Dudosos remedios

La vieja batalla de la contraconcepción se ha reabierto en Francia con motivo de algunas alarmas recientes, relacionadas, sobre todo, con las llamadas píldoras de “3ª y 4ª generación”, es decir, de lo último en anovuladores, recomendadas, según los expertos, sólo para las mujeres que no soportaran las anteriores pero no, como se ha hecho, en la práctica, para una inmensa mayoría que en 2012 parece ser que afectaba a una de cada dos francesas. El lío lo ha provocado el caso de Marion Larat, una joven veinteañera a la que el uso de esos específicos provocó, según la comisión investigadora del caso, un coma del que despertó a los tres días hemipléjica y afásica, con una radical disminución de facultades (una minusvalía del 65 por ciento) para someterse nada menos que a nueve operaciones quirúrgicas y pasar luego meses en un centro de rehabilitación. Tanto ha trascendido el suceso que la ministra socialista de Salud, Marisol Touraine, no ha dudado en descalificar al actual sistema de farmacovigilancia y avisar de que se dispone, aparte de solicitar la ayuda de la Agencia Europea del Medicamento, a limitar dentro del país la dispensación de esas píldoras de uso absolutamente generalizado. Parece que alguien ha ido demasiado ligero en el viejo asunto de la contraconcepción, aquel largo pulso que comenzó en los años 60 en indudable beneficio de la libertad sexual de los adultos pero con algunos efectos indeseables de los que no se advertido o querido advertir hasta ahora. Todo haz tiene su envés, incluyendo éste del progreso de las relaciones humanas que, sin embargo, puede que se le haya ido de las manos al demiurgo.

 

No sé, la sola idea de ver otra vez a la gente joven regateando el gran remedio en las farmacias no puede más que entristecernos, pero hay que reconocer que ante la experiencia científica (sólo en Francia se admiten 567 accidentes irreparables desde el año 85) ya la demanda de control deja de ser algo meramente ideológico, como entonces, para convertirse en una mera cuestión de salud pública que incluso la prensa de la izquierda gala reconoce casi sin excepción. La píldora, al margen de encíclicas y soflamas, ha sido, sin duda, un elemento de cambio radical en las relaciones humanas y, en ese sentido, una formidable conquista. El problema es que casi treinta años después no se ha logrado, por lo visto, su inocuidad. La imagen triste de Marion Larat es el mejor argumento a favor de la objetividad.

Los 400 euros

Tengo muchas veces la sensación de que estamos atravesando en España uno de los periodos más sujetos a la ocurrencia y a la improvisación. Abundan esas ocurrencias en la política, sobre todo, y curiosamente parece como si compartieran una lógica propia que, por descontado, no tiene nada de real. Los 400 euros, por ejemplo. He ahí una cifra que un día se le ocurrió a ZP rebajarnos en el IRPF y que ha hecho furor luego, como si el guarismo en sí sometiera a la razón seduciendo a Diestra y Siniestra hasta convertirse en un auténtico referente. Ahí tienen, si no, los 400 euros que también se inventaron –con toda la justicia del mundo—y ahora acaban de garantizarse mientras el paro no baje del 20 por ciento, que ya está bien, a los españoles sin empleo que carecen ya de toda cobertura social. Fíjense en que cuando un grupo de los llamados socialistas catalanes han dado el espectáculo de votar a favor de la independencia, las altas instancias del partido han recurrido a eso tan facilón de “pasar la página” e imponerles una sanción que, ni que decir tiene, será también de los 400 euros canónicos. O sea que es usted diputado de una comunidad española y vota la secesión de una región y lo único qua a su partido se le ocurre es arañarle la soldada en esa cantidad en la que parece residir el justo medio en tantas situaciones. O sea, que lo que se considera el máximo justo para mantener vivo a un ciudadano o para animarle la pajarilla al consumo puede ser, al mismo tiempo, el mínimo injusto y similiquitruqui para cerrar en falso lo que, dicho sea en términos estrictamente coloquiales, supone ni más ni menos que una fechoría de alta traición. Con 400 euros arregla esta panda lo que le echen, bien entendido que la vaina no va con ellos y sus graves emolumentos ni siquiera en casos extremos como el expuesto.

