El sexto y el séptimo

A pocas horas de finalizar el papado de Joseph Ratzinger, los medios europeos no cejan en su pugna sobre la tremenda información facilitada por La Repubblica sobre la presunta existencia de un lobby gay en el Vaticano –comprometedor de no pocos prelados de primer nivel—que podría haber sido el detonante de la renuncia papal. No se trata de una habladuría, en este caso, sino de un informe escrito en latín por tres cardenales –Julián Herranz, Josef Tomko y Salvatore De Giorgi—encargados por el propio papa de investigar el “caso Vatileaks”, es decir, el extraño incidente de los papeles robados al pontífice en su propia cámara. No sé qué quedará, al final, de este repugnante asunto que incluye la acusación de las más bajas pasiones al más alto nivel y acusa a varios purpurados de ser rehenes de sus presuntos protegidos, pero lo evidente es que durante el papado de Ratzinger ha sido ese tema de la homosexualidad y, en especial, de la pedofilia, la piedra de escándalo que, de manera permanente, ha gravitado sobre este teólogo perdido en la jungla de la burocracia eclesial y sus proverbiales influencias, que tal vez no era el personaje idóneo para bregar con miserias semejantes. Cardenales con amantes, jóvenes clérigos de fulminante carrera, chantajes y tercerías habrían desbordado a un octogenario más hecho al cultivo del saber que a la administración de las ruinas humanas. ¡El sexto y el séptimo mandamientos, como siempre! De confirmarse esta situación, no es dudoso que el papa entrante haya de enfrascarse en la tarea, presumiblemente titánica, de echar abajo el edificio podrido y levantar sobre sus cimientos una nueva Iglesia.

 

Era obvio, por otra parte, que el Vatileaks no estribaba en un simple robo de papeles burocráticos, sino de una acción concertada de altos poderes en busca de material sensible para utilizar en sus pugnas intestinas. Como lo era que tal vez con Juan Pablo II no se atrevió nadie en el entorno papal a levantar esa liebre que, probablemente, aquel papa hubiera abatido pero con la que no ha podido su sucesor. En cualquier caso, al futuro pontífice le aguarda un soberano desafío si no quiere convertir en verosímiles los augurios de Malaquías. Y en cuanto a los cristianos de a pie, no es dudoso, naturalmente, que hayan de sufrir un inaudito tantarantán viendo convertidas en evidencias las más abominables habladurías de toda la vida. La sombra de los Borgia nunca llegó a desaparecer del todo.

Andalucía ridícula

Parece ser que el Ayuntamiento de Bélmez ha destinado un dineral a la instalación de un “museo” de las “caras” famosas, una superchería más para adornar el perfil de la Andalucía ridícula. ¿Se puede consentir que se gasten, en plena crisis, 850.000 euros en semejante aldeanada, de los cuales, para más inri, el 75 por ciento procede de los fondos que nos envía Europa? Pues se puede, por supuesto, aunque sea para agrandar nuestra leyenda paleta y reafirmar, en pleno siglo XXI, las supercherías más absurdas. Confiemos en que en Europa no se enteren del destino que aquí damos a esos fondos solidarios sin los que sabe Dios qué hubiera sido de nosotros.

El Congreso se divierte

La sorpresa, por lo general favorable, de muchos comentaristas políticos ante la intervención  del presidente del Congreso, Jesús Posada, en el reciente Debate de la Nación, nos da una idea de en qué medida hemos perdido entre todos el sentido del humor que en nuestra política no es ninguna novedad. Posada es perro viejo, que a mí me recuerda la ironía cazurra de su padre, a quien conocí al final de su amplia carrera política, esa retranca bonachona que tan útil resulta en muchas ocasiones, como el otro día, para propósitos tan incómodos como hacer callar a un diputado tan locuaz y reiterativo como Joan Coscubiela. Siempre hubo humor en nuestro parlamentarismo, del que Víctor Márquez conoce innumerables anécdotas, aunque para mí ninguna como la, no sé si apócrifa o auténtica, que suele atribuirse a Gil Robles cuando un diputado de la izquierda dejó caer maliciosamente aquel “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”, a lo que el líder conservador replicó sin inmutarse: “¡Qué indiscreta es la esposa de su Señoría…!”. Nuestros cronistas parlamentarios –Azorín, Fernández Flores, el propio Víctor—saben bien que nuestro diálogo político guarda en su ganga dramatizante una ingeniosa mena de humor que, hoy, con la crecida híspida de nuestra convivencia política, resulta ya casi inconcebible, pero que, como prueba la cachaza de Posada, sigue siendo posible y, con toda seguridad, benéfica. Es probable que la pelea política ganara mucho si prosperara en ella el uso del humor que no tiene por qué comprometer la seriedad de esos padres de la patria. Me refiero, claro está, a un humor discreto y fino. Llamar “mariposón” a un jefe de la Oposición, como hizo Guerra alguna vez, es ya harina de otro costal.

 

¿Se imaginan un debate severo pero trufado, al mismo tiempo, con una simpática veta de humor, alcanzan a imaginar a sus malhumoradas Señorías, mortificándose mutua y siempre bonachonamente, con pullas graciosas en lugar de con pedradas léxicas e ingratos exabruptos? Escuchando a Posada he llegado a pensar que sí, que no todo está perdido en nuestra dialéctica pública y que incluso es probable que cunda el ejemplo hasta reconvertir estas peleas de vacas en una más apacible conversa entre gente civilizada. Posada es generoso con el reloj y bonachón en esa guasa que administra sin perjuicio de la imprescindible severidad disciplinaria. El otro día lo demostró hasta sorprender al personal que acaso es ya incapaz de valorar la ironía en medio de nuestra malhumorada convivencia.

