Lejano modelo

Me ha extrañado leer en L’Osservatore Romano que la renuncia del papa no tiene precedente. Debe de haber sido cosa de los nervios, porque cualquiera que haya ojeado la historia de los papas sabe que, aunque haga ya casi seis siglos que no dimite un pontífice, ha habido por lo menos otros seis (depende de cómo se cuenten) que, en efecto, dimitieron dejando vacante la sede. Pero créanme que el día en que vi a Benedicto XVI depositar la estola de su entronización sobre la urna que conserva en L’Aquila los restos de Celestino V y dedicarle luego tan subido elogio, se me pasó por la cabeza la idea de que el Joseph Ratzinger de tan breve y sufrido pontificado anduviera reinando, a su vez, con la idea de entregar los trastos al camarlengo. Celestino V, o sea, san Pedro Celestino, aquel eremita al que, a finales del siglo XIII, fueron a buscar a su retiro para coronarle poco menos que a la fuerza, no estuvo en el trono más que un verano y un otoño, para acabar encarcelado en el castillo de Fumone, donde murió poco después, por su “ambicioso sucesor” (así lo calificaron muchos expertos) Bonifacio VIII, aprovechando su piadosa simplicidad. Ochocientos años después, el teólogo Ratzinger vio tal vez en el papa ermitaño un modelo de espiritualidad pero también de acción y puso un acento muy personal al decir en 2010 que su ejemplo estaba hoy presente. Conservo aquel discurso: “Quisiera sacar algunas enseñanzas de la vida de san Pietro Celestino (aquel papa se llamó en el siglo Pietro Morrone) válidos por completo para nuestra época”. Pensé entonces y pienso ahora que Ratzinger respiraba por la herida abrumadora de los varios escándalos en los que, sin comerlo ni beberlo, se vio envuelto, no poco injustamente si se tiene en cuenta que, al menos, él fue el papa que con más energía cogió por los cuernos el toro de esos escándalos.

Es posible que esta decisión de dimitir –“concientia mea iterum coram Deo explorata”, dijo en su alocución de despedida—haga variar sensiblemente la valoración no poco injusta que ha hecho de él un auditorio que lo recibió de uñas y se ha negado luego a reconocer el vigor moral con que, quizá como menos se esperaba, ha sabido tratar aquellos graves problemas. Tiene la ventaja de que le esperan sus libros y su ansiado silencio, no un calabozo en una ergástula, y la que le otorga el gesto liberal de quien renuncia al trono para ganar la libertad.

Réquien por la justicia

Un juez se destapó ayer en estas páginas explicando los artilugios mediante los cuales los políticos han conseguido poner a su servicio a la Justicia, lo mismo desde el PSOE que desde el PP, igual desde CiU que desde el PNV. Dice ese juez tan claro que si a Montesquieu ya lo habían matado, le reforma que prepara el Gobierno lo va a rematar devolviéndonos, en este negocio, a “épocas preconstitucionales bajo el control directo e inmediato del Ejecutivo de turno”. Y ofrece argumentos incuestionables. Ningún político quiere mantener la separación de poderes, única garantía de los ciudadanos frente al Poder. Lo dice un juez y lo suscriben otros muchos, sin contar con los que no osan levantar la voz y con los que se benefician del atropello.

Indignos e indignados

El pensamiento débil puede dar de sí resultados bien fuertes, como ha demostrado la creciente anomia provocada por el panfleto de Hessel. La demagogia tiene indudables ventajas sobre la democracia a la hora del proselitismo por la razón elemental de que es incomparablemente más fácil. Miren el caso de Sevilla. En poco menos de un mes, un ministro del Gobierno ha sido impedido de expresarse en público por un grupo agitador convocado a ciegas en las llamadas “redes sociales”, y un ex-presidente del Gobierno se ha visto forzado a cancelar la presentación de sus memorias ante la amenaza que suponía la simple convocatoria a los reventadores. Hemos visto encabezar a esa horda al responsable de unas juventudes políticas y oído defender la causa de los agitadores a personas con cargos relevantes en el partido en el Poder. Es verdad que el Poder mismo no las tiene todas consigo en cuanto se aleja una legua de su palacio, cierto que el Presidente de la Junta y no pocos consejeros han sido abucheados en sus respectivas visitas por elementos disconformes con sus políticas o, simplemente, reivindicadores de soluciones para sus problemas propios. Pero eso, bien mirado, es la política pura, ese oficio que debe saber que el envés de sus privilegios es el haz de la protesta. Lo otro es distinto, porque impedir a organizaciones civiles abrir sus tribunas a quien sea –político o no—es, simplemente, un acto de imposición inmoral y, por supuesto, ilegal, por más que la debilitada autoridad no sea capaz de hacerle frente, dicho sea sin que se me oculte que la primera pretensión de los alborotadores sería siempre su publicitaria represión. La pregunta es si podemos llamar democracia a un régimen que no garantiza la libre expresión frente a unas minorías camorristas. Alfonso Lazo ha recordado hace bien poco que Tocqueville sabía ya que la democracia puede ser totalitaria.

La protesta hodierna carece de instrucción, obedece a resortes instintivos accionados por retazos de teoría antisistema, no piensa, evidentemente, si no advierte que imponerse a un auditorio y a un orador es igual o peor que sería imponerle a ella el silencio por la fuerza legítima. Pero funciona, funciona en un país desmoralizado que es incapaz ya, a su vez, de distinguir entre la protesta legítima y la arbitraria provocación. Hessel debería haber pensado mejor ese concepto de “dignidad” que se viene maltraduciendo por algo equiparable a la tiranía de unos pocos.