 

Es posible que algún día caigamos en la cuenta de que no hay más ciencia política que la que cabe en el capítulo de improvisaciones, dado que éstas, las ocurrencias tomadas a lo tonto modorro, pueden convertirse por la vía rápida en lo dicho, en un referente al que se le supone una lógica subyacente de la que por completo carece. Ésta de los 400 euros, mismamente, que ha servido ya lo mismo para un fregado que para un barrido, contribuyendo poco a la regeneración que nos urge y bastante a nuestra dramática situación. Los políticos no se rompen la cabeza. Con 400 euros a mano tienen chupada la tarea.

Menos lobos

El socio de gobierno que mantiene a Griñán dice, en plan rentoy, que le ha pedido que explique su apoyo a la extracción de gas de Doñana. Vamos, hombre, menos lobos, porque si ese atentado se comete será porque IU quiere, lo mismo que si los pacientes ha de esperar en las urgencias del SAS hasta dos días (sic) o si se suspenden las ayudas a los proyectos de excelencia y de I+D+i en las universidades. ¿No decía Valderas que tenía la “la llave” del cogobierno? Pues eso lo convierte en responsable absoluto de lo que haga éste y santas Pascuas. ¡Hay que ver lo que hace un sueldazo, un gran despacho y un coche oficial! El tiempo  no tardará en demostrarle a Valderas que lo que es imposible es soplar y sorber a un tiempo.

El buen gusto

Encerrado en sus propias contradicciones, el régimen castrista ha de pechar esta temporada con graves problemas aparte del delicado hospedaje de Hugo Chávez y la aventura que ha supuesto el levantamiento de la prohibición de viajar por el mundo a sus ciudadanos. Uno de esos problemas es el de restituir el “buen gusto” a las manifestaciones artísticas y espectáculos, cuyos contenidos, en especial a partir del auge del “reggaetón” y otros modalidades, cuyos contenidos tanto como sus coreografías son considerados por el régimen como contrarios al “buen gusto” y, en consecuencia, por completo opuestos al “carácter cubano”. Una composición, realmente obscena, de un músico joven, el “Chupi, chupi”, que ha hecho furor en los últimos tiempos han provocado la reacción del Instituto Cubano de la Música que auspicia un proyecto de ley capaz de impedir tanta perversión a cambio de potenciar un ambicioso plan recuperador de la tradición popular, cuyo programa-estrella es, por ahora, el de creación de bandas de música municipales restauradoras de la respetabilidad y esa estética perdida. Las dictaduras –y más las “dictablandas” que las suelen suceder—coinciden fatalmente en su interés moralizador que no suele ser otra cosa que el sustitutivo de una política agotada en manos de la gerontocracia. Escucho en la tele al director de ese ICM, Orlando Vistel, una declamación defensora de las buenas maneras y de los límites estrictos que, a todos los niveles, debe tener no sólo el arte sino también el espectáculo, es decir, la propia diversión, que en modo alguno escapa al dirigismo “revolucionario”. Los mismos que han transigido con el putiferio turístico con tal de allegar dólares para la isla se oponen ahora por las bravas a los excesos de una juerga juvenil por completo incompatible con el carácter adusto de los “libertadores”.

 

El totalitarismo acaba chocando siempre con las vanguardias juveniles, por banales que estas puedan ser, porque la seriedad es marca de la casa y garantía del sometimiento, y hay ocasiones, como la presente, en que termina pudriéndose acorralado en su propio arcaísmo. Octavio envió a Ovidio al Ponto Euxino por publicar un “Ars amandi” que se sabían de memoria en Roma tanto las matronas como las colipoterras y que sería un catecismo infantil comparado con el despiporre  que se avecinaba en el Imperio decadente. La moral, escrita con minúscula, sí que ha sido en todo tiempo el último refugio de los canallas.

De Llera, erre que erre

El papelón que está haciendo el fiscal-consejero de Justicia, Emilio Llera, se va haciendo cada día más impropio. La última ha sido proclamar los éxitos de la Junta en la lucha contra la delincuencia juvenil citando un estudio encargado y pagado por su departamento a la universidad de Almería, pero sin leerlo y ofreciendo datos por completos falsos. Y hombre, una cosa es prestarse al politiqueo y otra muy diferente hacerlo suelto de manos, sin tomarse siquiera la molestia de informarse un poco de los temas de su competencia. “Hemos perdido un fiscal regularcito para conseguir un consejero de pena”, me dice un colega (suyo). No le diría yo que no.

