La invención de Amy

En las cuentas de la Fundación Ideas, ese chiringuito que el PSOE inventó para dar cobijo al defenestrado Caldera, figura un acreedor singularísimo, una articulista de lujo que ha llegado a cobrar cantidades desconocidas en el mundillo de los escritores. La escritora-fantasma se llama (o es llamada) Amy Martin y se dice de ella que es una “analista política” que curiosamente nadie conoce, ni siquiera sus propios contratantes, pero dicen algunos ex-trabajadores de la casa que, en realidad, no es más que un ectoplasma inventado por el gerente para procurarse un sobresueldo de 50.000 euros anuales. Hay que reconocerle, pues, al gerente una viva imaginación y un especial virtuosismo tocante al uso de pseudónimos, al tiempo que habría que preguntarse si los responsables políticos y económicos de esa Fundación –financiada con dinero público a espuertas—se han caído de un guindo o acaso estén aún encaramados en él. Amy es, por lo que se ve, una humanista actualísima, pues lo mismo escribe sobre el cine nigeriano que a propósito del tsunami japonés pasando por temas tan expuestos conceptual y metodológicamente como es el de la medición de la felicidad, ya ven qué cosa tan estupenda como inasible. A mí no me ha extrañado tanto el presunto truco contable como una imaginación que cree posible que en este país de cabreros se paguen esas cantidades astronómicas a un articulista y que, de paso, haya inventado literariamente una figura que, por descontado, no tributará a Hacienda ni en el nuestro ni es su país por la sencilla razón de que no existe en la verdad de la realidad de la vida, o sea, que es una sombra tan evanescente como rentable. La truculencia mangante está alcanzando cotas realmente admirables aunque confieso que no conozco ninguna comparable a la invención de Amy.

Nuestra vida pública está en almoneda, esa es la realidad, y el caso de Amy no es más que una anécdota simpática en medio de este tremedal en el que ya no queda títere con cabeza a la hora de reclamar honradez. Pero inventarse a una escritora de fuste y pretender que no la conoce nadie en el planeta tiene su punto de ingenio y su grave paréntesis de poca vergüenza. A Amy, como a Rebeca, no la verá nadie pero eso no ha de ser óbice para tramar en torno a ella una película de época. Y no descarte que ése sea el colofón de nuestra historia dado que, casualmente, la esposa del inventor se dedica al cine.

Oposición ciega

Lleva razón el alcalde de Jaén cuando califica de “ridícula” la protesta del PSOE e IU ante la rebaja de las peonadas agrarias de 35 a 20 por parte del Gobierno de la nación. Y la lleva porque ésa fue precisamente la cantidad de jornales solicitados por ambos partidos en septiembre. Nadie ignora que esa renta agraria es necesaria para muchos y también un abuso por parte de otros muchos, razón por la que andarse con trucos en materia tan delicada parece temerario, especialmente si lo que se demanda ahora es la supresión total de ese requisito, lo que abriría una puerta incomprensible a cualquiera que habitara en el mundo rural. La demagogia en este punto toca fondo con esta pretensión al paso que descubre la desorganización de los protestantes que piden soluciones distintas según donde lo hagan.

La lista secreta

Desde julio a diciembre ha estado en la cárcel de Valdemoro un ingeniero italo-francés (goza de las dos nacionalidades), Hervé Falciani, reclamado por Suiza por haber denunciado una relación de 18.000 evasores que ocultarían sus fortunas en las cajas fuertes de ese país, entre ellos tres mil españoles. La novelesca aventura de Falciani ha consistido en entregar su famosa lista a varios Gobiernos europeos, entre ellos al francés, que la comunicó al español sin que hasta la fecha éste haya procedido contra ellos ni publicado sus nombres como parece lógico. Lo curioso del trato dispensado a Falciani es que el delito de revelación de secreto bancario por el que Suiza lo reclama no existe en España sino que, por el contrario, nuestra normativa establece la obligación de denunciar cualquier indicio de blanqueo de dinero, y lo indignante es ese silencio más que rechazable de nuestros responsables que, al mantener en secreto quiénes son los evasores se convierte en cómplice de todos ellos. ¡Ah, las buenas formas burguesas, el culto de la confidencialidad y demás trucos éticos y legales! De hecho la Agencia Tributaria parece que identificó a 659 entre los denunciados pero guardó como oro en paño el secreto de sus nombres, salvo un par de ellos que ya habían sido exhumados por mano judicial. Grandes empresas, hacendados de mayor cuantía, algún artista avezado aguardan confiados a que el Gobierno de España los llame para pedirle cuentas, pero el Gobierno español no lo hace, él sabrá por qué. ¿Van se seguir proclamando que “Hacienda somos todos” o, finalmente, tirarán de esa vieja manta? El problema es que si tiran hacia el cuello quedarán los pies a la intemperie y si lo hacen hacia los pies será la cabeza la que quede expuesta. Falciani es un ingenuo si creía que los Gobiernos defraudados le iban a agradecer su colaboración.

