Los rectores estallan

La Junta no se ha inmutado siquiera porque la totalidad de los rectores andaluces hayan suscrito la dura requisitoria contra los “recortes” presentada en Madrid por sus colegas. Se ha limitado, a cambio, en cargar contra el ministro Wert, incluso utilizando metáforas no poco insultantes, como si ella no tuviera que ver con la “asfixia” denunciada al deberle desde siempre a la Junta y superar ahora ahora esa deuda hasta el límite, hecho que cabría decir que se merecen –ellos, no las universidades—dada su estrategia de protestar contra el Gobierno y pasar en silencio ante la Junta que es su responsable presupuestaria. El consejero Ávila se ha ensañado con Madrid. Con rectores como los que tenemos no hacía falta más.

Extrañas logias

Cuenta Boadella en su último libro que, durante una cena a la que asistieron él mismo junto al cardenal Sistach y el actual ministro de Interior, Jorge Fernández, y cuando la conversa versaba sobre la caída del Muro de Berlín y sus oscuras causas, el ministro zanjó la cuestión con tres contundentes sílabas: ¡Fá-ti-ma!”. Se refería, al parecer, el señor ministro a la profecía que la Virgen hizo a las pastorcitas portuguesas y que ha conservado con celo hasta su muerte sor Lucía, en la que es doctrina común que se profetizaba la caída del sovietismo, así, en plan milagro. Y eso, qué quieren que les diga, viniendo de un ministro que tiene en sus manos la seguridad del país, pone los pelos del punta al ciudadano más pintado. ¡Pues eso no es nada! Ahora resulta que el ministro Fernández pertenece como caballero a una orden consagrada a la “glorificación de la Cruz”, a la que el Vaticano o, al menos, el cardenal Bertone, ha prohibido las ceremonias de investiduras, a pesar de que ese purpurado mandamás sea el protagonista de un libro curioso, “Mis coloquios con sor Lucía”. ¿Cómo, el ministro del Interior, católico a machamartillo e íntimo de Rouco, desobedeciendo los rigores vaticanos en compañía, todo hay que decirlo, del cardenal emérito Re y el arzobispo castrense Del Río? ¿Un ministro de Interior actuando como un rosacruz cualquiera o como los de antaño que gastaban delantal con compás y escuadra? Francamente, me cuento entre quienes protestan cuando la Izquierda montaraz equipara la nueva derecha a la dictadura, pero convengamos que esa foto del ministro jugando a las sociedades secretas es de las que no resisten ni a la lógica más flexible.

Pase que Rouco mismo discrepe de la jerarquía, que en ello no nos va nada a los peatones, pero que un miembro tan principal del Gobierno vaya por esos andurriales secretosos es algo que se pasa sobradamente de la raya. Para poder exigir en conciencia que la política sea neutral y no secularizadora, parece que lo primero debería ser poner la cosa pública en manos de realistas que no se dejen arrastrar por la seducción de ritos y ceremonias. Por eso inquieta el ministro Fernández, caballero de una Sacra Orden Constantiniana que al Papa, por lo visto, le importa un pimiento aunque luego preocupe tanto a la jerarquía que el ala ilusionista del PSOE haya entrado a por uvas en la masonería de toda la vida. A un ministro le basta y le sobra con profesar una sola obediencia.

Enseñar la llave

Como en su día Carod Rovira en Cataluña, el copresidente Valderas ha exhibido, algo prepotente aunque realista, la “llave” única que permite la estabilidad del cogobierno encabezado por Griñán. “Él sabe que la llave en la Mesa y en el Parlamento es Izquierda Unida porque somos la fuerza política que puede decidir los temas hacia un lado o hacia otro”, ha proclamado refiriéndose al presidente de la Cámara. Ha venido a decir, por consiguiente, aquí no manda nadie más que yo, lo cual supone un exceso teniendo en cuenta el tamaño de su minoría, pero también una chulesca advertencia al propio copresidente Griñán. IU debería mirarse en el espejo del PA para orientarse sobre las resultas que pueden derivarse de esta alianza “de pane lucrando” con el “enemigo íntimo”.

