Justicia y política

Pregunto a un juez cómo es posible que la Junta siga empleando y confiando tareas públicas a los “externos” o “enchufados” y el juez me contesta que porque la Justicia carece de medios para ejecutarla. “¿Y qué va a hacer el juez, imputar al consejero por desobediencia y meterlo en la cárcel? ¿Quién crees tú que estaría dispuesto a afrontar algo semejante?”, me dice. No sé que responderle, naturalmente, pero saco dos conclusiones: una, que la Justicia se traga amargamente cuanto puede, y otra, que la división de poderes ha desaparecido definitivamente. La partitocracia ha liquidado la independencia judicial y mantiene maniatada a los jueces. Es posible que en esta sociedad ya no sea posible otro modelo que el que ellas representan con el resultado que está a la vista.

La frontera muerta

Lo que está sucediendo en Mali pone en evidencia el hecho de que la guerra moderna ha de adaptarse a ese nuevo enemigo, por cierto, tan antiguo: el enemigo invisible. Todo un despliegue militar de última generación se ha encontrado sobre el desierto pero sin enemigo al que someter, cosa que debieron pensar antes los generales franceses para los que la guerra de guerrillas no es nueva. Se toman ciudades –como, por otra parte, estaba previsto–, se vacía el territorio pero el enemigo invisible sigue por ahí, en alguna parte, dispuesto a jugar al ratón y al gato lo mismo que jugó con César en las Galias o con Napoleón en España, oculto tras esa “frontera muerta” que concibió el gran Dino Buzzati en su maravillosa novela “El desierto de los tártaros”. ¿O es que creen que los terroristas son tontos y van a formar en orden cerrado para que de un solo pepinazo los diezmen y con otro los rematen? Sigo sosteniendo que en Mali era urgente una acción por parte de las potencias europeas y que la soledad de Francia no hace sino declarar la incapacidad política de la Unión Europea, que ni siquiera es capaz de diseñar una política exterior común frente a un peligro incontestable que a todos amenaza. Pero también creo que no hay que ser estratega diplomado para entender que, tal como le ha pasado a los aliados de Afganistán, una contienda clásica contra un enemigo invisible no deja de ser una aventura sin sentido. Y por eso me resulta tan desconcertante el desconcierto que manifiesta la prensa europea ante el hecho, perfectamente previsible, de que el despliegue convencional en Mali no logrará gran cosa, dado que todo terrorista tiene su Pakistán. Lo que Buzzati describía era un “limes”, una frontera teórica, acaso imaginaria, en la que los tártaros correspondientes consiguen mantener en armas a un enemigo superior año tras año sin aparecer nunca, una “frontera muerta”, incluso imaginaria, que sólo existe para los Estados Mayores. Hay muchas formas de perder una guerra y la mejor de todas es no poderla ganar.

 

Quizá ese mismo hecho pueda servir para pararse a considerar que el freno de una amenaza como la yihadista no está en manos de un ejército convencional, entre otras cosas, porque puede convertir Mali en un nuevo Afganistán y, si me apuran, en un nuevo Vietnam. Es poco lo que puede hacer la lógica, incluso la marcial, contra la astuta audacia de una guerrilla. Ahí tienen a ese ejército europeo desconcertado ante un campo de batalla por completo vacío.

Actualidad de la basura

La basura que estos días se amontona en las calles de Sevilla, como semanas atrás en las de Granada o Jerez, son un insuperable símbolo de nuestro momento histórico: la hez por doquier sin responsable conocido. Los símbolos emergen solos de la realidad, sin necesidad de que el hombre los invente o diseñe, como una emanación –en este caso fétida—de la condición de las cosas. ¿Qué mejor símbolo para el basural de esta vida pública que los montones de bolsas pudriéndose, qué mejor metáfora de la impotencia del ciudadano ante el Poder que la imagen de de la ciudad como vertedero? Esta partitocracia nos ha convertido en peleles convirtiendo la política en un pútrido bululú y el desgobierno en su consecuencia.

