Belmonte

Se cierra en falso el “caso Marta del Castillo”, se declara judicialmente que asaltar un supermercado es legítimo, la instrucción de los ERE lleva medio año estancada sin que se tome una medida proporcionada a su gravedad… La Justicia es un cachondeo (Pedro Pacheco), la Justicia está muerta (dice la madre de Marta) y los jueces preparan su huelga para el próximo día 20, no para reclamar gollerías sino para llamar la atención sobre su atadura de manos. ¿Sabía usted que el Código Penal ha sufrido 27 modificaciones en 17 años? Me pregunto si, “in extremis”, asaltar el TSJA en un día de huelga le parecería normal a sus miembros. Lo dudo, pero eso es lo que hay.

Prendas políticas

El cuestionable Parlamento bolivariano está escenificando esta semana el drama de la división nacional a base de encasquetarse gorras en las cabezas diputadas. Rompió el fuego el sucesor “in pectore” de Chaves y actual vicepresidente, Nicolás Maduro, al presentarse en el hemiciclo con una gorra tricolor – azul, amarilla y roja—con la inscripción “4-F” que recordaba la fecha del golpe de Estado de su jefe de fila, y culminó con la respuesta de la oposición que se presento al día siguiente con la misma gorra pero sin fecha, tal como la que exhibió durante la última campaña el fracasado candidato de la oposición , Nicolás Caprile. Ahí tienen ya, mientras se mantiene el tabú de la agonía Chávez, la guerra de las gorras, para probar una vez más el valor del recurso indumentario en los enfrentamientos políticos y sobre todo el truco de apropiarse del símbolo nacional –esa bandera tricolor es la oficial de Venezuela—como se hizo en Francia con las escarapelas tras la Liberación. En Europa esas contiendas se han cifrado más bien en torno a las camisas, rojas en la Italia de Garibaldi o en la Rusia revolucionaria, azules o rojas en la España suicida, negras en la Italia mussoliniana y pardas en la dictadura nazi. En un color cabe toda una ideología, valdría decir que toda una concepción del mundo y de la vida, y, lo que es peor e infinitamente más peligroso, todo un polvorín de energías fratricidas como, por desgracia, hemos comprobado tantas veces. De hecho, bien saben los primatólogos que no hay nada más eficaz en el aprendizaje del simio que el uso combinado de colores. El color es el emblema minimalista de la competencia y, por descontado, también de la ferocidad, cosa que refleja el propio leguaje cuando alude a los bandos en liza por el tinte de sus prendas.

En esto evidencia el hombre su condición más primaria, su naturaleza animal, pues sabemos que, en la vida de las especies, los colores, lo mismo los propios que los ajenos, juegan un papel esencial. Todos somos, al fin y al cabo, monos eligiendo el taco verde, tordos eligiendo la aceituna enverada, abejas localizando la atractiva anémona, toros embistiendo ciegamente a la muleta diestra del rival. Las ideas, para ser eficaces, han de ser simples, instintivas y no racionales. Estamos comprobando estos días en Caraca un drama que, allá y en todas partes, hoy como en todo tiempo, la inmensa mayoría olvida que nos sabíamos de memoria.

El Parlamento-tasca

Seguir los debates del Parlamento de Andalucía resulta casi siempre desolador. Por el lenguaje, sobre todo, pero también por el minimalismo argumental y el inevitable recurso al reproche al adversario que lo han convertido en un auténtico retablo de títeres. Que si yo, que si tú, que tu más que yo o yo menos que tú, de creer a sus Señorías no estaría gobernando una pandilla de delincuentes y golfos que jamás hicieron nada por derecho. Es una vergüenza que se explica divinamente por el procedimiento de recluta de la clase política y por la moral doble y envilecida de esos partidos para los cuales no cuenta más que su propio beneficio. De hecho, el Parlamento carece de sentido dado que se gobierna desde el despacho de la mayoría. Lo demás es pura tramoya para albergar a este costoso bululú.

