles de fragmentos obtenidos en el laboratorio. Lo ha ofrecido un profesor de Harvard, George Church, que ahora busca una madre de alquiler que se preste al experimento, aunque dice el sabio que no se trataría de recrear una oveja Dolly más sino de conseguir dar vida a una cohorte completa, es decir un grupo capaz de asumir su identidad, de reproducirse y crecer. La Ciencia tiene el derecho y el deber de avanzar siempre que pueda, pero también es cierto que, en toda su larga existencia, no ha dejado de planear sobre ella el ensueño, ciertamente arriesgado, de una imaginación en busca de progresar como sea, como en la fábula del Dr. Moreau y tantas otras. La bioética podrá ser todo lo discutida que quieran los sabios pero no cabe duda de que esa perspectiva tiene mucho que decir sobre los riesgos que implican las desatentadas ambiciones de Pigmalión. ¿Habría que consentir experimentos como el del Dr. Church o prohibirlos por sus evidentes riesgos? La Ciencia no debe ser un juego ni saltarse las bardas del sentido común. La hipótesis del hombre artificial, hoy verosímil hasta cierto punto, implica un salto en el vacío que la Humanidad no debería consentir.

¿Qué haríamos, por lo demás, una vez recreados esos hombres diferentes de los que apenas sabemos algo fuera de la conjetura y que ya una vez –por algo sería—sucumbieron probablemente por la competencia de nuestros propios ancestros? ¿Es lícito cualquier ensayo “creador” en el vasto campo de la Ciencia o lo discreto sería diseñar para ella un ámbito libre pero claramente delimitado? Pienso en ese neardental que hubiera estremecido a Maria Shelley y no llego a comprender por qué quiere la imaginación actual dedicar nuestros recursos y comprometer nuestra seguridad jugando en el Parque Jurásico.

Eran “enchufados”

Vaya tantarantán que le ha dado el juez De Diego a Comisiones Obreras (CCOO) desde el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 10 de Sevilla, Luis A. De Diego, al que el sindicato recurrió para legitimar a los “enchufados” de la Agencia de Medio Ambiente y Agua de Andalucía, de soltera Egmasa, como funcionarios con todos sus avíos legales. Dice De Diego que es en sí mismo “temerario” tratar de equiparar el método de selección privado al procedimiento genuino de acceso a la función pública pues ese personal contratado, “cualquiera que ha ya sido la forma de acceso” no deja de ser personal contratado “fuera de los cauces establecidos para el acceso exigido a los empleados públicos”. Más claro, el agua. El empeño “regiminista” en mantener a su clientela no puede producirse en perjuicio de los funcionarios públicos.

La invención de Amy

En las cuentas de la Fundación Ideas, ese chiringuito que el PSOE inventó para dar cobijo al defenestrado Caldera, figura un acreedor singularísimo, una articulista de lujo que ha llegado a cobrar cantidades desconocidas en el mundillo de los escritores. La escritora-fantasma se llama (o es llamada) Amy Martin y se dice de ella que es una “analista política” que curiosamente nadie conoce, ni siquiera sus propios contratantes, pero dicen algunos ex-trabajadores de la casa que, en realidad, no es más que un ectoplasma inventado por el gerente para procurarse un sobresueldo de 50.000 euros anuales. Hay que reconocerle, pues, al gerente una viva imaginación y un especial virtuosismo tocante al uso de pseudónimos, al tiempo que habría que preguntarse si los responsables políticos y económicos de esa Fundación –financiada con dinero público a espuertas—se han caído de un guindo o acaso estén aún encaramados en él. Amy es, por lo que se ve, una humanista actualísima, pues lo mismo escribe sobre el cine nigeriano que a propósito del tsunami japonés pasando por temas tan expuestos conceptual y metodológicamente como es el de la medición de la felicidad, ya ven qué cosa tan estupenda como inasible. A mí no me ha extrañado tanto el presunto truco contable como una imaginación que cree posible que en este país de cabreros se paguen esas cantidades astronómicas a un articulista y que, de paso, haya inventado literariamente una figura que, por descontado, no tributará a Hacienda ni en el nuestro ni es su país por la sencilla razón de que no existe en la verdad de la realidad de la vida, o sea, que es una sombra tan evanescente como rentable. La truculencia mangante está alcanzando cotas realmente admirables aunque confieso que no conozco ninguna comparable a la invención de Amy.

