Pueblos malditos

La Junta ha accedido a conceder a ciertos Ayuntamientos en apuros adelantos a cuenta que les permitan salir del túnel en que se hallan, con frecuencia heredado de la administración anterior del PSOE. No está entre ellos uno que ya empieza a señalarse como ejemplo de pueblo maldito al que no se le perdona haber volcado literalmente el tablero electoral –Valverde del Camino—cuya joven y acosada alcaldesa, tras denunciar el boicot a que la someten la Junta y el Gobierno (incluido el ICO), se veía obligada ayer a advertir ese Gobierno que una huelga de policías locales, a los que, en plena ruina, se les adeudan cuatro meses y otros conceptos, le impide garantizar la seguridad de la población. El PSOE parece decidido a asfixiar sin consideración a esos pueblos malditos que han cometido el delito imperdonable de desalojarlo del poder.

Color salmón

Hay pocas personas que entiendan lo que está ocurriendo en la economía mundial. Más allá de la explicación de la “burbuja” famosa, convertida hoy en un auténtico “big bang”, malamente puede explicarse la fragilidad del sistema financiero y, su consecuencia, el carácter aleatorio que súbitamente se ha descubierto en la propiedad. No necesita explicación lo que ha ocurrido en Grecia, desde luego, una vez que hemos sabido que el propio Gobierno, entrampado hasta las cejas, falseaba la contabilidad nacional, o la peripecia del consumismo español, tan insensata como fomentada por los diversos poderes, pero ya me dirán qué pensar del hecho de que la “riqueza de las naciones”, como decía Smith, no consista ya en una entidad sólida sino en una vulnerable realidad a merced de sujetos carentes de toda legitimación, como esas aruspicinas empresas de “rating” que siguen pontificando como si tal cosa después de haberse estrellado de plano contra la crisis que no vieron venir ni de lejos ni de cerca. Un gesto del baranda del BCE, una opinión privada y rectificable en veinticuatro horas de la presidenta del FMI, la dimisión de un gerifalte financiero de la UE, bastan y sobran ya para que horas después las bolsas del planeta se hayan desplomado arruinando, como es natural, a pequeños y medianos inversores y, qué duda cabe, poniéndole en bandeja operaciones fabulosas a los oportunistas con posibles, sin duda los grandes beneficiarios de este cataclismo. ¿Cómo puede un sistema global depender indefenso de criterios ocasionales, qué puede explicar que el poder político comparezca inerme ante esta misteriosa situación que no excluye la posibilidad de un crac de alcance imprevisible, acaso es que el capitalismo se ha revelado incontrolable o es que sus recursos fantasmales, garantía de su imprescindible anonimato, han acabado desbordando al propio ectoplasma? Al incuestionable fracaso de la economía colectivista puede que acabe sumándosele el del negocio liberal.

Nunca he creído en la leyenda del alacrán: los sistemas no se suicidan. Otra cosa es que permitan y hasta propicien su propia ruina cegados por la ambición. Y éste que padecemos trazas lleva de haber perdido el autocontrol a fuerza de incrementar su libertad sin frenos. Claro que es poco probable que, de derrumbarse el templo, pille a sus sansones bajo los escombros. Pillaría a los filisteos de a pie, por no hablar de la inmensa feligresía que poco margen tiene para terciar entre Sansón y David. Aquello de que el aleteo de una mariposa podía provocar una galerna en la antípoda ya no es sólo una metáfora. No por ser ciencia nueva, la caología deja de tener sus buenos argumentos.

Chollo político

No tiene sentido la porfía sobre lo que ganan nuestros políticos. Habrá entre ellos unos pocos, seguro, quien pierde dinero al abrazar el “servicio” público, pero es un verdadero escándalo el conjunto de esos haberes en medio de esta angustiosa crisis. ¿Puede trincar más de 7.000 euros al mes el presidente del PSOE sevillano, pongamos por caso, con un currículo que cabe en un papel de fumar y sin tener en cuenta su inquietante presencia en muchos de los graves fregados que investigan los jueces, incluido el de los ERE fraudulentos? Pues no, desde luego, en un país de parados en el que el mileurismo se ha convertido en un privilegio y en el que una legión de jóvenes brillantes va por la vida con una mano atrás y otra delante. Es un chollo la política para muchos. Para los menos cualificados, sencillamente, es el negocio del siglo.

