Empresarios ejemplares

El vicepresidente de la CEA y presidente de los empresarios onubenses, además de presidente de las Cámaras de Comercio de Andalucía, va a ser denunciado al fiscal por el sindicato UGT por haber proclamado en la radio –para justificar al vicepresidente nacional en apuros por pagar en dinero negro a sus trabajadores — que “el dinero negro ha existido siempre, si no, el pago diferenciado”. ¿Reaccionará la CEA o la CEOE ante este nuevo desplante cínico de uno de sus directivos, o hará la vista gorda y seguirá adelante con los faroles? No cabe duda de que la democracia tiene entre sus más urgentes tareas la de depurar a los llamados “agentes sociales”, esa máquina de gastar dinero público cuya utilidad se le oculta a la mayoría de los ciudadanos.

Populismo chistoso

Los periódicos italianos andan desorientados frente al fenómeno extremo de populismo que supone la candidatura del cómico Beppe Grillo, el “Movimiento 5 Estrellas”, al que las encuestas dan ya, a un tiro de piedra de los comicios, un inquietante 17 por ciento, es decir, una cifra que ya quisieran para sí no pocos de los partidos convencionales italianos. Grillo dice cosas como “Abriremos el Parlamento como una lata de atún” o, algo que es mucho más grave, “La época de la representación han pasado, nosotros no creemos ya más en ella”, y anuncia su propósito de hacer “saltar la banca” (¿) más pronto o más tarde y, por qué no, mañana mismo. Y a las críticas que le achacan el recurso al populismo responde sin complejos con una afirmación populista, desafío que entusiasma a una ciudadanía que no sabe ya a quién encomendarse. En resumen, que a la más que probable recuperación de Berlusconi va a unirse en la próxima legislatura la presencia desconcertante de una fuerza antidemocrática de raíz que abre todo tipo de posibilidades a una política de pactos. Ha habido grandes “medios” –los periódicos de referencia—que de ignorar al personaje y su fenomenología han ido pasando poco a poco a plantearse con creciente angustia la misma viabilidad de la democracia italiana, convencidos finalmente de que lo que carece de sentido es cerrar los ojos ante la evidencia de que el electorado va reuniendo ya casi todas las condiciones precisas para acabar en un naufragio colectivo, dado que personajes como Monti están fracasando en sus campañas por su propio alejamiento de la gente.

La propagación del neopopulismo es uno de los hechos sociopolíticos más relevantes del nuevo siglo, quizá no en los términos extremados que presenta la candidatura de Grillo pero sí bajo formas más elaboradas a las que no les falta el apoyo teórico de cierto sector intelectual. Gil probó en España que el circo populista no fracasa nunca si cuenta con un payaso capaz de dar el triple mortal, aunque hay que reconocer que la berza populista hace tiempo que no es exclusiva de esos oportunistas sino que anda no poco generalizada también en los partidos considerados serios. Lo que tiene de nuevo el populismo italiano es esa abierta confesión antisistema que implica el desprecio de la representación. Si en Italia acaba ocurriendo lo que se pronostica habrá que darle la razón a quienes sostienen que cada pueblo tiene el gobierno que me merece.

IU va de manta

IU se iba a comer el mundo si llegaba al poder pero, una vez que ha llegado por la insuficiencia del PSOE, ha optado por reconvertirse ella misma en la manta de la que decía que iba a tirar con todas sus consecuencias para descubrir las corrupciones. No se puede negar que el sabotaje de la comisión parlamentaria de los ERE y las prejubilaciones falsas tuvo, por parte de la coalición, su migaja de ingenio, pero en su negativa a que la Cámara investigue el “caso Invercaria” no hay ya más que un indisimulable propósito de sostener a toda costa al socio con tal de conservar sus mamelas. Los ingenuos que la votaron en busca de “transparencia” ya saben lo que han conseguido.