Nuestra vida pública está en almoneda, esa es la realidad, y el caso de Amy no es más que una anécdota simpática en medio de este tremedal en el que ya no queda títere con cabeza a la hora de reclamar honradez. Pero inventarse a una escritora de fuste y pretender que no la conoce nadie en el planeta tiene su punto de ingenio y su grave paréntesis de poca vergüenza. A Amy, como a Rebeca, no la verá nadie pero eso no ha de ser óbice para tramar en torno a ella una película de época. Y no descarte que ése sea el colofón de nuestra historia dado que, casualmente, la esposa del inventor se dedica al cine.

Oposición ciega

Lleva razón el alcalde de Jaén cuando califica de “ridícula” la protesta del PSOE e IU ante la rebaja de las peonadas agrarias de 35 a 20 por parte del Gobierno de la nación. Y la lleva porque ésa fue precisamente la cantidad de jornales solicitados por ambos partidos en septiembre. Nadie ignora que esa renta agraria es necesaria para muchos y también un abuso por parte de otros muchos, razón por la que andarse con trucos en materia tan delicada parece temerario, especialmente si lo que se demanda ahora es la supresión total de ese requisito, lo que abriría una puerta incomprensible a cualquiera que habitara en el mundo rural. La demagogia en este punto toca fondo con esta pretensión al paso que descubre la desorganización de los protestantes que piden soluciones distintas según donde lo hagan.

La lista secreta

Desde julio a diciembre ha estado en la cárcel de Valdemoro un ingeniero italo-francés (goza de las dos nacionalidades), Hervé Falciani, reclamado por Suiza por haber denunciado una relación de 18.000 evasores que ocultarían sus fortunas en las cajas fuertes de ese país, entre ellos tres mil españoles. La novelesca aventura de Falciani ha consistido en entregar su famosa lista a varios Gobiernos europeos, entre ellos al francés, que la comunicó al español sin que hasta la fecha éste haya procedido contra ellos ni publicado sus nombres como parece lógico. Lo curioso del trato dispensado a Falciani es que el delito de revelación de secreto bancario por el que Suiza lo reclama no existe en España sino que, por el contrario, nuestra normativa establece la obligación de denunciar cualquier indicio de blanqueo de dinero, y lo indignante es ese silencio más que rechazable de nuestros responsables que, al mantener en secreto quiénes son los evasores se convierte en cómplice de todos ellos. ¡Ah, las buenas formas burguesas, el culto de la confidencialidad y demás trucos éticos y legales! De hecho la Agencia Tributaria parece que identificó a 659 entre los denunciados pero guardó como oro en paño el secreto de sus nombres, salvo un par de ellos que ya habían sido exhumados por mano judicial. Grandes empresas, hacendados de mayor cuantía, algún artista avezado aguardan confiados a que el Gobierno de España los llame para pedirle cuentas, pero el Gobierno español no lo hace, él sabrá por qué. ¿Van se seguir proclamando que “Hacienda somos todos” o, finalmente, tirarán de esa vieja manta? El problema es que si tiran hacia el cuello quedarán los pies a la intemperie y si lo hacen hacia los pies será la cabeza la que quede expuesta. Falciani es un ingenuo si creía que los Gobiernos defraudados le iban a agradecer su colaboración.

Vean que gran guión está desperdiciando el cine, que moralizante película nos estamos perdiendo ante la evidencia de que con el “gran dinero” no hay bromas que valgan. Nuestra Hacienda le tiene miedo a los grandes evasores (lo explicó la anterior vicepresidenta económica) y la política se mueve por patrones que resultan incomprensibles para el contribuyente medio que entrevé en sus manejos una innegable complicidad con la evasión. El héroe Falciani puede ser también un malevo. Las razones de los ricos pueden muy bien alterar el propio sentido común.