Frente (anti)popular

Están en su derecho porque, al fin y al cabo, no hay otra política que la de la conquista y conservación del poder, pero la arbitraria exclusión parlamentaria de los alcaldes pactada entre PSOE e IU resulta una verdadera chapuza. Es, en el fondo, otro “pacto del Tinell” a la andaluza, con el que Griñán se defiende panza arriba de su crítica situación y Valderas confirma la reducción  de “la otra izquierda” a una simple opción títere preocupada tan sólo de la manduca de los cuatro jerifaltes. Ése es el drama de este sistema cojo de una pata: que no hay izquierda, ni centrada ni radical. Y esos alcaldes que el 25-M dieron el vuelco a la situación son el objetivo a batir. Para ellos se trata de seguir en nómina, no lo duden. Una razón de peso, sin duda.

Guerras inútiles

Cuando los americanos perdieron la guerra de Vietnam, mi generación se planteó estupefacta la cuestión del sentido de la guerra. Decenios de contienda colonial acabaron devastando a aquel pueblo y a sus vecinos sin que los “expertos” fueran capaces de otra cosa que de esgrimir el estribillo de la necesidad de mantener la supremacía del llamado “mundo libre” en el Pacífico, aunque para ello hubiera que recurrir a aplastar literalmente a varias naciones. Han pasado los años y Vietnam, sin embargo, unificado bajo un régimen comunista, muestra una admirable capacidad de superación sin dejar del todo la alianza con China pero del brazo ya –cada día de modo más llamativo—de sus viejos enemigos, esos EEUU que ahora llaman a los antaño rivales, “socios, colegas y amigos” (Hillary Clinton) y revisitan el país, agradecidos a una estrategia reconciliadora que incluso abre ya sus puertos a la odiada Navy y exhibe en sus restaurantes retratos de los Presidentes yanquis. Sigo hace tiempo esa mudanza que incluye una reescritura de la historia –¡en todas partes cuecen habas, como ven!—que, abandonada la imagen demoniaca del invasor, se centra ahora en los aspectos positivos (¡) de la relación bilateral, recordando remotos apoyos de Washington al presidente Ho y hasta llamando a convidados de piedra como el propio Jefferson. Un intercambio comercial galopante y una balanza comercial favorable al amigo menor parece que aconsejan olvidar los tres millón es de muertos que la guerra costó en un país vigoroso en el que la mitad de la población se sitúa hoy por debajo de los 25 años, la juventud emigra en oleadas hacia universidades americanas y hasta es acogido con apoyo del antiguo enemigo en el peligroso club de los “países nucleares emergentes” del que se excluye, por ejemplo, a los Emiratos árabes. “We are back in Saigón”, dice hoy la misma propaganda americana que satanizó durante tantos años al pobre “Charlie”. Vivir para ver.
 
La imagen del helicóptero fugitivo en la azotea de la embajada yanqui nos persigue con la insistente pregunta del sentido de estas guerras fallidas, preguntándonos por qué se detuvo en su apogeo la primera invasión de Irak, para qué ha servido la segunda, qué se ha conseguido en Afganistán que no consiguieran en su día los soviéticos o cómo se cerrará, si es que se cierra, el ataque a Libia. Llevamos vistas demasiadas guerras inútiles sin contar las tapadas, tantas como para pensar que tal vez en la actualidad, todavía se puedan ganar batallas pero no sea posible ya vencer en las guerras. Lo que no imaginábamos es que el enemigo pudiera reciclarse en cliente al ritmo con que lo está haciendo en Vietnam.

Que ahorren ellos

Proliferan los casos en que los políticos blindan o aumentan su soldada mientras predican austeridad para los demás. Hay muchos citables, pero quizá ninguno tan insolente, por ahora, como el del Ayuntamiento de Ayamonte que ha decidido por decreto garantizarle a cada concejal medio millón mensual de las antiguas pesetas ya que en el Pleno no hubiera sacado adelante el pelotazo. Hay también alcaldes que se lo han bajado –el de Huelva capital, por dos veces, sin ir más lejos—pero demasiados indicios apuntan a que la “clase política” no está dispuesta a sacrificar un céntimo dejando el recorte y la austeridad para los demás. ¡Que ahorren ellos! Entre tanta desvergüenza quizá ninguna equiparable a ésta de meterle una mano en el bolsillo a los ciudadanos y defender el propio con la otra.

