La suegra del juez

La suegra del juez Miguel Pasquau (muy Señora mía) le ha llamado por teléfono para cantarle las cuarenta al conocer la psicodélica ocurrencia de su yerno de absolver a las mesnadas de Gordillo de sus asaltos y saqueos a supermercados, por considerar que, si bien se mira, esos desmanes “forman parte del derecho de huelga”. Lo sabemos porque él mismo, el juez, aunque parezca insólito, lo ha confirmado en Twitter en un tono distendido, al tiempo que aseguraba –¡como si hiciera falta, conociendo quién lo ha puesto a él ahí!—que no se ha “vuelto loco” ni se ha “envuelto en la bandera del SOC, ni profesa la fe en su líder Gordillo”. Menos mal, no sabe el juez el peso que nos quita de encima, no solamente a su señora suegra sino a la muchedumbre perpleja que acaba de enterarse de que entrar a saco en su súper, por cojones como si dijéramos, y llevarse de camino sus carros cargados hasta las trancas de mercancías, no constituye figura alguna de delito, criterio que comparte, por más que desde una base jurídica que hay que suponer más endeble, el copresidente Valderas quien ha añadido que el derecho a la huelga asiste “a todos los ciudadanos, especialmente a los trabajadores (sic)”, idea adverbial que hace temer que en un futuro imprevisible pudiera extenderse ese derecho a los niños de pecho y militares sin graduación. Hace poco otro juez creo recordar que fue sancionado por la superioridad con motivo de haber redactado en verso una sentencia pero a Pasquau no le han dicho ni esta boca es mía, como no se lo dijeron cuando instruyó con las del beri el sumario del juez Serrano que acabaría con la carrera de este honrado jurista. Si este país fuera un país normal no tengo la menor duda de que la chanza informática de ese magistrado sería “trending topic” hace ya tiempo.

No debemos quejarnos cuando se nos previene de que, paralelamente al descrédito de los políticos, se está desarrollando también un movimiento de rechazo y desdén hacia la Justicia, basado en la convicción del gentío de que esa estatua no es ciega ni mucho menos sino que no da puntada sin hilo cuando la política se mete por medio. Y lo que nos faltaba es ver a nuestros ropones, no demotizando su quehacer, que eso sería muy estupendo, sino entreteniéndose en las “redes sociales” ya sin toga ni puñetas. Con todo y ser muy de los jueces, confieso que en esta ocasión no estoy con el magistrado sino con la suegra, muy señora mía.

El Estado fallido

Lo que más me ha sorprendido de la violación de las seis chicas españolas en un hotel de Acapulco es que no se tratara de turistas extranjeras sino de españolas que, con sus parejas, residen en México. ¿Es que no leen los periódicos ni ven la tele esos desdichados? Los datos sobre la criminalidad en México aturden hasta el extremo de que las agencias de consultores de seguridad no están disgustadas ante la regresión que está experimentando el crimen, aunque esa regresión arroje todavía números espeluznantes: 674 “ejecuciones” durante la última quincena de 2012, 435 en la primera quincena de enero. Sólo en Acapulco, ciudad en la que la balacera retrocedió entre diciembre y enero en un 18 por ciento, hubo que levantar 49 cadáveres “ejecutados” por los carteles, las bandas y demás organizaciones mafiosas, a pesar de la “intensa” vigilancia policial que protege a este paraíso turístico que hizo célebre Agustín Lara. Ha llegado a un punto este estado de violencia nacional que al nuevo Presidente, Peña Nieto, le reprochan los observadores que le haya “bajado el perfil” al tema para realzar los de otros sectores muy importantes, con todo y haber logrado el mandatario en su breve presidencia aquel retroceso estadístico. La pregunta es si un Estado merece ese nombre en tanto se mantenga en una guerra abierta contra la delincuencia que arroja un saldo tan temeroso como el descrito, es decir, si es posible seguir confiando en él mientras conviva con la presencia de montajes criminales como La Mano con Ojos, La Familia Michoacana, los Caballeros Templarios o los Zetas, capaces de hacer frente al propio ejército y no digamos a una policía proverbialmente corrupta. México lindo es hoy una aldea “western” con sus bandas invasoras y sus “sheriffs” apalancados en el “saloon”.

La defección del Estado parece incompatible, al menos a primera vista, con unas economías, como las actuales, tan fuertemente dependientes del sector turístico, incluso en países emergentes como México cuyo potencial crece día tras día. Y es que, en cierto modo, hay que preguntarse qué está pasando en nuestra sociedad en general –en México o en Rusia, en Venezuela o en Argentina—cuando hemos llegado a aceptar como inevitables o poco menos esas cifras atroces. Mucho me temo que esta anomia no sea sino el efecto fatal de una sociedad medial que ha conseguido hacer del morbo una baratija en su batalla subliminal y renunciado al monopolio de la violencia.

Belmonte

Se cierra en falso el “caso Marta del Castillo”, se declara judicialmente que asaltar un supermercado es legítimo, la instrucción de los ERE lleva medio año estancada sin que se tome una medida proporcionada a su gravedad… La Justicia es un cachondeo (Pedro Pacheco), la Justicia está muerta (dice la madre de Marta) y los jueces preparan su huelga para el próximo día 20, no para reclamar gollerías sino para llamar la atención sobre su atadura de manos. ¿Sabía usted que el Código Penal ha sufrido 27 modificaciones en 17 años? Me pregunto si, “in extremis”, asaltar el TSJA en un día de huelga le parecería normal a sus miembros. Lo dudo, pero eso es lo que hay.

