El trabajo mal hecho

Casi tan abracadabrante como la noticia de que el tal Bárcenas se apunte al paro y puede que cobre el correspondiente seguro, resulta la de que los prejubilados falsos que hizo la Junta de Andalucía con toda la cara, vayan a cobrar esa pensión perfectamente ilícita debido a las chapuzas de la Junta. Lo ha dictaminado el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) en una sentencia no poco extravagante pues ya es raro que lo que se reconoce como “nulo de pleno derecho” se convierta, en virtud de un vicio formal del procedimiento, en legal. A este país se la está yendo la olla si no es que se le ido ya.

Soplar y sorber

¿Es de verdad la reinserción el objetivo constitucional de la pena? No hay día en que no oigamos repetir ese argumento que ha llegado a convertirse en el “leiv motiv” de un cierto humanismo, que forcejea para extirpar de la opinión la idea de que la pena es un agravio que se hace a quien delinque, para tratar de reinsertarle, pero también para satisfacer a la parte ofendida y, sobre todo, para ejemplarizar a los demás. Ocurre, sin embargo, que algunos entre quienes más claman por reducirla a una medida integradora, se muestran luego igualmente clamorosos para exigir la libertad de delincuentes tan tremendos como los terroristas de ETA que ni siquiera han cumplido las penas, forzosamente veniales respecto a sus culpas. Leo en El Periódico de Huelva y en El Pais un titular estremecedor que no me resisto a reproducir íntegro –“Valverde contrata los servicios del criminal ultra Emilio Hellín”—, lanzado como una piedra contra la alcaldesa del pueblo, por haber contratado con una acreditada empresa en la que, por lo visto, trabaja, una vez saldadas sus cuentas con la Justicia, aquel que en su día fuera, en efecto, un criminal notorio. ¿Se puede exigir a un Ayuntamiento que investigue a los empleados de las empresas con las que contrata, lo hacen quizá las Administraciones Públicas? ¿Y se puede justificar ese titular en el que un ciudadano teóricamente “reinsertado” aparece, como si se tratara de un contumaz, con semejante sambenito? En la lucha política no vale todo: parece mentira que haya que recordarle algo tan elemental a medios de comunicación caracterizados como activos promotores de otras amnistías.

 

Es más que probable, por lo demás, que los responsables municipales de esa población ni siquiera conozcan, dada su media de edad, quien fue ese “criminal” cuya contratación se les reprocha con tan poco tino. España es muy olvidadiza cuando quiere pero tanto o más memoriosa a la hora de conservar intactos ciertos dardos envenenados. ¿Publicarían con el mismo alarde esos medios la noticia de que quien ha sido el controlador de los presos etarras, un tal Goioaga, ocupa un escaño en nuestro Senado representando al Parlamento Vasco a propuesta de Bildu? ¿Fueron tan beligerantes cuando Josu Ternera presidió nada menos que la Comisión de Derechos Humanos? En caso afirmativo lo celebraría tanto como lamento la gravísima imputación que esos medios le hacen gratuitamente a los gestores de un modesto Ayuntamiento.

Contra el Gobierno

El gobierno bipartidista, el PSOE, el PP y los sindicatos de clase,  se confundirán hoy con los “indignados” con o sin causa y con los populistas a lo Beppe Grillo para acorralar al Gobierno en la calle achacándole todos los males de la patria. Las leyendas crecen solas, y la del 28-F no iba a ser una excepción, hoy potenciada desde el Poder para usar la efemérides como un ariete contra el Gobierno rival. Cada día se parece esto más a Argentina en la tendencia populista, pero ese frente contra el Gobierno legítimo no logrará más que perjudicar a los andaluces, aparte de engañarlos. Lo lógico sería que la calle clamara hoy contra la Junta que tras tres decenios largos nos mantiene a la cola de España. Se limitará, en cambio, a gritar consignas y exhibir pancartas contra el PP como un burdo homenaje a Lauren Postigo.