La preposición A

Poner o no poner preposición

A Enriqueta Vila

 

0. En la primera reunión del curso 2012-13 de nuestra RASBL, la Directora nos obsequió con un libro, coordinado y editado por ella misma (y Jaime J. Lacueva), en que se recogen las intervenciones de los dos Coloquios Internacionales celebrados en 2009 y 2010 sobre “Intercambios mercantiles, sociales y culturales entre Andalucía y América”. El compañero sentado a mi lado, al ver el título, Mirando las dos orillas, me preguntó en voz baja: ¿no falta una a? Aunque me había llamado más la atención la coincidencia con mi maestro Manuel Alvar, que había titulado El español de las dos orillas (1991) una de sus obras más queridas, no me había pasado inadvertida esa “ausencia” de la preposición. Me limité a improvisar una breve respuesta, pero, por deformación profesional, seguí dándole vueltas a la cuestión.

En la inauguración oficial que tuvo lugar a continuación, ya en sesión pública, un magnífico y hermoso comentario de la “Elegía anticipada”, de Luis Cernuda, por parte de José María Vaz de Soto, consiguió “liberar” mi mente de la minucia gramatical. Ante temas como el amor y la muerte, poéticamente elaborados de forma sublime ¿qué puede importar una preposición de menos o de más? Y eso que al llegar a la estrofa

Si el deseo de alguien que en el tiempo

Dócil no halló la vida a sus deseos,

Puede cumplirse luego, tras la muerte,

Quieres estar allá solo y tranquilo

otra menudencia sintáctica, aclarar que el adjetivo dócil no se refiere al sustantivo tiempo que le precede (y del que no le separa signo de puntuación alguno), sino a vida, pospuesto y separado, resultó clave para la adecuada interpretación del sentido del poema.

En la conversación relajada posterior, fuera de la sala, y sin que pueda recordar cómo ni por qué, otro académico volvió sobre el título del libro. Aunque estaba seguro de que la decisión habría sido reflexiva y cuidadosamente tomada, no sólo porque nada se piensa más que los títulos, sino porque la expresión vuelve a aparecer en la dedicatoria de la obra a Gisela von Wobeser (“que vive mirando siempre las dos orillas”), le trasladé la duda de mis colegas a Enriqueta Vila, quien, en efecto, trató de explicar por qué con la preposición a no habría podido conseguir transmitir lo que pretendía. No pareció convencer del todo a todos, quizás porque a la mente de más de uno venía aquel Mirando al mar, soñé, de Jorge Sepúlveda, tantas veces escuchado, no simplemente oído, y no se acababa de ver claro lo que pueda tener el mar que no tengan sus orillas. Lo cierto es que, tras un corto pero animado debate, se abandonó la discusión sin llegar a ninguna conclusión. Ya se sabe que las insignificancias gramaticales acaban por cansar. Menos al lingüista, cuya deformación parece incurable. No pude evitar continuar pensando, y aquí va lo que ha dado de sí –más bien, de mí- esa reflexión, que, espero, no se considere fuera de lugar, ni traída por los pelos o metida con calzador, en esta Academia de Buenas Letras. Al fin y al cabo, del griego gramma ´letra, escrito´ deriva gramática, primera disciplina del Trivium, definida hasta no hace tanto tiempo como “el arte de escribir [aunque también se decía ´de hablar´, se pensaba en una oralidad que era reflejo de la escritura] correctamente”. Es verdad que los gramáticos nunca han tenido “buena prensa”. Erasmo de Rotterdam -que se refiere a ellos como “gente que considera casi motivo de guerra confundir una conjunción con un adverbio”- dice en su Elogio de la locura que “no sólo son cinco veces malditos, esto es, que están expuestos a cinco graves peligros, como dice un epigrama griego[1], sino que pesan sobre ellos mil maldiciones, porque siempre los veréis mugrientos y famélicos en sus escuelas –dije escuelas, y mejor haría en llamarlas letrinas o cámaras de tortura-, entre una tropa de muchachos, encaneciendo a causa de los trabajos, ensordecidos por los gritos y envenenados por el hedor y la suciedad”.  Me conformaría con que a este breve excurso gramatical no fuera aplicable lo que, mucho más tarde, en 1922 (pero sigue siendo en gran medida válido hoy), decía Américo Castro de la enseñanza de la gramática en España, labor que calificaba de seca, rutinaria y fósil de nuestra cultura, en lugar de ser “algo vivo que entre en la inteligencia”. Para que así sea, hemos de interesarnos por algo de lo que apenas se ha ocupado la gramática, tampoco la semántica, como es la relación entre los signos y sus intérpretes, que somos todos, pues todos interpretamos, sin limitarnos a “descodificarlos”, los enunciados.

