Ahora UGT

Como hace unos días Comisiones Obreras (CCOO), ahora es la Unión General de Trabajadores (UGT) –los dos sindicatos del nuevo verticalismo– la que aplica la “abominable” Reforma Laboral del Gobierno de la nación a sus propios trabajadores. A nadie le amarga un dulce, dice el refrán, y así lo demuestra el hecho de que esos grandes “sindicatos concertados” estén aplicando a rajatabla las mismas normas que tanto vienen detractando y que, lógicamente, ponen límites al mínimo pero no al máximo. UGT y CCOO pueden pagar o despedir a sus trabajadores aprovechando las ventajas, pero ello no quiere decir de estén obligadas a hacerlo. Por eso se manifiestan contra ellos sus propios trabajadores poniendo de relieve, una vez más, la paradoja de estas burocracias sindicales.

Teoría del Don

Como casi todos los años, venturosamente, alguien ha tenido por ahí la idea de recaudar fondos para que ningún niño se quede sin regalo por estas fechas. Nada tan conmovedor como el niño recibiendo nervioso sus regalos y nada tan triste como el niño de las manos vacías. La realidad es que, alrededor del solsticio de invierno que, en gran parte del mundo conmemora el nacimiento de Jesús, existen desde siempre innumerables tradiciones que consisten en ofrecer regalos, especialmente a los niños, que supuestamente proceden de un incierto “más allá” y son transportados, salvo alguna excepción, por mensajeros también procedentes de regiones empíreas. El rito ya funcionaba en Roma y se celebraba coincidiendo con las famosas Saturnalias, pero en todo el ámbito de influencia cristiana ha existido en distintas fechas celebrado por distintos donantes. En toda la región del Véneto la ofrenda la hace santa Lucía cuya fiesta se celebra el 13 de diciembre pero no hay duda de que la iglesia primitiva incrustó ya ese rito en el mitologema navideño, de manera que los regalos se ofrecían el 25 de Diciembre entendiendo que era el propio Niño recién nacido el que obsequiaba, aunque no hayan faltado casos –en algunas regiones francesas, por ejemplo—en los que el día de la fiesta de trasladase al 1 de Enero, comienzo del año. Tan prolongado rito ha acabado fijándose en el 6 de Enero, es decir, en la Epifanía, a la que se asocia comúnmente la visita de los Reyes Magos. La influencia alemana ha divulgado, a su vez, la leyenda de Santa Klaus, es decir, san Nicolás de Bari, el único santo festejado tanto en la iglesia de Occidente como en la Oriental, cuya festividad se celebra el 6 de diciembre. Siempre han abundado las fiestas, generalmente infantiles, en las que el intercambio de regalos parece confirmar la tesis de Marcel Mauss de que el don, la cosa ofrecida, “tiene alma” y, en este sentido, el regalo trasciende su materialidad para adquirir connotaciones de profundo interés social.

Hoy se cuestiona el despilfarro –el “potlach”—que en estas fiestas ha potenciado al máximo una inteligente estrategia de consumo, mientras por otro lado los antropólogos subrayan el papel conciliador del don no sólo entre los niños sino también entre los adultos. Regalar es poner paz, venía a decir Marvin Harris, y en cualquier caso, el don es un elemento integrador de alta eficacia provenga de nuestros bienhechores tradicionales o del nórdico viejo de los renos.

¿Romper la baraja?

En una entrevista televisada, el ex-consejero de Empleo, Francisco Javier Guerrero, ha amagado ya con resolución, como anunciando la eventualidad de que, en el caso de los ERE y las prejubilaciones falsas, alguien rompa la baraja y eche abajo la fragilísima estrategia de Griñán y Chaves consistente en concentrar en él todas las responsabilidades. El problema para la Junta en sus alturas es que lo que ella dice no se lo cree ni ella, mientras que lo que refiere y alega Guerrero –un director general que se mantiene 10 años en el cargo no será fácil de convertir en buco—encaja pieza a pieza sin la menor violencia lógica. Si se rompe la baraja, en todo caso (y Guerrero no es la única posibilidad), vamos a ver un ejemplar que, de momento, se parece una barbaridad al “caso Camp”.

