La lista secreta

Desde julio a diciembre ha estado en la cárcel de Valdemoro un ingeniero italo-francés (goza de las dos nacionalidades), Hervé Falciani, reclamado por Suiza por haber denunciado una relación de 18.000 evasores que ocultarían sus fortunas en las cajas fuertes de ese país, entre ellos tres mil españoles. La novelesca aventura de Falciani ha consistido en entregar su famosa lista a varios Gobiernos europeos, entre ellos al francés, que la comunicó al español sin que hasta la fecha éste haya procedido contra ellos ni publicado sus nombres como parece lógico. Lo curioso del trato dispensado a Falciani es que el delito de revelación de secreto bancario por el que Suiza lo reclama no existe en España sino que, por el contrario, nuestra normativa establece la obligación de denunciar cualquier indicio de blanqueo de dinero, y lo indignante es ese silencio más que rechazable de nuestros responsables que, al mantener en secreto quiénes son los evasores se convierte en cómplice de todos ellos. ¡Ah, las buenas formas burguesas, el culto de la confidencialidad y demás trucos éticos y legales! De hecho la Agencia Tributaria parece que identificó a 659 entre los denunciados pero guardó como oro en paño el secreto de sus nombres, salvo un par de ellos que ya habían sido exhumados por mano judicial. Grandes empresas, hacendados de mayor cuantía, algún artista avezado aguardan confiados a que el Gobierno de España los llame para pedirle cuentas, pero el Gobierno español no lo hace, él sabrá por qué. ¿Van se seguir proclamando que “Hacienda somos todos” o, finalmente, tirarán de esa vieja manta? El problema es que si tiran hacia el cuello quedarán los pies a la intemperie y si lo hacen hacia los pies será la cabeza la que quede expuesta. Falciani es un ingenuo si creía que los Gobiernos defraudados le iban a agradecer su colaboración.

Vean que gran guión está desperdiciando el cine, que moralizante película nos estamos perdiendo ante la evidencia de que con el “gran dinero” no hay bromas que valgan. Nuestra Hacienda le tiene miedo a los grandes evasores (lo explicó la anterior vicepresidenta económica) y la política se mueve por patrones que resultan incomprensibles para el contribuyente medio que entrevé en sus manejos una innegable complicidad con la evasión. El héroe Falciani puede ser también un malevo. Las razones de los ricos pueden muy bien alterar el propio sentido común.

Jueza incómoda

El fiscal-consejero de Justicia, Emilio de Llera, parece obsesionado con apartar del caso de los ERE y las prejubilaciones falsas a la juez instructora Mercedes Alaya, de baja por padecer neuralgia del trigémino. “La pobre está enferma y lo que hay que hacer es dejarla que se cure tranquilamente”, ha dicho ese buen hombre, pero lo que está claro es que él se limita a cumplir su papel en esta farsa, que no es otro que el de minimizar sus efectos y eximir, en lo posible, a Griñán. ¿Recuerdan ustedes al “pobre” juez Barbero al que contribuyeron a matar a disgustos los guardianes del “caso Filesa”? Pues ésta es una nueva versión de aquel lamentable suceso, por más que, con seguridad, no le saldrá la jugada a los medrosos. Parece mentira ver a un fiscal distinguido metido en estas bregas.

Memoria bromista

Siempre he creído que la memoria es elástica pero sólo hasta un cierto punto. El saber, quiero decir la toma de noticia del mundo circundante más los conceptos procedentes de la propia reflexión, van acumulándose en ella y, dígase lo que se diga, ocupando lugar. De la memoria humana, no podemos, en todo caso, “borrar” su contenido para ganar espacio como se hace con las artificiales, lo que explica que con la edad el individuo vaya desarrollando cierta sensación de pérdida hoy, por desgracia, agravada por el miedo generalizado al mal de Alzheimer. ¿Quién no experimenta, pasado “el mezzo del camin” de su vida, el temor de andar perdiendo facultades con el vago presentimiento de esa catástrofe de la conciencia? Me dice mi amigo neurólogo que a la consulta acuden cada día más ciudadanos aquejados de su propio miedo al olvido pero que, en realidad, no padecen sino síntomas de aprensión más o menos vecinos de la hipocondría, y ya de paso me explica que una cosa es la anosognosia, o incapacidad para identificar el propio mal, y otra muy diferente la pérdida natural y frecuentemente progresiva de nuestras facultades mentales. Mi amigo razona que quien es consciente de padecer estos olvidos –¿con quién hablaba yo ayer, cómo se llama de apellido mi cuñado, quién escribió “Las alegras comadres de Windsor” tal vez—es precisamente quien está –de momento- a salvo de problemas serios de memoria. Lo expresa con mayor rigor si cabe el doctor Dubois, neurólogo del CHU Pitié-Salpetrière en un confortable apotegma que dice así: “Cuanto más se quejan los sujetos de su memoria declinante, menos posibilidades tienen de sufrir una enfermedad de la memoria”. Usted o yo no padecemos ese escalofriante mal que nos abisma en el olvido. Se trata, simplemente, de que vamos cumpliendo más años de los que querríamos.