1. Explicar por qué se usa o no tal preposición (la única, por cierto, monofonemática) en casos como el que nos ocupa no es tarea sencilla. Si lo fuera, no se comprendería que se hayan escrito miles de páginas (“ríos de tinta” se diría en el argot periodístico) sobre el asunto. Como lo que aquí se plantea es una cuestión normativa, me limitaré a decir que en la Nueva gramática de la lengua española (2009), de la que ya no es única responsable la RAE, sino que es obra también de la Asociación de Academias de la Lengua Española, se dedican específicamente al complemento directo con preposición veinte páginas del capítulo 34 -unos 68.000 caracteres, si se prefiere la forma, para mí odiosa, de medir ahora los textos-, además de numerosas referencias en otros. Mirar queda encuadrado en el grupo “más polémico” de los tres en que divide los verbos transitivos con objetos directos de personas, esto es, entre los que ni “exigen” ni “rechazan” la preposición, sino que son “compatibles” con ella (34.10a). La alternancia con los de cosa se atribuye a un “cambio de régimen sintáctico”, de modo que cielo pasaría de ser “objeto directo” en mirar el cielo a “complemento de dirección o de destino” en mirar al cielo (34.10f). Aunque no se diga, es de suponer que se piense que a ello se debe el que no quepa la alternancia cuando el término de la preposición tiene un claro sentido locativo, como en mirar a un lado y otro (o a uno y otro lado o a ambos lados) o, con la preposición ya incorporada, en miró arriba y abajo. Pero tal afirmación, aparte de dejarnos casi como estábamos, no es atinada, pues cualquier estudiante de Bachillerato sabe (al menos, del Bachillerato que cursamos quienes tenemos cierta edad) que MIRARI ´admirar´ no es propiamente transitivo (TRANSIRE hace referencia a la necesidad de que el significado del verbo “pase” a o se proyecte en un objeto externo), sino uno de los representantes paradigmáticos –junto con otros, como LOQUI ´hablar´- de los deponentes, que –solía decirse- pese a su “forma pasiva”, tienen “significado activo”. Extraña “definición”, pues ni el sujeto es propiamente “agente”, sino que algo externo causa en él “admiración” o “sorpresa”, ni tal forma servía para expresar exclusivamente “pasividad”. Volveré sobre esto.

En la versión Básica de la obra académica (donde la cuestión se despacha en apenas una página de pequeño formato, alrededor de 1.300 caracteres), tras afirmarse que “lo habitual es que el complemento directo lleve la preposición cuando su referente es específico y animado” y enumerarse las circunstancias en que tal regla “tiende a suspenderse”, se acaba por admitir que todo depende “de la naturaleza semántica del verbo” (p. 197). El abandono de la referencia al objeto de persona quizás se deba no tanto a que no se use en casos tan habituales como mi hijo no tiene amigos, pero tiene novia, como a que puede emplearse en algunos miran al (o el) futuro con optimismo. Recurrir al subterfugio de que el hablante personifica el complemento directo (de “cosas personificadas” se continúa hablando en la Nueva gramática académica a propósito de llamar a la muerte o abrazarse a un árbol), aparte de resultar poco o nada convincente, plantea varias preguntas que se entrecruzan: ¿es opcional la preposición? ¿falta o simplemente el lector u oyente -cuándo y por qué- la echa en falta? ¿le falta al verbo, al objeto, a los dos o a ninguno? ¿no usarla es una simple impropiedad o un defecto (una de las acepciones de falta), un error o incorrección gramatical? ¿quién o quiénes tienen legitimidad para fijar el listón entre lo correcto y lo incorrecto? Y podríamos seguir.

