El pulgar humano

Hablando precisamente sobre “El pulgar del panda”, Stephen J. Gould sostuvo que la teoría del “diseño ideal”, tan postulada por los creacionistas, era un camino que “un dios sensato jamás hubiera adoptado”. Son los hallazgos extravagantes de la Naturaleza junto con sus “soluciones” singulares, los auténticos factores de una evolución que ha ido perfeccionando las especies sin perjuicio de haber logrado también, en ocasiones, resultados aterradores. Me lo ha recordado la conclusión de unos sabios profesores de Utah de que los cambios ocurridos en la mano humana –como ya intuyera Farrington hace muchos años—han resultado cruciales para el desarrollo de la especie pero no siempre (que es un poco lo que pretendían Theilhard y sus seguidores) por aportar habilidades benéficas sino, a veces, también posibilidades indeseables. Esta última teoría proclama que en la transformación de la mano primate hacia la humana resulta determinante el acortamiento de la palma y sus dedos frente al alargamiento del pulgar, que en nada hubiera beneficiado a los braquiadores, pero que hizo posible al bípedo, una vez convertido en peatón, la rotunda imagen del puño cerrado: la evolución trajo con esas modificaciones la posibilidad de golpear con más eficacia, es decir, una ventaja adaptativa que no deja de ser potencialmente lesiva para una especie que, en otras circunstancias, podría haber sido pacífica. Es inútil adentrarse en esta cuestión desde el fundamentalismo, porque uno tras otro los nuevos descubrimientos van haciendo posible comprender que ese largo recorrido filogenético incluye mutaciones que suponen tanto ventajas como inconvenientes, un dilema que, a su vez, conduce a la hipótesis de que acaso ese carácter eventual del cambio garantiza el papel de la libertad entre los seres inteligentes. Lo sugiero por si acaso esta hipótesis neutral pudiera contribuir a acercar los dos bandos hoy enfrentados.

En su comentario, el Journal of Experimental Biology relaciona esa capacidad de golpear duro adquirida por el hombre, con el éxito reproductivo de los machos (ignoro por qué no incluye a las hembras) ya que la eficacia agresiva habría de proporcionarles ventaja sobre los golpeados, que hay que suponer todavía no modificados por esa evolución, discurso que no deja de ser alambicado. ¿Está escrita la santa evolución con renglones torcidos? Hoy por hoy parece que ésa es la última palabra de la ciencia en esta enciclopedia a la que le faltan, sin duda, muchos capítulos.

Belmonte

El copresidente Valderas ha volado a Palestina para abrir allí una Casa de España –que ya son ganas de gastar y dar por saco—pero ha tenido que aguantar a pie firme la audición del himno nacional escrito por Pemán, no para el franquismo, como cree más de ignaro, sino para la Dictadura anterior, y que fue aprovechado por el falangismo que le puso “alzad los brazos” donde Pemán decía “alzad la frente”, y “los yugos y las flechas” en lugar del original “los yunques y la rueda”. La Historia es un ir y venir y gasta estas bromas. Una vez que Borbolla fue a Israel le contestó a una periodista que quiso saber el motivo del viaje: “Hemos ido porque nos ha dado la gana”. Valderas podría decir lo mismo a su vuelta sin faltar un ápice a la verdad.

Bichos contables

Del mismo modo que se ha afirmado en la epistemología actual que el observador científico no es ajeno sino que se implica de algún modo en el hecho físico observado, puede que no tarde en llegar la convención de que quienes investigan la naturaleza viva propenden a ver el animal observado desde una perspectiva antropocéntrica, esto es, proyectando su subjetividad, como si dijéramos, en el bicho observado. Así se ha afirmado un concepto de evolución no poco cuestionable por concebir la adaptación como el resultado de una suerte de voluntad de la especie en lugar de verla como un fenómeno perfectamente aleatorio, y en general, una práctica investigadora que atribuye intuitivamente al animal facultades noológicas del propio observador. Leo en este sentido que un equipo científico hispano-británico segura que el escarabajo macho de la harina “sabe contar” –algo que los primatólogos andan hace mucho empeñados en demostrar en algunos simios–, capacidad singularísima que dicen haber comprobado por el hecho de que cuando trata de aparearse con una hembra observa primero el número de competidores y a la vista de este dato permanece en la coyunda más o menos tiempo para evitar que otros cubridores “desplacen su esperma por completo”. ¿Lo ven? No hay quien pueda con esa proyección antropocéntrica que convence al sabio de que el escarabajo, como tal vez él mismo, es un ser consciente de su deber reproductivo y celoso de su descendencia, en lugar de un bicho instintivo que responde en exclusiva a los impulsos de su naturaleza, sin rozar siquiera la conjetura lógica. Siempre hubo caballos, perros y, por supuesto, monos “sabios” que, en definitiva, resultaron no ser más que bestias amaestradas , exceptuados sean los fantásticos “caballos sabios” que descubrió Gulliver en uno de sus viajes. Hay sabios que parecen convencidos de estas fabulaciones.

