“Plumas negras”

El día de mi cumpleaños me despertó en mi habitación del Colegio Mayor San Juan Evangelista –todavía en la calle Écija, cerca del pisito de Tierno en Ferraz—Juan Collantes de Terán, que preparaba su tesis sobre Ciro Alegría, para darme la noticia de la muerte de Juan Ramón. Iba en tromba con su primo Fernando, que estudiaba Farmacia, Luis Balaguer, ayudante de Tamayo, y el cura Salazar, luego catedrático de Canónico creo que en Zaragoza. Una semana después los mismos y algún adjunto fuimos endomingados a la glorieta de Neptuno en la que hizo un alto la comitiva que había recibido en Barajas los restos del egregio poeta y Zenobia, para confundirnos, a los acordes de la marcha fúnebre de Chopin, con la tumultuosa representación oficial que, súbitamente entusiasta, no parecía recordar que, años atrás, una obra tan límpida había sido quemada en público en una plaza onubense.

Unos cuantos renunciamos al bus fletado por el Gobierno y –bien provistos de caldos y vituallas– seguimos a distancia el largo cortejo bajo la batuta de Fernando Quiñones, quien en una parada nocturna, aporreó la ventana de cierto entrañable poeta, mariposón él, quien tras ser requerido cerró el postigo sin contemplaciones y le oímos gritar: “Mamá, ¡plumas negras!”. No paramos en Sevilla, donde el rector Hernández Díaz aprovechó para sumarse a la kermesse oficial, sino que seguimos para Moguer donde se apiñaban a porfía no menos de cinco presidencias. Dos poetas onubenses, mis amigos Manolo Sánchez Tello y el sarcástico Diego Figueroa –quien alguna vez calificó a JRJ, el sabría por qué, de “poeta menor”–, habían velado en la capilla ardiente y aún los recuerdos ojerosos trasportando el féretro. Nunca había visto yo un pueblo en luto ni un luto tan solemnemente festivo como aquel.

Ministros, subsecretarios, directores generales,  alcaldes y presidentes de Diputación trajinaron aquel día por Moguer entre la Casa-Museo y el cementerio, conversos de repente al culto de aquella poesía pura hasta no hacía tanto perseguida por las inquisiciones de la Dictadura. Recuerdo a su sobrino –¿y albacea?—, el entonces comandante Hernández Pinzón,  afanándose en engrasar los flamantes engranajes reconciliadores entre la muchedumbre de moguereños y el concierto permanente de marchas fúnebres. El Régimen había hecho las paces póstumas con el mejor poeta del siglo. Años después habríamos de ver lo mismo en el entierro de Azorín.

Erre que erre

No debe de ser fácil superar a la baja a los responsables de la educación que llevamos conocidos, pero doña Adelaida de la Calle parece haberse propuesto conseguirlo. No tienen más que contemplar su reacción al palo tremendo que acaba de repetirle  la OCDE al mostrar que nuestros estudiantes no sólo están por debajo de la totalidad de los españoles, sino que la distancia que los separa crece año tras año. Doña Adelaida se ha revuelto señalando como culpables a la LONCE del PP, a la propia OCDE y ¡hasta a la herencia franquista! Una pésima señal, porque lo que indica es que la Junta no está dispuesta a reaccionar ante esa miseria sino que se conforma con ella. De hecho, los currículos de sus máximos dirigentes demuestran por sí solos que hincar los codos apenas tiene que ver con el éxito.

No estamos tan mal

Quien no se consuela es porque no quiere. Vean a la consejera de Educación de la Junta diciendo, a la vista del grave fracaso de nuestros estudiantes revelado una vez más por el Informe PISA, que, bien miradas las cosas, “no estamos tan mal…”. Podíamos estar peor, eso es obvio, pero aparecer de nuevo a la cola de España y de Europa, se ponga como se ponga la consejera, no es más que un rotundo fracaso, y explicar ese fracaso como consecuencia de una LONCE apenas aplicada todavía, una simple bobada. A la “brecha económica” se aferra intratable la “brecha educativa” que retrasa a nuestra comunidad autónoma respecto a las demás españolas. La triste realidad es que, casi cuatro decenios después, estamos donde estábamos en el punto de partida: en la cola.