2. La clave, como se ha dicho, está en el verbo, responsable máximo de toda construcción predicativa, por lo que hacia él hay que dirigir la mirada –no la vista en primer lugar. Y aunque sea su objeto (directo) lo que aquí nos interesa, no se puede perder de vista que no son escasas las construcciones sintácticas en que se refleja la inclinación del español a discriminar las acciones o procesos que parten de o afectan a las personas. Piénsese, por ejemplo, en que ha llegado a ser normal la construcción pronominal en me tomé un par de cervezas, ¿te has comido todos los langostinos?, ha sido capaz de leerse las obras completas de A. Gala), etc., donde el pronombre no tiene ningún papel sintáctico. Si bien los hombres no somos los únicos que tenemos ojos en la cara, mirar  es un verbo cuyo sujeto es específicamente personal (lo mismo, con mayor razón, cabe decir de admirar, que, gracias a la preposición AD, antecedente de nuestra a, recupera el significado de MIRARI). Podemos, claro es, “prestarlo” a los animales (ese gato parece que me está mirando), e incluso, en sentido trasladado, a los seres inertes (¿la casa está mirando al mar o da al oeste?), pero, obviamente, desprovisto de la “voluntad” que forma parte de su significado. Es la intencionalidad lo que lo distingue del simple ver, al igual que separa a escuchar (´prestar atención a lo que se oye´) de oír, a menudo empleados como sinónimos. Una intencionalidad que en algunos diccionarios se encuentra claramente explícita (bien por medio de un sustantivo de significación transparente, como en el Diccionario del español actual, de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, donde se define como ´dirigir los ojos [hacia alguien o algo] con la intención de verlo´, bien con una preposición que expresa propósito o fin, como en el Diccionario de uso del español, de María Moliner, donde es descrito como ´aplicar el sentido de la vista [a algo] para verlo´) y que puede verse reforzada gracias a algún adverbio (atentamente) o locución (con [gran] atención), a la solución pronominal antes mencionada (me he mirado los documentos que me diste), al llamado “dativo ético” (mírame el curriculum de Javier), etc.. No cabe ´dirigir la vista a un objeto´ involuntariamente, por lo que se entiende que se use en imperativo -en sentido propio (mira estos documentos) o figurado (mira bien lo que vas a hacer)-, que forme parte de una rica fraseología (mirar por encima del hombro, de mírame y no me toques, a caballo regalado no se le mira el diente, mira tú por dónde, ¡mira que si al final se arrepiente!, etc.) y que, en fin, los diccionarios tengan que recurrir a otros muchos verbos para definirlos: atender, tener en cuenta, pensar, juzgar, concernir, pertenecer, tocar, considerar, meditar, cuidar, atender… Cuando Rodrigo de Triana avistó un mundo nuevo, no exclamó *¡tierra a la mirada!, sino ¡tierra a la vista! Y cuando los cocheros sevillanos se disponen a girar al final de la calle Miguel de Mañara, al tiempo que ralentizan el paso de los caballos, previenen a los turistas que se preparen para admirar la mejor vista de Sevilla, y ante sus ojos aparece, en efecto, una visión casi panorámica de la Catedral y la Giralda. En el tipo Miraflores parece mantenerse el carácter activo, ausente de compuestos designativos como Bellavista, Vistahermosa o Buenavista. Al gerundio del título me referiré después.

Una mirada –que no vista, ni siquiera visión a otras lenguas nos revela de inmediato que en cada una de ellas se plasma de forma distinta la repartición de la misma parcela semántica. Nuestros verbos ver y mirar, que no son, ni mucho menos los únicos para la percepción visual (contemplar, examinar, revisar, vigilar, inspeccionar, escrutar…), no tienen correspondencia con voir y regarder (verbo de raíz germánica ante el que mirer ha ido cediendo todo el terreno) del francés, ni con los del inglés see y look. Mientras nosotros generalmente nos limitamos a ver la televisión, los franceses suelen regarder la télévisión, y en inglés se suele recurrir a un tercer verbo: I am watching TV, Did you watch the programme last night? Es verdad que en esta lengua los tres mencionados pueden servir para la expresión de “acciones”, pero a see se encomiendan, además –y casi en exclusiva- los “procesos”, y a look los “estados”. De ahí que watch (y, con mayor razón, otros más específicos, como observe, view, examine, inspect…) tenga menos acepciones que los otros dos.

