Que ahorren ellos

Proliferan los casos en que los políticos blindan o aumentan su soldada mientras predican austeridad para los demás. Hay muchos citables, pero quizá ninguno tan insolente, por ahora, como el del Ayuntamiento de Ayamonte que ha decidido por decreto garantizarle a cada concejal medio millón mensual de las antiguas pesetas ya que en el Pleno no hubiera sacado adelante el pelotazo. Hay también alcaldes que se lo han bajado –el de Huelva capital, por dos veces, sin ir más lejos—pero demasiados indicios apuntan a que la “clase política” no está dispuesta a sacrificar un céntimo dejando el recorte y la austeridad para los demás. ¡Que ahorren ellos! Entre tanta desvergüenza quizá ninguna equiparable a ésta de meterle una mano en el bolsillo a los ciudadanos y defender el propio con la otra.

Códice robado

No hay duda de que el robo del “Liber Sancti Jacobi”, es decir, el “Codex Calixtinus” de los bibliógrafos, es un acontecimiento espectacular. Cierto que la mayoría de las lamentaciones llueven en vano porque la pura verdad es que ese texto –traducido hace sesenta años sobre las huellas de un eminente hispanista, Muir Whitehill, y reeditado luego en dos ocasiones—ha sido poco leído a pesar de que su libro V sirva aún a muchos peregrinos en su caminata como servía a los del siglo XI, pero también lo es que una pérdida semejante no se justifica siquiera por el auge incontenible de la delincuencia especializada. ¿A quién le ha importado en España el significado europeísta pionero de ese texto precioso, cuántos conocen hoy lo que su contenido y la leyenda a que dio lugar supuso para animar el sueño imperial subyacente en la Reconquista leonesa y, de paso, para arrimar el ascua de la primacía eclesiástica que, para nuestros “reconquistadores”, en Roma quedaba demasiado lejos y en Portugal demasiado cerca? No tiene sentido tampoco, por supuesto, la especulación en torno a su valor crematístico, indeterminable quizá, como no lo tienen las especulaciones sobre la finalidad del mangazo. ¿Saben lo que de verdad debe importarnos? Pues justo lo que unos y otros vienen ocultando, a saber, que nuestro patrimonio –hoy repartido, para más inri, en diecisiete taifas autonómicas—se haya convertido en una auténtica almoneda. ¿No se ha puesto alguna vez la Junta de Andalucía a “negociar” con un “coleccionista” ilegal que poseía cientos de miles de piezas arqueológicas, en lugar de entrar a saco en su “museo” con una orden judicial? ¿No sabemos que de nuestras iglesias han desaparecido como por ensalmo millares de obras de arte, menor y mayor, unas veces robadas, otras –muchas—sencillamente vendidas impunemente por sus dueños realengos? Pues ya me dirán a qué viene ahora tanto lamento y tanto mesarse la cabellera.

Por lo demás, sobran las cábalas, a salvo ésa que sostiene que semejante sustracción hubiera sido imposible sin alguna complicidad interna. ¿O es que puede explicarse que ese gran tesoro estuviera al alcance del primer audaz que decidiera echarle el guante? El “Codex” aparecerá o no, acabará descuadernado en subastas más o menos exclusivas; para comprobarlo nada nos queda aparte de esperar. Lo que no admite espera es una reacción enérgica decidida a salvar lo que nos queda. Más o menos como la que se produjo en Francia cuando un pirado se llevó del Louvre la sonrisa de la Gioconda. Y exigir responsabilidades, claro, lo que el caso del Estado supondría empezar por uno mismo.

Historias peregrinas

Por si no fuera bastante para su descrédito el caso de la ayuda concedida por la Junta a un empresario que ni siquiera la había solicitado aún, ahí tienen el de otro “emprendedor” al que –según probaba ayer documentalmente este periódico—la consejería de Empleo “prejubiló”, agárrense ustedes, a la edad de… ¡68 años cumplidos! La crónica de la autonomía, degradada durante decenios, empieza a ser sencillamente delirante y sus ocurrencias merecedoras, no sólo de la crítica indispensable, sino de que, de una vez por todas, la Justicia intervenga para decir donde acaba la mera insolvencia y donde comienza esa inexplicable arbitrariedad cuya impunidad deja estupefactos y desmoralizados, a infinidad de ciudadanos. El de este “post-jubilado” bate por ahora el récord del absurdo, pero no tendría nada de raro que más pronto que tarde otro “caso” bata su marca.