Romper la baraja

Entre todos los comentarios sobre el resultado electoral italiano, me quedo con el que dice que si los italianos han votado a Berlusconi y a Beppe Grillo, lo que se merecen es que ahora los gobiernen esos elegidos. Mi impresión es que el éxito de los antisistema no se debe sólo a la empatía que arrima a ese cómico el voto de los desencantados, sino que, en buena medida, es consecuencia del largo fracaso de una democracia cuya crónica de postguerra justifica sobradamente el despego de la ciudadanía. Un fenómeno como el de Berlusconi se explica sólo en un electorado primero perplejo y luego indignado con el juego político en general, por la desmesurada corrupción en la que han participado casi todas las formaciones, grandes y pequeñas, por la quiebra de la izquierdas tradicionales y, en fin, por el impacto de una crisis económica de origen incierto pero que ha caído a plomo sobre los desprevenidos ciudadanos. Claro que nada de eso justifica del todo la negación del sistema de libertades que llamamos democracia ni la brusca rebelión contra un Sistema para el que, aunque haya quebrado también de modo estrepitoso, no se ofrece, que se sepa, alternativa alguna para ordenar la vida pública. Por eso cobra sentido esa suerte de maldición citada, la que propugna el escarmiento que, sin duda posible, sería depositar la decisión política en manos de ese par de payasos. El voto italiano refleja nítidamente un rechazo pleno de la política convencional y el triunfo de gente como la mencionada pone de relieve la indiferencia con que ha llegado a contemplarse una política que a todos disgusta.

 

La cuestión que ahora debe preocuparnos es si ese logro antisistema tendrá eco en otros países mediterráneos, y en especial en España, donde la corriente “indignada” viene siendo alentada desde el primer momento por algunos de los partidos de la izquierda que aspiran a pescar en río revuelto sin advertir que la trivialización de la política y su crítica destructiva acabaría también con ellos llegado el momento. Se comprende hasta cierto punto esa indignación –la situación invita, desde luego, a plantarse frontalmente frente a la política tradicional– pero no es posible ignorar que la democracia no tiene alternativa alguna conocida. Los italianos, en efecto, merecerían ser gobernados por esos iconoclastas partidarios de echar el templo abajo. El mito de Sansón y los filisteos es hoy más actual que nunca.

Piñón fijo

El inventor de esa estrategia que convierte la autonomía en un ariete contra el Gobierno de la nación cuando éste no es un “gobierno amigo”, es decir, Manuel Chaves, insiste en la idea de convertir este 28-F en una jornada de “lucha reivindicativa”, ni que decir tiene que contra Madrid en exclusiva. Lo mismo hace la Junta con sus dos cabezas, acordes por una vez en el fondo PSOE e IU, como si de la situación actual no fuera responsable la estructura autonómica y nada tuviera que ver con la ruina andaluza un desgobierno rutinario que dura ya más de treinta años. Mañana quieren buscar en la calle lo que se les negó en las urnas. Los malos tiempos son siempre propicios a la demagogia.

El sexto y el séptimo

A pocas horas de finalizar el papado de Joseph Ratzinger, los medios europeos no cejan en su pugna sobre la tremenda información facilitada por La Repubblica sobre la presunta existencia de un lobby gay en el Vaticano –comprometedor de no pocos prelados de primer nivel—que podría haber sido el detonante de la renuncia papal. No se trata de una habladuría, en este caso, sino de un informe escrito en latín por tres cardenales –Julián Herranz, Josef Tomko y Salvatore De Giorgi—encargados por el propio papa de investigar el “caso Vatileaks”, es decir, el extraño incidente de los papeles robados al pontífice en su propia cámara. No sé qué quedará, al final, de este repugnante asunto que incluye la acusación de las más bajas pasiones al más alto nivel y acusa a varios purpurados de ser rehenes de sus presuntos protegidos, pero lo evidente es que durante el papado de Ratzinger ha sido ese tema de la homosexualidad y, en especial, de la pedofilia, la piedra de escándalo que, de manera permanente, ha gravitado sobre este teólogo perdido en la jungla de la burocracia eclesial y sus proverbiales influencias, que tal vez no era el personaje idóneo para bregar con miserias semejantes. Cardenales con amantes, jóvenes clérigos de fulminante carrera, chantajes y tercerías habrían desbordado a un octogenario más hecho al cultivo del saber que a la administración de las ruinas humanas. ¡El sexto y el séptimo mandamientos, como siempre! De confirmarse esta situación, no es dudoso que el papa entrante haya de enfrascarse en la tarea, presumiblemente titánica, de echar abajo el edificio podrido y levantar sobre sus cimientos una nueva Iglesia.

 

Era obvio, por otra parte, que el Vatileaks no estribaba en un simple robo de papeles burocráticos, sino de una acción concertada de altos poderes en busca de material sensible para utilizar en sus pugnas intestinas. Como lo era que tal vez con Juan Pablo II no se atrevió nadie en el entorno papal a levantar esa liebre que, probablemente, aquel papa hubiera abatido pero con la que no ha podido su sucesor. En cualquier caso, al futuro pontífice le aguarda un soberano desafío si no quiere convertir en verosímiles los augurios de Malaquías. Y en cuanto a los cristianos de a pie, no es dudoso, naturalmente, que hayan de sufrir un inaudito tantarantán viendo convertidas en evidencias las más abominables habladurías de toda la vida. La sombra de los Borgia nunca llegó a desaparecer del todo.