Catilinaria

Un hombre como Plácido Fernández-Viagas, que es juez y letrado del Parlamento, nos hacía ayer aquí una dura descalificación de las “asambleas” autonómicas, integradas por personajes partidistas, “muchos de los cuales carecen incluso de comprensión lectora y han dejado de ser creíbles para los ciudadanos”. Una visión sombría que comparto, aunque no me ocurra lo mismo con su teoría de que la comisión parlamentaria que investigó (¿) los ERE –y en la que él actuó de manera destacada con su habitual integridad– “de tal sólo tenía el nombre”. Hombre, tampoco es eso. Esa comisión no determinó nada práctico porque un pacto PSOE-IU, la mayoría artificial, tenía decidido desde un principio no cuestionar el fondo la responsabilidad de Griñán en los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas. Estoy convencido de que ello no escapa a la inteligencia de don Plácido.

Poeta encarcelado

Nunca las tuve todas conmigo a propósito de las revoluciones de la llamada “primavera árabe”. Me fío poco de las “redes sociales” y menos de las acciones convocadas en ellas no sabemos por qué fantasmas sin rostro. Los resultados, por otra parte, me quitan escrúpulos de encima, visto lo visto en el propio Túnez y, sobre todo, en Egipto, porque si bien es cierto que se han derrocado un par de tiranías y un régimen como el de Gadaffi también lo es que la sangre derramada resulta ya excesiva. En ciertos momentos de ofuscación he llegado a evocar “El opio de los intelectuales”, aquella memorable obra de Aron que tanto despreciamos como ignorantes en nuestra edad fanática, viendo cómo se reproducía en pleno siglo XXI la adhesión masiva de los intelectuales europeos –desde Edgar Morin a Julia Kristeva, desde Michel Serres a Alain Touraine, por no salir de Francia–  a un proyecto tan oscuro como lo fue en su día el del Irán de Jomeini, que adoptaron con entusiasmo sin sospechar que pudieran estar incubando el huevo de la serpiente. Los regímenes del mundo islámico son, en general, no democráticos, lo que no impide que se lleven divinamente con ellos las mismas democracias occidentales que desencadenan guerras para imponer el autogobierno incluso donde nadie las ha llamado. ¿Por qué no la pillan con Arabia Saudí, por qué nadie se acuerda del fabuloso Qatar emergente en el que hace poco se ha condenado a cadena perpetua (luego, en apelación y bajo presión internacional, “sólo” a 15 años de prisión) a un poeta, Ibn Al-Naïmi, autor de un poema en el que bromeaba con el emir y proponía a todos los árabes el ejemplo de Túnez? Esta vez no he visto a ningún  intelectual plantarse frente a ese país que le pone grilletes a la poesía. Salman Rusdhie tuvo más suerte cuando la charia lo condenó a muerte por su novela.

 

Es posible que la comprensión realista de lo que ocurre en ese mundo nos esté vedada a los occidentales y eso constituye, sin duda, una enorme ventaja para las tiranías, amigas o enemigas. Lo digo porque tengo la impresión de que no damos una a derecha a la hora de respaldar o de emprenderla contra monstruos y ante la evidencia de que en todas esas decisiones nos sale el tiro por la culata. ¿Qué se ha conseguido en Egipto, qué en Túnez, qué en Libia, qué en Irak y, en definitiva, qué en Afganistán? Tendríamos que preguntárselo a ese poeta inspirado que gime encadenado en una mazmorra de Qatar.

Catilinaria

Un hombre como Plácido Fernández-Viagas, que es juez y letrado del Parlamento, nos hacía ayer aquí una dura descalificación de las “asambleas” autonómicas, integradas por personajes partidistas, “muchos de los cuales carecen incluso de comprensión lectora y han dejado de ser creíbles para los ciudadanos”. Una visión sombría que comparto, aunque no me ocurra lo mismo con su teoría de que la comisión parlamentaria que investigó (¿) los ERE –y en la que él actuó de manera destacada con su habitual integridad– “de tal sólo tenía el nombre”. Hombre, tampoco es eso. Esa comisión no determinó nada práctico porque un pacto PSOE-IU, la mayoría artificial, tenía decidido desde un principio no cuestionar el fondo la responsabilidad de Griñán en los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas. Estoy convencido de que ello no escapa a la inteligencia de don Plácido.