Presidente pianista

Nos llueven noticias despreciables sobre nuestra vida pública. La “Familia” catalana sacando su pasta negra a los “paraísos” fiscales, el tesorero del PP y sus cuentas suizas, el del PSOE y la película de la escritotora que nunca existió, los mangazos crecientes en la luna andaluza, los reales manejos reales, ustedes me entienden. Hay políticos que claman por la regeneración y otros, que piden que se le devuelva a la clase política la confianza perdida, pero cada vez hay más políticos millonetis que repiten eso tan bobo de que están dispuestos a publicar sus cuentas, como si las cuentas no pudieran lavarse en seco como las chaquetas. Un viejo amigo me envía la semblanza famosa de Truman, el presidente “por accidente” que tiró las bombas atómicas sobre Japón, rubricó el reparto postbélico de Europa y se fue con su señora a su casa Missouri, el día en que acabó su mandato, conduciendo su propio coche y sin escolta alguna. Decía Truman que lo que a él le hubiera gustado hubiera sido ser pianista de una casa de putas o político, postulando que entre ambas profesiones, después de todo, no había gran diferencia. Hoy no se concibe un político al que el Congreso haya de votarle voluntariamente una pensión vitalicia dado que se fue del cargo con los bolsillos vacíos y menos, sin cabe, uno capaz de decirle a los tentadores que le proponían contratarlo como “conseguidor” aquello tan políticamente hermoso: “Oigan, que no, que ustedes no me quieren a mí, lo que quieren es la figura del Presidente, y ésa no me pertenece a mí sino al pueblo americano y no está en venta”. Qué va, hoy en el criadero político todo está en venta salvo lo que está en alquiler.

 

Esto no hay quien lo pare, desengáñense, porque las conciencias suelen ser todo lo elásticas que sea preciso y porque el agio, la corrupción, que han existido siempre, han alcanzado en esta fase del neocapitalismo avanzado y global su cenit fatal. Una voz resuena por ahí pidiendo que los delitos de los corruptos no prescriban. Ya, está muy bien, pero me parece un poco tarde para eso: hoy la rapacidad es una pértiga que me se basta y se sobra le pongan donde le pongan el listón. Mi amigo dice haber descubierto tarde a un Truman al que aplastaron entre la fama de su predecesor y las propagandas europeas de postguerra como un segundón cuya herencia reducían a haber impuesto un modelo de gafas. Muchos de estos de ahora tocarían impertérrito en un burdel.

No enmendalla

El director del Instituto de Alcalá de Guadaíra, en cuya sala de profesores estuvo colgada durante un mes la foto del ministro de Educación tiroteada y ensangrentada, se ha venido arriba para proclamar que esa broma terrorista no fue más que “un incidente aislado, puntual, descontextualizado y absolutamente magnificado”. No estoy seguro de que hubiera mantenido esas calificaciones de tratarse en la foto de un prócer de su partido, el PSOE, pero sí de que defender ese gesto miserable es impropio de alguien en cuyas manos muchos padres depositan la educación de sus hijos. Sostenella y no endendalla, dijo el valentón. Que la Junta no haya censurado siquiera algo semejante habla con claridad sobre su entreguismo moral.

El demonio amarillo

Es muy viejo el recelo occidental frente al poderío de ese enigmático Oriente que nuestros viajeros comienzan a descubrir, entre leyendas y fabulaciones, en plena Edad Media, y acaso ninguna ilustración tan elocuente de ese fenómeno como la figura de Fu Manchú, el personaje ideado por Sax Rohmer y al que puso cara, entre otros, el inefable Boris Karloff allá por los felices años 20. Fu era un emblema palmario del poder oscuro, una síntesis de la maldad que le atribuía al enemigo imaginario una civilización ensimismada como la nuestra, una figura genuina del poder del Mal, el hombre perverso al que sobraba fortuna, sicarios y hasta avanzadas tecnologías diseñadas para combatir esta parte del planeta. Pero ese producto del miedo no era del todo ilusorio, como hemos venido creyendo, sino una amenaza real que acaba de desvelarse como un casi inevitable enemigo mortal a quien todo indica que sonríe el futuro en la misma medida que se ensombrece el occidental. Los yanquis acaban de muñir con urgencia una ley que da poderes al Presidente para defender al país del enemigo cibernético y, ciertamente, no cabe hablar en esta ocasión de paranoias heredadas, sino de la realidad de ese peligro recién confirmado que es el espionaje informático con que el propio ejército chino ha logrado controlar la información de numerosas empresas en USA, Francia, Inglaterra, Bélgica, Suiza o Noruega. En manos de Fu Manchú está realmente, en esta ocasión, controlar desde dentro nuestras vidas y haciendas, cada día más dependientes de nuestros ordenadores. “No podemos mirar hacia atrás dentro de unos años y preguntarnos por qué no hicimos nada frente a esas amenazas reales”, ha argumentado el propio Obama para apuntalar su nueva ley. Fu ha vuelto para quitarnos el sueño y esta vez no sólo en el cine de las sábanas blancas.

Cobra vida, pues, la antigua sospecha, y vuelve el demonio amarillo a rondar nuestro imaginario, confirmando aquella vieja idea conspirativa de que todo mal imaginable es, en realidad, posible. Y China, que ya posee inversiones temerosas en el Tesoro americano y controla a galope tendido nuestro comercio al tiempo que deslocaliza nuestra industria, aparece esta vez no revestida de míticos ropajes sino mostrando su realidad de carne y hueso. No habrá antivirus, probablemente, contra esta invasión silenciosa que acaba de poner contra las cuerdas la seguridad de un Occidente que hasta ahora le ha tendido la mano.