Suspensión de pagos

Contra la inveterada costumbre de cerrar el plazo para fiscalizar facturas el 30 de diciembre, la consejera Aguayo se ha sacado de la manga el 28 de noviembre una orden que adelanta el tope justo un mes. ¡Tiesa total, la Junta, tan tiesa la autonomía que no puede ya pagar  a sus proveedores ni un euro más! Y encima les falla la almoneda de las joyas de la abuela y se encuentran con un agujero suplementario de 400 millones que, simplemente, no tienen ni idea de donde “recortarán” para rellenarlo. ¡Aviados van los herederos de Griñán con la herencia    que van a recibir! Los tiempos son malos, eso es innegable, pero tanta torpeza gestora resulta difícil de imaginar siquiera.

Veinte años

En el parisino Hôtel National des Invalides acaba de inaugurarse una interesante exposición sobre lo que ocurrió en la URSS hace 20 años, aquel terremoto de la “glasnost” y la “perestroika” que, visto y no visto, echó abajo un régimen que se creía berroqueño y no era, como pudo verse, más que una de tantas fantasmagorías del Poder como en el mundo han sido. Al principio del principio, esto es, cuando todavía Gorbachov apuntaba sin decidirse a disparar –era el secretario general del PCUS, no se olvide–, quienes íbamos por San Petersburgo, entonces Leningrado, y veíamos allá al fondo de la inmensa plaza, junto al Palacio de Invierno, el famoso anuncio de Coca-Cola, comprendíamos, cada cual con su humor particular, que aquel símbolo universal, en medio de la galaxia comunista, anunciaba algo más que un refresco. Pero cuando el encopetado maître del Hotel Rossia pasaba por las mesas, entre una muchedumbre de militantes cargados de medallas, revendiendo latas de caviar, hasta los más recalcitrantes tenían que reconocer que el inmenso edificio soviético era ya un bululú que podía echar abajo cualquier empellón. Y así fue, sobre todo desde aquel agosto del 91 en que Yeltsin se subió medio briago a un tanque para guardar las formas  y reconvertir aquel descarado  putsch en un movimiento supuestamente popular que no dudó en cañonear la Duma, hasta llegar a este presente tenso en el que la astucia de Putin ha reinventado una suerte de turno canovista con su socio Medvédev. Ni que decir tiene que cuando hemos vuelto por aquellos lares apenas queda en pie del viejo entramado una sombra furtiva. El KGB ha sido la escuela de los nuevos traficantes y el pueblo sigue sacudiéndose el hambre a golpes de vodka. Lo que era una ruina de desalmados es hoy una timba de mafiosos.

Lo que hizo “Gorbi”  mientras fue popular fue abrir el espacio público, quitarle el tapabocas a la gente y permitir que el pueblo soberano se asomara a la sentina de una corrupción terminal que todo lo invadía. Y claro, el sistema no resistió y se vino abajo en un santiamén entre simulacros democráticos y reciclajes de la nomenclatura más avisada. Lo que se expone en París esta temporada permite comprender muchas cosas pero es evidente que si una imagen vale más que mil palabras, aquellas experiencias nuestras valen por cien mil imágenes. Recuerdo una mendiga en la puerta de la catedral de Novgorod, santiguándose con la limosna. Aquella imagen me echó por tierra todo el arsenal iconográfico que llevaba acumulado, al cabo de tantos años de crédula esperanza, en mi ingenua sentimentalidad.

Bombillas y enchufes

A la consejera de Hacienda y Administración Pública, Carmen Aguayo, se le ha ocurrido apagar la luz por las tardes en las oficinas de la Junta para ahorrar. ¡Luminosa idea, auténtica de las del TBO! Mientras en otras autonomías cierran a porrillo las famosas empresas públicas que constituyen la “Administración paralela”, aquí nos conformamos con quitar los plomillos para ahorrar unas perras, pero ni pensar siquiera en reformar de verdad la mastodóntica nómina de “enchufados” a pesar de que los tribunales vienen denunciando una y otra vez el atropello que su enchufe supone. Hay que comprender que es el clavo ardiendo que le queda a Griñán pero también que en él puede acabar abrasándose.