Lejano modelo

Me ha extrañado leer en L’Osservatore Romano que la renuncia del papa no tiene precedente. Debe de haber sido cosa de los nervios, porque cualquiera que haya ojeado la historia de los papas sabe que, aunque haga ya casi seis siglos que no dimite un pontífice, ha habido por lo menos otros seis (depende de cómo se cuenten) que, en efecto, dimitieron dejando vacante la sede. Pero créanme que el día en que vi a Benedicto XVI depositar la estola de su entronización sobre la urna que conserva en L’Aquila los restos de Celestino V y dedicarle luego tan subido elogio, se me pasó por la cabeza la idea de que el Joseph Ratzinger de tan breve y sufrido pontificado anduviera reinando, a su vez, con la idea de entregar los trastos al camarlengo. Celestino V, o sea, san Pedro Celestino, aquel eremita al que, a finales del siglo XIII, fueron a buscar a su retiro para coronarle poco menos que a la fuerza, no estuvo en el trono más que un verano y un otoño, para acabar encarcelado en el castillo de Fumone, donde murió poco después, por su “ambicioso sucesor” (así lo calificaron muchos expertos) Bonifacio VIII, aprovechando su piadosa simplicidad. Ochocientos años después, el teólogo Ratzinger vio tal vez en el papa ermitaño un modelo de espiritualidad pero también de acción y puso un acento muy personal al decir en 2010 que su ejemplo estaba hoy presente. Conservo aquel discurso: “Quisiera sacar algunas enseñanzas de la vida de san Pietro Celestino (aquel papa se llamó en el siglo Pietro Morrone) válidos por completo para nuestra época”. Pensé entonces y pienso ahora que Ratzinger respiraba por la herida abrumadora de los varios escándalos en los que, sin comerlo ni beberlo, se vio envuelto, no poco injustamente si se tiene en cuenta que, al menos, él fue el papa que con más energía cogió por los cuernos el toro de esos escándalos.

Es posible que esta decisión de dimitir –“concientia mea iterum coram Deo explorata”, dijo en su alocución de despedida—haga variar sensiblemente la valoración no poco injusta que ha hecho de él un auditorio que lo recibió de uñas y se ha negado luego a reconocer el vigor moral con que, quizá como menos se esperaba, ha sabido tratar aquellos graves problemas. Tiene la ventaja de que le esperan sus libros y su ansiado silencio, no un calabozo en una ergástula, y la que le otorga el gesto liberal de quien renuncia al trono para ganar la libertad.

Réquien por la justicia

Un juez se destapó ayer en estas páginas explicando los artilugios mediante los cuales los políticos han conseguido poner a su servicio a la Justicia, lo mismo desde el PSOE que desde el PP, igual desde CiU que desde el PNV. Dice ese juez tan claro que si a Montesquieu ya lo habían matado, le reforma que prepara el Gobierno lo va a rematar devolviéndonos, en este negocio, a “épocas preconstitucionales bajo el control directo e inmediato del Ejecutivo de turno”. Y ofrece argumentos incuestionables. Ningún político quiere mantener la separación de poderes, única garantía de los ciudadanos frente al Poder. Lo dice un juez y lo suscriben otros muchos, sin contar con los que no osan levantar la voz y con los que se benefician del atropello.

Indignos e indignados

El pensamiento débil puede dar de sí resultados bien fuertes, como ha demostrado la creciente anomia provocada por el panfleto de Hessel. La demagogia tiene indudables ventajas sobre la democracia a la hora del proselitismo por la razón elemental de que es incomparablemente más fácil. Miren el caso de Sevilla. En poco menos de un mes, un ministro del Gobierno ha sido impedido de expresarse en público por un grupo agitador convocado a ciegas en las llamadas “redes sociales”, y un ex-presidente del Gobierno se ha visto forzado a cancelar la presentación de sus memorias ante la amenaza que suponía la simple convocatoria a los reventadores. Hemos visto encabezar a esa horda al responsable de unas juventudes políticas y oído defender la causa de los agitadores a personas con cargos relevantes en el partido en el Poder. Es verdad que el Poder mismo no las tiene todas consigo en cuanto se aleja una legua de su palacio, cierto que el Presidente de la Junta y no pocos consejeros han sido abucheados en sus respectivas visitas por elementos disconformes con sus políticas o, simplemente, reivindicadores de soluciones para sus problemas propios. Pero eso, bien mirado, es la política pura, ese oficio que debe saber que el envés de sus privilegios es el haz de la protesta. Lo otro es distinto, porque impedir a organizaciones civiles abrir sus tribunas a quien sea –político o no—es, simplemente, un acto de imposición inmoral y, por supuesto, ilegal, por más que la debilitada autoridad no sea capaz de hacerle frente, dicho sea sin que se me oculte que la primera pretensión de los alborotadores sería siempre su publicitaria represión. La pregunta es si podemos llamar democracia a un régimen que no garantiza la libre expresión frente a unas minorías camorristas. Alfonso Lazo ha recordado hace bien poco que Tocqueville sabía ya que la democracia puede ser totalitaria.

La protesta hodierna carece de instrucción, obedece a resortes instintivos accionados por retazos de teoría antisistema, no piensa, evidentemente, si no advierte que imponerse a un auditorio y a un orador es igual o peor que sería imponerle a ella el silencio por la fuerza legítima. Pero funciona, funciona en un país desmoralizado que es incapaz ya, a su vez, de distinguir entre la protesta legítima y la arbitraria provocación. Hessel debería haber pensado mejor ese concepto de “dignidad” que se viene maltraduciendo por algo equiparable a la tiranía de unos pocos.