Ejemplo del Parlamento

Yo, de mayor, quiero ser parlamentario, y lo mismo deseo para mi nieto, sobre todo si no aprende idiomas ni consigue un currículo valioso. Por muchas razones, pero, sobre todo, por una que me deslumbró siempre: la de que ese colectivo es el único que tiene la prerrogativa de ponerse a sí mismo el sueldo, los complementos, las ayudas y las dietas. Ahora, mismamente, el Parlamento acaba otra dar una lección de supremo arbitrio al mantener incólumes los pluses que le han quitado al resto de los funcionarios, lo que deja sus emolumentos a un nivel más que considerable. ¡Y sin oposiciones ni horarios que valgan: a dedazo limpio! Esa Cámara insolidaria debería enviar a los andaluces un christmas con una consigna ideal: “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

¡Que invente ellos!

El “comunismo con peculiaridades chinas” sigue siendo un enigma para todos aquellos que no quieren aceptar la solución simple de que ese nuevo capitalismo es fruto exclusivo de la explotación feroz. Dicen que cada día aumenta la estadística de millonarios del país, que se mueven ya fortunas insospechadas hace poco, que han logrado hacerse con la llave del Tesoro yanqui, que están comprando los “chateaux” franceses por docenas, que son clientes privilegiados en coches de gamas supremas, que se han aficionado al jamón serrano, que se están haciendo también con caldos tan estimados como el Saint-Émilion, que son las manos invisibles de las grandes marcas de ropa y que traen entre manos –esto ya pertenece a la conspiranoia—un plan para desplazar al comercio minorista de países como el nuestro a base de vender barato, por no hablar de los proyectos de una mafia que acaba de ser descubierta y detenida en España pero que, vaya usted a saber por qué, han entrado por una puerta del Juzgado y salido por la otra. A Ramón Tamames, que es uno de los primeros y hoy más versados sinólogos, le apunté hace poco el hecho curioso de que esta revolución china es la primera en la historia que no se basa en el invento sino en la imitación. ¿Para qué inventar moda si Zara les facilita el modelo y ellos tienen mano sobre mano su incansable “ejército de reserva”, para qué indagar en la tenería si pueden trabajar a costes ínfimos y fabricar por encargo bolsos de Vuiton o camisas de marca exclusiva? ¡Que inventen ellos!, como decía el maestro Unamuno. Ahora resulta que era posible edificar un imperio sin otra iniciativa que la imitación, el escrupuloso mimetismo del detalle, algo, en definitiva, que no había previsto nunca la teoría del desarrollo.

El capitalismo chino se basa, al parecer, en el método de los falsificadores, pero con atenuantes, puesto que a ver qué más le da a usted que el chaquetón o el sombrero que acaba de comprarse en una firma prestigiosa lo haya fabricado un escocés o un remoto esclavo a cambio de un tazón de arroz. La gran “peculiaridad” del comunismo chino ha resultado no ser más que el hallazgo de que una economía de la imitación puede ser tan rentable o más que las basadas en el invento y la innovación. El hormiguero chino está más cerca de Stajanov que de Lavoisier y, se podrá decir lo que se quiera, pero le va divinamente.

Palo a lo vertical

Al consejero de Economía, Innovación y no sé cuántas cosas más, Antonio Ávila, no le parecen suficientes las dos rotundas sentencias que, a instancias del sindicato CSIF, ha dictado el Tribunal Supremo declarando “discriminatorios”, y por ello mismo nulos, la aplicación y el desarrollo de la “concertación social” en que consiste el nuevo verticalismo sindical ideado por la Junta, CCOO, UGT y CEA, esa sociedad de bombos mutuos entre el poder y los llamados “agentes sociales”. A lo que apunta el TS es al negociazo de los cursos de formación, subvencionados a manos llenas y exclusivos de ese círculo mágico. Sería de lo más pedagógico publicar la lista de los titulares (de los reales, no de los testaferros) de esos cursos y sus eventuales relaciones con la patronal o los sindicatos predilectos.