3. Vayamos ya a lo mirado, al objeto de mirar. Pese a que, como ya he dicho, la regla según la cual se emplea la preposición a con objetos directos personales y no con los que no lo son parece ser “transgredida” continuamente, lo cierto es que la distinción entre querer a Elvira y querer pan no se lleva a cabo en otras lenguas románicas, como el francés, que no distingue entre aimer Pierre y aimer le cinéma, o el portugués, donde únicamente aparece la preposición en casos muy especiales y arcaicos, como Amar a Deus sobre todas as cosas. Y prueba de que las aparentes “transgresiones” -impuestas por el uso, dueño y señor del idioma- no se interpretan en términos de (in)corrección, es que nadie plantea así que no se emplee la a en no tengo padre ni madre o sólo la práctica forja buenos médicos y sí, en cambio, en no se sirve a la patria (o a la justicia) protestando de todo y por todo, el vicio vence a la virtud o Francia ha derrotado muchas veces a España. Y no se olvide que puede servir para resolver más de una ambigüedad, pues no es lo mismo querer a alguien como un padre que quererlo como a un padre.

Se trataría, pues, de una “regla” cuya aplicación depende de la intervención gradual de factores diversos que afectan a todos los elementos que integran de la secuencia predicativa. La escala iría desde la imposibilidad de *matar su compañera sentimental hasta la total inviabilidad de *si no se tiene a dinero, al menos hay que tener a fe y a esperanza. Entre ambos extremos se situarían los numerosos casos de objetos referidos a personas sin a (tenemos dos hijos y cuatro nietos) o de cosa introducidos por ella (mirar al mar o al cielo). Es esa gradualidad la que hace que los lingüistas -no los hablantes- se enzarcen en disquisiciones sin fin acerca de la mayor o menor “eficiencia” del verbo (máxima en matar, mínima en tener), el tipo y la naturaleza de la determinación y concreción del objeto (nula en un abstracto como fe, absoluta en un pronombre personal o nombre propio de persona), y, en definitiva, la clase de relación predicativa que se establezca en cada caso entre el verbo y cuanto sobre él gira, incluido el sujeto.

4. Rara vez una construcción se explica aisladamente, pues responde a tendencias o fuerzas que se manifiestan también en otras. En la última sesión académica del curso 2011-2012, una referencia de pasada por parte de J. Cortines al leísmo de Bécquer (“¡Cuidado que el órgano es viejo!…Pues nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarle, que suena que es una maravilla”) hizo que el diálogo que siguió a su disertación se centrara durante diez minutos en tal desajuste pronominal (y también en el laísmo), hasta que alguien logró reconducirlo hacia lo verdaderamente relevante, lo que el disertante había dicho sobre la obra del genial poeta sevillano. Pues bien, lo que provocó ese intercambio de pareceres era que el escritor se sirviera de le para un objeto directo de cosa, pues los andaluces, que no somos leístas, participamos -no todos ni siempre- de cierto leísmo personal, por ejemplo, con verbos como servir, ayudar, esperar u obedecer (servirLE, ayudarle, esperarle, obedecerles). La preposición a para el objeto directo personal es también aprovechamiento de una solución (AD PETRUM) que ya en latín hacía competencia al dativo (DARE LIBRUM PETRO).

 

5. Que el fenómeno que nos ocupa no deba situarse en el terreno de lo que es o no correcto, ni siquiera de lo que es más (o menos) correcto, no significa que el concepto de incorrección deba descartarse por inadecuado o inservible. Otra cosa es que en la mayoría de los casos el límite de la corrección esté tan claro (entre los usuarios cultos de un idioma), que los gramáticos ni siquiera tienen que molestarse en fijar una “frontera” separadora. No son muchas las directrices que se encuentran en las casi cuatro mil páginas de la citada Nueva gramática académica acerca de lo que está bien (o es mejor) y de lo que es condenable. Se limita a desaconsejar o tachar de no recomendables algunos usos, y sugiere evitar otros. Y al reconocer, que algunos de estos últimos, como la solución que su o que el por cuyo (está saliendo con ese chico que su padre es médico), están “prácticamente generalizados”, está admitiendo implícitamente que son ya inevitables. En otros casos, como el actual cansino desglose explícito de los dos géneros (ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas), no va más allá de su calificación de simple “circunloquio innecesario”. En una cuestión tan compleja como la utilización de la preposición a ante el objeto directo, la obra es exclusivamente descriptiva, no normativa.

