Memoria bromista

Siempre he creído que la memoria es elástica pero sólo hasta un cierto punto. El saber, quiero decir la toma de noticia del mundo circundante más los conceptos procedentes de la propia reflexión, van acumulándose en ella y, dígase lo que se diga, ocupando lugar. De la memoria humana, no podemos, en todo caso, “borrar” su contenido para ganar espacio como se hace con las artificiales, lo que explica que con la edad el individuo vaya desarrollando cierta sensación de pérdida hoy, por desgracia, agravada por el miedo generalizado al mal de Alzheimer. ¿Quién no experimenta, pasado “el mezzo del camin” de su vida, el temor de andar perdiendo facultades con el vago presentimiento de esa catástrofe de la conciencia? Me dice mi amigo neurólogo que a la consulta acuden cada día más ciudadanos aquejados de su propio miedo al olvido pero que, en realidad, no padecen sino síntomas de aprensión más o menos vecinos de la hipocondría, y ya de paso me explica que una cosa es la anosognosia, o incapacidad para identificar el propio mal, y otra muy diferente la pérdida natural y frecuentemente progresiva de nuestras facultades mentales. Mi amigo razona que quien es consciente de padecer estos olvidos –¿con quién hablaba yo ayer, cómo se llama de apellido mi cuñado, quién escribió “Las alegras comadres de Windsor” tal vez—es precisamente quien está –de momento- a salvo de problemas serios de memoria. Lo expresa con mayor rigor si cabe el doctor Dubois, neurólogo del CHU Pitié-Salpetrière en un confortable apotegma que dice así: “Cuanto más se quejan los sujetos de su memoria declinante, menos posibilidades tienen de sufrir una enfermedad de la memoria”. Usted o yo no padecemos ese escalofriante mal que nos abisma en el olvido. Se trata, simplemente, de que vamos cumpliendo más años de los que querríamos.

Es posible que esta plaga de medrosidades no se deba más que a la proliferación de materiales psíquicos que una sociedad medial proporciona, velis nolis, al individuo aprensivo. Nunca la Humanidad ha debido retener tanto nombre, tanto topónimo, tanta inútil guarnición de noticias y sucedidos y tanto escándalo abarrotando el caudal de su conocimiento. Y por eso, no me cabe duda, el miedo a olvidar nos hace temer tanto unas pérdidas de contenido que son interiorizadas como una disolución de la personalidad. Yo mismo, cada día más flaco de memoria, me agarro a la experiencia de ese sabio francés como quien se aferra a un salvavidas.

Tragacuras

Ninguna lacra del radicalismo izquierdista ha sido tan miserable como el tragacurismo, una variante bruta del sentimiento anticlerical sobre el que tanto se ha hablado. El odio al cura supuso en España una grave tragedia en épocas pasadas y parece que ahora trata de ser rehabilitado por un radicalismo que tiene la mollera vacía de mejores motivos. Así, al portavoz de la Junta que pidió un bozal para el obispo de Córdoba –ciertamente inoportuno en esta ocasión—se le junta ahora el delegado de Valderas en Córdoba , un tal Pedro García, preguntándose en público si las críticas del obispo pudieran deberse a que monseñor “está agobiado en el armario”, comentario deplorable, en todo caso, también desde la perspectiva “de género” y que igualmente podría aplicársele a él. La modernidad de esta pseudoizquierda traga con los “recortes” pero se aferra al modelo de “El tragacuras” de Nakens.

Otra guerra

Dicen que la intervención militar francesa en Malí no responde más que a los intereses neocoloniales de la metrópoli y, muy en especial, al objetivo de garantizarse las reservas de uranio que tiene ese país sahaliano. La opinión francesa acoge con desigual humor la decisión bélica, en especial tras la ocurrencia argelina de bombardear la empresa gasística en la que los terroristas encerraban a los rehenes. Las guerras en África –¿y dónde no?—tienen indefectiblemente su motivación económica y es de sobra conocido el tema del uranio malí, pero me parece impropio enfocar esta guerra como una simple invasión colonial sin tener en cuenta el peligro real que para Europa entera representa el avance de Al Qaeda en el Sahel. La UE ha dado a Hollande una respuesta ambigua, le ha pasado la mano por el hombro y se ha comprometido a participar simbólicamente en esa operación ante un peligro gravísimo que no cabe duda de que a todos concierne, quizá porque no parecía presentable una nueva edición de las invasiones de Irak o de la más reciente de Libia, a mi juicio menos justificadas que esta reacción frente a una estrategia perfectamente definida de acercar el terrorismo yihadista a los países europeos. Echen una ojeada al mapa y verán, seguramente con inquietud, que de ganar esa baza los bárbaros la amenaza que suponen para nuestro continente es rotunda. En el caso de Malí me parece que los europeos no son conscientes de lo que en aquel país se juega, que a mi juicio no es otra cosa que abrir un nuevo Afganistán a un tiro de piedra de nuestra propia costa. Esa guerra, tan fácil de comenzar, va a resultar, además, complicada cuando alcance las montañas cercanas a Argelia. Será entonces cuando se caiga en la cuenta de que dejar solo a un país frente a la gran amenaza puede ser un error fatal.

A la vista del rumbo que toman los países revolucionados en la “primavera árabe”, lo lógico sería buscar una estrategia común que disuadiera a los fanáticos antes de que se convierta en una rotunda necesidad adoptar medidas de fuerza en las que, inevitablemente, pagarían infinidad de justos por pecadores. El fundamentalismo es incompatible con la libertad y todo proyecto de esta índole debe ser afrontado como una necesidad común, sin excesos ni complejos. Puede que no esté lejano el día en que nos lamentemos, por ejemplo, de haber dejado sola a Francia en su intervención de Malí.