La huída fiscal

Cuando llega el mes de junio suelo sentirme menos crítico con los evasores fiscales. Es natural, como tal reacción dictada por el instinto de supervivencia, aunque no se me oculta que no deja de ser fea. En el fondo, y dado el espectáculo de la rapiña política, hay que comprender que los menos fuertes tengamos estas debilidades tan antisociales, razón por la que siempre envidié (y usted, no me diga que no, hombre) a esos tenistas o a esas cúpulas del propio ministerio de Interior que alguna vez hemos descubierto viajando de extranjis a Andorra o a Gibraltar para evadir su pasta sin pagar impuestos. Ahora mismo está publicando este periódico irrefutables testimonios de las actividades de la familia Pujol o de la de Mas sobre sus cuentas secretas en Suiza pero hace ya muchos años que el propio PSOE, como tal partido de gobierno, encubría sus haberes en cuentas abiertas en paraísos fiscales. La más desoladora declaración que he oído en esta democracia fue la que hizo la vicepresidenta Elena Salgado en el sentido de que si se perseguía al gran dinero las consecuencias serían imprevisibles en la seguridad de que los millonetis huirían de España a esos paraísos dejándonos aún más en cuadro de lo que estamos. Que Santiago Calatrava se haya dado el piro a Suiza o Gerard Depardieu a Bélgica, en modo alguno supone, ni mucho menos, que sean ellos solos los defraudadores, aparte de que resulta tan fácil evadir a gran nivel que ni siquiera los defraudadores indultados hace poco por el Gobierno han creído interesante la operación de “blanquear” su dinero a un mísero 10 por ciento. Oigan, no me confundan, yo no soy evasor ni tengo recursos para serlo, pero creo que en materia fiscal carece de sentido introducir criterios morales en tanto las aguas bajen tan turbias y torrenciales como bajan. De cornudos y apaleados, lo preciso.

A mí me parece no poco farisea la queja ante los evasores famosos, el linchamiento de la Sánchez Vicario o de Calatrava, por ejemplo, no porque esos fraudes me resulten legítimos sino porque procuro entenderlos como reacciones explicables ante el espectáculo de desmoralización nacional. Y los entiendo cuando veo que aquí nadie devuelve un euro aunque se le pruebe el mangazo, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Carecemos de fuerza moral para exigir decencia fiscal desde el fondo de esta sentina. Hacienda es un gestor fallido en medio de esta desbandada moral.

Ejemplo del Parlamento

Yo, de mayor, quiero ser parlamentario, y lo mismo deseo para mi nieto, sobre todo si no aprende idiomas ni consigue un currículo valioso. Por muchas razones, pero, sobre todo, por una que me deslumbró siempre: la de que ese colectivo es el único que tiene la prerrogativa de ponerse a sí mismo el sueldo, los complementos, las ayudas y las dietas. Ahora, mismamente, el Parlamento acaba otra dar una lección de supremo arbitrio al mantener incólumes los pluses que le han quitado al resto de los funcionarios, lo que deja sus emolumentos a un nivel más que considerable. ¡Y sin oposiciones ni horarios que valgan: a dedazo limpio! Esa Cámara insolidaria debería enviar a los andaluces un christmas con una consigna ideal: “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

¡Que invente ellos!

El “comunismo con peculiaridades chinas” sigue siendo un enigma para todos aquellos que no quieren aceptar la solución simple de que ese nuevo capitalismo es fruto exclusivo de la explotación feroz. Dicen que cada día aumenta la estadística de millonarios del país, que se mueven ya fortunas insospechadas hace poco, que han logrado hacerse con la llave del Tesoro yanqui, que están comprando los “chateaux” franceses por docenas, que son clientes privilegiados en coches de gamas supremas, que se han aficionado al jamón serrano, que se están haciendo también con caldos tan estimados como el Saint-Émilion, que son las manos invisibles de las grandes marcas de ropa y que traen entre manos –esto ya pertenece a la conspiranoia—un plan para desplazar al comercio minorista de países como el nuestro a base de vender barato, por no hablar de los proyectos de una mafia que acaba de ser descubierta y detenida en España pero que, vaya usted a saber por qué, han entrado por una puerta del Juzgado y salido por la otra. A Ramón Tamames, que es uno de los primeros y hoy más versados sinólogos, le apunté hace poco el hecho curioso de que esta revolución china es la primera en la historia que no se basa en el invento sino en la imitación. ¿Para qué inventar moda si Zara les facilita el modelo y ellos tienen mano sobre mano su incansable “ejército de reserva”, para qué indagar en la tenería si pueden trabajar a costes ínfimos y fabricar por encargo bolsos de Vuiton o camisas de marca exclusiva? ¡Que inventen ellos!, como decía el maestro Unamuno. Ahora resulta que era posible edificar un imperio sin otra iniciativa que la imitación, el escrupuloso mimetismo del detalle, algo, en definitiva, que no había previsto nunca la teoría del desarrollo.

El capitalismo chino se basa, al parecer, en el método de los falsificadores, pero con atenuantes, puesto que a ver qué más le da a usted que el chaquetón o el sombrero que acaba de comprarse en una firma prestigiosa lo haya fabricado un escocés o un remoto esclavo a cambio de un tazón de arroz. La gran “peculiaridad” del comunismo chino ha resultado no ser más que el hallazgo de que una economía de la imitación puede ser tan rentable o más que las basadas en el invento y la innovación. El hormiguero chino está más cerca de Stajanov que de Lavoisier y, se podrá decir lo que se quiera, pero le va divinamente.