Crisis y suicidio

Escucho la tertulia de Alsina en Onda Cero enredada en el temible tema del suicido. ¿Por qué se suicida la gente, hay relación entre la crisis y el suicidio, qué postura deben adoptar los medios de comunicación ante el suicidio, la publicidad o el ocultamiento preventivo? Un experto repite muy juiciosamente algo que se ha dicho por activa y por pasiva desde Durkheim en adelante: que no hay suicidios unicausales sino debidos a una convergencia de causas adversas que acaban por destruir al individuo. Hay otras formas de escape, otros recursos paliativos como el consumo de psicótropos, que, como es sabido, se ha disparado con la crisis tal como sucediera cuando la reforma de Griñán. Con fármacos se intentan suicidar al día en España, si hemos de creer a una fuente sólida, casi trescientos desgraciados, pero el caso es que, aunque la estadística del asunto sea encubierta desde siempre, sabemos que en España, por ejemplo, cada día se quitan la vida más de nueve personas, es decir, más que víctimas del tráfico: el suicidio es en España la primera causa de muerte no natural. Pero, sí, es prudente atribuir el suicidio a una conjunción de causas, que sería, por otra parte, la explicación de la diversa tipología del suicidio que establecen a dos manos sociólogos y psicólogos, pero ello tiende a alejar a la crisis como causa principal, cosa que es incierta. Con la crisis, en Grecia, en Inglaterra o en Italia las tasas de suicidio han subido a compás de la exponencial subida de ansiolíticos y similares, lo mismo que en España, y no parece lógico que la causa haya sido la publicidad mediática. Hay periodistas amarillos, pero también (el caso de Alsina es, para mí, paradigmático) informadores y formadores de opinión que hilan fino, quizá demasiado fino, cuando un periódico o una radio hablan de la mujer o el varón que se arrojan al vacío desde un alto piso antes de entregarse a los desahuciadores.

Bien, pero consideren que el suicidio ha constituido “delito”, valga la paradoja, en diferentes ordenamientos jurídicos y que hasta hace poco al suicida se le negaba la tierra sagrada para su entierro por parte de unas iglesias (y digo “unas” porque no fue solo la católica) que lo consideraban, encima, pecado: el pecado de Judas, nada menos. Los antiguos hablaban de la “bilis negra” (melancolía). Nosotros hemos de contar también con la prima de riesgo y las “agencias de notación”.

La otra Inquisición

Con estos trajines de la secularización que, desde Weber a Berger, vienen anunciando los sabios, la verdad es que los laicistas (no los laicos, que son otra cosa) se están poniendo muy pesados, sobre todo en la vida pública. Miren la que traen entre manos algunos de nuestros biempagados diputados del pueblo disconformes con que la felicitación de Navidad del Congreso incluya, ya ven, un motivo religioso. No hace tanto que en Sevilla un solitario concejal comunista, que creyó descubrir la pólvora, exigía mudar el nombre de la Navidad por el de Solsticio de Invierno, singular exhibición de cultura, y para qué hablar de los frecuentes brotes laicistas empeñados en desterrar no ya los crucifijos de las aulas y despachos, sino en prohibir que en la escuela se montara el tradicional “nacimiento” navideño que, al parecer, podría resultar devastador para la conciencia de los peques. La secularización es un proceso (ver, además más de los citados, a Merton o a Luckman) probablemente imparable en las sociedades urbano-industriales, pero un proceso esponténao, es decir, derivado de las condiciones naturales que el progreso material ofrece e impone a las masas, y no consecuencia de la acción (o reacción) de esos militantes de la Nada que, según parece, no tienen mejor cosa en que ocuparse que en perseguir belenes y eliminar crucifijos. Nada más antiguo que estas fobias ateístas ni más elocuente en cuanto al autoritarismo de ese sector de una clase política capaz de convivir con la mangancia universal y hasta con el terrorismo de Estado, pero tan susceptible tocante a los símbolos religiosos. Y lo que llama la atención es su actitud inquisitorial, su talante intolerante, su absoluta desconexión con el sentir popular y su oportunismo. Porque con Franco, una vez que un descerebrado arrojó un crucifijo por una ventana de su Facultad, parecía que estábamos en plena “Semana Trágica” mientras que hoy hasta puede que esos savonarolas cobren dietas.

Hará bien el presidente Posada en no hacer ni caso al pequeño motín. Y en cuanto a los que defienden la decoración con el Árbol, habrá que recordarles la leyenda alemana de que fue Lutero quien lo inventó e instaló en la puerta de su casa una noche de Adviento y en pleno nevazo. ¡Un pico y una pala para esos vigías de la nueva ortodoxia! Tiene narices que cobren una fortuna por ejercer de anticlericales mientras casi seis millones de parados se disponen a festejar la Navidad compartiendo su miseria.

Zafios modales

No se le pueden pedir peras al olmo, evidentemente, ni que utilice un discurso ilustrado a gente como el portavoz de IU que es muy posible que no alcance a ello. Pero si cabe exigir a los políticos que, aunque su verba sea pobre, al menos no sea zafia ni plebeya. Hay quien confunde el radicalismo con la violencia verbal y la dialéctica con la grosería, y entre ellos destaca ese portavoz de IU, un tal Castro, que parece empeñado en reconvertir el ámbito parlamentario en una taberna bufa. Y como no cabe esperar de sus mandos que lo corrijan, lo suyo sería que el Presidente del Parlamento, aunque fuera por mantener una apariencia de dignidad, no consienta que en la Cámara que representa a los andaluces se rebaje la corrección hasta estos extremos abyectos.