Las cosas y el quicio

Han matado alevosamente a un lince en Aznalcázar y el consejero de Medio Ambiente, que tiene hechos sus pinitos de poeta, ha declarado in continenti que ese hecho constituye “un asesinato  contra la Naturaleza” (sic). Así se está descomponiendo el lenguaje incluso entre quienes, por estar situados arriba, más debieran velar por su conservación y rigor. Porque se comprende la vehemencia y hasta se acepta la millonada que se invierte en proteger a esa especie, pero nada permite justificar que se saquen las cosas de quicio hasta extremos tan extravagantes como llamar asesinato a la muerte de un animal. En cuanto a la alusión a la Naturaleza, valga la razón retórica de un consejero que quizá nunca debió cambiar la carpeta de versos por una cartera.

La memoria vacía

La tumba de Rudolph Hess ha sido eliminada en el pueblecito bávaro de Wunsiedel por un acuerdo entre las autoridades y la propia familia que pretende cortar por lo sano el escándalo de unas peregrinaciones nazis que la habían convertido en un santuario, al tiempo que se recrudecen las presiones para hacer lo propio con la Franco en la abadía de Cuelgamuros. No saben acaso que lo que potencia esos cultos sombríos no son tanto las tumbas intactas como las vacías, que abren atrayentes perspectivas a la imaginación predispuesta, como prueba la incesante saga tramada en torno a la de Alejandro. Los linces “reformistas” de la Santa Rusia se han cuidado de mantener la tumba de Lenin en su capilla laica de la Plaza Roja así como las de los sátrapas soviéticos al pie de la muralla del Kremlin, y cualquiera puede ver en Predappio, el pueblecito natal de Mussolini en la Emilia Romaña, a los turistas haciendo cola ante la cripta del Duce o en los abarrotados chiringuitos que ofrecen bustos del difunto o puños de acero como símbolos de la “razón” fascista. ¿No nos retratábamos conmovidos muchos ilusos de mi generación ante la que guarda los restos de Marx en Hightgate, justo enfrente –ironías de la vida– a la Herbert Spencer (los guasas londinenses llaman por eso a aquel rincón “Mark and Spencer”…), y ante la que Engels leyó su famoso obituario? En el cementerio de la Recoleta tampoco es raro ver a nostálgicos ponerle flores a Evita y en plena plaza de Tianenmen se rinde a Mao en su mausoleo un culto reverencial. ¿Tiene sentido borrar por las bravas las huellas de la memoria como si con ello se eliminara la memoria misma, o lo tiene más conservarlas para que la Historia, ya lejos de las cegadoras circunstancias, ponga a cada quisque en su lugar? Ésa es una pregunta de cuidado pero, desde luego, parece lógico pensar que la incómoda presencia de esos fieles no compromete más que a ellos mismos.

 

La manga ancha es mala pero quizá sea peor el vuelo que la prohibición presta a la leyenda. Los nazis de Wunsiedel, por descontado, no van a desaparecer porque se vacíe esa tumba ni los franquistas del Valle, pero si hasta ahora esa presencia era testimonial quién sabe si forzar la desmemoria acabará reanimando esos cotarros nostálgicos. Dicen que van a incinerar los restos de Hess para arrojarlos al mar. ¿No habrán pensado que con ello le estarían dando al mito la tumba más fabulosa? De César a Napoleón raro ha sido el tirano que no ha peregrinado en busca de la sombra del conquistador macedonio como Hitler lo haría en Los Inválidos ante la del corso. Los mitos son explosivos. Para desactivarlos conviene previamente tentarse la ropa.

Servidumbres voluntarias

Con todas las reservas del caso, conviene considerar las conclusiones de la encuesta realizada en la Universidad de Jaén sobre la violencia machista. En ella se descubre entre los jóvenes un inaceptable grado de justificación de la misma, juicios despectivos sobre el papel de la mujer en las relaciones conflictivas y hasta un elevado porcentaje de ellos que se muestra disconforme con la idea de que la relación haya de ser igualitaria. Todos, pero especialmente la autoridad, deberían prestar suma atención a unos inquietantes resultados que demuestran lo compleja que, además de débil, es aún la convivencia juvenil. ¿Para qué han servido tanta propaganda y tanto dinero invertido para modificar la situación heredada? Las instituciones, con la Junta a la cabeza, deben iniciar sin demora esa reflexión.