Dudosos remedios

La vieja batalla de la contraconcepción se ha reabierto en Francia con motivo de algunas alarmas recientes, relacionadas, sobre todo, con las llamadas píldoras de “3ª y 4ª generación”, es decir, de lo último en anovuladores, recomendadas, según los expertos, sólo para las mujeres que no soportaran las anteriores pero no, como se ha hecho, en la práctica, para una inmensa mayoría que en 2012 parece ser que afectaba a una de cada dos francesas. El lío lo ha provocado el caso de Marion Larat, una joven veinteañera a la que el uso de esos específicos provocó, según la comisión investigadora del caso, un coma del que despertó a los tres días hemipléjica y afásica, con una radical disminución de facultades (una minusvalía del 65 por ciento) para someterse nada menos que a nueve operaciones quirúrgicas y pasar luego meses en un centro de rehabilitación. Tanto ha trascendido el suceso que la ministra socialista de Salud, Marisol Touraine, no ha dudado en descalificar al actual sistema de farmacovigilancia y avisar de que se dispone, aparte de solicitar la ayuda de la Agencia Europea del Medicamento, a limitar dentro del país la dispensación de esas píldoras de uso absolutamente generalizado. Parece que alguien ha ido demasiado ligero en el viejo asunto de la contraconcepción, aquel largo pulso que comenzó en los años 60 en indudable beneficio de la libertad sexual de los adultos pero con algunos efectos indeseables de los que no se advertido o querido advertir hasta ahora. Todo haz tiene su envés, incluyendo éste del progreso de las relaciones humanas que, sin embargo, puede que se le haya ido de las manos al demiurgo.

 

No sé, la sola idea de ver otra vez a la gente joven regateando el gran remedio en las farmacias no puede más que entristecernos, pero hay que reconocer que ante la experiencia científica (sólo en Francia se admiten 567 accidentes irreparables desde el año 85) ya la demanda de control deja de ser algo meramente ideológico, como entonces, para convertirse en una mera cuestión de salud pública que incluso la prensa de la izquierda gala reconoce casi sin excepción. La píldora, al margen de encíclicas y soflamas, ha sido, sin duda, un elemento de cambio radical en las relaciones humanas y, en ese sentido, una formidable conquista. El problema es que casi treinta años después no se ha logrado, por lo visto, su inocuidad. La imagen triste de Marion Larat es el mejor argumento a favor de la objetividad.

Los 400 euros

Tengo muchas veces la sensación de que estamos atravesando en España uno de los periodos más sujetos a la ocurrencia y a la improvisación. Abundan esas ocurrencias en la política, sobre todo, y curiosamente parece como si compartieran una lógica propia que, por descontado, no tiene nada de real. Los 400 euros, por ejemplo. He ahí una cifra que un día se le ocurrió a ZP rebajarnos en el IRPF y que ha hecho furor luego, como si el guarismo en sí sometiera a la razón seduciendo a Diestra y Siniestra hasta convertirse en un auténtico referente. Ahí tienen, si no, los 400 euros que también se inventaron –con toda la justicia del mundo—y ahora acaban de garantizarse mientras el paro no baje del 20 por ciento, que ya está bien, a los españoles sin empleo que carecen ya de toda cobertura social. Fíjense en que cuando un grupo de los llamados socialistas catalanes han dado el espectáculo de votar a favor de la independencia, las altas instancias del partido han recurrido a eso tan facilón de “pasar la página” e imponerles una sanción que, ni que decir tiene, será también de los 400 euros canónicos. O sea que es usted diputado de una comunidad española y vota la secesión de una región y lo único qua a su partido se le ocurre es arañarle la soldada en esa cantidad en la que parece residir el justo medio en tantas situaciones. O sea, que lo que se considera el máximo justo para mantener vivo a un ciudadano o para animarle la pajarilla al consumo puede ser, al mismo tiempo, el mínimo injusto y similiquitruqui para cerrar en falso lo que, dicho sea en términos estrictamente coloquiales, supone ni más ni menos que una fechoría de alta traición. Con 400 euros arregla esta panda lo que le echen, bien entendido que la vaina no va con ellos y sus graves emolumentos ni siquiera en casos extremos como el expuesto.

 

Es posible que algún día caigamos en la cuenta de que no hay más ciencia política que la que cabe en el capítulo de improvisaciones, dado que éstas, las ocurrencias tomadas a lo tonto modorro, pueden convertirse por la vía rápida en lo dicho, en un referente al que se le supone una lógica subyacente de la que por completo carece. Ésta de los 400 euros, mismamente, que ha servido ya lo mismo para un fregado que para un barrido, contribuyendo poco a la regeneración que nos urge y bastante a nuestra dramática situación. Los políticos no se rompen la cabeza. Con 400 euros a mano tienen chupada la tarea.

Menos lobos

El socio de gobierno que mantiene a Griñán dice, en plan rentoy, que le ha pedido que explique su apoyo a la extracción de gas de Doñana. Vamos, hombre, menos lobos, porque si ese atentado se comete será porque IU quiere, lo mismo que si los pacientes ha de esperar en las urgencias del SAS hasta dos días (sic) o si se suspenden las ayudas a los proyectos de excelencia y de I+D+i en las universidades. ¿No decía Valderas que tenía la “la llave” del cogobierno? Pues eso lo convierte en responsable absoluto de lo que haga éste y santas Pascuas. ¡Hay que ver lo que hace un sueldazo, un gran despacho y un coche oficial! El tiempo  no tardará en demostrarle a Valderas que lo que es imposible es soplar y sorber a un tiempo.