Mito y opinión

Hace cosa de un año los frecuentadores de la prensa internacional supimos que un tal Tyler Hamilton, un ciclista del equipo de Lance Armstrong, había escrito (o se había hecho escribir) un libro de confesiones en el que denunciaba la realidad del dopaje en su deporte y pedía a su jefe de filas que confesara la verdad de una puñetera vez, aunque sólo fuera para aliviar su conciencia. No se puede decir que se silenciara a Hamilton pero sí que le echamos entre todos la misma cuenta que se echan al monte debelador. Ahora, sin embargo, las confesiones de Amstrong en la tele americana han sido aceptadas sin restricciones, con lo cual ese secreto a voces que era la dopa en el ciclismo ha pasado a ser aceptado ya sin reservas. ¿Cuánto de culpa tiene Amstrong por su numerito y cuánto los propios medios de comunicación que lo mismo que hoy lo aceptan como debelador han tragado durante años con su inverosímil hazaña? Dicen esos expertos que el secreto ahora revelado era conocido por la inmensa mayoría de esos medios que contribuyeron a crear el mito del superhéroe que vencía incluso al cáncer sin bajarse de la bici, pero que todos callaron porque, de hecho, el héroe es una necesidad de la imaginación humana y, en consecuencia, una imprescindible munición en la industria de las comunicaciones: hay que vender más y para vender más se necesita excitar el apetito de la masa consumidora: Amstrong era necesario, en fin de cuentas, para el negocio editorial por más que cualquier entendido reconociera el fraude en su fuero interno, teniendo en cuenta, sobre todo, que su gran odisea tuvo lugar tras superar el cáncer, es decir, ya bastante avanzada una mediana carrera profesional. El negocio impone sus leyes y la ética se rige también, quién puede dudarlo, por la oferta y la demanda.

 

Cuando aquel Hamilton denunció en el Sunday Times lo mismo que ahora reconoce Amstrong el periódico fue condenado a pagar una elevada indemnización al mismo atleta que ahora descarga su conciencia de paso que extiende la denuncia sin ton ni son a todos sus compañeros, lo que prueba que poco se puede hacer frente al mito, más atractivo siempre que la prosaica realidad. Al héroe le cuadra la verdad lo mismo que la mentira mientras sirva para hacer soñar a la basca y arrimar beneficios al negocio. Amstrong es la prueba incontrovertible de esta amarga comprobación que la opinión pública hace y hará toda la vida como que no la ve.

Al ralentí

Interesante la relación de asuntos tratados en el último Consejo de Gobierno de la Junta, casi todos de trámite, por lo que cuentan las crónicas, a pesar de la que está cayendo. Destaca la astracanada de anunciar un paquete de medidas contra el paro y dejarlo para el siguiente Consejo, hecho que demuestra, una vez más, que el cogobierno Griñán-Valderas trabaja al ralentí, preocupados sobre todo, unos y otros, en no pisarse la manguera. Andalucía puede esperar, incluso los parados, mientras nos enteramos de que en Canal Sur hay al menos 17 directivos que cobran más que el Presidente de la autonomía. Vivimos una crisis económica. Ellos viven una crisis política.

Tres años después

No hemos percibido el menor rumor mediático con motivo del tercer aniversario de la formidable tragedia de Haití que se cumplió hace poco. Olvidar doscientos mil muertos es tan fácil hoy día como deshacerse de cualquier otro recuerdo, pero no cabe duda de que dice bien poco de esa fantaseada solidaridad de la que alardea medio planeta y parte del otro medio. Ni hay memoria ni noticia que resista diez telediarios –¡a excepción de la trágica macrofiesta de la Casa de Campo!—y menos si se trata de compadecerse de un país pequeño y pobre, enigmático y como salido de la prosa de Carpentier, que se ha quedado en cuadro y no ha recibido, como era de esperar, la ayuda prometida por todo el mundo en los primeros momentos. Me dice un amigo presente en el lugar que Haití se levanta poco a poco de entre los escombros, que convive la vieja cultura con el paisaje zombi, y que ni siquiera el monumento a las víctimas prometido por el presidente Michel Joseph Martelli se ha levantado. Van despareciendo una a una las manos auxiliadoras, se traspapelan los compromisos oficiales, no llega apenas la ayuda y el Gobierno ni siquiera ha logrado imponer la imprescindible disciplina antisísmica de modo que la gente sigue construyendo a la manera tradicional sin la menor precaución. Haití está solo entre quejas que denuncian la crisis de la dignidad humana y, por descontado, gritos de protesta contra la deserción general. Pero ya no es noticia y, por tanto, ya no existe para los mismos que desgarraron sus vestiduras mientras duró el festival trágico. Incluso allí se ha celebrado un recordatorio con sordina, de bajo perfil. ¡A olvidar lo antes posible! A distancia, casi nada resulta conmovedor.

 

Se han hecho cálculos. Dicen unos que esos 200.000 muertos haitianos representan, en términos relativos, una desgracia equiparable a la sufrida por los grandes países en la última gran guerra o en las recientes contiendas. No lo sé, pero entre las reflexiones que

desde allá recibo destaca ésa que mencionaba al principio, o sea, la de que la memoria colectiva en esta sociedad medial tiene corto recorrido. Nada interesa más allá de un tiempo generalmente breve, los males se suceden, un clavo saca otro clavo, y hay que desplazarse al clavo nuevo para estar al día. En esta sociedad lo que no es espectáculo no prospera. Y tres años después, los muertos de Haití están bien enterrados.