Es posible que esta plaga de medrosidades no se deba más que a la proliferación de materiales psíquicos que una sociedad medial proporciona, velis nolis, al individuo aprensivo. Nunca la Humanidad ha debido retener tanto nombre, tanto topónimo, tanta inútil guarnición de noticias y sucedidos y tanto escándalo abarrotando el caudal de su conocimiento. Y por eso, no me cabe duda, el miedo a olvidar nos hace temer tanto unas pérdidas de contenido que son interiorizadas como una disolución de la personalidad. Yo mismo, cada día más flaco de memoria, me agarro a la experiencia de ese sabio francés como quien se aferra a un salvavidas.

Tragacuras

Ninguna lacra del radicalismo izquierdista ha sido tan miserable como el tragacurismo, una variante bruta del sentimiento anticlerical sobre el que tanto se ha hablado. El odio al cura supuso en España una grave tragedia en épocas pasadas y parece que ahora trata de ser rehabilitado por un radicalismo que tiene la mollera vacía de mejores motivos. Así, al portavoz de la Junta que pidió un bozal para el obispo de Córdoba –ciertamente inoportuno en esta ocasión—se le junta ahora el delegado de Valderas en Córdoba , un tal Pedro García, preguntándose en público si las críticas del obispo pudieran deberse a que monseñor “está agobiado en el armario”, comentario deplorable, en todo caso, también desde la perspectiva “de género” y que igualmente podría aplicársele a él. La modernidad de esta pseudoizquierda traga con los “recortes” pero se aferra al modelo de “El tragacuras” de Nakens.

Otra guerra

Dicen que la intervención militar francesa en Malí no responde más que a los intereses neocoloniales de la metrópoli y, muy en especial, al objetivo de garantizarse las reservas de uranio que tiene ese país sahaliano. La opinión francesa acoge con desigual humor la decisión bélica, en especial tras la ocurrencia argelina de bombardear la empresa gasística en la que los terroristas encerraban a los rehenes. Las guerras en África –¿y dónde no?—tienen indefectiblemente su motivación económica y es de sobra conocido el tema del uranio malí, pero me parece impropio enfocar esta guerra como una simple invasión colonial sin tener en cuenta el peligro real que para Europa entera representa el avance de Al Qaeda en el Sahel. La UE ha dado a Hollande una respuesta ambigua, le ha pasado la mano por el hombro y se ha comprometido a participar simbólicamente en esa operación ante un peligro gravísimo que no cabe duda de que a todos concierne, quizá porque no parecía presentable una nueva edición de las invasiones de Irak o de la más reciente de Libia, a mi juicio menos justificadas que esta reacción frente a una estrategia perfectamente definida de acercar el terrorismo yihadista a los países europeos. Echen una ojeada al mapa y verán, seguramente con inquietud, que de ganar esa baza los bárbaros la amenaza que suponen para nuestro continente es rotunda. En el caso de Malí me parece que los europeos no son conscientes de lo que en aquel país se juega, que a mi juicio no es otra cosa que abrir un nuevo Afganistán a un tiro de piedra de nuestra propia costa. Esa guerra, tan fácil de comenzar, va a resultar, además, complicada cuando alcance las montañas cercanas a Argelia. Será entonces cuando se caiga en la cuenta de que dejar solo a un país frente a la gran amenaza puede ser un error fatal.

A la vista del rumbo que toman los países revolucionados en la “primavera árabe”, lo lógico sería buscar una estrategia común que disuadiera a los fanáticos antes de que se convierta en una rotunda necesidad adoptar medidas de fuerza en las que, inevitablemente, pagarían infinidad de justos por pecadores. El fundamentalismo es incompatible con la libertad y todo proyecto de esta índole debe ser afrontado como una necesidad común, sin excesos ni complejos. Puede que no esté lejano el día en que nos lamentemos, por ejemplo, de haber dejado sola a Francia en su intervención de Malí.

Contar con la base

Desde los años 80 venimos oyendo en Andalucía vacuas proclamas a favor de profundizar el municipalismo: los Ayuntamientos están solos y la mayoría en la ruina, sin embargo, y sus alcaldes son menospreciados hasta el punto de no conseguir siquiera una audiencia de quien encabeza la Junta. Mañana los recibirá el ministro de Hacienda en una demostración de lo relativo que resulta el argumento de que la autonomía se justifica por su proximidad a la base ciudadana y sus instituciones. Todo un gesto del Gobienro de la nación que en absoluto suple la displicencia de Griñán sino que deja al descubierto el partidismo de un cogobiernillo regional decidido a negarle al adversario –hoy el PP tiene más del 65 por ciento de los concejos—el pan y la sal.