El comunismo chino

Desde que China aparece como la segunda potencia real del planeta, sus esfuerzos propagandísticos por simular que el crecimiento de su economía repercute por igual sobre todas sus clases sociales se han multiplicado para difundir la idea de que el llamado “comunismo con peculiaridades chinas”, proclamado como oficial en el último congreso del PCCH, sigue siendo un movimiento revolucionario que persigue ante todo la igualdad entre sus ciudadanos. La realidad del país, sin embargo, contradice de plano estas propagandas, confirmándose reiteradamente, no sólo que la desigualdad subsiste, sino que se ahonda cada día que pasa con el actual modo de producción. Un sabio italiano, Corrado Gini, ha dispuesto una medida de la desigualdad –el coeficiente de Gini—que procura la foto fija de la concentración de ingresos que, en un periodo determinado, afecta a los habitantes de un determinado espacio, y ha sido este instrumento–cuya difusión ha prohibido el Gobierno chino, como es natural—el que ha permitido concluir que la China, esa segunda potencia mundial que produce un puñado de millonarios al día, es el país más desigual del planeta. La fórmula de Gini consiste en imaginar una escala del cero al uno en la que ese cero metafórico representaría a una sociedad perfectamente igualitaria, es decir, en la que la renta sería distribuida por igual entre todos sus habitantes, y el uno aquella otra en la que una sola persona concentraría todas las rentas, es decir, la perspectiva del amo y los esclavos. Pues bien, se calcula que hoy en China ese índice subiría hasta un 0’61 como consecuencia, principalmente, de la diferencia abismal de condiciones entre la población urbana y la campesina interior. El comunismo chino actual, pues, el de las “peculiaridades chinas”, no sería otra cosa que un severo régimen de explotación de unas capas sociales inmensas por otras –urbanas—que resultan ser las beneficiarias.

No se podrá decir en el futuro, eso sí, que el Gobierno chino es el único responsable de semejante despojo, pues en bien sabido que el espectacular desarrollo de aquel país cuenta con la encantada complicidad de los importadores occidentales, que encuentran en aquel inmenso taller de mano de obra explotada el margen de beneficio que la civilización impide obtener en su propio terreno. Nadie como Iung señaló la distancia noológica entre la cultura oriental y la nuestra, nadie como Mao descubrió la eficacia del “razón de arroz”.

Sin novedad

Han pasado el día y la hora señalados y nada de lo predicho por los milenaristas ha ocurrido. El mundo sigue en su órbita, los perseguidos de la Tierra continúan huyendo, las víctimas del prójimo digieren como pueden la famosa “bilis negra” de la que hablaba Galeno refiriéndose a la frecuente melancolía que a tantos abruma. Asombra esa credulidad humana, tan refractaria a la opinión constructiva pero tan permeable al mensaje de los imbéciles. Hasta ha habido proyectos de suicidio colectivo y concentraciones en lugares supuestamente exentos de peligro por no se sabe bien qué protección ultraterrena. Galeno veía en la especie humana una tendencia autodestructiva que se expresaba en términos milenaristas y oscurecía el alma de las masas a las primeras de cambio. Poco más o menos lo mismo dijeron luego pensadores como Alejandro de Tralles o Isaac bin Imran, girando siempre sobre una metáfora de la oscuridad del alma que tiene cierto parecido emocional con las usadas por cierta mística y con bastantes ideas similares surgidas en la psicología del Renacimiento. Sobre todo ello hay mucho escrito, pero les sugiero que echen un vistazo a la obra de Stanley Jackson, “Historia de la melancolía y la depresión” para comprobar que esa enfermedad crónica es inseparable de la persona humana. ¿Por qué seduce tanto la llamada apocalíptica, qué permite que el cerebro se entregue con armas y bagajes a la vaga sugestión del fin de los tiempos? Cierto reduccionismo médico trata de simplificar el tema limitándolo al danzón de proteínas y otros elementos en la conducta humana. Algún teórico ha explicado esta pulsión negativa, tan común, más que como un rechazo del entorno vital, como una clamorosa e inconsciente petición de ayuda a los semejantes, pero lo cierto es que el apocalipsis está servido, según el extremismo freudiano, desde la misma lactancia. ¡El fin del mundo! Malreaux estaba convencido de que todo hombre lleva dentro un indescifrable deseo autodestructivo.

No ha pasado nada, como era de prever, pero todo continuará igual esa tendencia aniquiladora del espíritu renace como el Ave Fénix de sus propias cenizas. Mañana habrá otro payaso dándonos cita para el próximo “dies irae” y a su vera acudirán como ovejas trémulas nuevos desesperados dispuestos a representar la vieja tragedia imaginaria. Los caballos del Apocalipsis han resultado una metáfora indestructible para la frágil condición humana.

Pan duro

Duro tuvo que ser el pan servido en la mesa palaciega de San Telmo en el autoconvite del cogobierno de la Junta. Duro el trago que para Griñán debió suponer la “copresidencia” con un Valderas al que siempre despreció, y duro para Valderas posando de al lado del dueño de la “casa común” con traje de gala pero en su papel de cancerbero o de algo peor. Y en plena ruina de los administrados que acaso no hubieran soportado esa imagen de haber podido contemplarla. Las dos grandes autonomías españolas, Cataluña y Andalucía, gobernadas al alimón por dos fracasados convertidos en rehenes de dos burdos extremistas: hasta ahí hemos llegado. El precio que han de pagar es el de la humillación de los secuestrados y la descarada mamporrería de los secuestradores. Malos tiempos se avecinan para el común. Ellos continuarán devorando impasibles aunque reconcomidos sus duros aperitivos.