La túnica sagrada

El presidente del TSJA no ha rifado la túnica hasta ahora inconsútil sino que la ha demediado para entregar por mitades el legado de la juez Alaya –es decir, del Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla—a la juez Ana Rosa Curra y al juez Rogelio Reyes. No está mal, desde luego, porque seis meses de parálisis son demasiados meses para un asunto tan grave como el de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas que, en adelante llevará la juez Ana Rosa Curra, reservando para el juez Reyes –que encima es gran bético– el “caso Lopera”. De momento, se acabó el fantasma de Alaya y ello explica el alivio con que en la Junta ha sido acogida la providencia que debió ser tomada mucho antes, más que como se ha hecho, proporcionando a Alaya los jueces de apoyo que exigía el sentido común. En fin, ya veremos, aunque sepamos de sobre que aquí no se da puntada sin hilo.

La suegra del juez

La suegra del juez Miguel Pasquau (muy Señora mía) le ha llamado por teléfono para cantarle las cuarenta al conocer la psicodélica ocurrencia de su yerno de absolver a las mesnadas de Gordillo de sus asaltos y saqueos a supermercados, por considerar que, si bien se mira, esos desmanes “forman parte del derecho de huelga”. Lo sabemos porque él mismo, el juez, aunque parezca insólito, lo ha confirmado en Twitter en un tono distendido, al tiempo que aseguraba –¡como si hiciera falta, conociendo quién lo ha puesto a él ahí!—que no se ha “vuelto loco” ni se ha “envuelto en la bandera del SOC, ni profesa la fe en su líder Gordillo”. Menos mal, no sabe el juez el peso que nos quita de encima, no solamente a su señora suegra sino a la muchedumbre perpleja que acaba de enterarse de que entrar a saco en su súper, por cojones como si dijéramos, y llevarse de camino sus carros cargados hasta las trancas de mercancías, no constituye figura alguna de delito, criterio que comparte, por más que desde una base jurídica que hay que suponer más endeble, el copresidente Valderas quien ha añadido que el derecho a la huelga asiste “a todos los ciudadanos, especialmente a los trabajadores (sic)”, idea adverbial que hace temer que en un futuro imprevisible pudiera extenderse ese derecho a los niños de pecho y militares sin graduación. Hace poco otro juez creo recordar que fue sancionado por la superioridad con motivo de haber redactado en verso una sentencia pero a Pasquau no le han dicho ni esta boca es mía, como no se lo dijeron cuando instruyó con las del beri el sumario del juez Serrano que acabaría con la carrera de este honrado jurista. Si este país fuera un país normal no tengo la menor duda de que la chanza informática de ese magistrado sería “trending topic” hace ya tiempo.

No debemos quejarnos cuando se nos previene de que, paralelamente al descrédito de los políticos, se está desarrollando también un movimiento de rechazo y desdén hacia la Justicia, basado en la convicción del gentío de que esa estatua no es ciega ni mucho menos sino que no da puntada sin hilo cuando la política se mete por medio. Y lo que nos faltaba es ver a nuestros ropones, no demotizando su quehacer, que eso sería muy estupendo, sino entreteniéndose en las “redes sociales” ya sin toga ni puñetas. Con todo y ser muy de los jueces, confieso que en esta ocasión no estoy con el magistrado sino con la suegra, muy señora mía.

El Estado fallido

Lo que más me ha sorprendido de la violación de las seis chicas españolas en un hotel de Acapulco es que no se tratara de turistas extranjeras sino de españolas que, con sus parejas, residen en México. ¿Es que no leen los periódicos ni ven la tele esos desdichados? Los datos sobre la criminalidad en México aturden hasta el extremo de que las agencias de consultores de seguridad no están disgustadas ante la regresión que está experimentando el crimen, aunque esa regresión arroje todavía números espeluznantes: 674 “ejecuciones” durante la última quincena de 2012, 435 en la primera quincena de enero. Sólo en Acapulco, ciudad en la que la balacera retrocedió entre diciembre y enero en un 18 por ciento, hubo que levantar 49 cadáveres “ejecutados” por los carteles, las bandas y demás organizaciones mafiosas, a pesar de la “intensa” vigilancia policial que protege a este paraíso turístico que hizo célebre Agustín Lara. Ha llegado a un punto este estado de violencia nacional que al nuevo Presidente, Peña Nieto, le reprochan los observadores que le haya “bajado el perfil” al tema para realzar los de otros sectores muy importantes, con todo y haber logrado el mandatario en su breve presidencia aquel retroceso estadístico. La pregunta es si un Estado merece ese nombre en tanto se mantenga en una guerra abierta contra la delincuencia que arroja un saldo tan temeroso como el descrito, es decir, si es posible seguir confiando en él mientras conviva con la presencia de montajes criminales como La Mano con Ojos, La Familia Michoacana, los Caballeros Templarios o los Zetas, capaces de hacer frente al propio ejército y no digamos a una policía proverbialmente corrupta. México lindo es hoy una aldea “western” con sus bandas invasoras y sus “sheriffs” apalancados en el “saloon”.

La defección del Estado parece incompatible, al menos a primera vista, con unas economías, como las actuales, tan fuertemente dependientes del sector turístico, incluso en países emergentes como México cuyo potencial crece día tras día. Y es que, en cierto modo, hay que preguntarse qué está pasando en nuestra sociedad en general –en México o en Rusia, en Venezuela o en Argentina—cuando hemos llegado a aceptar como inevitables o poco menos esas cifras atroces. Mucho me temo que esta anomia no sea sino el efecto fatal de una sociedad medial que ha conseguido hacer del morbo una baratija en su batalla subliminal y renunciado al monopolio de la violencia.