Contra el Gobierno

El gobierno bipartidista, el PSOE, el PP y los sindicatos de clase,  se confundirán hoy con los “indignados” con o sin causa y con los populistas a lo Beppe Grillo para acorralar al Gobierno en la calle achacándole todos los males de la patria. Las leyendas crecen solas, y la del 28-F no iba a ser una excepción, hoy potenciada desde el Poder para usar la efemérides como un ariete contra el Gobierno rival. Cada día se parece esto más a Argentina en la tendencia populista, pero ese frente contra el Gobierno legítimo no logrará más que perjudicar a los andaluces, aparte de engañarlos. Lo lógico sería que la calle clamara hoy contra la Junta que tras tres decenios largos nos mantiene a la cola de España. Se limitará, en cambio, a gritar consignas y exhibir pancartas contra el PP como un burdo homenaje a Lauren Postigo.

Romper la baraja

Entre todos los comentarios sobre el resultado electoral italiano, me quedo con el que dice que si los italianos han votado a Berlusconi y a Beppe Grillo, lo que se merecen es que ahora los gobiernen esos elegidos. Mi impresión es que el éxito de los antisistema no se debe sólo a la empatía que arrima a ese cómico el voto de los desencantados, sino que, en buena medida, es consecuencia del largo fracaso de una democracia cuya crónica de postguerra justifica sobradamente el despego de la ciudadanía. Un fenómeno como el de Berlusconi se explica sólo en un electorado primero perplejo y luego indignado con el juego político en general, por la desmesurada corrupción en la que han participado casi todas las formaciones, grandes y pequeñas, por la quiebra de la izquierdas tradicionales y, en fin, por el impacto de una crisis económica de origen incierto pero que ha caído a plomo sobre los desprevenidos ciudadanos. Claro que nada de eso justifica del todo la negación del sistema de libertades que llamamos democracia ni la brusca rebelión contra un Sistema para el que, aunque haya quebrado también de modo estrepitoso, no se ofrece, que se sepa, alternativa alguna para ordenar la vida pública. Por eso cobra sentido esa suerte de maldición citada, la que propugna el escarmiento que, sin duda posible, sería depositar la decisión política en manos de ese par de payasos. El voto italiano refleja nítidamente un rechazo pleno de la política convencional y el triunfo de gente como la mencionada pone de relieve la indiferencia con que ha llegado a contemplarse una política que a todos disgusta.

 

La cuestión que ahora debe preocuparnos es si ese logro antisistema tendrá eco en otros países mediterráneos, y en especial en España, donde la corriente “indignada” viene siendo alentada desde el primer momento por algunos de los partidos de la izquierda que aspiran a pescar en río revuelto sin advertir que la trivialización de la política y su crítica destructiva acabaría también con ellos llegado el momento. Se comprende hasta cierto punto esa indignación –la situación invita, desde luego, a plantarse frontalmente frente a la política tradicional– pero no es posible ignorar que la democracia no tiene alternativa alguna conocida. Los italianos, en efecto, merecerían ser gobernados por esos iconoclastas partidarios de echar el templo abajo. El mito de Sansón y los filisteos es hoy más actual que nunca.

Piñón fijo

El inventor de esa estrategia que convierte la autonomía en un ariete contra el Gobierno de la nación cuando éste no es un “gobierno amigo”, es decir, Manuel Chaves, insiste en la idea de convertir este 28-F en una jornada de “lucha reivindicativa”, ni que decir tiene que contra Madrid en exclusiva. Lo mismo hace la Junta con sus dos cabezas, acordes por una vez en el fondo PSOE e IU, como si de la situación actual no fuera responsable la estructura autonómica y nada tuviera que ver con la ruina andaluza un desgobierno rutinario que dura ya más de treinta años. Mañana quieren buscar en la calle lo que se les negó en las urnas. Los malos tiempos son siempre propicios a la demagogia.

El sexto y el séptimo

A pocas horas de finalizar el papado de Joseph Ratzinger, los medios europeos no cejan en su pugna sobre la tremenda información facilitada por La Repubblica sobre la presunta existencia de un lobby gay en el Vaticano –comprometedor de no pocos prelados de primer nivel—que podría haber sido el detonante de la renuncia papal. No se trata de una habladuría, en este caso, sino de un informe escrito en latín por tres cardenales –Julián Herranz, Josef Tomko y Salvatore De Giorgi—encargados por el propio papa de investigar el “caso Vatileaks”, es decir, el extraño incidente de los papeles robados al pontífice en su propia cámara. No sé qué quedará, al final, de este repugnante asunto que incluye la acusación de las más bajas pasiones al más alto nivel y acusa a varios purpurados de ser rehenes de sus presuntos protegidos, pero lo evidente es que durante el papado de Ratzinger ha sido ese tema de la homosexualidad y, en especial, de la pedofilia, la piedra de escándalo que, de manera permanente, ha gravitado sobre este teólogo perdido en la jungla de la burocracia eclesial y sus proverbiales influencias, que tal vez no era el personaje idóneo para bregar con miserias semejantes. Cardenales con amantes, jóvenes clérigos de fulminante carrera, chantajes y tercerías habrían desbordado a un octogenario más hecho al cultivo del saber que a la administración de las ruinas humanas. ¡El sexto y el séptimo mandamientos, como siempre! De confirmarse esta situación, no es dudoso que el papa entrante haya de enfrascarse en la tarea, presumiblemente titánica, de echar abajo el edificio podrido y levantar sobre sus cimientos una nueva Iglesia.