Al verbo, por mucho que ordene el enunciado, no se subordinan sus “complementos”. Desde luego, no impone el uso de una determinada preposición, sino que admite muchas de ellas (mirar por la ventana, tras las cortinas, en o entre los papeles, hacia otro lado,…), y con algunas ha llegado a formar expresiones más o menos estables (mirar por alguien o algo). Ahora bien, no todas las preposiciones son iguales, las hay que son “más preposiciones que otras” y permiten al usuario un mayor margen de maniobra. Proponer un significado como propio de a, que introduce sustantivos con cualquier función sintáctica (no invites a Juan; a Juan no le gusta el cine; envíale el libro a tu profesor; no sé jugar al tenis; te espero a las dos; etc.), resulta casi imposible. ¿Por qué puede llegar a chirriar que no figure en este título si orilla no hace referencia a lo personal? Parece clara la voluntad de despojar al verbo mirar de su vinculación con la percepción sensorial. Es evidente que con la mirada no es posible abarcar los dos lados del Atlántico, ni siquiera uno solo, y, mucho menos, los numerosos intercambios mercantiles, sociales y culturales llevados a cabo en el pasado por quienes durante siglos lo cruzaron en una y otra dirección, gracias a los cuales se establecieron intensas relaciones recíprocas, no siempre pacíficas, pero sí enriquecedoras. No es necesario suplantar a la autora para reconocer su intención de liberar el sustantivo orilla (de cuyo carácter diminutivo, por cierto, no tienen conciencia los hablantes, sí -sobre todo en Andalucía- en su homónimo empleado en expresiones como hacer una buena –o malaorilla) de su referencia a la “faja de tierra que limita con el agua”, lo mismo que ocurre habitualmente cuando se emplea el verbo orillar. No, no se trata de la contemplación pasiva de, por ejemplo, una puesta de sol. La orientación o dirección de esa mirada sin “ver” (recuérdese que mirar es “dirigir la vista”) es precisamente lo que está convirtiendo a un verbo deponente en “transitivo”, proceso que sería inverso al señalado en la Nueva gramática académica, donde se habla de un simple cambio sintáctico, de “objeto directo” (mirar las dos orillas) a “complemento de dirección o destino” (mirar a las dos orillas). Ello nada tiene de particular, pues, como han hecho ver quienes se han ocupado de la expresión de la relación transitiva a lo largo de la historia de nuestro idioma, se han ido transitivizando tantos verbos y de tan diferente naturaleza semántica, que la transitividad ha acabado por ser una especie de estructura no marcada. Al mismo tiempo, se amplía la progresiva adquisición de nuevos matices semánticos y usos figurados o metafóricos, más abundantes, claro es, en ver (¿ves lo que yo te decía?; se habían estado viendo dos meses, y la mujer sin enterarse; etc.; y cuando alguien dice voy a ver al médico, en realidad es el médico el que tiene que “ver” al paciente) que en mirar (mira lo que haces). No sólo pasa a ser transitivo, sino incluso puede ser considerado “activo”, una actividad que el gerundio –usado de modo no dependiente por tratarse de un título, no de una actuación idiomática interlocutiva- apoya y potencia, en cuanto forma verbal durativa, cursiva y progresiva. Con razón, Juan de Mairena pedía a sus discípulos que meditaran sobre el empleo de los gerundios y les encargaba un análisis de la conocida estrofa de San Juan de la Cruz “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sólo su figura, / vestidos los dejó de su hermosura”. Entiéndase bien, no es que el sujeto se transforme en agente (o agentivo, como hoy se prefiere decir) que lleva a cabo acciones con resultados externos observables, pero sí en bastante más que un mero experimentador (o experimentante) de un proceso. En las memorias de un conocido intelectual español, recientemente fallecido, se lee que “los recuerdos más lejanos no pueden ser reproducciones directas de una realidad vividamirada o escuchada- en una temprana edad”. Y son los poetas, sin duda, los que mejor han sabido explotar esta capacidad activa del verbo mirar. Juan Ramón Jiménez cierra su poema “Cielo”, de Diario de un poeta recién casado, con