Contar con la base

Desde los años 80 venimos oyendo en Andalucía vacuas proclamas a favor de profundizar el municipalismo: los Ayuntamientos están solos y la mayoría en la ruina, sin embargo, y sus alcaldes son menospreciados hasta el punto de no conseguir siquiera una audiencia de quien encabeza la Junta. Mañana los recibirá el ministro de Hacienda en una demostración de lo relativo que resulta el argumento de que la autonomía se justifica por su proximidad a la base ciudadana y sus instituciones. Todo un gesto del Gobienro de la nación que en absoluto suple la displicencia de Griñán sino que deja al descubierto el partidismo de un cogobiernillo regional decidido a negarle al adversario –hoy el PP tiene más del 65 por ciento de los concejos—el pan y la sal.

Hoja de coca

Cuando los trajines de la Expo del 92, hubo un malentendido estupendo a propósito de un comentario de la reina doña Sofía –evidentemente bien informada—que habló bien en público de la hoja de coca. Un clamor paleto se levantó entonces perplejo porque la soberana (es un decir) alentara el consumo de un vegetal que los paletos confundieron con la cocaína, es decir con el funesto alcaloide que se ha convertido en una de las drogas dominantes de la postmodernidad. Los indios peruanos y bolivianos, la gente desde el altiplano a Argentina, consume hojas de coca hace la intemerata, como lo prueba que ya en tratados del XVI –en la letra del mismísimo Inca Garcilaso—diera noticia favorable de ellas, considerándolas, con razón, como portadora de importantes nutrientes y, al mismo tiempo, como remedio de no pocos males, bien conocido por la medicina tradicional de la zona. Escrúpulos como el de nuestros catetos llevó a los expertos de la ONU a prohibir el consumo de esas hojas a los indígenas que, en buena medida, vivían de ellas, disparate tan espectacular que dio lugar a que Evo Morales llevara razón por una vez al protestar de lo que entonces designó como “un error histórico”. Pues bien, ahora la ONU acaba de ceder al introducir en el tratado internacional contra el consumo de estupefacientes la excepción de la popular hoja, gesto que ha permitido a Bolivia volver al redil que abandonó cuando la prohibición. Se ha dicho que sin la coca (la hoja se entiende) no hubiera sido posible la explotación colonial de los nativos ni probablemente su propia vida independiente en zonas donde esa prodigiosa planta suplía la falta de alimentos y medicinas esenciales. En los aviones que te llevan a Cuzco suelen repartirse esas hojas como remedio para el mal de altura. Al turismo se le consiente lo que se le niega a los sufridos indígenas.

Ni que decir tiene que los nativos han continuado mascando coca mezclada con ceniza
a pesar de la Convención de 1961 en que se la proscribió y dicen los que lo saben que de otra manera tal vez no habrían sobrevivido sanos y salvos. Y eso por no hablar de que la estricta política prohibicionista llevada a cabo en esos países ha sido el factor decisivo para el enriquecimiento exponencial de los narcos que se han pasado por el arco a la DEA americana cuando no han logrado implicar a sus agentes con provechosos acuerdos. La coca dicen los autores que es el pan de aquellos pobres y el ánimo de sus pueblos. Lo otro, el alcaloide maldito, es cosa de ricos y la prohibición ha tardado más de medio siglo en caer en esa cuenta.

El pulgar humano

Hablando precisamente sobre “El pulgar del panda”, Stephen J. Gould sostuvo que la teoría del “diseño ideal”, tan postulada por los creacionistas, era un camino que “un dios sensato jamás hubiera adoptado”. Son los hallazgos extravagantes de la Naturaleza junto con sus “soluciones” singulares, los auténticos factores de una evolución que ha ido perfeccionando las especies sin perjuicio de haber logrado también, en ocasiones, resultados aterradores. Me lo ha recordado la conclusión de unos sabios profesores de Utah de que los cambios ocurridos en la mano humana –como ya intuyera Farrington hace muchos años—han resultado cruciales para el desarrollo de la especie pero no siempre (que es un poco lo que pretendían Theilhard y sus seguidores) por aportar habilidades benéficas sino, a veces, también posibilidades indeseables. Esta última teoría proclama que en la transformación de la mano primate hacia la humana resulta determinante el acortamiento de la palma y sus dedos frente al alargamiento del pulgar, que en nada hubiera beneficiado a los braquiadores, pero que hizo posible al bípedo, una vez convertido en peatón, la rotunda imagen del puño cerrado: la evolución trajo con esas modificaciones la posibilidad de golpear con más eficacia, es decir, una ventaja adaptativa que no deja de ser potencialmente lesiva para una especie que, en otras circunstancias, podría haber sido pacífica. Es inútil adentrarse en esta cuestión desde el fundamentalismo, porque uno tras otro los nuevos descubrimientos van haciendo posible comprender que ese largo recorrido filogenético incluye mutaciones que suponen tanto ventajas como inconvenientes, un dilema que, a su vez, conduce a la hipótesis de que acaso ese carácter eventual del cambio garantiza el papel de la libertad entre los seres inteligentes. Lo sugiero por si acaso esta hipótesis neutral pudiera contribuir a acercar los dos bandos hoy enfrentados.

En su comentario, el Journal of Experimental Biology relaciona esa capacidad de golpear duro adquirida por el hombre, con el éxito reproductivo de los machos (ignoro por qué no incluye a las hembras) ya que la eficacia agresiva habría de proporcionarles ventaja sobre los golpeados, que hay que suponer todavía no modificados por esa evolución, discurso que no deja de ser alambicado. ¿Está escrita la santa evolución con renglones torcidos? Hoy por hoy parece que ésa es la última palabra de la ciencia en esta enciclopedia a la que le faltan, sin duda, muchos capítulos.