Un verano más

Otro verano con previsión de problemas de atención sanitaria. Ritmo lento, colas inacabables, protestas. Un galeno malagueño ha formado el lío en las redes sociales contando que había atendido ¡a 60 pacientes! en una sola mañana, y algunos colectivos médicos alzan la voz en grito reclamando una solución para el problema de la escasez de personal en nuestros centros de atención primaria. Una vez un titán en Matalascañas estuvo todo un día y parte de una noche volcado con una multitud de pacientes hasta que a él mismo le dio un infarto. ¡Anécdotas, al fin y al cabo!, dirá al Junta, que promete reiteradamente, eso sí, aumentar los efectivos durante este verano aunque prevé que haya que imponer jornada doble. ¡Con que a la sanidad no afectarían jamás los “ajustes” autonómicos! Parece que los esforzados de la bata blanca piensan otra cosa.

Pedir la luna

¡Pues anda que no pide nada el PP cuando negocia el cambio en Canal Sur! Nada menos que sustituir al fiel insustituible –¿o por qué se cree el PP que el PSOE puso a ese interino?–, reducir el biempagado Consejo de Administración y poner el ente en manos de profesionales. “¡Amos, anda!”, le dirían en Madrid. Una televisión del “régimen” no puede ser más que una televisión del “régimen, valga la tautología, y eso requiere un director partidista y un colocadero pingüe para los descolgados del Poder y de la Oposición (que también come), lo cual supone, sí o sí, excluir a los expertos y sustituirlos por los adictos. Esos “entes” autonómicos –en Sevilla, en Madrid, en Bilbao o en Barcelona— ha sido siempre la voz de su amo. Lástima que, cuando pudo ocurrir, el PP no pudiera demostrar que me equivoco.

Visita a Loeche

El último duque-consorte de Alba, Jesús Aguirre, está enterrado en el panteón que acoge a la familia ducal en el pueblo madrileño de Loeches, al lado como quien dice del Conde-Duque de Olivares, que es como, entre bromas y veras, firmaba él sus tarjetones (conservo alguno) cuando andaba por Sevilla. Mucho antes de su consorcio, el “padre Aguirre” rivalizaba cada domingo en su homilía de la iglesia de la Universitaria con Mariano Gamo, el párroco rojo de Moratalaz, siempre bajo atenta vigilancia policial, rodeado de una parroquia ilustrada dividida por la energía de su radicalismo crítico. Aguirre en Frankfurt, cercano a un por entonces desconocido Ratzinger, amigo de Hans Kung y atento a la moda de aquella famosa escuela –Adorno, Horkheimer, Habermas, Walter Benjamin…– que, a su vuelta a España, ya como director de la editorial Taurus, él mismo se encargaría de traducir e introducir entre los lectores españoles, en una política editorial que juntaba las grandes novedades europeas y americanas con la actualidad española, incluyendo a los autores noveles. Nada que ver con el Jesús Aguirre que fracasaría en la Expo 92 ni con el personaje impostado y no poco provocativo que él mismo forjó.

A quienes se atengan a la última imagen de Jesús Aguirre –ya ahorcados los hábitos y reciclado en duque de Alba tras su paso por el ministerio de Cultura– les costará tal vez imaginar a este otro personaje que exhibía su crítica a la dictadura sin mayores disimulos, como consta sobradamente, o prestaba su apoyo cómplice a una clandestinidad que vivía momentos críticos, al tiempo que participaba activamente en la precaria vida cultural de aquellos años de hierro que, para Jesús y para muchos de nosotros, culminó con la más que probable defenestración de Enrique Ruano, uno de los crímenes más crueles y absurdos de un “régimen” desbordado por su inoperancia tanto como por su paranoia.
Pocos personajes han logrado hacer de su vida una parodia tan consciente y proyectar una imagen tan equívoca como Jesús Aguirre, aquel cántabro ático, cosmopolita e hijo de padre desconocido, que se enfrentaba con energía a duros compromisos, y ayudaba con generosidad al tiempo que alardeaba de comprar sus corbatas en Londres. Recuerdo que, allá por el 98, me propuso acompañarle al monasterio de San Juan de la Peña para rescatar los restos del conde de Aranda –otro título “consorte” que le divertía utilizar— que allí habían terminado tras una rara peripecia y cuyo bicentenario de celebraba. Del cura Aguirre no quedaba ya ni rastro, sospecho que no quedaba siquiera en su propia memoria.

La gran fosa

Para “memoria histórica” –ahora que la Junta va a imponerla, ¡como asignatura escolar!, a los andalucitos– la que en el futuro mirará a nuestro tiempo como a una era indiferente ante la tragedia masiva que sufren los inmigrantes africanos ahogados antes de llegar a nuestras playas. Hablamos ya de miles, más de mil trescientos en este primer semestre, y menos mal que el salvamento marítimo rescata en última instancia, un día sí y otro también, a otros cientos o miles. Antier mismo, una vez más, otro medio centenar de náufragos ahogados frente a Almería. Y Europa fumándose un puro en su Parlamento vacío, mientras España cumple su compromiso de acogida con cuentagotas. El cataclismo demográfico de la nueva inmigración no es sólo un problema que abre una nueva época. Es también, y sobre todo, un crimen.

El opio del agravio

No es nuevo. Desde que la Junta es Junta –es decir, PSOE—lo suyo ha sido apoyar al Gobierno de su partido y emplearse a fondo como ariete contra los ajenos. Pero ahora, cuando la política nacional se ha reducido al objetivo único de echar al Gobierno que gana elección tras elección, desde Andalucía se extrema el argumento del agravio comparativo culpando al ejecutivo rival de todas nuestras limitaciones. ¡Como si no fuera el mismo partido el que lleva gobernando esta región más o menos lo que duró la Dictadura, sin que se haya movido un ápice nuestro puesto en el ránking nacional! El cuento del agravio es otro opio del pueblo, de un pueblo que no sale de su postración mientras sus mandamases –con más competencias que cualquier gobernante federal—se limitan a culpar a Madrid.

El partido vertical

Por lo visto, aquí no se necesita más que llegar al poder para empezar los trampeos. Ciudadanos, C’s, debe aclarar –si es que puede—qué significa lo que media España ha escuchado en la grabación a su delegado territorial de Andalucía, a saber, que los Ayuntamientos no pueden gastar más que el 70 por ciento de las subvenciones recibidas, debiendo reservar el 30 por ciento restante…, ¡ah, no se sabe para qué! Son las instrucciones de ese delegado a un responsable que, como es natural, no las tenía todas consigo, hasta el extremo de preguntar por el destino de esa “mordida”. ¿Y saben qué contestó el delegata? Pues que eso no lo sabía él, pero que perder, no se perdería, ya que C’S es un “partido vertical”. ¡Acabáramos! Aquí el más tonto hace un reloj.