Palo a lo vertical

Al consejero de Economía, Innovación y no sé cuántas cosas más, Antonio Ávila, no le parecen suficientes las dos rotundas sentencias que, a instancias del sindicato CSIF, ha dictado el Tribunal Supremo declarando “discriminatorios”, y por ello mismo nulos, la aplicación y el desarrollo de la “concertación social” en que consiste el nuevo verticalismo sindical ideado por la Junta, CCOO, UGT y CEA, esa sociedad de bombos mutuos entre el poder y los llamados “agentes sociales”. A lo que apunta el TS es al negociazo de los cursos de formación, subvencionados a manos llenas y exclusivos de ese círculo mágico. Sería de lo más pedagógico publicar la lista de los titulares (de los reales, no de los testaferros) de esos cursos y sus eventuales relaciones con la patronal o los sindicatos predilectos.

Crisis y suicidio

Escucho la tertulia de Alsina en Onda Cero enredada en el temible tema del suicido. ¿Por qué se suicida la gente, hay relación entre la crisis y el suicidio, qué postura deben adoptar los medios de comunicación ante el suicidio, la publicidad o el ocultamiento preventivo? Un experto repite muy juiciosamente algo que se ha dicho por activa y por pasiva desde Durkheim en adelante: que no hay suicidios unicausales sino debidos a una convergencia de causas adversas que acaban por destruir al individuo. Hay otras formas de escape, otros recursos paliativos como el consumo de psicótropos, que, como es sabido, se ha disparado con la crisis tal como sucediera cuando la reforma de Griñán. Con fármacos se intentan suicidar al día en España, si hemos de creer a una fuente sólida, casi trescientos desgraciados, pero el caso es que, aunque la estadística del asunto sea encubierta desde siempre, sabemos que en España, por ejemplo, cada día se quitan la vida más de nueve personas, es decir, más que víctimas del tráfico: el suicidio es en España la primera causa de muerte no natural. Pero, sí, es prudente atribuir el suicidio a una conjunción de causas, que sería, por otra parte, la explicación de la diversa tipología del suicidio que establecen a dos manos sociólogos y psicólogos, pero ello tiende a alejar a la crisis como causa principal, cosa que es incierta. Con la crisis, en Grecia, en Inglaterra o en Italia las tasas de suicidio han subido a compás de la exponencial subida de ansiolíticos y similares, lo mismo que en España, y no parece lógico que la causa haya sido la publicidad mediática. Hay periodistas amarillos, pero también (el caso de Alsina es, para mí, paradigmático) informadores y formadores de opinión que hilan fino, quizá demasiado fino, cuando un periódico o una radio hablan de la mujer o el varón que se arrojan al vacío desde un alto piso antes de entregarse a los desahuciadores.

Bien, pero consideren que el suicidio ha constituido “delito”, valga la paradoja, en diferentes ordenamientos jurídicos y que hasta hace poco al suicida se le negaba la tierra sagrada para su entierro por parte de unas iglesias (y digo “unas” porque no fue solo la católica) que lo consideraban, encima, pecado: el pecado de Judas, nada menos. Los antiguos hablaban de la “bilis negra” (melancolía). Nosotros hemos de contar también con la prima de riesgo y las “agencias de notación”.

La otra Inquisición

Con estos trajines de la secularización que, desde Weber a Berger, vienen anunciando los sabios, la verdad es que los laicistas (no los laicos, que son otra cosa) se están poniendo muy pesados, sobre todo en la vida pública. Miren la que traen entre manos algunos de nuestros biempagados diputados del pueblo disconformes con que la felicitación de Navidad del Congreso incluya, ya ven, un motivo religioso. No hace tanto que en Sevilla un solitario concejal comunista, que creyó descubrir la pólvora, exigía mudar el nombre de la Navidad por el de Solsticio de Invierno, singular exhibición de cultura, y para qué hablar de los frecuentes brotes laicistas empeñados en desterrar no ya los crucifijos de las aulas y despachos, sino en prohibir que en la escuela se montara el tradicional “nacimiento” navideño que, al parecer, podría resultar devastador para la conciencia de los peques. La secularización es un proceso (ver, además más de los citados, a Merton o a Luckman) probablemente imparable en las sociedades urbano-industriales, pero un proceso esponténao, es decir, derivado de las condiciones naturales que el progreso material ofrece e impone a las masas, y no consecuencia de la acción (o reacción) de esos militantes de la Nada que, según parece, no tienen mejor cosa en que ocuparse que en perseguir belenes y eliminar crucifijos. Nada más antiguo que estas fobias ateístas ni más elocuente en cuanto al autoritarismo de ese sector de una clase política capaz de convivir con la mangancia universal y hasta con el terrorismo de Estado, pero tan susceptible tocante a los símbolos religiosos. Y lo que llama la atención es su actitud inquisitorial, su talante intolerante, su absoluta desconexión con el sentir popular y su oportunismo. Porque con Franco, una vez que un descerebrado arrojó un crucifijo por una ventana de su Facultad, parecía que estábamos en plena “Semana Trágica” mientras que hoy hasta puede que esos savonarolas cobren dietas.