estos versos: “Hoy te he mirado lentamente, / y te has ido elevando hasta tu nombre”. Y así abre el XXVIII de Eternidades: “Te conocí, porque al mirar la huella / de tu pie en el sendero, / me dolió el corazón que me pisaste”. En nuestro caso, unas meras representaciones de lugares físicos son convertidas en mundos vividos por seres humanos que comparten lengua, creencias, religión…, sin dejar, claro es, de negociar e intercambiar mercancías. De todo ello se había tratado en los Coloquios cuyas intervenciones en el libro se reúnen, y todo eso es lo que, a mi parecer, quiso transmitir Enriqueta Vila. Mirando a las dos orillas, quizás, o sin quizás, hubiera pasado desapercibido, como un título más, justamente lo que nadie quiere que ocurra cuando decide titular un libro, un cuadro o una canción. Al tomar la determinación, el autor pretende que el contenido de su obra no quede camuflado bajo el manto de lo “corriente”, sino todo lo contrario, llamar la atención, poner de relieve su particular propósito. Aunque muy pocos de aquellos a quienes he pedido que se pronuncien han dudado de la corrección del título, bastantes han mostrado, como nuestro compañero, su extrañeza (“me suena raro” han dicho algunos) ante la falta de la preposición a. Casi todos, en cambio, han terminado por reconocer que la fórmula elegida “suena mejor”, es “más bonita”, “más musical” o “más poética”, o han hecho comentarios en el mismo o parecido sentido. Al lingüista le está vedado recurrir a tales juicios (¡si la poesía se alcanzara con sólo prescindir de una preposición!), y ha de limitarse a hablar de la forma de mayor eficiencia comunicativa. No siempre se atina. En los titulares de prensa, en particular en ciertos países hispanoamericanos, es habitual prescindir de los actualizadores de los sustantivos, como puede comprobarse en estos casos, extraídos al azar cuando redacto estas líneas (2-11-2012) del diario costarricense “La Nación”: “Empresas brindan opciones de vida saludable a personal”, “Padres perjudican salud de hijos al premiarlos con comida”. Algunos de nuestros profesionales de la radio y la televisión, deseosos de singularizarse con usos que juzgan novedosos u originales, al hacer eso mismo (continuamente dicen que un jugador corre o avanza por banda o que tira con pierna izquierda), no consiguen más que atropellar el (¿al?) idioma. El logro de nuestra Directora al centrarnos en el objeto, sin que entre él y el verbo medie ningún instrumento gramatical alguno, es indudable. El significado literal hubiera sido “el mismo” con la preposición a; el intencional, presumible e inferido por el lector, no. La lengua no es un simple instrumento de comunicación, con ser ello bastante, sino que también lo es de interacción, ya que con él se busca influir, persuadir, llevar al receptor a extraer mucho más de lo que de las palabras figura en los diccionarios y de las construcciones en las gramáticas. Si no fuera así, ni los estudiosos hubieran discutido -y siguen debatiendo- tanto acerca de una regla tan poco regular, ni yo estaría aburriéndoles y rizando el rizo con estas elucubraciones, que, para no cansarles más, termino ya, no sin recordar que en el asunto de las relaciones entre lenguaje y pensamiento, de lo que tanto se ha hablado y escrito, importa ser radical. No es verdad que la oración sea la “expresión de un juicio”, una de las muchas definiciones gramaticales reiteradamente criticada, y con razón. Pero sí lo es que sin estructuración lingüística, no es que no haya “buen juicio”, es que ni siquiera cabe hablar de facultad de pensar.

 

Antonio Narbona

RASBL

 



[1] Se refiere al de Páladas de Alejandría, poeta y gramático del siglo V, que parodia el comienzo de la Ilíada: “El inicio de la gramática es una maldición en cinco versos. En el primero encuentro la cólera. En el segundo la palabra funesta; después de funesta vienen aún los numerosos sufrimientos de los griegos. El tercero conduce las almas al infierno. El cuarto habla de presa y de perros devoradores. El quinto, de aves voraces y de cuervos de Júpiter ¿Cómo no iba a terminar colmado de males un gramático que emplea palabras de tan mal augurio?”