Vean que gran guión está desperdiciando el cine, que moralizante película nos estamos perdiendo ante la evidencia de que con el “gran dinero” no hay bromas que valgan. Nuestra Hacienda le tiene miedo a los grandes evasores (lo explicó la anterior vicepresidenta económica) y la política se mueve por patrones que resultan incomprensibles para el contribuyente medio que entrevé en sus manejos una innegable complicidad con la evasión. El héroe Falciani puede ser también un malevo. Las razones de los ricos pueden muy bien alterar el propio sentido común.

Jueza incómoda

El fiscal-consejero de Justicia, Emilio de Llera, parece obsesionado con apartar del caso de los ERE y las prejubilaciones falsas a la juez instructora Mercedes Alaya, de baja por padecer neuralgia del trigémino. “La pobre está enferma y lo que hay que hacer es dejarla que se cure tranquilamente”, ha dicho ese buen hombre, pero lo que está claro es que él se limita a cumplir su papel en esta farsa, que no es otro que el de minimizar sus efectos y eximir, en lo posible, a Griñán. ¿Recuerdan ustedes al “pobre” juez Barbero al que contribuyeron a matar a disgustos los guardianes del “caso Filesa”? Pues ésta es una nueva versión de aquel lamentable suceso, por más que, con seguridad, no le saldrá la jugada a los medrosos. Parece mentira ver a un fiscal distinguido metido en estas bregas.

Memoria bromista

Siempre he creído que la memoria es elástica pero sólo hasta un cierto punto. El saber, quiero decir la toma de noticia del mundo circundante más los conceptos procedentes de la propia reflexión, van acumulándose en ella y, dígase lo que se diga, ocupando lugar. De la memoria humana, no podemos, en todo caso, “borrar” su contenido para ganar espacio como se hace con las artificiales, lo que explica que con la edad el individuo vaya desarrollando cierta sensación de pérdida hoy, por desgracia, agravada por el miedo generalizado al mal de Alzheimer. ¿Quién no experimenta, pasado “el mezzo del camin” de su vida, el temor de andar perdiendo facultades con el vago presentimiento de esa catástrofe de la conciencia? Me dice mi amigo neurólogo que a la consulta acuden cada día más ciudadanos aquejados de su propio miedo al olvido pero que, en realidad, no padecen sino síntomas de aprensión más o menos vecinos de la hipocondría, y ya de paso me explica que una cosa es la anosognosia, o incapacidad para identificar el propio mal, y otra muy diferente la pérdida natural y frecuentemente progresiva de nuestras facultades mentales. Mi amigo razona que quien es consciente de padecer estos olvidos –¿con quién hablaba yo ayer, cómo se llama de apellido mi cuñado, quién escribió “Las alegras comadres de Windsor” tal vez—es precisamente quien está –de momento- a salvo de problemas serios de memoria. Lo expresa con mayor rigor si cabe el doctor Dubois, neurólogo del CHU Pitié-Salpetrière en un confortable apotegma que dice así: “Cuanto más se quejan los sujetos de su memoria declinante, menos posibilidades tienen de sufrir una enfermedad de la memoria”. Usted o yo no padecemos ese escalofriante mal que nos abisma en el olvido. Se trata, simplemente, de que vamos cumpliendo más años de los que querríamos.

Es posible que esta plaga de medrosidades no se deba más que a la proliferación de materiales psíquicos que una sociedad medial proporciona, velis nolis, al individuo aprensivo. Nunca la Humanidad ha debido retener tanto nombre, tanto topónimo, tanta inútil guarnición de noticias y sucedidos y tanto escándalo abarrotando el caudal de su conocimiento. Y por eso, no me cabe duda, el miedo a olvidar nos hace temer tanto unas pérdidas de contenido que son interiorizadas como una disolución de la personalidad. Yo mismo, cada día más flaco de memoria, me agarro a la experiencia de ese sabio francés como quien se aferra a un salvavidas.

Tragacuras

Ninguna lacra del radicalismo izquierdista ha sido tan miserable como el tragacurismo, una variante bruta del sentimiento anticlerical sobre el que tanto se ha hablado. El odio al cura supuso en España una grave tragedia en épocas pasadas y parece que ahora trata de ser rehabilitado por un radicalismo que tiene la mollera vacía de mejores motivos. Así, al portavoz de la Junta que pidió un bozal para el obispo de Córdoba –ciertamente inoportuno en esta ocasión—se le junta ahora el delegado de Valderas en Córdoba , un tal Pedro García, preguntándose en público si las críticas del obispo pudieran deberse a que monseñor “está agobiado en el armario”, comentario deplorable, en todo caso, también desde la perspectiva “de género” y que igualmente podría aplicársele a él. La modernidad de esta pseudoizquierda traga con los “recortes” pero se aferra al modelo de “El tragacuras” de Nakens.