Hacer caja

Al presidente Griñán no se la ocurrido mejor providencia para hacer caja que vender, por debajo de los precios de mercado, las fincas reservadas en su día en el marco de la fracasada reforma agraria andaluza. Tampoco es que se trate de las joyas de la abuela, eso es cierto, pero la oferta nos trae el recuerdo de un momento de la autonomía en el que –todo lo equivocadamente que se quiera– aún cabía algún margen para la utopía y se le daba cancha a las ilusiones. Hoy no queda apenas nada de todo aquello –las tres “reformas” comprometidas: la agraria, la educativa y la sanitaria, duermen el sueño de los justos–, reducido como está el “régimen” al proyecto a corto plazo que se cifra en la supervivencia. Griñán dice que si ni siquiera encuentra compradores, ya se le ocurrirán “otras medidas”. Pues a ver si hay suerte.

Locura de agosto

Si es verdad que por la calle la indiferencia ante la crisis es patente, en esta capital económica que es Milán, algo bien diferente trasciende en los periódicos y, en general, en los ámbitos públicos donde se decide (es un decir) la marcha de la vida. Los políticos ven amenazadas sus vacaciones ante el aviso de que los propios ministros si bien no están, de momento, convocados, sí que deberán estar en alerta mientras se ve o deja de ver si la tormenta financiera escampa o, por el contrario, se encarniza. “Vivimos en un casino”, leo en un titular. Y en otro: “La casa arde por los cuatro costados y no hay ni uno solo que eche mano del extintor”. La misma intervención de Berlusconi, que aguardó al cierre de los mercados en una maniobra inútil, ha decepcionado a una Cámara que avisa, en todo caso, que podrá ser convocada “anche a Ferregosto”, y que vive en un ay lamentando esa rutina argumental de la universalidad de la crisis, de la solvencia de la banca, de la transparencia (relativa) de las cuentas públicas y hasta del envidiable (¡) sistema de pensiones que se diría que disfruta el país. Lo más repetido es que no se puede salir de una crisis como la actual con un Parlamento roto y un Gobierno sin ideas y menos sin recurrir –como ha reclamado el presidente Napolitano rizando el rizo menos incómodo de la metáfora—a un extraordinario esfuerzo de cohesión nacional. Pero el convencimiento común estriba en que el país merecería una clase política mejor que la que soporta, aunque sin olvidar la responsabilidad de los empresarios en una crisis provocada, más que por el fracaso de los proyectos políticos, por las maniobras de los mercaderes. Quien más quien menos, en todo caso, prepara ya las maletas desde el convencimiento de que una situación mundial como la que ocurrió cuando el colapso argentino resulta, al menos hoy por hoy, inverosímil. Al menos hoy por hoy, ojo. Ése es el resquicio que dejan entreabierto los editorialistas de hogaño entre los que ya no hay Buzzatis ni Montanellis.

 

Lejos queda todo ese apocalipsis de la paz provinciana que respiro en Pavía, con sus amplias alamedas y su ritmo pausado, su castillo visconteo y sus espléndidas iglesias de las que hablaba de pasada el Dante pasmado ante las huesas de Agustín y Beocio, de toda esa gente que callejea a su ritmo, ajena al torbellino como si hasta sus despensas no pudiera llegar, cuando menos se lo piensen, la larga mano de los especuladores. Por el Canal Internacional veo que lo mismo, chispa más o menos, es lo que ocurre en España. No parece el verano la estación de la ruina, está visto. Los italianos dicen que no hay que provocar al mal llamándolo y puede que lleven razón.

Excusas obvias

El Consejero de Gobernación –recién llegado que poco debe de saber sobre el lío del “fondo de reptiles” y las prejubilaciones fraudulentas—es el enésimo jerarca que sale a palestra a reconocer que “alguien” ha debido de meter la mano en la caja de la Junta y a reclamar que se paguen esas culpas, aparte de manifestar la disposición –¡como si pudiera ser de otra manera!—a entregar a la jueza instructora la documentación que ésta requiera. Se ve que comprenden que ese escandalazo va a gravitar como una losa sobre una campaña electoral en la que se juega nada menos que el fin de un “régimen” que dura ya más de tres decenios.

La ruina invisible

Toda esta hecatombe financiera me ha pillado en Milán, ese centro neurálgico de la vida económica italiana hoy pacificado pero en tiempos no muy lejanos –los que narró Buzzati en su famosa “Nera”—escenario del peor fracaso social de la postguerra de su país: la anarquía roja y la otra, simultáneamente. En vano buscaremos un  árbol en ese vasto centro urbano pródigo en sorpresas arquitectónicas y en tesoros artístico, cuyo tráfico desordenado sugiere un trasfondo de confusión en paralelo a la abigarrada muchedumbre que ha hecho del feudo de los Visconti y los Sforza una de las aglomeraciones multiculturales más complejas del continente. Nada aquí invita al sosiego, todo lo arrastra en este escenario el “deus ex machina” de la ilusión económica que ha colmatado la ciudad de bancos y cajas multiplicando las mesnadas de inmigrantes afanadas en el comercio o en los servicios. Le he preguntado al camarero por la crisis y el camarero, gesticulante e irónico –todo en Italia responde al paradigma neorrealista–, me contesta evasivo — “Non me pare que ci sia da spaventarsi…”–, desde el convencimiento de que nadie se va a tostar a la playa si ve malas y no buenas, y el caso es que las playas están abarrotadas. “¿Es que su país no lo están?”,  me pregunta no sin sorna. La ruina se abate silenciosa, por lo visto y oído, sobre la ciudad alegre y confiada, las palomas exhiben por el Duomo su estética piojosa entre el turisteo que posa ante la digital y la estampa ubicua de las mujeres veladas que rebuscan ropa occidental –grave misterio– en los mostradores rebajados de los grandes almacenes. Los titulares de la prensa son hoy para olvidarlos y en ello estoy cuando un chaparrón de verano despeja la inmensa plaza como una carga de caballería. Nadie parece creer en la crisis en medio del oasis. Noto que el camarero me mira condescendiente como se mira al infeliz más crédulo. ¡Arruinarse el mundo! Los periódicos, en su opinión, no saben ya qué inventarse.

