Pértiga política

Lo del aprobado “político” de los alumnos suspendidos por sus profesores es uno de los yerros más graves de esta Administración incomprensible. Los claustros se quejan, con toda la razón del mundo, de que un delegado de la Junta pueda corregirles la plana y titular a un estudiante suspenso incluso con cuatro cates, una providencia a todas luces injusta que, además, contribuirá sin duda a la debacle educativa. La Junta ha intentado ya desde pagar a los alumnos para que no se ausenten de clase hasta premiar con dinero a los profesores en función de su benignidad, pero tanto el fracaso escolar como el absentismo siguen ofreciendo un panorama pésimo. ¡Y eso que la Educación era la prioridad absoluta de Griñán! ¡Si no llega a serlo…!

Adios al Papa

La imagen del papa Ratzinger va a crecer, tras su dimisión, más de lo que hubiera sido previsible durante todos estos años. La figura de Ratzinger, presentada con insistencia como un pontífice ultraconservador, incluso reaccionario, ha olvidado de modo deliberado el perfil progresista que ese hombre tuvo allá por los años 60, cuando participaba con Karl Rahner, Schillebeck, Hans Küng o Ives Congar en el intenso debate teológico y sociológico que impulsó el Concilio. Se ha olvidado enteramente al Ratzinger progresista, abierto, que firmó el manifiesto famoso sobre “el papel y la función de los teólogos”, su colaboración con la revista “Concilium” y sus libros primeros  –como “La fraternidad cristiana”, que Jesús Aguirre le publicó en Taurus, o su “Introducción al cristianismo”, aparecida en Sígueme al filo de aquella década–, el aura de pensador avanzado, en suma, con que la gente de mi generación interesada en la materia lo distinguió entonces. Desde luego no es dudoso que luego aquel pensador cambió ni que su papel al frente de la actual “Inquisición” llegó a alinearse por completo con la tendencia ultraconservadora , pero hay en su pontificado no pocos rastros de aquel espíritu originario que me temo que muchos no hemos sabido reconocerle hasta que el gesto supremo de su dimisión nos ha redescubierto la vieja figura. Estoy convencido de que la imagen de Ratzinger va a crecer y mucho en los años de vida que le queden de vida.

 

Es absurdo dar por buena la excusa de la falta de fuerzas para justificar el plantón del papa. Conocemos demasiado bien la realidad “terrestre” de esa Iglesia como para no entender que lo que a Ratzinger le ha sucedido es que las últimas revelaciones le han parecido exorbitantes para un espíritu cansado como el suyo. El desafío de los mangoneadores de la banca Vaticana o las revelaciones no desmentidas sobre el lobby gay de la Curia constituyen un reto que el octogenario, tras su abrumador reinado, ha considerado excesivo para su mermada capacidad vital, eso es todo probablemente, y en consecuencia, su retirada del solio se convierte en una denuncia más que en una renuncia que incluso los más extremados críticos suyos habrán de aceptar en conciencia. ¡Cualquier cosa renunciar a la tiara! No hemos de tardar en ver cómo cambia del todo la luz en torno a esa figura a la que, en ningún caso, se le podrá achacar en adelante firmeza de criterio y falta de agallas.

El trabajo mal hecho

Casi tan abracadabrante como la noticia de que el tal Bárcenas se apunte al paro y puede que cobre el correspondiente seguro, resulta la de que los prejubilados falsos que hizo la Junta de Andalucía con toda la cara, vayan a cobrar esa pensión perfectamente ilícita debido a las chapuzas de la Junta. Lo ha dictaminado el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) en una sentencia no poco extravagante pues ya es raro que lo que se reconoce como “nulo de pleno derecho” se convierta, en virtud de un vicio formal del procedimiento, en legal. A este país se la está yendo la olla si no es que se le ido ya.

Soplar y sorber

¿Es de verdad la reinserción el objetivo constitucional de la pena? No hay día en que no oigamos repetir ese argumento que ha llegado a convertirse en el “leiv motiv” de un cierto humanismo, que forcejea para extirpar de la opinión la idea de que la pena es un agravio que se hace a quien delinque, para tratar de reinsertarle, pero también para satisfacer a la parte ofendida y, sobre todo, para ejemplarizar a los demás. Ocurre, sin embargo, que algunos entre quienes más claman por reducirla a una medida integradora, se muestran luego igualmente clamorosos para exigir la libertad de delincuentes tan tremendos como los terroristas de ETA que ni siquiera han cumplido las penas, forzosamente veniales respecto a sus culpas. Leo en El Periódico de Huelva y en El Pais un titular estremecedor que no me resisto a reproducir íntegro –“Valverde contrata los servicios del criminal ultra Emilio Hellín”—, lanzado como una piedra contra la alcaldesa del pueblo, por haber contratado con una acreditada empresa en la que, por lo visto, trabaja, una vez saldadas sus cuentas con la Justicia, aquel que en su día fuera, en efecto, un criminal notorio. ¿Se puede exigir a un Ayuntamiento que investigue a los empleados de las empresas con las que contrata, lo hacen quizá las Administraciones Públicas? ¿Y se puede justificar ese titular en el que un ciudadano teóricamente “reinsertado” aparece, como si se tratara de un contumaz, con semejante sambenito? En la lucha política no vale todo: parece mentira que haya que recordarle algo tan elemental a medios de comunicación caracterizados como activos promotores de otras amnistías.