Guerra si que sabe

¡Menudo tantarantán le ha dado el Constitucional al Parlamento de Andalucía! Ni más ni menos que descalifica al PSOE por arrebatar tramposamente al PP una secretaría que le correspondía en derecho. Todos contra el PP –incluido el socio Ciudadanos, Podemos e IU–, cada cual conforme con su plato de lentejas y consciente del atropello. En fin, bien está lo que bien acaba (como dijo Shakespeare) pero, aunque ahora le devuelvan lo que es suyo al despojado, ya me dirán cómo recobrar el tiempo perdido. ¿Tendrá que devolver el que cese lo cobrado como secretario en favor de quien legítimamente ocupe el sillón desde ahora? Guerra, que sabe más por diablo que por viejo, ha puesto el dedo en la llaga diciendo que “el odio al PP no puede ser el programa del PSOE”. ¡Si lo dice él…!

El tiro de culata

Desde la más inmediata postguerra, la Dictadura se propuso crear un centro universitario que funcionara como semillero de “cuadros” para un Régimen que reconocía sus debilidades tras el conflicto y la diáspora que éste provocó. La idea, de embrión republicano, fue apadrinada, al parecer, por Fernando María Castiella –ya de vuelta de la División Azul— junto a personajes como los economistas Manuel de Torres o Valentín de Andrés, y cuajó, finalmente, en un Instituto de Estudios Políticos en el que se muñó el proyecto más ambicioso de una Facultad de Ciencias Políticas y Económicas. La Facultad se creó, en efecto, en 1943 dirigida por Fernando Castiella y en ella recaló un profesorado en buena medida adicto al franquismo –encabezado por Jesús Fueyo, Juan Beneyto o Fraga— pero con el que un sector notorio había roto ya amarras. En este último figuraron personajes de la talla de José Antonio Maravall, Díez del Corral, el protosociólogo Gómez Arboleya, Carlos Ollero, Sampedro, Manuel de Terán, Valdeavellano o Antonio Truyol, aparte de juristas como Garrido Falla, Pérez Botija y economistas como Fuentes Quintana o Luis Ángel Rojo. Todo un elenco (en el que faltan no pocas menciones) que muy pronto hubo de lidiar con un alumnado de lo más inquieto por no decir rebelde.

Pocos ejemplos tan patentes como éste de ensayos clientelares que acabarían saliéndole al tirador por la culata. En efecto, sobre todo la sección de Ciencias Políticas, se convirtió, desde los primeros años 60, en un polvorín en permanente estado de alarma, casi siempre en cabeza de la protesta universitaria y del que, finalmente, ha surgido íntegro el núcleo duro de Podemos. De un proyecto de “integración” indisimulada, la Facultad de CC.PP. ha pasado a ser el crisol de la más rotunda respuesta antisistema, hoy en día, todo hay que decirlo, muy devaluada desde la perspectiva intelectual pero de imprevisibles consecuencias en nuestra vida pública.

Los grandes maestros jugaron limpiamente esa difícil partida, aunque yo diría que sin mayores esperanzas. Recuerdo una soleada mañana de primavera en la que, charlando con Maravall y Valdeavellano, presenciamos en el “campus” una sugerente exhibición de “streaking”, algo que indignó a mi maestro tanto que Valdeavellano, ya en la edad provecta, se creyó forzado a desdramatizar con su fina retranca arnichiana: “Pero, hombre, José Antonio. ¡Ya era hora de que en esta Facultad se enseñara algo que mereciera la pena…!”.

“Ciudadanos” ambidextros

Ha causado gran estupor la toma de posición del portavoz de Ciudadanos en Andalucía al sumarse a la “marea blanca” y exigir a la Junta –es un decir—que “dé marcha atrás” en su política sanitaria porque “ése no es el camino”. En cambio, desde el PP denuncian su reticencia a intentar siquiera un acuerdo en torno a las enmiendas al Presupuesto de doña Susana que, no hay que olvidarlo, aquel partido ambidextro apoya ¡desde antes de conocerlo! Se ignora, de momento, si lo de C’s es ductilidad u oportunismo, criterio abierto o ventajismo calculado. Lo que sí se sabe ya es que la baraja con la que juega en Madrid no es la misma que la que gasta en Andalucía y que ésta de nuestro casino habría que mandarla cambiar por otra como hacen los buenos jugadores. Distinta sería la crónica de nuestra autonomía si el PSOE no hubiera contado cada vez que lo necesitó con una entusiasta bisagra.