Prendas políticas

El cuestionable Parlamento bolivariano está escenificando esta semana el drama de la división nacional a base de encasquetarse gorras en las cabezas diputadas. Rompió el fuego el sucesor “in pectore” de Chaves y actual vicepresidente, Nicolás Maduro, al presentarse en el hemiciclo con una gorra tricolor – azul, amarilla y roja—con la inscripción “4-F” que recordaba la fecha del golpe de Estado de su jefe de fila, y culminó con la respuesta de la oposición que se presento al día siguiente con la misma gorra pero sin fecha, tal como la que exhibió durante la última campaña el fracasado candidato de la oposición , Nicolás Caprile. Ahí tienen ya, mientras se mantiene el tabú de la agonía Chávez, la guerra de las gorras, para probar una vez más el valor del recurso indumentario en los enfrentamientos políticos y sobre todo el truco de apropiarse del símbolo nacional –esa bandera tricolor es la oficial de Venezuela—como se hizo en Francia con las escarapelas tras la Liberación. En Europa esas contiendas se han cifrado más bien en torno a las camisas, rojas en la Italia de Garibaldi o en la Rusia revolucionaria, azules o rojas en la España suicida, negras en la Italia mussoliniana y pardas en la dictadura nazi. En un color cabe toda una ideología, valdría decir que toda una concepción del mundo y de la vida, y, lo que es peor e infinitamente más peligroso, todo un polvorín de energías fratricidas como, por desgracia, hemos comprobado tantas veces. De hecho, bien saben los primatólogos que no hay nada más eficaz en el aprendizaje del simio que el uso combinado de colores. El color es el emblema minimalista de la competencia y, por descontado, también de la ferocidad, cosa que refleja el propio leguaje cuando alude a los bandos en liza por el tinte de sus prendas.

En esto evidencia el hombre su condición más primaria, su naturaleza animal, pues sabemos que, en la vida de las especies, los colores, lo mismo los propios que los ajenos, juegan un papel esencial. Todos somos, al fin y al cabo, monos eligiendo el taco verde, tordos eligiendo la aceituna enverada, abejas localizando la atractiva anémona, toros embistiendo ciegamente a la muleta diestra del rival. Las ideas, para ser eficaces, han de ser simples, instintivas y no racionales. Estamos comprobando estos días en Caraca un drama que, allá y en todas partes, hoy como en todo tiempo, la inmensa mayoría olvida que nos sabíamos de memoria.

El Parlamento-tasca

Seguir los debates del Parlamento de Andalucía resulta casi siempre desolador. Por el lenguaje, sobre todo, pero también por el minimalismo argumental y el inevitable recurso al reproche al adversario que lo han convertido en un auténtico retablo de títeres. Que si yo, que si tú, que tu más que yo o yo menos que tú, de creer a sus Señorías no estaría gobernando una pandilla de delincuentes y golfos que jamás hicieron nada por derecho. Es una vergüenza que se explica divinamente por el procedimiento de recluta de la clase política y por la moral doble y envilecida de esos partidos para los cuales no cuenta más que su propio beneficio. De hecho, el Parlamento carece de sentido dado que se gobierna desde el despacho de la mayoría. Lo demás es pura tramoya para albergar a este costoso bululú.

Mito y opinión

Hace cosa de un año los frecuentadores de la prensa internacional supimos que un tal Tyler Hamilton, un ciclista del equipo de Lance Armstrong, había escrito (o se había hecho escribir) un libro de confesiones en el que denunciaba la realidad del dopaje en su deporte y pedía a su jefe de filas que confesara la verdad de una puñetera vez, aunque sólo fuera para aliviar su conciencia. No se puede decir que se silenciara a Hamilton pero sí que le echamos entre todos la misma cuenta que se echan al monte debelador. Ahora, sin embargo, las confesiones de Amstrong en la tele americana han sido aceptadas sin restricciones, con lo cual ese secreto a voces que era la dopa en el ciclismo ha pasado a ser aceptado ya sin reservas. ¿Cuánto de culpa tiene Amstrong por su numerito y cuánto los propios medios de comunicación que lo mismo que hoy lo aceptan como debelador han tragado durante años con su inverosímil hazaña? Dicen esos expertos que el secreto ahora revelado era conocido por la inmensa mayoría de esos medios que contribuyeron a crear el mito del superhéroe que vencía incluso al cáncer sin bajarse de la bici, pero que todos callaron porque, de hecho, el héroe es una necesidad de la imaginación humana y, en consecuencia, una imprescindible munición en la industria de las comunicaciones: hay que vender más y para vender más se necesita excitar el apetito de la masa consumidora: Amstrong era necesario, en fin de cuentas, para el negocio editorial por más que cualquier entendido reconociera el fraude en su fuero interno, teniendo en cuenta, sobre todo, que su gran odisea tuvo lugar tras superar el cáncer, es decir, ya bastante avanzada una mediana carrera profesional. El negocio impone sus leyes y la ética se rige también, quién puede dudarlo, por la oferta y la demanda.

 

Cuando aquel Hamilton denunció en el Sunday Times lo mismo que ahora reconoce Amstrong el periódico fue condenado a pagar una elevada indemnización al mismo atleta que ahora descarga su conciencia de paso que extiende la denuncia sin ton ni son a todos sus compañeros, lo que prueba que poco se puede hacer frente al mito, más atractivo siempre que la prosaica realidad. Al héroe le cuadra la verdad lo mismo que la mentira mientras sirva para hacer soñar a la basca y arrimar beneficios al negocio. Amstrong es la prueba incontrovertible de esta amarga comprobación que la opinión pública hace y hará toda la vida como que no la ve.