Hará bien el presidente Posada en no hacer ni caso al pequeño motín. Y en cuanto a los que defienden la decoración con el Árbol, habrá que recordarles la leyenda alemana de que fue Lutero quien lo inventó e instaló en la puerta de su casa una noche de Adviento y en pleno nevazo. ¡Un pico y una pala para esos vigías de la nueva ortodoxia! Tiene narices que cobren una fortuna por ejercer de anticlericales mientras casi seis millones de parados se disponen a festejar la Navidad compartiendo su miseria.

Zafios modales

No se le pueden pedir peras al olmo, evidentemente, ni que utilice un discurso ilustrado a gente como el portavoz de IU que es muy posible que no alcance a ello. Pero si cabe exigir a los políticos que, aunque su verba sea pobre, al menos no sea zafia ni plebeya. Hay quien confunde el radicalismo con la violencia verbal y la dialéctica con la grosería, y entre ellos destaca ese portavoz de IU, un tal Castro, que parece empeñado en reconvertir el ámbito parlamentario en una taberna bufa. Y como no cabe esperar de sus mandos que lo corrijan, lo suyo sería que el Presidente del Parlamento, aunque fuera por mantener una apariencia de dignidad, no consienta que en la Cámara que representa a los andaluces se rebaje la corrección hasta estos extremos abyectos.

El camino de Damasco

¿Se imaginan a Pablo de Tarso, ese teólogo visionario, sometido a la regla de que sus epístolas no podrían pasar de los 140 caracteres? ¿Es posible imaginar esa teología tartamuda, sincopada, por fuerza escrita en mensajitos micro de Twitter para llegar a las comunidades lejanas y desentrañar la formidable madeja de la nueva fe sin poder pasarse ni una letra de la regla establecida? No sé, por supuesto, como se las van a arreglar el Pontífice y sus edecanes para acuñar esos twitts y embutirles dentro tan complejos contenidos como reclama la fe actual, que es la de siempre pero no es la misma, no sé si me explico. Uno de esos ayudantes, Carlos M. Celli, aclaró que la Iglesia debía llevar el compás de la modernidad sin no quería acabar infringiendo “el sentido de la culpabilidad ante Dios”, ahí es nada, por no poner a disposición de su servicio ecuménico el nutrido repertorio de novedades tecnológicas que se van produciendo en esta novedosa era, con el fin específico de “anunciar el evangelio”. Eso sí, en 140 caracteres cada vez, comprimiendo las ideas como una boa constrictor si fuera preciso para posibilitar que la “buena nueva” llegue a gente muy lejana, no ya en la epístola esplendorosa sino en esa miniatura filológica que han inventado los tiempos. “Si el lenguaje de ahora es éste, vamos a por él”, declara el responsable de la evangelización cibernética, por más que no explique cómo aviárselas para lograr ese nanomensaje que parece que es el último tren del sermonario. Se nos recuerda que Pío XI, en 1931, envió un mensaje en Morse a través de Radio Vaticana, pero al menos a él no le impusieron un límite tan rígido como el que gasta twitter. Ya veremos qué ocurre cuando se trate de twitear el misterio de la Trinidad o la parábola del hijo pródigo.

La polémica entre antiguos y modernos es una constante en nuestra Historia (Maravall escribió un soberbio libro sobre la cuestión) y no hay momento en ella en que los “novatores” no acaben soltando chispas contra el pedernal de la tradición. Pablo era un “novador”, por supuesto, cuando se levantó ciego en el camino de Damasco, pero los modernistas de hogaño no son más que seguidores de una innovación cuyas reglas de hierro difícilmente permitirán los juegos trascendentales. Dice el acólito que el papa debe usar su twitter sobre todo para escuchar. ¡Aaaah!, eso ya es otra cosa. Seguro que los católicos a machamartillo habrán respirado al oírlo.

Leyendas y cuentos

Antier comenzaron los paros parciales y manifestaciones de trabajadores del sindicato Comisiones Obreras a los que se les ha aplicado con todo su rigor la nefanda Reforma Laboral del PP. O sea, que no era una “leyenda urbana”, como dijo hace poco el secretario regional Francisco Carbonero, sino una realidad como una casa el rumor de que los “sindicatos de clase” andan aprovechando –a nadie le amarga un dulce—las facilidades que ofrece la desregularizadora ley de la Derecha para desahogar la caja. Un cartel de los despedidos y “rebajados” me ha llamado la atención, el que decía: “Para defender el futuro… en nuestra casa también”. Cuando estas publicidades prosperen se le tendría que caer la cara de vergüenza a más de uno y, por supuesto, a más de dos.