El cerebro triuno

En los años 60 surgió una sugestiva teoría neurológica, la de Paul MacLean, por entonces máximo responsable de la especialidad en los EEUU, que sostenía que el cerebro humano era un producto histórico de la evolución, en consecuencia de la cual habría ido incorporando hasta tres capas activa: el cerebro reptiliano, el sistema límbico y el neocórtex. Hoy no se toma demasiado en serio la propuesta, es decir, la idea de que nuestra vida se rige por la acción diferenciada de esas tres capas, a cada una de las cuales correspondería una función específica, sino que, al parecer, lo que somos y cómo funcionamos lo determina el conjunto de esa suprema víscera a la que no hay por qué seguir concibiendo como un todo jerarquizado que nos lleva de la bestia al ángel. No cabe duda de que el éxito de que disfrutó la teoría de que a la parte de reptil que somos le corresponderían las funciones relacionadas con la supervivencia, la relación con el territorio o las propias de la reproducción animal, tuvo mucho que ver con esa jerarquía que vimos por vez primera en el Paraíso, enroscada en al Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, para ofrecer a Eva esa manzana de la perdición que tanto recuerda –y lo digo muy en serio– a la que la Madrastra ofreció a Blancanieves. Siempre hubo una fuerte determinación de la ciencia por el símbolo y de ella no escapó siquiera la mismísima teoría de la autoconciencia humana: somos parcialmente, allá en el fondo más recóndito, el reptil primordial que nos buscó la ruina como especie. Hasta nuestros sabios menos crédulos han mirado con un ojo al microscopio y con el otro el Génesis.

 

No existe –se dice ahora—una parte del cerebro responsable de nuestras acciones malignas, como no existe ninguna dedicada a lo contrario. Todo ese complejo sistema es “triuno” y sus zonas están conectadas unas con otras para permitirnos llevar a cabo desde lo más abyecto hasta lo más sublime, de modo que la ejecución de las funciones son el resultado de una acción conjunta cuya clave escapa aún a la observación de los expertos, muchos de los cuales andan no sé bien si ganando o perdiendo el tiempo en su esfuerzo por señalar a cada área su función específica. El reptil del que venimos no está por encima ni por debajo de nuestro trasabuelo primate. El científico debe velar incansable para que el “mito” no le condicione el “logos” ni le nuble una razón que se basta y se sobra para ver en la ardiente oscuridad.

Cosas que se dicen

“Andalucía es una necesidad”, Antonio Banderas, actor. “Siento cierta preocupación por la orientación de las finanzas de Andalucía”, Antonio López, Consejero Mayor de la Cámara de Cuentas. “La ley de Cooperación Ciudadana supondrá un asalto a las instituciones”, Diego Valderas, copresidente de la Junta de Andalucía. “Si fuera verdad que en el segundo trimestre van a mejorar las cosas, no tendríamos dificultades para cumplir el objetivo de déficit”, José Antonio Griñán, copresidente de la Junta de Andalucía. “No se ve todavía la luz al fondo del túnel del paro”, Gaspar Llanes, secretario general de Empleo. “La ministra de Trabajo estaría mejor en su pueblo haciendo punto de cruz”, Jesús Ferrera, secretario de organización del PSOE de Huelva.

El verdugo saudí

La pena de muerte es frecuentísima en Arabia Saudí. Se le aplica a los convictos (no es imprescindibles que sean confesos) de apostasía, robo mano armada, brujería o tráfico de drogas, y suele ejecutarse en la plaza pública, generalmente por decapitación. Con frecuencia se crucifica luego al ajusticiado, separado de su cabeza, para ejemplo de todos. Y  no importa la edad, pues los menores ajusticiados son frecuentes. Ayer mismo, se remedió a última el fusilamiento de seis jóvenes por delitos cometidos casi en la adolescencia (con trece años algunos) y la crucifixión de su jefe, en cumplimiento de una sentencia que versaba sobre un robo cometido en 2009, a pesar de la intensa campaña desarrollada en las redes sociales y al toque de rebato lanzado por Amnistía Internacional. Tan frecuente es la pena de muerte en Arabia que solamente entre 1985 y 2012 fueron liquidados casi dos mil personas, 1.938 para ser exactos, unos 80 al año en los más recientes, 17 en los dos primeros meses de 2013. La aplicación de ese suplicio a menores es contraria al derecho internacional, por supuesto, aunque ya sabemos lo poco que ese derecho supone para el integrismo islamista, y hay que recordar que los procedimientos judiciales empleados son prácticamente sumarios y van acompañados de tortura a los reos y, en ciertos casos, también a los familiares de estos. A estos últimos infelices los han sometido, al parecer, a palizas, severas privaciones del sueño, largas permanencias en pie y demás recursos del repertorio canalla, tras lo cual todos ellos han firmado, como es natural, sus respectivas “confesiones”. Arabia, como cualquier país, tiene sus usos y costumbres, eso no se discute; lo inaceptable es que luego pertenezca a un orden internacional que mantiene con ella relaciones privilegiadas con los ojos cerrados. Un país que ejecuta a dos personas a la semana y con esos procedimientos no debería ser aceptado en la familia occidental.

 

Y lo malo es que no hay alternativa, que con primaveras árabes o sin ellas, en esos países atenidos a un fundamentalismo de corte enteramente medieval no hay relevo posible, como estamos comprobando en algunos de ellos, ya “liberados” pero sometidos a nuevas inquisiciones. Siete menores fusilados y uno crucificado: la verdad es que, del Rey abajo, vamos por la vida acompañando a socios incompatibles con la sensibilidad más elemental.