 

Era obvio, por otra parte, que el Vatileaks no estribaba en un simple robo de papeles burocráticos, sino de una acción concertada de altos poderes en busca de material sensible para utilizar en sus pugnas intestinas. Como lo era que tal vez con Juan Pablo II no se atrevió nadie en el entorno papal a levantar esa liebre que, probablemente, aquel papa hubiera abatido pero con la que no ha podido su sucesor. En cualquier caso, al futuro pontífice le aguarda un soberano desafío si no quiere convertir en verosímiles los augurios de Malaquías. Y en cuanto a los cristianos de a pie, no es dudoso, naturalmente, que hayan de sufrir un inaudito tantarantán viendo convertidas en evidencias las más abominables habladurías de toda la vida. La sombra de los Borgia nunca llegó a desaparecer del todo.

Andalucía ridícula

Parece ser que el Ayuntamiento de Bélmez ha destinado un dineral a la instalación de un “museo” de las “caras” famosas, una superchería más para adornar el perfil de la Andalucía ridícula. ¿Se puede consentir que se gasten, en plena crisis, 850.000 euros en semejante aldeanada, de los cuales, para más inri, el 75 por ciento procede de los fondos que nos envía Europa? Pues se puede, por supuesto, aunque sea para agrandar nuestra leyenda paleta y reafirmar, en pleno siglo XXI, las supercherías más absurdas. Confiemos en que en Europa no se enteren del destino que aquí damos a esos fondos solidarios sin los que sabe Dios qué hubiera sido de nosotros.

El Congreso se divierte

La sorpresa, por lo general favorable, de muchos comentaristas políticos ante la intervención  del presidente del Congreso, Jesús Posada, en el reciente Debate de la Nación, nos da una idea de en qué medida hemos perdido entre todos el sentido del humor que en nuestra política no es ninguna novedad. Posada es perro viejo, que a mí me recuerda la ironía cazurra de su padre, a quien conocí al final de su amplia carrera política, esa retranca bonachona que tan útil resulta en muchas ocasiones, como el otro día, para propósitos tan incómodos como hacer callar a un diputado tan locuaz y reiterativo como Joan Coscubiela. Siempre hubo humor en nuestro parlamentarismo, del que Víctor Márquez conoce innumerables anécdotas, aunque para mí ninguna como la, no sé si apócrifa o auténtica, que suele atribuirse a Gil Robles cuando un diputado de la izquierda dejó caer maliciosamente aquel “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”, a lo que el líder conservador replicó sin inmutarse: “¡Qué indiscreta es la esposa de su Señoría…!”. Nuestros cronistas parlamentarios –Azorín, Fernández Flores, el propio Víctor—saben bien que nuestro diálogo político guarda en su ganga dramatizante una ingeniosa mena de humor que, hoy, con la crecida híspida de nuestra convivencia política, resulta ya casi inconcebible, pero que, como prueba la cachaza de Posada, sigue siendo posible y, con toda seguridad, benéfica. Es probable que la pelea política ganara mucho si prosperara en ella el uso del humor que no tiene por qué comprometer la seriedad de esos padres de la patria. Me refiero, claro está, a un humor discreto y fino. Llamar “mariposón” a un jefe de la Oposición, como hizo Guerra alguna vez, es ya harina de otro costal.

 

¿Se imaginan un debate severo pero trufado, al mismo tiempo, con una simpática veta de humor, alcanzan a imaginar a sus malhumoradas Señorías, mortificándose mutua y siempre bonachonamente, con pullas graciosas en lugar de con pedradas léxicas e ingratos exabruptos? Escuchando a Posada he llegado a pensar que sí, que no todo está perdido en nuestra dialéctica pública y que incluso es probable que cunda el ejemplo hasta reconvertir estas peleas de vacas en una más apacible conversa entre gente civilizada. Posada es generoso con el reloj y bonachón en esa guasa que administra sin perjuicio de la imprescindible severidad disciplinaria. El otro día lo demostró hasta sorprender al personal que acaso es ya incapaz de valorar la ironía en medio de nuestra malhumorada convivencia.