Falsas expectativas

En los tiempos heroicos de le emigración española a Europa, allá por los 60 sobre todo, era frecuente ver en Atocha contingentes de trabajadores nuestros rechazados por los servicios alemanes de inmigración, vivaqueando como podían por los andenes con sus maletones atados con cuerdas y la sombra de la desilusión en la mirada. Tan frecuente como ver con qué tenacidad aquellos parias, con escaso apoyo oficial por no decir ninguno, reemprendían el penoso viaje en el tren siguiente con la esperanza de burlar al fin el duro fielato. Era una pena comparable, salvadas las distancias, a la odisea psíquica que han vivido ahora nuestros titulados al verse rechazados en masa por aquellos mismos servicios que los habían convocado al ofrecer, hace unos meses, medio millón de puestos de trabajo para ingenieros y técnicos y que, tras someter a varias cribas las nueve mil solicitudes enviadas desde aquí, parece que, finalmente, sólo entreabrirán la puerta a veinte elegidos. ¡Veinte de quinientos mil! ¿Qué buscaba Alemania con aquella oferta, aparte de mano de obra cualificada y barata reclutada en un país socio pero en cuadro, acaso pura propaganda de su reactivación económica? No lo sabemos, pero ni parece justificado el engaño alemán, ni resulta lógico que la autoridad española –la laboral, primero, pero también la educativa—haya asistido a esa odisea cruzada de brazos tras frotarse las manos ante la perspectiva de aligerar su estadística de paro. No era verdad, en resumidas cuentas, que nuestros jóvenes más cualificados tuvieran sitio en aquel mercado que parece haber superado ya la crisis, con lo que la expectativa vuelve a encogerse hasta donde se encontraba antes de que los publicitarios les vinieran con el cuento de la lechera. La pregunta es, insisto, en si el Ministerio (o los Ministerios concernidos) no tendrían que haber sopesado aquella oferta deslumbrante antes de que los tentados se embarcaran en el sueño y los despertaran de un portazo.

Macanas aparte, está visto que la única vía de recuperación razonable y práctica es la animación de nuestra propia economía y la creación de nuestros propios puestos de trabajo, aunque hay que reconocer que el chasco se ha visto favorecido por el éxito de otros sectores profesionales, y en particular el de nuestros médicos emigrantes fugitivos de nuestros caóticos sistemas sanitarios. La utopía del paraíso industrial que no daba abasto y abría banderín de enganche para el empleo cualificado se ha demostrado un simple fiasco. Quizá eso nos ayude a entender que la salida de esta crisis habremos de encontrarla solos como solos nos metimos en ella.

A la rebusca

Tremenda imagen la de esos vecinos de Arcos de la Frontera a la “rebusca”, bajo un sol de justicia, de las papas que se abandonaron con motivo de la crisis provocada por la imprudente e impune alarma sanitaria alemana. Recuerda las viejas escenas del campo hambriento pero en medio de una sociedad todavía opulenta a pesar de la crisis, y contrasta con el despilfarro demostrado de nuestras instituciones. Sí, ya sé que estas cosas suenan a demagogia, pero si quieren deshacer esa apariencia pregúntenle a las organizaciones caritativas a cuántos ciudadanos han de dar diariamente de comer, a cuántos han de vestir, a cuántos remediar en su pobreza desesperada. Cada cual cuenta la crisis –como la feria– según le va en ella. No quiero ni oír el cuento de esos rebuscadores.

¡Qué envidia!

Asistir en directo al debate sobre el caso Murdock en los Comunes ha sido todo un espectáculo. Una gran lección para españoles ceremoniosos ver a esos padres de la patria cronwelliana sentados codo a codo, sin escaños siquiera, arrebujados como “solemne turba” (creo que Marlowe) tal cual los que en lo antiguo se juntaban en la “Chapter House” bajo la luz polícroma de sus vidrieras y la sugestión de su bóveda nervada para pararle los pies al Rey. Gente hablando en roman paladino, a la que se le entiende todo, apoteosis de libertad crítica a la que el Poder se somete a gusto o a regañadientes, da lo mismo. ¡Aquí discutiendo sobre las corbatas de los diputados y allá poniendo entre la espada y la pared al primer ministro! En directo y en público, sin anestesia, lucha libre sin más reglas que las imprescindibles para el funcionamiento de la Cámara. ¡Qué envidia, sobre todo el día en que el presidente valenciano dimitía sin micros ni cámaras, como si la transparencia no hubiera sido el mejor linimento para su lesión comatosa! No es que uno se chupe el dedo y crea a pies juntillas en la democracia británica, que a la vista del propio caso Murdock está claro que deja mucho que desear en punto a libertades y seguridad jurídica. Lo admirable es la capacidad de reacción, la libertad de la asamblea debatiendo en directo ante los ciudadanos, sin trampa ni cartón. La política es un asco, aquí y en Tokio, pero una cosa es disponer de un sistema de representación que funcione a la luz del día y en directo, y otra muy diferente soportar uno que tiene más chicha amojamada del siglo XIX que del XXI. Murdock el potentado, el “emperador” que ponía y quitaba reyes, resultaba un pigmeo ante el ordenado barullo del debate mientras los mismos diputados que antier trincaban despilfarrando con sus visas, aparecían como regenerados por la virtud de la palabra libre. Mi admirado Péguy veía virtuales analogías entre el parlamentarismo y la prostitución. Bueno, admitámoslo, pero en unos sitios más que en otros.

Fíjense en el poco éxito obtenido por el “indignado” de la tarta que pretendió agredir al magnate: ni medio minuto de gloria. En España hubiera acaparado al menos tantas páginas como Ruiz-Mateos cuando tarteó a Boyer. Por eso digo que qué envidia, aunque consuele pensar que nosotros apenas llevamos tres decenios de vida libre mientras que ellos comenzaron esa experiencia, día más día menos, cuando las Navas de Tolosa. Imaginemos por un momento una sesión española con Camps, Chaves o Rubalcaba de comparecientes. Da vértigo, no tanto la imaginación misma, como la evidencia de nuestro atraso.