Agua y aceite

Hemos pasado de la primavera al invierno y lo que fuera un ambiguo movimiento social en los países árabes se ha convertido en una situación política real, claramente perfilada a favor de los partidos islámicos. Vuelve la teocracia, ya ven lo que son las cosas, y no sólo la traen desde dentro los que tal vez sueñan aún con su utopía sobrehumana, sino que incluso los emigrantes que disfrutan de plena libertad en los países desarrollados parecen apoyar con fuerza el proyecto, como acaban de demostrar los tunecinos enviando por correo su voto a favor del partido Ennahda o los marroquíes votando desde aquí al PJD. De momento la tesis es que se trata de un islamismo “moderado”, es decir, compatible en principio con las exigencias democráticas que se plantean desde Occidente, pero ya hemos podido escuchar en Marruecos, en Libia o en Egipto –como en su día en Argelia—que será necesario supeditar la ley a la “charia”, es decir, ni más ni menos que supeditar el ordenamiento jurídico al mandato religioso. Una ministra francesa, la encargada de Juventud, Jeanette Bougrab, que es de origen árabe, ha salido a la palestra para mostrar su inquietud ante esta ola que, al menos de momento, parece imparable, diciendo sin titubear que eso del islamismo “moderado” es un oxímoron dado que “no existe para nada una charia light” sino ésa que, al constituirse en fundamento del derecho, supone necesariamente “una restricción de las libertades y, en especial, de la libertad de conciencia”.  ¿Cómo convivir en un mismo mundo culturas que mantienen una visión medieval del Poder, de la convivencia o de las relaciones entre los sexos, al tiempo que perpetúan un derecho bárbaro que no depende de la razón sino de la fe? ¿Y sobre todo, cómo conseguir esa paz multicultural dentro del ámbito civilizado de los países que hace ya siglos que tuvieron su Ilustración? El invierno árabe está resultando más inclemente de lo que los ingenuos creyeron ver en primavera.

Lleva razón la ministra, no hay medias tintas en este juego del todo o nada que implica siempre la teocracia. Cuando fragüe esta gigantesca operación y se unan al baile Irán, Afganistán y tal vez Irak o Jordania, comprobaremos que la estrategia europea de convivir con el integrismo radical con la condición imaginaria de que no traspase las líneas rojas del imaginario democrático no es más que una cataplasma inútil, como resulta serlo siempre el intento de mezclar al agua y el aceite. Sabía lo que hacía aquel pontífice que prohibió en una encíclica adjetivar como cristiana a la democracia, aparte de que no hay Inquisición buena. Ellos y nosotros quizá lo comprendamos cuando sea demasiado tarde.

Ojo de águila

Ya pueden medir a ojímetro o captar con ojo de águila los resultados de la Copa Davis los edecanes de Griñán. El resultado es siempre el mismo: que han hecho un ridículo espantoso, que se han exhibido como insensatos partidistas capaces de despreciar al Jefe del Estado con tal de jeringar al alcalde de Sevilla. En esta ciudad como en Córdoba, Griñán se ha estrellado sin remedio y no habrá que esperar más que tres meses escasos para comprobarlo, porque esos “feos” no se olvidan fácilmente ni se perdonan así como así. Hay que ser torpes para boicotear tan singular efemérides, ésa es la palabra. Y lo han sido hasta dejarlo de sobra. Se lo comerán con su pan, ya lo verán.

Lección del pasado

Sir John Elliott, acaso el hispanista de más subidos quilates de nuestro tiempo, estuvo el otro día en la Real Academia de Buenas Letras sevillana recibiendo su medalla de Académico de Honor. Cincuenta años de profesión lo acreditan como un historiador clave en la moderna historiografía española que incluye, entre otras muchas aportaciones y aparte del soberbio ensayo sobre el Conde-Duque, su contribución colectiva al conocimiento del mundo de los validos , el, a mi juicio, actualísimo estudio de la crisis atroz sufrida por la España de Felipe IV entre cuyas ruinas se edificó, contra viento y marea, el famoso “Palacio para el Rey” –el madrileño del Buen Retiro– y, por supuesto, aquella definitiva desmitificación de la revolución catalana de 1640 a la que Elliott rescató del limbo mítico para situarla adecuadamente en la compleja circunstancia internacional y española. Pronto tendremos disponible un nuevo libro –“History in the Making” que, en español, se titulará “Los mimbres de la Historia”–  en el que Elliott recoge su trayectoria completa, el origen de su interés por lo hispánico, su temprano hallazgo del mitologema nacional y del nacionalista que han sido y siguen siendo un pesadísimo fardo para el entendimiento de nuestro pasado, todo ello desde su renuncia a ciertas orientaciones hodiernas y atento siempre a la historia comparada. El viejo investigador hace balance y quiere aclarar ahora, sobreponiéndolas, las imágenes, tan distintas, de los imperios español y británico, encajándolas en el mosaico de la historia atlántica con todas sus complicaciones pero también con sus claras perspectivas, y por descontado, negándose en todo momento a esa simplificación pseudohermenéutica que implica la teoría del excepcionalismo y de demás trucos ontologistas. Elliott ha escuchado con atención el discurso del ponente de turno, Antonio Collantes de Terán, y nos ha dado luego una deslumbrante visión de su trabajo. Sin darle la menor importancia, con esa elegancia británica un punto fría pero que aún hace más venerable su íntegra figura.


¿Por qué tendrán que hacernos buena parte de nuestra Historia los investigadores extranjeros, qué embrujo ha sido capaz de reunir a personajes tan diversos como el propio Elliott, con los Braudel, los Sarrailh, los Pierre Vilar, los Lynch, los Parker, los Brandi, los Bataillon,  los Kamen o los Joseph Pérez, en cuyo juego de espejos hemos ido descifrando nuestra difuminada sombra los españoles de mi generación? España no es diferente pero sí atractiva, incluso fascinadora. Oigo hablar a Elliott con su español sabio y sobrio, y me convenzo definitivamente de esa venturosa circunstancia.