El hombre invisible

A muchos nos ha dejado de piedra, ¡pobres pardillos!, la noticia de que los iconolastas de WikiLeaks han hecho pública una ficha de los servicios americanos en la que constaban datos tan exclusivos como los teléfonos personales del Rey o del Presidente del Gobierno. Es la culminación, por el momento, de un movimiento dirigido, al parecer, contra todos sin distinción, “erga omnes”, justificado en la idea de que nada debe permanecer secreto porque todo secreto es sospechoso al menos desde que Marcos, no poco enigmáticamente, dijo aquello de que “No hay nada oculto que no debe ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse” (Mc, 4, 21-25). Aviados vamos con esa perícopa, ciertamente, pero eso es lo que se despacha esta temporada en una vida pública cada día más concentrada en un ciberespacio que viene a ser el ágora en esta insegura ciudad postmoderna en la que, como si se tratara de ratificar la visión mitológica, el ojo del Gran Hermano ha resultado ser múltiple como el de Argos. Nada puede defendernos, según parece, contra la vigilancia de Anonymus, ese ejército secreto que se estrenó atacando por sorpresa a la Iglesia de la Cienciología y dicen los sociólogos que ha logrado dar a la militancia (de lo que sea, del bien o del mal) esa dimensión y esa capacidad de acción inconcebible hasta ahora que ha convertido a sus enmascarados en el más imprevisible Robin Hood tras convertir nuestras intimidades en un medroso bosque de Sherwood. “Estamos en todas partes y en ninguna a un tiempo, nuestra fuerza está en nuestro nombre”. Ni las ficciones más audaces del género habían entrevisto siquiera la posibilidad de un hombre invisible multitudinario y universal que, de momento al menos, escapa a todo control y se ríe de todo poder, poniendo en almoneda el secreto de todos y de cualquiera no sabemos ni bien ni mal con qué intención ni con qué límites.

La gran característica de esta realidad es su carácter aparentemente espontáneo, la ausencia de toda jerarquía, el igualitarismo radical de todos y de ninguno que en ella se observa, y yo me pregunto si debemos ver en ello un trueno democrático o un relámpago ácrata, no niego que inquieto ante tan grave fracaso de la intimidad, ese reducto irrenunciable de la persona libre. Cualquiera puede ingresar en esa oscura cofradía, ya lo sé, pero no sin entornar simultáneamente la puerta de propio refugio. Y yo creo que una cosa podría ser la “sociedad transparente” y otra muy distinta la sociedad en almoneda. Un tío repartiendo a dos manos el teléfono secreto del jefe del Estado no es una amenaza para ese prócer sino para el grueso de los peatones.

El chollo político

No tiene sentido la porfía sobre lo que ganan nuestros políticos. Habrá entre ellos unos pocos, seguro, quien pierde dinero al abrazar el “servicio” público, pero es un verdadero escándalo el conjunto de esos haberes en medio de esta angustiosa crisis. ¿Puede trincar más de 7.000 euros al mes el presidente del PSOE sevillano, pongamos por caso, con un currículo que cabe en un papel de fumar y sin tener en cuenta su inquietante presencia en muchos de los graves fregados que investigan los jueces, incluido el de los ERE fraudulentos? Pues no, desde luego, en un país de parados en el que el mileurismo se ha convertido en un privilegio y en el que una legión de jóvenes brillantes va por la vida con una mano atrás y otra delante. Es un chollo la política para muchos. Para los menos cualificados, sencillamente, es el negocio del siglo.

La jungla escolar

Hace años que venimos bregando con el fatal problema de la indisciplina escolar o, por decirlo de manera más contundente, de la quiebra de la autoridad del docente. Mi tesis es que es esa quiebra no es más que un caso particular de la regla general que rige en el conjunto de nuestras sociedades (insisto, no sólo en la nuestra), ya que no tendría sentido que allí donde no se respeta al juez ni al policía se respetara al profesor. Hay constantes noticias sobre agresiones a profes por parte de alumnos o familiares de alumnos, y todos sabemos que el ambiente actual de las aulas resulta de lo menos propicio para llevar a cabo la abnegada tarea de la enseñanza. Los profesores, lejos ya del modelo tradicional que obligaba a respetarlos, carecen de instrumentos para mantener el orden aunque se sepa que emplean la mitad de su tiempo en tratar de imponerlo, padecen enfermedades profesionales como la afonía, son muchos los que acaban sucumbiendo a la depresión, y han de contar, sin duda, con la dificultad que supone el paternalismo de unas Administraciones que han llegado a juzgar a un profesor por sancionar a un alumno con las clásicas “planas” o a forzarlo a humillarse ante el alumno sin la menor consideración. Esta semana prometía el ministro Luc Chatel en su país devolver la moral a la escuela, pero simultáneamente se conocía que un alumno adolescente de Val d’Oise, Emilio Bouzamondo, pésimo escolar pero brillante rebelde, publicaba un panfleto –¡otro!—, en el que, irritado por un castigo que le fue impuesto en su día, calificaba a los profesores de “ineptos, estúpidos y demasiado viejos” y su labor como un “régimen autocrático”. Y no se conformaba con la denuncia sino que proponía objetivos de largo alcance: “Quiero hacer una revolución. Primero en el colegio, después en toda Francia, acerca de cada profesor, acerca de cada padre”. Nada menos. Emilio tiene dieciséis años y arrastra tercer curso como un fardo. No quiero pensar a qué aspiraría si lograra aprobar el curso.

Mal va una sociedad que vende miles de ejemplares de semejante tontuna, acomplejada ante el prestigio de lo joven y dimitida en la ardua labor de sostener sus valores, una sociedad que quita la palabra al enseñante para dársela al listo espontáneo que lidera la clase o, más bien, el patio de recreo, por supuesto con el apoyo imprescindible de unas “redes sociales” incapaces de valorar ciertos riesgos pero extremadamente eficaces para la propaganda que lo mismo puede servir para vender panfletos que para promocionar una “revolución” improvisada por un “ado”. Entre “dómines” e inadaptados no cabe el viejo término medio en que se ha basado toda la vida el ejercicio de enseñar.