Territorio exento

El otro día pudo verse en televisión a un futbolista de prestigio intercambiar escupitajos con un rival al que con ese gesto quiso demostrar su desprecio a causa de algún incidente del juego. No es la primera vez, por supuesto, como no lo es contemplar la incomprensible impunidad de que gozan esos gladiadores capaces de salir impunes tras causarle a un rival graves lesiones corporales, con el inevitable perjuicio que ello conlleva para un profesional. El terreno de juego funciona de hecho, inexplicablemente a mi modo de ver las cosas, como un territorio exento en el que un ciudadano que representa a un organismo federativo asume y agota toda la autoridad sin que importe que los hechos acusen tantas veces un perfil delictivo cuya sanción extradeportiva correspondería en buena lógica a un juez y no a un árbitro. Sólo una vez en mi vida presencié la intervención espontánea de un juez que ordenó la detención inmediata de un jugador que acababa de fracturar una pierna a otro, entendiendo que ese hecho constituía un delito de lesiones graves y que, por descontado, la cancha no es ningún territorio exento de jurisdicción. ¿Qué ocurriría si, mediando mala fe o no, un jugador mata a otro en el curso de un encuentro, alguien puede sostener que la única responsabilidad del matador es la que le asigne su Federación o cabe esperar que la justicia ordinaria intervenga con todas sus consecuencias? Miren que dilema tan elemental que, sin embargo, parece que es incapaz de resolver la mitomanía de eso que suele llamarse teatralmente “el respetable”. Cuando nos hemos dado cuenta las canchas se han convertido en territorios por completo ajenos a la jurisdicción que rige para todo lo demás.

Un futbolista turco que milita en un club español fue castigado federativamente con una sanción por dirigir insultos racistas a un jugador de Costa de Marfil, pero la Fiscalía de Estambul ha solicitado que, al margen del coscorrón deportivo, el racista sea condenado a una pena de cárcel entre seis meses y dos años, interesante precedente que sería razonable que fuera imitado por todos, teniendo en cuenta, no sólo la razón jurídica, sino el hecho de que esos espectáculos desmoralizadores constituyen una auténtica y equívoca escuela de la competencia para los sectores más vulnerables de la audiencia. La impunidad que, de hecho, gozan esos campeones debe tener los mismos límites que se le imponen al común de los mortales.

Izquierda sin norte

Un cura amigo mío, que hizo toda la clandestinidad, sin perjuicio de su ministerio, en la única Izquierda capaz que entonces había, me dice, con desolado enojo, que hoy no nos queda otra ideología que la de la social-democracia. Han fracasado los dos bandos, enterrado el colectivista bajo los escombros del Muro berlinés, malparado el liberal por una crisis provocada desde su entraña, se ha sustituido la economía productiva por la economía financiera y el empresario por el especulador, de manera que parece no quedar otra salida que la resignación o la anomia. No sé, no sé, pero me planteo si acaso llevarían razón Daniel Bell o Fernández de la Mora cuando anunciaron, mucho antes que Fukuyama el “fin de la Historia”, que todo este camelamen que ha sostenido durante siglos la sociedad desigual se ha agotado y que la política será pura tecnocracia en un futuro –¡que en Italia ya es presente!—o bien no será. Ya no sirve, al parecer, el mito mercadista de un Hayek o un Friedman ni tampoco quedan energías al impulso keynesiano, es decir, que estamos instalados en un centro inestable sin nadie a la derecha ni a la izquierda. No hay Obama que valga para salir de este hondo pozo ideológico, Solbes no tiene soluciones diferentes a las de Rato y hasta la Merkel se ve amenazada en su relativa opulencia y debe sostenerse en las mayorías búlgaras de su partido. Hace unos días dijo el presidente Griñán que él ya no era social-demócrata, no sé si insinuando que era priscosocialista o, simplemente, asumiendo la derrota definitiva de su borroso ideario. Le he dicho a mi amigo que es verdad que no hay izquierda pero que, para más confusión, tampoco hay derecha, en el sentido de que ni una ni otra ofrece ya una concepción del mundo y del hombre capaz de identificarlas. Mi amigo, hombre prudente, no sabe/no contesta.

Hobbes escribió casi al comienzo del “Leviatán” un axioma demoledor: “No dudo que, de ser contraria al interés del Poder la tesis de que los tres ángulos de un triángulo sean iguales a dos rectos, serían destruidos sin excepción los libros de geometría”, toda una declaración de impotencia, rotunda como una profecía del pasado. Navegamos a la deriva proa a la galerna financiera y sin faro alguno a la vista, confirmando la hipótesis de Schaff de que acaso ya no sea posible la reflexión científica sobre la sociedad. La política es hoy una profesión pragmática girando, como en una yincana, en torno a un vacío común.

Calidad pagada

El Tribunal Supremo, confirmando al TSJA, no ha tragado con el similiquitruqui inventado por la Junta para reducir el fracaso escolar a base de pagarle más a los profesores que aprobaran a más alumnos, y en consecuencia ha anulado la orden de la consejería que implantaba ese “programa de calidad”. Y hay que decir que, más allá de la parsimoniosa decisión de la Justicia, a quien hay que alabar es a esa mayoría de profesores dignos que se negaron reiteradamente a aceptar el que algún sindicato calificó de “soborno”, renunciando a cobrar más por enmascarar los resultados reales. El fracaso escolar, como el absentismo, apuntan a una gobernanza inepta que ahora debería avergonzarse de su rechazado proyecto.