Hace muchos años conocí en el Centre Royaumont a una pareja de primatólogos enfrascados en enseñar las primeras letras a una famosa chimpancé que, en efecto, llegaba a conectar simbólicamente sujeto, verbo y predicado, cosa que interesó bastante a Edgar Morin y a Piattelli-Palmarini. Luego me enterado que aquel sabio intimó tanto con los monos que acabó divorciado y encerrado en el nosocomio. No conviene perder de vista el espacio entre el observador y el observado ni ese hecho fenomenal que es la especificidad intransferible del hombre. Al darwinismo le queda mucho por descubrir.

Nada por aquí, nada por allá

Nuestros dirigentes políticos han descubierto una revolucionaria contabilidad en la que encajan desde las facturas falsas a las obras no realizadas y desde los ERE fraudulentos hasta las prejubilaciones falsas, pasando por los “trabajadores fantasmas”. Tras estos últimos va olfateando diligente la Policía Nacional en un centro para discapacitados en el que parece que la gerente paga a su mucama metiéndola en la nómina o que hay trabajadores que figuran en ésta para engordar la soldada de los dirigentes, y aún es posible que se acabe descubriendo algún pelotazo de mayor cuantía en la propia constricción de las instalaciones. La vida pública andaluza se ha convertido en una inmensa mesa de trileros con las bendiciones de un “régimen” que supera ya los tres trienios.

Asesinato legal

La Corte Suprema de los Estados Unidos acaba de decidir por unanimidad la licitud de ejecutar a un enfermo mental si está condenado a muerte. Dos casos pendientes, ambos por asesinato, habían logrado aplazamiento al alegar los abogados que la deficiencia psíquica de sus representados, además de rechinar en un patíbulo, les impedía en la práctica montar su defensa, por lo que habían conseguido el aplazamiento que prevé el procedimiento de “habeas corpus”. Hay que decir que en aquel país, grande en tantos aspectos, la ejecución de retrasados mentales está prohibida desde 2002 aunque dejando al arbitrio de cada Estado la decisión final de cada caso. No es nuevo el asunto, desde luego, pues cualquiera que haya seguido este tema recordará ejecuciones de retrasados, incluso menores de edad, en algunos Estados especialmente rígidos, pero quizá sí lo es el hecho de darle matarile a un esquizofrénico diagnosticado, como puede que le den ahora a Sean Carter, o a un majareta entero y pleno como Ernest González. Más allá de cualquier discusión sobre la legitimidad del gran suplicio, la legalización de las ejecuciones de enfermos supone un gravísimo paso que está en contradicción, por cierto, con la evolución favorable al abolicionismo ocurrida en los últimos años: más de la mitad de esos Estados han suprimido en sus ordenamientos la pena capital o bien la han eliminado de hecho al no aplicarla, pero hay otros que siguen practicándola. Durante el año pasado “sólo” fueron ultimados, en efecto, 43 desgraciados, a pesar de lo cual el Centro de Información de la Pena de Muerte (DPIC) habla de una mejora en los resultados que permite mantener la esperanza. Matar a un loco es un asesinato especialmente cualificado, qué duda cabe, pero desde ahora será también legal.

Hace poco fracasó un referendo en California confirmando la vigencia de esa pena aunque Connecticut ha optado definitivamente por la cadena perpetua, con lo que ya son 17 los Estados que han abolido la pena de muerte, pero hay que reconocer que hace falta ser optimista para entrever una mejora con 43 ejecutados aún calientes. Lo que nunca se había visto, que yo sepa, es la legalización formal de la ejecución de deficientes mentales. Ni siquiera la primera democracia mundial se libra de ese atávico bestialismo que supone liquidar a un semejante. Desde ahora no impedirá el suplicio ni siquiera la incapacidad comprobada del reo.

Después de la batalla

“No estoy de acuerdo en casi nada con Wert pero me pelearía con quién fuera para que Wert pudiera expresarlo” (Mar Moreno, consejera de Educación). “Quien siembra vientos recoge tempestades y Wert debería acostumbrarse a las criticas”, (Verónica Pérez, de la Ejecutiva Regional del PSOE). “Seamos muy maleducados, que es lo que pone a Wert” (@potoma. “Los que impidieron las palabras de Wert deben ser seres muy primitivos” (Plácido Fernández Viaga, juez y letrado del Parlamento). “Quitarle la palabra a Wert es un ejemplo de fascismo de izquierdas” (@Mario Bilbao. “Discrepo con Wert pero tiene derecho a expresarse” (@Asuntriana. “El fascismo no está en el boicot callejero sino en su justificación política” (Javier Caraballo, periodista). “Ha sido un ejemplo de intolerancia impresentable” (Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla).