Huesos de santo

Parece que el Gobierno turco anda empeñado en recuperar la huesa de san Nicolás de Bari –que, en efecto, fue lidio de origen y obispo de Mira—desperdigados por medio mundo desde la Edad Media y todavía hoy honrados en la misma Bari, en Saint Nicolas-de-Port y en Friburgo. Los turcos no lo reclaman por razones piadosas sino por interés turísticos, ya que quisieran exponerlos en el museo que proyectan en Antalya y que estará dedicado a la Lidia, la patria del legendario santo al que el sabio iconógrafo Louis Réau veía irónicamente como una mezcla de Neptuno y Papa Noel, y de quien la “Leyenda áurea” resumió una de las más fantásticas crónicas hagiográficas. También en Venecia, no hace tanto, hubo cierto revuelo porque a alguien se le ocurrió cuestionar la autenticidad de los restos de san Marco, que la leyenda local sostiene que llevaron hasta su ciudad, en tiempos remotos, unos marineros devotos. Nadie ha podido explicar cómo se las arregló quien fuera para traer a España los restos de un Santiago decapitado que, sin embargo, fue capaz de ese milagro cultural de primer orden que fueron las peregrinaciones a Compostela, por más que también él fuera, al menos en la versión española, carne de leyenda. Los trajines del comercio relicario constituyen una página apasionante de la historia europea, pero resulta que cuando creíamos terminado ese negocio cristiano, va y lo reorganiza un país islámico que, por cierto, tiene en su secularizada catedral de Santa Sofía, esa deslumbrante maravilla, un mosaico admirable representando al santo. Umberto Eco no se equivocó al retratarnos como una “nueva Edad Media”.

Estas devociones tan necrófilas encajaban en la sociedad cuando en ellas se creía aún que los reyes curaban las escrófulas imponiendo sus reales manos. Hoy, en plena secularización, cuando ni lo más sagrado e intangible del repertorio espiritual se respeta, resultan difíciles de entender estas trifulcas en torno a unos huesos de santo, por lo demás rara vez autentificados. Pero ante la pretensión turca yo me pregunto qué ocurriría en ese ámbito tan sensible si a alguien se le ocurriera reclamar para exponer en un museo la huesa de un morabito, como esos que se veneran tan devotamente en el mismo Estambul. La desacralización debería tener una linde clara en este siglo que van a llevar razón los que avisaron con tiempo de que sería tan religioso como el que más.

Marcha atrás

Es posible que Griñán haya tenido algo que ver en el frenazo de su portavoz, quien acaba de dar marcha atrás y ha dicho digo donde dijo Diego por considerar que su grave injuria al obispo de Córdoba no era más que una “metáfora desafortunada”, y es verdad que lo era. El portavoz dice, con razón, que es bueno corregir errores pero añade que lo hace “para que los árboles no impidan ver el bosque” ya que, a su juicio, había que abrir (¡) un debate en torno a la “ideología de género”. ¿Otro? ¿Acaso no hemos ido ya bastante lejos en esta demagógica materia? ¿O será que se estima conveniente reconsiderar esa injusta ley vigente que apenas ha servido para nada práctico pero con la que se puede lapidar a un juez? Hace bien en dar marcha atrás. Un portavoz no puede ser un bocazas ni para hacer méritos.

Otro infierno

Me reprocha una lectora el silencio de esta columnilla sobre lo que está ocurriendo en Siria. Le contesto que no se trata de indiferencia ni desinterés, sino de una suerte de escrúpulo no exento de terror ante las confusas noticias que desde aquel infierno nos llegan. Sesenta mil muertos, más de dos millones y medio de eso que eufemísticamente se llama en estos casos “desplazados”, campamentos de hambre en Líbano, en Irak, en Turquía y en Jordania, noticias (gráficas incluidas) que dan cuenta de una ferocidad implacable por ambos bandos de ésa que, en definitiva, hace meses que no es un conflicto sino una guerra civil con todas las de la ley. He visto fotografías de cadáveres profanados, de mujeres violadas, de niños mutilados, de ciudades destruidas, y nos confirman cada día que el apoyo ruso, chino e iraní sostiene al tirano, pero también que los rebeldes gastan modos aterradores e incluyen a una creciente sección de islamistas radicales, yihadistas para entendernos, a la que socorre a manos llenas el dinero de los magnates salafistas del Golfo. Una maliciosa teoría que circula por medio mundo sostiene que tanta atrocidad es provocada por los intereses occidentales que buscan la ocasión de una nueva guerra eventualmente neutralizadora de la crisis económica, hipótesis absurda pero que se explica por la alambicada inhibición que subyace bajo las protestas “aliadas”. No han bastado la guerra Irán-Irak, ni las dos invasiones de Irak,ni la de Líbano, ni la batalla libia, ni los avatares por los que pasa ese área desde el conflicto palestino-israelí a la peligrosa crisis egipcia, para escarmentar a unos y otros. Tanto Rusia como Occidente parecen haber decidido que la nueva Guerra Fría se juegue en campo ajeno, y en ese ajedrez las jugadas fatales no suelen descubrirse hasta que es demasiado tarde.

Aparte de todo, es probable que ninguno de esos choques brutales haya resultado tan feroz como el episodio sirio, el más enigmático, en todo caso, dado el alto valor geoestratégico de Siria en toda esa delicada región en la que dejar caer una ficha puede suponer despedirse del dominó completo. Claro que las víctimas ajenas cuentan poco y que en este encontronazo, además, los árbitros saben que ninguno de los dos contendientes respeta el reglamento. Le he confesado a mi corresponsal que no hay peor conflicto que aquel en el que no hay buenos ni malos. En este caso, Occidente lo sabe tan bien como Rusia.

El trabajo sucio

A IU, a Valderas y los suyos, les ha tocado en suerte hacer el trabajo sucio al PSOE, a Griñán: trampear la comisión de los ERE, encubrir el mangazo de Invercaria o defender en público el absurdo de que no cumplir el déficit comprometido carece de importancia, dado que hay otros caminos para poner las cuentas en orden. No dice Valderas, claro está, cuáles son esas otras formas, sino que se limita a repetir los tópicos de la bondad de la Izquierda frente a la intrínseca perversidad de la Derecha, aparte de repetir hasta
el hartazgo el solecismo ése de “poner en valor” esto y lo otro. Al PSOE le viene de perlas ese muecín ignaro que dice en voz alta lo que sus dirigentes no quieren decir por no quedar fuera de juego. El trabajo sucio: qué menos que recompensar al empleador que los ha montado en burra.

Almas enfermas

Leí antes de que se tradujera a nuestra lengua la detestable novela de Erika L. James titulada “Las cincuenta sombras de Grey”, arrasador best-seller que lleva distribuidos 15 millones de ejemplares, a razón de 300.000 por día. Se trata de una ingenua aunque pérfida defensa de la libertad sexual muy en línea con la actual corriente en la opinión universitaria yanqui que entiende que el Mal en sí mismo puede ser objeto de deseo lo mismo que el Bien, de tal manera que en los campos universitarios de las mejores universidades del país se está registrando la creciente implantación de clubs sado-maso a los que acuden como moscas los estudiantes deseosos de descubrir nuevas sensaciones. Frente a la dura réplica del feminismo, James y sus víctimas responden que no debe de haber ningún impedimento a la libertad a la hora de dejar suelta la fantasía, en este caso sexual, considerando que las críticas a estas deformaciones se equivocan al considerarlas patológicas pues, según ellos, no serían tales más que aquellas prácticas ejercidas sin el consentimiento de la “víctima”. ¿Ven como no hay nada nuevo bajo el sol? Desde luego, se ve a primera vista, a poco experimentado que sea el lector, la diferencia entre este tósigo masivo y degenerado y las propuestas fundantes que hicieran hace mucho el controvertido Sade o Sacher- Masoch y, más recientemente, un loco alumbrado como Bataille, aunque sólo sea porque estos últimos sólo trataron de “épater” presentando casos extremos del ejercicio de la sexualidad, desde una incuestionable adhesión a ese acechante Mal que es la violencia, pero sin ocuparse ni poco ni mucho en “moralizar” sus demencias invocando otra cosa que no fueran las inescrutables razones del capricho.

El gran argumento de los nuevos bárbaros consiste en decir que las prácticas dolorosas incluidas en la relación sexual no constituyen en ningún caso deformación o enfermedad, sino una simple manifestación de la libertad de elegir la forma del placer, razón que ha calado lo suficiente para que, según ciertos sondeos, el éxito de la novela y la boga de su doctrina haya arraigado especialmente, no sólo entre la juventud desnortada sino entre una legión de mujeres, en especial, en las clases medias, que exploran, al parecer, posibilidades eróticas más allá de los límites de la convención. Cerré el libro de la James lamentando el tiempo perdido y convencido de que más de uno y más de tres no tienen más que lo que se merecen.

Homo eloquens

He escuchado con estupor en la tele la angelical confesión de una adolescente asegurando que habría enviado 20.000 mensajes en un mes. Las cifras globales impresionan pero no permiten ver de cerca la realidad que ocultan, y que en este caso supondría que la joven hembra tuvo que enviar 666 mensajes diarios (contemplo la jornada de 18 horas), es decir, 37 cada hora del día. Ya metido en harinas me he puesto a averiguar los datos facilitados por las operadoras y compruebo que, en un cálculo provisional, se supone que este fin de año la Humanidad ha cruzado entre sus miembros nada menos que 50.000 millones de “sms”, más de mil millones en algún país europeo algo más poblado que España. No se cuentan, naturalmente, los “mms” (envíos de material gráfico) ni la incesante actividad de las llamadas “redes sociales” (Twitter, Facebook o WhatsApp), un cálculo que sugiere la vieja imagen del termitero o la colmena ensordecedores aunque silenciosos que imaginó el conde Maeterlink, una especie de incesante e inaudible “concerto grosso” tejido por las señales emitidas en todas direcciones. La realidad actual de la comunicación no era ni imaginable cuando los padres del funcionalismo lanzaron su teoría de la interacción, como no creo que ninguna pupila antropológica haya sido capaz de entrever este mundo ancho y ajeno pero atado por infinitos lazos hertzianos que nos ha tocado en suerte. ¿Qué será del silencio en este escenario estridente del que, sin embargo, no trasciende al patio de butacas ni el más leve rumor, qué de este “homo eloquens” que pronto destinará más tiempo a hablar que a pensar lo que dice, y cómo acomodarnos en esta sociedad continua y ubicuamente comunicada, que ha sido capaz de abolir los tiempos y las distancias para instalarse, en un rumor de enjambre, sobre el desgalgadero de la intimidad suprimida?

No las tengo todas conmigo sobre que esa Red con mayúscula acabe ofreciendo a la especie un espacio sentimental en el que reforzar lazos o si, por el contrario, la haga implosionar el día menos pensado, gravada por la inmensa densidad de esta insólita elocuencia con la que posiblemente no contaba el género humano. El frenesí comunicador ha abolido el espacio y transformado el tiempo de manera que será la propia imagen del mundo la que deberá olvidar el silencio reparador para adaptarse a la incesante barahúnda que invade el orbe en todas direcciones. Puede que a “Homo eloquens” le esté reservada la última palabra de esta rara aventura.