El buen salvaje

Tengo entendido que un día de estos se celebra el centenario de Tarzán. Una buena ocasión, sin duda, para reemprenderla con ese arquetipo, el “buen salvaje”, que es uno de los inventos más exitosos e injustificados de la cultura occidental, sobre todo a partir de las míticas bendiciones de Rousseau que era ya, más que “ilustrado”, un “romántico” con todas las de la ley, al que las relaciones viajeras habían instilado la leyenda de las islas felices. ¿Por qué se creerá con tanta insistencia que el hombre es bueno por naturaleza y que sólo la civilización lo modela y ajusta, cuando es tan obvio que los pesimistas tipo Hobbes (es decir, Plauto) suelen tener a diario demostraciones completísimas de la tesis contraria? Cuando se inventa a Tarzán el mundo anda alrededor de la Primera Gran Guerra lo que debió tener mucho que ver, como tal clima psíquico, con la renovación de ese mito de la bondad “natural” del que Voltaire se había guaseado tanto a propósito de las peripecias del indio Hurón que protagoniza “El Ingenuo”. Mi hipótesis es que se inventa a Tarzán como clavo ardiendo al que agarrase con todas sus fuerzas un mundo en caída libre que, precisamente por sentirse culpable, no se fía ya un pelo de la bondad humana. ¿Cómo confiar en la Naturaleza más que en la Civilización si una simple ojeada a la historia de la especie lo deja a uno rehén del valium, y con el convencimiento de que sólo un largo proceso de pulido puede cambiar a esa bestezuela bípeda, vertebrada y mamífera que, por no ir más lejos, hace una semana mal contada entraba en un colegio y remataba a conciencia a los colegiales del primer aula que halló a mano y a cuántos semejantes encontró a su paso?

Yo creo que Tarzán es una criatura de ese error ontológico de los hombres que les inspira la necesidad relativa de creer, siquiera durante un par de horas, que todo el patio de butacas es bueno como el pan, y que es la vida, con sus trampas y trajines, la que eventualmente vuelve a malo al vecino. El primitivo y omnívoro cazador que navega sumergido en nuestro cerebro finge haberse transformado en un fraile francisco que no ve bondad más que en la fauna. Pero la realidad es que lo mismo los sioux que los nazis cortaban la cabellera a sus semejantes cuando no se hacían pantallas con sus pieles. Tarzán significa, sensu contrario, lo difícil que resulta librar a un occidental del mito del pecado original.

Ahora UGT

Como hace unos días Comisiones Obreras (CCOO), ahora es la Unión General de Trabajadores (UGT) –los dos sindicatos del nuevo verticalismo– la que aplica la “abominable” Reforma Laboral del Gobierno de la nación a sus propios trabajadores. A nadie le amarga un dulce, dice el refrán, y así lo demuestra el hecho de que esos grandes “sindicatos concertados” estén aplicando a rajatabla las mismas normas que tanto vienen detractando y que, lógicamente, ponen límites al mínimo pero no al máximo. UGT y CCOO pueden pagar o despedir a sus trabajadores aprovechando las ventajas, pero ello no quiere decir de estén obligadas a hacerlo. Por eso se manifiestan contra ellos sus propios trabajadores poniendo de relieve, una vez más, la paradoja de estas burocracias sindicales.

Teoría del Don

Como casi todos los años, venturosamente, alguien ha tenido por ahí la idea de recaudar fondos para que ningún niño se quede sin regalo por estas fechas. Nada tan conmovedor como el niño recibiendo nervioso sus regalos y nada tan triste como el niño de las manos vacías. La realidad es que, alrededor del solsticio de invierno que, en gran parte del mundo conmemora el nacimiento de Jesús, existen desde siempre innumerables tradiciones que consisten en ofrecer regalos, especialmente a los niños, que supuestamente proceden de un incierto “más allá” y son transportados, salvo alguna excepción, por mensajeros también procedentes de regiones empíreas. El rito ya funcionaba en Roma y se celebraba coincidiendo con las famosas Saturnalias, pero en todo el ámbito de influencia cristiana ha existido en distintas fechas celebrado por distintos donantes. En toda la región del Véneto la ofrenda la hace santa Lucía cuya fiesta se celebra el 13 de diciembre pero no hay duda de que la iglesia primitiva incrustó ya ese rito en el mitologema navideño, de manera que los regalos se ofrecían el 25 de Diciembre entendiendo que era el propio Niño recién nacido el que obsequiaba, aunque no hayan faltado casos –en algunas regiones francesas, por ejemplo—en los que el día de la fiesta de trasladase al 1 de Enero, comienzo del año. Tan prolongado rito ha acabado fijándose en el 6 de Enero, es decir, en la Epifanía, a la que se asocia comúnmente la visita de los Reyes Magos. La influencia alemana ha divulgado, a su vez, la leyenda de Santa Klaus, es decir, san Nicolás de Bari, el único santo festejado tanto en la iglesia de Occidente como en la Oriental, cuya festividad se celebra el 6 de diciembre. Siempre han abundado las fiestas, generalmente infantiles, en las que el intercambio de regalos parece confirmar la tesis de Marcel Mauss de que el don, la cosa ofrecida, “tiene alma” y, en este sentido, el regalo trasciende su materialidad para adquirir connotaciones de profundo interés social.

Hoy se cuestiona el despilfarro –el “potlach”—que en estas fiestas ha potenciado al máximo una inteligente estrategia de consumo, mientras por otro lado los antropólogos subrayan el papel conciliador del don no sólo entre los niños sino también entre los adultos. Regalar es poner paz, venía a decir Marvin Harris, y en cualquier caso, el don es un elemento integrador de alta eficacia provenga de nuestros bienhechores tradicionales o del nórdico viejo de los renos.