Códice robado

No hay duda de que el robo del “Liber Sancti Jacobi”, es decir, el “Codex Calixtinus” de los bibliógrafos, es un acontecimiento espectacular. Cierto que la mayoría de las lamentaciones llueven en vano porque la pura verdad es que ese texto –traducido hace sesenta años sobre las huellas de un eminente hispanista, Muir Whitehill, y reeditado luego en dos ocasiones—ha sido poco leído a pesar de que su libro V sirva aún a muchos peregrinos en su caminata como servía a los del siglo XI, pero también lo es que una pérdida semejante no se justifica siquiera por el auge incontenible de la delincuencia especializada. ¿A quién le ha importado en España el significado europeísta pionero de ese texto precioso, cuántos conocen hoy lo que su contenido y la leyenda a que dio lugar supuso para animar el sueño imperial subyacente en la Reconquista leonesa y, de paso, para arrimar el ascua de la primacía eclesiástica que, para nuestros “reconquistadores”, en Roma quedaba demasiado lejos y en Portugal demasiado cerca? No tiene sentido tampoco, por supuesto, la especulación en torno a su valor crematístico, indeterminable quizá, como no lo tienen las especulaciones sobre la finalidad del mangazo. ¿Saben lo que de verdad debe importarnos? Pues justo lo que unos y otros vienen ocultando, a saber, que nuestro patrimonio –hoy repartido, para más inri, en diecisiete taifas autonómicas—se haya convertido en una auténtica almoneda. ¿No se ha puesto alguna vez la Junta de Andalucía a “negociar” con un “coleccionista” ilegal que poseía cientos de miles de piezas arqueológicas, en lugar de entrar a saco en su “museo” con una orden judicial? ¿No sabemos que de nuestras iglesias han desaparecido como por ensalmo millares de obras de arte, menor y mayor, unas veces robadas, otras –muchas—sencillamente vendidas impunemente por sus dueños realengos? Pues ya me dirán a qué viene ahora tanto lamento y tanto mesarse la cabellera.

Por lo demás, sobran las cábalas, a salvo ésa que sostiene que semejante sustracción hubiera sido imposible sin alguna complicidad interna. ¿O es que puede explicarse que ese gran tesoro estuviera al alcance del primer audaz que decidiera echarle el guante? El “Codex” aparecerá o no, acabará descuadernado en subastas más o menos exclusivas; para comprobarlo nada nos queda aparte de esperar. Lo que no admite espera es una reacción enérgica decidida a salvar lo que nos queda. Más o menos como la que se produjo en Francia cuando un pirado se llevó del Louvre la sonrisa de la Gioconda. Y exigir responsabilidades, claro, lo que el caso del Estado supondría empezar por uno mismo.

Historias peregrinas

Por si no fuera bastante para su descrédito el caso de la ayuda concedida por la Junta a un empresario que ni siquiera la había solicitado aún, ahí tienen el de otro “emprendedor” al que –según probaba ayer documentalmente este periódico—la consejería de Empleo “prejubiló”, agárrense ustedes, a la edad de… ¡68 años cumplidos! La crónica de la autonomía, degradada durante decenios, empieza a ser sencillamente delirante y sus ocurrencias merecedoras, no sólo de la crítica indispensable, sino de que, de una vez por todas, la Justicia intervenga para decir donde acaba la mera insolvencia y donde comienza esa inexplicable arbitrariedad cuya impunidad deja estupefactos y desmoralizados, a infinidad de ciudadanos. El de este “post-jubilado” bate por ahora el récord del absurdo, pero no tendría nada de raro que más pronto que tarde otro “caso” bata su marca.

La negra honrilla

Pocos casos he visto en mi vida como el que ha afectado a la corredora Marta Domínguez, encadenada durante meses en la picota del descrédito para, final y felizmente, verse exonerada, uno por uno, de todos los cargos que contra ella se mantuvieron. Recuerdo las espectaculares noticias de telediario, con los correspondientes operativos policiales que incluían incluso el registro domiciliario, y aquellos titulares rotundos en los que se confirmaba, sin el menor fundamento, el hallazgo policial de materiales que la acreditaban como  drogota y narco, y recuerdo también la manera no poco ruin con que algunos de sus compañeros fueron rodeándola de un cordón sanitario que, naturalmente, les garantizaba a ellos su ubicación en el lado correcto. Hasta en el ámbito federativo –que se supone que está para vigilar pero también para proteger a sus federados– se produjeron voces y gestos cualquier cosa menos favorables a la imputada. Total, un escándalo nacional de primer orden, con el que se tapó éste y aquel notición políticamente incómodo, y que ha venido a quedar en nada a medida que la Justicia, lenta pero segura, ha ido desarbolando sospechas y cargos hasta dejar claro que la maltratada campeona nunca se dopó, nunca traficó y nunca colaboró en el dopaje de otros colegas. Bien, ¿y ahora qué, quién restituye  a estas alturas la imagen hecha añicos y el triturado prestigio de una atleta señera que no se sabe ni bien ni mal por qué fue un mal día escogida como buco de sabe Dios qué otras responsabilidades? La policía, el ministerio, la federación y demás autoridades deportivas deberían repartirse el coste de este festín en el que por alguna razón han devorado entre todos a una de nuestras más brillantes de deportistas. Y lo curioso, en cambio, es que su rotunda absolución no ha pasado de mera noticia. Aquí nadie se rasga las vestiduras ni entona siquiera el mea culpa. Un español es menos que nada si se cruzan en su camino los poderes públicos. Incluida Marta Domínguez que, en lo suyo, lo ha sido ya todo.

 

País arbitrario y desagradecido, país sin garantías en muchos casos, que empapela a un juez como Francisco Serrano y lo trata como a un malandrín simplemente por salirse de la fila, mientras trata con guante de seda a la peor garduña. País desmoralizador en el que el escándalo es mera rutina, en el que el honor importa un bledo y, en última instancia, se tasa en unos cuantos chavos. He visto pocos linchamientos como el de Marta Domínguez y pocas impunidades como las de quienes lo han provocado. Pocas veces policías, jueces, periodistas y hasta el gentío de la calle han coreado tan acordadamente un sacrificio tan vil.