 

Es más que probable, por lo demás, que los responsables municipales de esa población ni siquiera conozcan, dada su media de edad, quien fue ese “criminal” cuya contratación se les reprocha con tan poco tino. España es muy olvidadiza cuando quiere pero tanto o más memoriosa a la hora de conservar intactos ciertos dardos envenenados. ¿Publicarían con el mismo alarde esos medios la noticia de que quien ha sido el controlador de los presos etarras, un tal Goioaga, ocupa un escaño en nuestro Senado representando al Parlamento Vasco a propuesta de Bildu? ¿Fueron tan beligerantes cuando Josu Ternera presidió nada menos que la Comisión de Derechos Humanos? En caso afirmativo lo celebraría tanto como lamento la gravísima imputación que esos medios le hacen gratuitamente a los gestores de un modesto Ayuntamiento.

Contra el Gobierno

El gobierno bipartidista, el PSOE, el PP y los sindicatos de clase,  se confundirán hoy con los “indignados” con o sin causa y con los populistas a lo Beppe Grillo para acorralar al Gobierno en la calle achacándole todos los males de la patria. Las leyendas crecen solas, y la del 28-F no iba a ser una excepción, hoy potenciada desde el Poder para usar la efemérides como un ariete contra el Gobierno rival. Cada día se parece esto más a Argentina en la tendencia populista, pero ese frente contra el Gobierno legítimo no logrará más que perjudicar a los andaluces, aparte de engañarlos. Lo lógico sería que la calle clamara hoy contra la Junta que tras tres decenios largos nos mantiene a la cola de España. Se limitará, en cambio, a gritar consignas y exhibir pancartas contra el PP como un burdo homenaje a Lauren Postigo.

Romper la baraja

Entre todos los comentarios sobre el resultado electoral italiano, me quedo con el que dice que si los italianos han votado a Berlusconi y a Beppe Grillo, lo que se merecen es que ahora los gobiernen esos elegidos. Mi impresión es que el éxito de los antisistema no se debe sólo a la empatía que arrima a ese cómico el voto de los desencantados, sino que, en buena medida, es consecuencia del largo fracaso de una democracia cuya crónica de postguerra justifica sobradamente el despego de la ciudadanía. Un fenómeno como el de Berlusconi se explica sólo en un electorado primero perplejo y luego indignado con el juego político en general, por la desmesurada corrupción en la que han participado casi todas las formaciones, grandes y pequeñas, por la quiebra de la izquierdas tradicionales y, en fin, por el impacto de una crisis económica de origen incierto pero que ha caído a plomo sobre los desprevenidos ciudadanos. Claro que nada de eso justifica del todo la negación del sistema de libertades que llamamos democracia ni la brusca rebelión contra un Sistema para el que, aunque haya quebrado también de modo estrepitoso, no se ofrece, que se sepa, alternativa alguna para ordenar la vida pública. Por eso cobra sentido esa suerte de maldición citada, la que propugna el escarmiento que, sin duda posible, sería depositar la decisión política en manos de ese par de payasos. El voto italiano refleja nítidamente un rechazo pleno de la política convencional y el triunfo de gente como la mencionada pone de relieve la indiferencia con que ha llegado a contemplarse una política que a todos disgusta.

 

La cuestión que ahora debe preocuparnos es si ese logro antisistema tendrá eco en otros países mediterráneos, y en especial en España, donde la corriente “indignada” viene siendo alentada desde el primer momento por algunos de los partidos de la izquierda que aspiran a pescar en río revuelto sin advertir que la trivialización de la política y su crítica destructiva acabaría también con ellos llegado el momento. Se comprende hasta cierto punto esa indignación –la situación invita, desde luego, a plantarse frontalmente frente a la política tradicional– pero no es posible ignorar que la democracia no tiene alternativa alguna conocida. Los italianos, en efecto, merecerían ser gobernados por esos iconoclastas partidarios de echar el templo abajo. El mito de Sansón y los filisteos es hoy más actual que nunca.