La negra honrilla

Pocos casos he visto en mi vida como el que ha afectado a la corredora Marta Domínguez, encadenada durante meses en la picota del descrédito para, final y felizmente, verse exonerada, uno por uno, de todos los cargos que contra ella se mantuvieron. Recuerdo las espectaculares noticias de telediario, con los correspondientes operativos policiales que incluían incluso el registro domiciliario, y aquellos titulares rotundos en los que se confirmaba, sin el menor fundamento, el hallazgo policial de materiales que la acreditaban como  drogota y narco, y recuerdo también la manera no poco ruin con que algunos de sus compañeros fueron rodeándola de un cordón sanitario que, naturalmente, les garantizaba a ellos su ubicación en el lado correcto. Hasta en el ámbito federativo –que se supone que está para vigilar pero también para proteger a sus federados– se produjeron voces y gestos cualquier cosa menos favorables a la imputada. Total, un escándalo nacional de primer orden, con el que se tapó éste y aquel notición políticamente incómodo, y que ha venido a quedar en nada a medida que la Justicia, lenta pero segura, ha ido desarbolando sospechas y cargos hasta dejar claro que la maltratada campeona nunca se dopó, nunca traficó y nunca colaboró en el dopaje de otros colegas. Bien, ¿y ahora qué, quién restituye  a estas alturas la imagen hecha añicos y el triturado prestigio de una atleta señera que no se sabe ni bien ni mal por qué fue un mal día escogida como buco de sabe Dios qué otras responsabilidades? La policía, el ministerio, la federación y demás autoridades deportivas deberían repartirse el coste de este festín en el que por alguna razón han devorado entre todos a una de nuestras más brillantes de deportistas. Y lo curioso, en cambio, es que su rotunda absolución no ha pasado de mera noticia. Aquí nadie se rasga las vestiduras ni entona siquiera el mea culpa. Un español es menos que nada si se cruzan en su camino los poderes públicos. Incluida Marta Domínguez que, en lo suyo, lo ha sido ya todo.

 

País arbitrario y desagradecido, país sin garantías en muchos casos, que empapela a un juez como Francisco Serrano y lo trata como a un malandrín simplemente por salirse de la fila, mientras trata con guante de seda a la peor garduña. País desmoralizador en el que el escándalo es mera rutina, en el que el honor importa un bledo y, en última instancia, se tasa en unos cuantos chavos. He visto pocos linchamientos como el de Marta Domínguez y pocas impunidades como las de quienes lo han provocado. Pocas veces policías, jueces, periodistas y hasta el gentío de la calle han coreado tan acordadamente un sacrificio tan vil.

El propio tejado

La tremenda opinión que la gente tiene de los políticos la han alimentado más que nadie ellos mismos. Acusándose entre sí, durante decenios, de todo menos de bonitos, pero sobre todo señalándose unos a otros como depredadores de los dineros públicos. Ahora, superada en el límite la monserga de la publicación de patrimonios u declaraciones fiscales, acaban de dar el paso de exigirse que justifiquen todos los gastos perpetrados con tarjetas de crédito, esas VISAs con las que diariamente se homenajean los que las tienen, que son legión. Y no pretenderán que el contribuyente llegue a entender ese dispendio continuo en plena ruina. Porque no se trata de investigar las tarjetas sino de suprimir de una vez por todas esa “licencia para gastar” de quienes nos desgobiernan. Comprobar esa justificación resultará tan interesante como demoledor para la imagen de los que mandan.

Sótanos y llaves

Al Vaticano le llueven chuzos ahora por la idea de organizar una exposición de documentos secretos de sus míticos archivos que tendrá lugar en el Museo Capitolino desde febrero hasta septiembre. Habrá que verla, desde luego, aunque doy por descontado que poco o nada hemos de encontrar en esas vitrinas que de verdad llegue a interesarnos seriamente. Siempre que se habla de los sótanos del Vaticano, como decía Gide, se fanrasean enigmas y truculencias que lo más probable es que no le lleguen a la suela del zapato al muñeco de la realidad, como tantas veces me dijo, con su guasa, el padre Javierre cuando yo le daba murga, sabedor de que él conocía no poco la secreta materia que hay acumulada en esos famosos trece kilómetros de anaqueles. ¿Y cómo podría ser de otra manera? Ninguna institución civilizada con el pasado –blanco y negro, vale—de la Iglesia romana, esa espada a la que el papa Gelasio atribuyó tanto poder como a la secular, y ninguna, como es lógico, con tantos misterios y reservas como ella, lo que implica, obviamente, que ni por asomo hay poder vigente con tanto que exhibir ni tanto que ocultar como ella. Ahora, por ejemplo, parece que serán cien los documentos ofrecidos a la curiosidad pública, y que abarcarán desde el consabido proceso de Galileo (al que el todavía cardenal Ratzinger, como puede que recuerden, calificó hace un par de décadas en La Sapienza de “razonable y justo”) a la petición de la camarilla parlamentaria de Enrique Tudor sobre el divorcio de Catalina de Aragón que abriría el proceso que rompió, de aquella manera, la Cristiandad europea. Y susurros sobre el Pío XII de la Guerra Mundial que pueden apostar a que no revelarán nada que no supiéramos ya hace años. Javierre decía haber conocido a algún extravagante que enloqueció trajinando en busca de la verdad sobre la “papisa Juana”, el estupendo invento que interesó a tipos tan distintos como Barbey d’ Aurevilly o Lawrence Durrel, y que Le Goff ha desacreditado definitivamente. Es asombroso comprobar la fuerza que ese legendario apócrifo conserva y conservará todavía mucho tiempo, astutamente estimulado por calculadas filtraciones como la que ahora se anuncia a los cuatro vientos.

 

Nunca revelará el Vaticano sus secretos mayores, ni que decir tiene, como nunca cesarán las leyendas y cábalas que van desde los arcanos templarios a los miedos pontificios frente al genocidio nazi pasando por tantas zonas oscuras. Ninguna institución, insisto, con tanta historia en las espaldas y, por tanto, ninguna con tantos méritos y tantas miserias. De unos y otras nos dejarán entrever, todo lo más, justo lo que menos interese.