 

Y acaso es verdad, dadas las circunstancias. Veo de refilón en la tele que la famosa “prima” hace horas que pasó el temeroso dintel de los cuatrocientos puntos y aunque yo no sé ni bien ni mal hasta dónde alcanza esa puñalada, confieso que siento una especie de vértigo como el que debían producir a su paso los caballos del Apocalipsis. No resulta fácil hacerse a la idea de la ruina ante la barahúnda humana, los turistas que se retratan para inmortalizarse, la visible apatía de los carabinieri patrullando desganados bajo la canícula. Me acuerdo de Benavente y de que en “La ciudad alegre y confiada” concluye la historia de “Los intereses creados”.

Las cosas y el quicio

Han matado alevosamente a un lince en Aznalcázar y el consejero de Medio Ambiente, que tiene hechos sus pinitos de poeta, ha declarado in continenti que ese hecho constituye “un asesinato  contra la Naturaleza” (sic). Así se está descomponiendo el lenguaje incluso entre quienes, por estar situados arriba, más debieran velar por su conservación y rigor. Porque se comprende la vehemencia y hasta se acepta la millonada que se invierte en proteger a esa especie, pero nada permite justificar que se saquen las cosas de quicio hasta extremos tan extravagantes como llamar asesinato a la muerte de un animal. En cuanto a la alusión a la Naturaleza, valga la razón retórica de un consejero que quizá nunca debió cambiar la carpeta de versos por una cartera.

La memoria vacía

La tumba de Rudolph Hess ha sido eliminada en el pueblecito bávaro de Wunsiedel por un acuerdo entre las autoridades y la propia familia que pretende cortar por lo sano el escándalo de unas peregrinaciones nazis que la habían convertido en un santuario, al tiempo que se recrudecen las presiones para hacer lo propio con la Franco en la abadía de Cuelgamuros. No saben acaso que lo que potencia esos cultos sombríos no son tanto las tumbas intactas como las vacías, que abren atrayentes perspectivas a la imaginación predispuesta, como prueba la incesante saga tramada en torno a la de Alejandro. Los linces “reformistas” de la Santa Rusia se han cuidado de mantener la tumba de Lenin en su capilla laica de la Plaza Roja así como las de los sátrapas soviéticos al pie de la muralla del Kremlin, y cualquiera puede ver en Predappio, el pueblecito natal de Mussolini en la Emilia Romaña, a los turistas haciendo cola ante la cripta del Duce o en los abarrotados chiringuitos que ofrecen bustos del difunto o puños de acero como símbolos de la “razón” fascista. ¿No nos retratábamos conmovidos muchos ilusos de mi generación ante la que guarda los restos de Marx en Hightgate, justo enfrente –ironías de la vida– a la Herbert Spencer (los guasas londinenses llaman por eso a aquel rincón “Mark and Spencer”…), y ante la que Engels leyó su famoso obituario? En el cementerio de la Recoleta tampoco es raro ver a nostálgicos ponerle flores a Evita y en plena plaza de Tianenmen se rinde a Mao en su mausoleo un culto reverencial. ¿Tiene sentido borrar por las bravas las huellas de la memoria como si con ello se eliminara la memoria misma, o lo tiene más conservarlas para que la Historia, ya lejos de las cegadoras circunstancias, ponga a cada quisque en su lugar? Ésa es una pregunta de cuidado pero, desde luego, parece lógico pensar que la incómoda presencia de esos fieles no compromete más que a ellos mismos.

 

La manga ancha es mala pero quizá sea peor el vuelo que la prohibición presta a la leyenda. Los nazis de Wunsiedel, por descontado, no van a desaparecer porque se vacíe esa tumba ni los franquistas del Valle, pero si hasta ahora esa presencia era testimonial quién sabe si forzar la desmemoria acabará reanimando esos cotarros nostálgicos. Dicen que van a incinerar los restos de Hess para arrojarlos al mar. ¿No habrán pensado que con ello le estarían dando al mito la tumba más fabulosa? De César a Napoleón raro ha sido el tirano que no ha peregrinado en busca de la sombra del conquistador macedonio como Hitler lo haría en Los Inválidos ante la del corso. Los mitos son explosivos. Para desactivarlos conviene previamente tentarse la ropa.